54- A las Islas Galápagos en un barco de carga | VIAJES EN BARCO

(viene de A las Islas Galápagos, como sea)

A mí me gustaba el arroz.

No tanto como para comerlo blanco, pero me gustaba. Una buena cucharada de arroz ahogado en cualquier salsa, en yema de huevo amarilla y pegajosa, o mezclado con cebollitas picadas, ajos, especias y aceite de oliva podía ser una buena comida allí donde un paralelo y un meridiano nos ensartaran. Y eso que sólo hablo del arroz. La paella, lejos del Mediterráneo, es un sueño que provoca que uno termine mojando la cama. No, la cama no. La almohada, pobre, queda llena de babas.

Podría ser una paella como la que Jordi, el alma mater de Catering Cufí, me preparó hace un año en su casa de Granollers. Con langostinos gigantes, almejas, gambas, mejillones, sepia… Inmediatamente, ahora, las glándulas salivares comienzan a trabajar como locas esperando que yo cumpla con el deseo. ¡Una paella! Chas! ahí la tienes, así funciona la sociedad de consumo.

Pero estamos a un océano de distancia. Se necesita demasiado arroz para absorber tanta agua.

No comprendo esta pasión por el arroz. Me miro al espejo, no tengo los ojos rasgados. Y no me imagino a mi santa madre flirteando con el chino del nuevo minimercado del barrio. Pero preguntabas ¿arroz o pasta? y sin duda era arroz.

Y así fue hasta que el Comandante Donoso, segundo de la Dirección de la Marina Mercante de Ecuador, rompió las normas escritas y nos permitió viajar en un barco de carga a las islas de Colón, más conocidas como las islas Galápagos.

Dos días más tarde abordamos el Paola, un buque de carga comandado por el capitán Franco que lleva víveres al paraíso cada tres semanas.

Un día después entramos en el Mar de la Paciencia.

¿De qué otra manera se puede llamar a esa superficie llena de, de, de océano que separa el Ecuador continental de las islas Galápagos? Eso es la nada, el hiperespacio, el interior de una lavadora, el sitio donde las estrellas descansan cuando se hace de día. El vacío. El estómago convulso de un borracho.

Durante la travesía, que dura más días que los tres que marca la bitácora, no hay nada que hacer. Incluso los marineros se estiran en sus camas y dejan pasar el tiempo abotargados por el aburrimiento. El cerebro activa el control automático. Se desayuna arroz las seis, se come arroz a las doce y se cena arroz a las seis. El resto del tiempo se dormita.

O se lanzan sedales esperando que pique algún dorado de más de un metro.

O se cocina plátano verde en la chimenea caliente del barco.

O se asesinan cucarachas que caminan por tu pecho mientras duermes.

O se releen periódicos viejos, noticias de hace una semana que envuelven la foto enmarcada de la familia. Noticias de un viaje anterior. O de más lejos.

El hombre llega a la luna. Cae el muro de Berlín. Se desmorona la Unión Soviética. El Atlético de Madrid se proclama campeón de liga. En el Mar de la Paciencia no transcurre el tiempo, al buque Paola no llegan las noticias del día. No hay un bar en la esquina donde ignorar el noticiero para escuchar los comentarios de los parroquianos. En el Paola el alcohol no es necesario, el mar se encarga de marearte.

Entonces haces lo que no puedes hacer en tierra firme.

Mirar el cielo.

Esperar la próxima gaviota.

Contar las olas que rompen contra la quilla.

Escribir con las letras de la sopa: QUE, MAREO, JODER, CUANDO, LLEGAMOS.

Buscar un pelícano en la soledad del océano.

O una ballena enamorada que se ponga a lanzar chorros de vapores húmedos a nuestro lado.

La tripulación usa el tiempo perdido en el limbo, en el Mar de la Paciencia, para hablar sobre los dos gringos que duermen en la enfermería.

– ¿Gringo? Gringo es papito Bush –repito. –Soy blanquito, pero vengo del sur.

Y se ríen, menos mal.

Mientras atravesamos el Mar de la Paciencia, los marineros, maquinista y estibadores que no trabajan se esconden en su camarote a ver una película de artes marciales o se juntan en la popa a tomar café pasado. Esperan, aguantan, persisten, se detienen. Estar en un barco es vivir una pausa. Todavía falta un rato para que Enrique, el cocinero, prepare más arroz.

– Chinos, ¡parecemos chinos! ¡Si hasta pasamos los días viendo películas de Bruce Lee! –sueltan por turnos, repiten un chiste gastado.

Allí están: Juanito, Clay, Fausto, Tomás (que me recuerda a mi hermano Diego), Italo, Johnny, Pastor, Nicar, Murillo, Jaime, Francisco y Floresmilo. Falta Xavier, el administrador, que no sale de tierra firme.

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– Sácale una foto a él, ¡sácale una foto! ¡Dale! –avisa Fausto. -¡Es King Kong! ¡Hace 10 años que lo conozco y es el tipo más feo del mundo!

Entonces Floresmilo ríe, no tiene vergüenza en enseñar el hueco gigante que hay entre sus colmillos. Por ahí pasa más de una papa frita. Hace unos años salvó la vida de Frank, el patrón del barco, cuando tres tipos armados con cuchillos fueron a buscarlo a primera hora de la mañana. Hay que estar desesperado para salir a robar tan temprano. El muelle estaba vacío y Floresmilo saltó desde la cubierta del barco con una barra de hierro. Los molió a palos.

Floresmilo es el tipo que uno siempre quiere tener de amigo.

Su madre lo parió en Esmeraldas, costa norte de Ecuador, tierra de esclavos libres. Lo parió, sí, porque en esa época por allí no se nacía. Después de gritar e insultar a ese renacuajo negro que ya la estaba haciendo sufrir durante el parto, la buena señora se preguntó qué nombre le pondría a la pequeña bestia. Llevaba varios meses con una inflamación importante en el vientre pero todavía no había pensado en ese detalle. Miró a su alrededor. En la habitación había flores y una lata de Milo, ese sucedáneo de café.

– Ya sé cómo le vamos a llamar.

Floresmilo. Mandahuevos.

 

Pablo Rey (Buenos Aires) y Anna Callau (Barcelona) viajan por el mundo desde el año 2000 en una furgoneta Mitsubishi Delica L300 4×4 llamada La Cucaracha. En estos años veinte años de movimiento constante consiguieron un máster en el arte de sobrevivir y resolver problemas (policías corruptos y roturas de motor en el Sáhara, por ejemplo) en lugares lejanos.

Durante tres años recorrieron Oriente Próximo y África, de El Cairo a Ciudad del Cabo; estuvieron 7 años por toda Sudamérica y otros 7 años explorando casi cada rincón de América Central y Norteamérica. En el camino cruzaron el Océano Atlántico Sur en un barco de pesca, descendieron un río del Amazonas en una balsa de troncos y caminaron entre leones y elefantes armados con un cuchillo suizo.

En los últimos años comenzaron a viajar a pie (Pirineos entre el Mediterráneo y el Océano Atlántico, 2 meses) y en motocicleta (Asia) con el menor equipaje posible. Participan en ferias del libro y de viaje de todo el mundo, y dan charlas y conferencias en escuelas, universidades, museos y centros culturales. Pablo ha escrito tres libros en castellano (uno ya se consigue en inglés) y muchas historias para revistas de viaje y todo terreno como Overland Journal (Estados Unidos) y Lonely Planet (España).

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina, el viaje es la vida.

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