163- Buenos Aires, o la ciudad que te parió | ARGENTINA

(En diciembre pasado viajé a Buenos Aires para ver a mi familia. Hacía tiempo que no iba…)

Cada vez que llego a Buenos Aires mi primer acto reflejo es subir a un colectivo que me deje en el cruce de las avenidas Corrientes y Callao. Es lo que denominaría inmersión profunda, suicidio emocional, shock cultural, choque frontal con el caos de la ciudad que me vio nacer y que abandoné hace mucho tiempo.

En realidad sé muy bien lo que busco: reencontrarme lo antes posible con la mitad de mi vida que se quedó allí.

A partir de ese salto a la acera con el colectivo todavía en movimiento, comienzo a andar por las siete cuadras que hay hasta el Obelisco. El trayecto puede llevarme fácil un par de horas, con paradas en todas las librerías, desde Zival’s y Gandhi a Losada, Hernández y Cúspide. Eso sin contar el hambre que me atrapa a media mañana o media tarde, cuyas consecuencias suelen ser un plato de ñoquis a la carbonara de Pippo’s a las once de la mañana o dos empanadas fritas y jugosas de carne cortada a cuchillo con una porción de pizza de fugazzetta rellena de Guerrín a las cinco de la tarde.

Si uno vuelve a sus orígenes, que por lo menos se note en la barriga.

Y siempre, siempre me pasa lo mismo: a los quince minutos de entrar en cualquier librería de Buenos Aires ya tengo una lista de diez libros que me gustaría comprar. Es algo que no me ocurre ni siquiera en Barcelona, la ciudad de las editoriales. Supongo que es tan sencillo como aceptar que las ciudades donde crecimos nos educan culturalmente de una forma que arrastraremos por el resto de nuestra vida.

Sin duda habrá cambios, variaciones, opciones absorbidas en o transpirados por los sitios que nos adoptan y que pasarán a formar parte de nuestro ser cotidiano. Pero ese ser básico, oculto bajo nuestra piel, permanecerá en nosotros para siempre. Eso hace que entendamos el lugar, que sonriamos en una mueca reventada frente a las eternas veredas rotas de los barrios mientras esquivamos una nueva y rozagante cagada de perro. Hay cosas que no tienen remedio.

Pero comienzas a sumar detalles y te das cuenta que probablemente hay más teatros funcionando alrededor de la avenida Corrientes que en toda España. Que los centros culturales rebosan de actividades gratuitas subvencionadas con monedas. Que las paredes de Palermo comienzan a poblarse de murales y la actividad subterránea de las bandas sigue saliendo a la luz en los carteles pegados en los semáforos de las esquinas.

La gente se dedica a hacer. Cuando no hay algo lo inventa y, cuando no se puede, construye un camino nuevo. Sin duda, Argentina está en mis genes.

Y las fiestas. Estudiantes de toda América y ahora de Europa (sí, vía Erasmus) viajan a Buenos Aires a aprovechar la vieja reivindicación social convertida en verdad argentina de una universidad pública y gratuita. Y todos se mezclan.

Y Buenos Aires, la ciudad más alucinante de Latinoamérica, esa Nueva York del sur levantada a base de meter en la misma cama a migrantes españoles, italianos, alemanes, judíos, polacos, rusos, chinos, japoneses, coreanos, bolivianos, chilenos, paraguayos y peruanos, adopta unos pocos negros del Congo y vuelve a sus orígenes durante una nueva etapa dorada, un nuevo rato de alegría mientras dure el dinero de la recuperación económica.

– Además de ir de compras, comer buena carne o ver un show de tango, no sabes muy bien qué hacer si llegas como turista a Buenos Aires. En realidad, Buenos Aires es una ciudad para vivir (y sufrir), no para visitar. Solo cuando te quedas te das cuenta de todo lo que se mueve por debajo de su piel.

Y entonces me dan ganas de quedarme en Buenos Aires por un rato a pesar de la falta de playas y montañas. A pesar de la corrupción enraizada en una clase política que gobierna desde hace demasiados años.

A pesar de saber que en Argentina nunca habrá nada seguro porque Argentina siempre fue un experimento inconcluso, víctima de su propio y maravilloso caos. A pesar de que allí, como en muchos otros países, nunca sabrás cuándo se torcerá el destino y el gobierno de turno vuelva a traicionarte.

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El Libro de la Independencia. ISBN 978-84-616-9037-4

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Pablo Rey (Buenos Aires) y Anna Callau (Barcelona) viajan por el mundo desde el año 2000 en una furgoneta Mitsubishi Delica L300 4×4 llamada La Cucaracha. En estos años veinte años de movimiento constante consiguieron un máster en el arte de sobrevivir y resolver problemas (policías corruptos y roturas de motor en el Sáhara, por ejemplo) en lugares lejanos.

Durante tres años recorrieron Oriente Próximo y África, de El Cairo a Ciudad del Cabo; estuvieron 7 años por toda Sudamérica y otros 7 años explorando casi cada rincón de América Central y Norteamérica. En el camino cruzaron el Océano Atlántico Sur en un barco de pesca, descendieron un río del Amazonas en una balsa de troncos y caminaron entre leones y elefantes armados con un cuchillo suizo.

En los últimos años comenzaron a viajar a pie (Pirineos entre el Mediterráneo y el Océano Atlántico, 2 meses) y en motocicleta (Asia) con el menor equipaje posible. Participan en ferias del libro y de viaje de todo el mundo, y dan charlas y conferencias en escuelas, universidades, museos y centros culturales. Pablo ha escrito tres libros en castellano (uno ya se consigue en inglés) y muchas historias para revistas de viaje y todo terreno como Overland Journal (Estados Unidos) y Lonely Planet (España).

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina, el viaje es la vida.

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