298- Conferencia La Vuelta al Mundo en 10 Años | CLUB DE CREATIVOS DE ESPAÑA

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A fines de marzo de 2015 fuimos invitados a dar una conferencia sobre La Vida después de la Publicidad, mi antigua profesión, durante el encuentro anual del Club de Creativos de España.

Lo había hecho bien, me había ido bien. Entonces, ¿por qué dejar un trabajo bien pagado donde tenía el futuro asegurado?

Los primeros minutos son un poco enmarañados, ¡impresiona hablar a 500 personas!

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Aquí encontrarás otra conferencia que dimos en Madrid, para las Jornadas de los Grandes Viajes

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El Libro de la Independencia: Crítica del editor de la revista Overland Journal

(Traducción del artículo original escrito por Chris Collard, aparecido en el número de invierno de 2013 de la revista Overland Journal, Estados Unidos)

La primera vez que me crucé con Pablo Rey y su esposa Anna, fue en la Overland Expo 2011 de Amado, Arizona. Habían aparcado su Mitsubishi L300 4×4 van, alias ‘La Cucaracha’, en el límite de la zona de acampada, donde Anna hacía pulseras y collares de hilo. Me uní a ellos a tomar un té y a los pocos minutos ya nos habíamos perdido en una larga conversación. Pablo, argentino, hablaba de forma curiosa y sarcástica, compartiendo historias detalladas y coloridas de sus viajes y su filosofía acerca de la gente, los gobiernos y la vida en la ruta. Los 5 metros cuadrados tras el parabrisas de La Cucaracha habían sido su habitación, cocina y sala de estar durante los últimos 11 años. Viajaban con poco dinero; mientras Anna vendía sus artesanías, Pablo escribía algunos artículos a pedido y recientemente había publicado un libro. Pronto me di cuenta que ese par de vagabundos eran auténticos.

Para la inauguración de nuestra sección de Libros de Aventura en 2011, le pedí a Jeremy Edgar que le echara un vistazo a La Vuelta al Mundo en 10 Años: El Libro de la Independencia, que en aquel momento estaba editado solo en español. Jeremy le puso una nota alta y cuando Pablo lanzó ésta primavera la versión en inglés, lo puse en la pila de libros que debía leer, arriba de todo. 

La existencia de Pablo, antes de que “matara” a su vida anterior, era similar a la de cualquiera: trabajar de lunes a viernes, recibir un cheque a fin de mes, pagar la hipoteca y las cuotas del coche, ahorrar lo poco que sobrase y soñar despierto con aquellos lugares lejanos donde viajaría algún día. Tenía docenas de mapas decorando las paredes de su apartamento en Barcelona, España. Los libros de viaje y las revistas se acumulaban desordenados sobre una mesa, esperando para llevarlo hasta el fin del mundo sin salir de casa. “Uno de estos días” y “en un par de años” se convirtieron en sus excusas para no apretar el gatillo.

Determinado a romper cadenas, persiguió uno de sus sueños y viajó al sur de África. Al volver abrió la puerta de su apartamento y supo que uno de estos días era ahora. “Lo que había dentro era la vida de un extraño. Quedarse significaba tomar el camino de la seguridad… y eso también significaba empezar a planear un bonito funeral.”  Sabía lo que tenía que hacer; se puso la pistola en la cabeza y apretó el gatillo.

“…Jamás olvidaré el lunes que apoyé el cañón de una pistola en mi cabeza y disparé hasta quedarme sin balas, sin detenerme a pensar en lo que hacía para no darle otra oportunidad al arrepentimiento. Era el adiós a un mundo brillante, la despedida a un trabajo fijo, la renuncia a un futuro previsible. Pasaban diez minutos de las diez de la mañana y mis últimas palabras decían, más o menos, ‘quédense ustedes con el muerto que yo me largo’. Mi cuerpo se desplomó y yo salí por la puerta…” Pablo Rey.

Mientras el viejo Pablo, un servil robot que obedecía las expectativas de la sociedad, caía flácido en el suelo, un Pablo largamente reprimido, desinhibido y preparado para abrazar al mundo que le rodeaba, finalmente se liberó. Afortunadamente Anna, su entonces novia de solo unos meses, accedió a dejar su trabajo y unirse a la aventura.

Llevo leídas dos terceras partes de El libro de la independencia, y puedo decir que me quedé enganchado desde la página 1. Las observaciones de Pablo acerca de la raza humana son exhaustivas. Su atención al detalle y a los matices de lo que le rodea es excepcional. Pocos escritores pueden sumergir mis sentidos de la vista y el olfato tan bien como este talentoso herrero de palabras: es capaz de hacerte oler caca de vaca tibia en una fresca mañana en Turquía o el aroma punzante de una calle del mercado de El Cairo o hacerte vivir el trasfondo de un atardecer frente al Mediterráneo. El Libro de la Independencia te pondrá en el asiento del pasajero de La Cucaracha en un cruce de fronteras en Siria, en negociaciones para vender a Anna en Jordania o en una remota carretera del desierto de Wadi Rum.

En ‘El Libro de la Independencia’ Pablo Rey lo pone todo sobre la mesa, incluso las tensiones en su relación mientras viaja con un presupuesto ajustado en tierras lejanas y vive situaciones complicadas. Su primera gran discusión llegó a insultos y contrainsultos personales. Después de 10 asaltos de ataques verbales progresivos –cerebro de mosquito, culo de burro, almorrana de metro y medio, hígado de Keith Richards –estallaban en un ataque de risa. La discusión pasaba a ser parte de un juego cuyas normas aseguran que un insulto no se puede repetir, porque si repites, pierdes. Sarna con piernas. Ornitorrinco. #&*@%… Brilllante.

Estos dos nómades son mis héroes y El Libro de la Independencia es capaz de ejercer la magia de un fuelle soplando en las ascuas de los sueños más locos, inspirándonos a salirnos de la norma, a bajar la velocidad y oler el aroma de las rosas… o de la caca de vaca, o de elefante. No se trata de qué vas a hacer cuando te retires, sino de lo que vas a hacer antes de morir.

Siempre he soñado con llevar una vida de vagabundo. Quizás conduciendo, o navegando alrededor del mundo. No sé si estoy hecho para esto, pero nunca lo sabré hasta que me comprometa y que un día de estos se convierta en ahora. Ya estoy esperando subir a un avión rumbo a India en un par de semanas para leer las últimas páginas de El Libro de la Independencia.

Chris Collard, Editor In Chief, Overland Journal Magazine.

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Comparte. Todo lo demás es masturbación.

Pablo Rey, escritor, aventurero, viajero

La vida es mucho más entretenida cuando se comparte. Cuando se discute. Cuando se habla, se pasan datos y se cuentan historias.

No te quedes [email protected] Todos tenemos algo que decir.

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El único dinero bueno es el que te hace independiente

Pablo Rey, escritor, aventurero, viajero

Dinero, dinero, dinero. Pareciera que todo funciona alrededor del dinero.

Pero no siempre es así. Ni en todos lados. Por eso, ¿qué pasaría si moviéramos la balanza de nuestras prioridades?

¿Qué es más importante? ¿El dinero? ¿O el tiempo?

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I shot the sheriff

Pablo Rey, escritor, aventurero, viajero

1- Mata a tu sheriff.

2- Escapa de tu cárcel.

3- Rompe tus normas.

4- Sigue viajando.

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¿Cuándo te diste cuenta que viajar era lo tuyo?

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Hace unos meses me plantearon una serie de preguntas desde la página web de viajes Viamedius. Aquí está todo, las preguntas, y las respuestas.

¿Cuándo te diste cuenta que viajar era lo tuyo?

Cuando atravesé el sur de la cordillera de los Andes con una mochila pesadísima y me di cuenta que no me importaba sentir las piernas destruidas ni soportar noches en blanco, empapado y con la tienda inundada tras una tormenta inesperada. Lo importante era estar allí, ver sitios nuevos, llegar más lejos, aprender de lo que sucedía a mi alrededor. No estaba bien preparado para ese viaje pero había sobrevivido y quería más, quería saber lo que había detrás de la ladera de aquella montaña, después de la siguiente curva del camino. Eso era lo importante.

¿Llevas la cuenta de los países visitados?

No. Sé que estuve en más de cincuenta países, pero no los colecciono.

¿Qué es lo que más te motiva de los viajes?

Aprender, sorprenderme, abandonar los caminos principales y llegar más lejos. A veces quiero mezclarme con la gente y a veces quiero perderme en el desierto más solitario del mundo. Lo que más me motiva es el camino que recorres hasta alcanzar esos lugares.

¿Cuál ha sido tu viaje más especial?

Mi primer gran viaje fue irme de Argentina para vivir en España. El segundo es este en el que estamos embarcados, La Vuelta al Mundo en 10 Años: Escritores en Ruta, de Barcelona a Barcelona a través de África, América, Asia y Europa en una furgoneta 4×4. Debían ser solo cuatro años, que ya es bastante, pero encontramos la forma de trabajar en el camino y nos dejamos seducir por la ruta. La consecuencia, hace unos años el viaje dejó de ser un viaje y se convirtió en la vida. Ahora no viajamos, vivimos en la ruta.

Un sitio al que no volverías…

Plantearía la pregunta al revés, ya que volvería a todos los sitios. Pero como no somos inmortales, preferiría volver a seguir huellas de elefantes en África con un 4×4 que también sea mi casa. Volvería a la Patagonia, volvería a Atacama, volvería a Japón, volvería a Mongolia…

Un viaje pendiente…

Hay varios, pero siempre soñé con llegar a la isla de los Estados, al sur de Argentina, donde Tierra del Fuego se hunde en el Atlántico sur…




163- Buenos Aires, o la ciudad que te parió

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(En diciembre pasado viajé a Buenos Aires para ver a mi familia. Hacía tiempo que no iba…)

Cada vez que llego a Buenos Aires mi primer acto reflejo es subir a un colectivo que me deje en el cruce de las avenidas Corrientes y Callao. Es lo que denominaría inmersión profunda, suicidio emocional, shock cultural, choque frontal con el caos de la ciudad que me vio nacer y que abandoné hace mucho tiempo.

En realidad sé muy bien lo que busco: reencontrarme lo antes posible con la mitad de mi vida que se quedó allí.

A partir de ese salto a la acera con el colectivo todavía en movimiento, comienzo a andar por las siete cuadras que hay hasta el Obelisco. El trayecto puede llevarme fácil un par de horas, con paradas en todas las librerías, desde Zival’s y Gandhi a Losada, Hernández y Cúspide. Eso sin contar el hambre que me atrapa a media mañana o media tarde, cuyas consecuencias suelen ser un plato de ñoquis a la carbonara de Pippo’s a las once de la mañana o dos empanadas fritas y jugosas de carne cortada a cuchillo con una porción de pizza de fugazzetta rellena de Guerrín a las cinco de la tarde.

Si uno vuelve a sus orígenes, que por lo menos se note en la barriga.

Y siempre, siempre me pasa lo mismo: a los quince minutos de entrar en cualquier librería de Buenos Aires ya tengo una lista de diez libros que me gustaría comprar. Es algo que no me ocurre ni siquiera en Barcelona, la ciudad de las editoriales. Supongo que es tan sencillo como aceptar que las ciudades donde crecimos nos educan culturalmente de una forma que arrastraremos por el resto de nuestra vida.

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Sin duda habrá cambios, variaciones, opciones absorbidas en o transpirados por los sitios que nos adoptan y que pasarán a formar parte de nuestro ser cotidiano. Pero ese ser básico, oculto bajo nuestra piel, permanecerá en nosotros para siempre. Eso hace que entendamos el lugar, que sonriamos en una mueca reventada frente a las eternas veredas rotas de los barrios mientras esquivamos una nueva y rozagante cagada de perro. Hay cosas que no tienen remedio.

Pero comienzas a sumar detalles y te das cuenta que probablemente hay más teatros funcionando alrededor de la avenida Corrientes que en toda España. Que los centros culturales rebosan de actividades gratuitas subvencionadas con monedas. Que las paredes de Palermo comienzan a poblarse de murales y la actividad subterránea de las bandas sigue saliendo a la luz en los carteles pegados en los semáforos de las esquinas.

La gente se dedica a hacer. Cuando no hay algo lo inventa y, cuando no se puede, construye un camino nuevo. Sin duda, Argentina está en mis genes.

Y las fiestas. Estudiantes de toda América y ahora de Europa (sí, vía Erasmus) viajan a Buenos Aires a aprovechar la vieja reivindicación social convertida en verdad argentina de una universidad pública y gratuita. Y todos se mezclan.

Y Buenos Aires, la ciudad más alucinante de Latinoamérica, esa Nueva York del sur levantada a base de meter en la misma cama a migrantes españoles, italianos, alemanes, judíos, polacos, rusos, chinos, japoneses, coreanos, bolivianos, chilenos, paraguayos y peruanos, adopta unos pocos negros del Congo y vuelve a sus orígenes durante una nueva etapa dorada, un nuevo rato de alegría mientras dure el dinero de la recuperación económica.

– Además de ir de compras, comer buena carne o ver un show de tango, no sabes muy bien qué hacer si llegas como turista a Buenos Aires. En realidad, Buenos Aires es una ciudad para vivir (y sufrir), no para visitar. Solo cuando te quedas te das cuenta de todo lo que se mueve por debajo de su piel.

Y entonces me dan ganas de quedarme en Buenos Aires por un rato a pesar de la falta de playas y montañas. A pesar de la corrupción enraizada en una clase política que gobierna desde hace demasiados años.

A pesar de saber que en Argentina nunca habrá nada seguro porque Argentina siempre fue un experimento inconcluso, víctima de su propio y maravilloso caos. A pesar de que allí, como en muchos otros países, nunca sabrás cuándo se torcerá el destino y el gobierno de turno vuelva a traicionarte.