44- Feliz Cumpleaños: ¡8 Años en la Ruta!

Pablo Rey escritor y viajero

– Anna, ¿crees que deberemos ir a una clínica de desintoxicación cuando terminemos la vuelta al mundo?

– ¿Qué dices?

Después de tanto tiempo en la ruta, ¿crees que nos acostumbraremos a vivir en un solo lugar?

La ruta afirmada avanza a treinta agónicos kilómetros por hora junto a un río torrentoso. A ambos lados de la corriente las últimas lenguas de bosque húmedo sobreviven entre campos de arroz inundados. Las fronteras, elásticas, se mueven cada día un poco más derribando paredes de vegetación.

Tras una curva se abre un valle escondido entre montañas cubiertas de neblina. Esto podría ser un paisaje idílico del sur de China, los pináculos calizos de Guilin, las islas del Delta del Mekong, pero no, sólo es mi cabeza confundida, este tramo tiene más agujeros que mi camiseta preferida. Es el final de la temporada de lluvias en la ceja de selva y la balanza comienza a inclinarse hacia el lado del sol.

Después de años recorriendo los rincones del sur de Sudamérica, por fin decidimos avanzar hacia el norte. Miro mis brazos, la piel dorada deja entrever algunas pecas marrones. Los pelos, rubio gringo después de un mes atravesando el desierto interminable de la costa peruana, retozan revoltosos. Llevan décadas conviviendo sobre la curva porosa de la piel y, aún así, no todos siguen el camino lógico. Algunos empujan erectos y perpendiculares desafiando la gravedad, otros se recuestan vagos pidiendo Caribe y alguno construye un bucle de rabino fundamentalista.

– Pon algo de música –le pido a Anna.

– ¿Qué quieres? –pregunta mientras conecta el cable del mp3 a la radio.

Entonces recuerdo que partimos de Barcelona con una caja llena de cassetes y una muñeca inflable. Para que tengan con quien hablar cuando se aburran de estar solos por ahí, con cariño Carlos, decía la tarjeta.

– ¿Oliver Mutukudzi? ¿Algo de Zimbabue? –vuelve a preguntar Anna.

– Dale –respondo automáticamente.

Cuatro años y volvemos a Barcelona, era la mentira inconsciente. Cuatro años y vuelvo a trabajar en publicidad, era la excusa para partir, el ancla para no desesperar en un mar de inseguridad, un mundo sin trabajo fijo. Pero ya no hay vuelta atrás.

Cada 20 de junio es nuestro cumpleaños. Aprieto los dientes, 8 años en la ruta, esto comienza a ser un buen whisky.

Campo

Distraído, caigo en un bache traicionero que a su vez hace caer la bolsa de tela con mis calzoncillos de la red instalada en el cielorraso de la furgoneta. Entonces comienza la música. Pero no es un ritmo africano, son las primeras notas de una canción de Sabina que conozco bien. De Dieguitos y Mafaldas, la canción de la Vuelta al Mundo.

20 años cosidos a retazos, de urgencias, disimulos y rutinas…. Anna sonríe.

– ¿Te acuerdas cuando…?

Entonces empezamos con el juego. Esta vez pienso, gente, y vuelven Bahri, Mutaz, los Carlos, Hugo, Samir, las familias por sangre y opción en Barcelona, Buenos Aires y Lima, Montse, Jorick y Winnie, la china, Jorge, Marcos, Pipo y José Manuel. Mañana haré el mismo ejercicio y aparecerá la nariz gigantesca de Rafa, las cicatrices de Imat, las ganas de volar de Miriam o las gulas bilbaínas de Inés y Mikel.

De González Catán en colectivo, a la cancha de Boca, por Laguna… va soñando, hoy ganamos el partido…

Y pasado mañana los rostros serán distintos, volverá un rostro que vimos un solo día y Eslabón Perdido, un africano teñido de rubio con pecho de gorila que intentó timarnos en Tanzania. Pienso animales y vuelve la carga de la manada de elefantes bramando, el peor mecánico del mundo y la serpiente asándose en la playa de Brasil.

De González Catán a Tirso de Molina, de España a la Argentina, qué meneo, qué vaivén, qué ajetreo qué mareo qué ruina…

Pienso palabras y aparecen las decenas de mails que recibimos al mes recordando que estamos cumpliendo el sueño de muchos. Entonces comprendo por qué a veces la furgo parece pesada, por qué nos va quedando chica. Somos cientos, muchos, viajando en sus cinco metros cuadrados.

La Vuelta al Mundo en 10 Años

– Ocho años. Y después, ¿qué?

– Después, rehabilitación. Un poco, sí, ¿sí? ¿necesitaremos encontrar una clínica que nos ayude a reintegrarnos a la sociedad? No sé, supongo que alguien habrá inventado una excusa, un truco de magia, un ron para ayudar a aquellos que se fueron a reencontrarse con los viejos amigos. Será como dice otra canción que escuché hace poco, revísenme a mí, el coche no tiene nada. El viaje está lleno de música.

– Ya, déjate de verso y metáforas, y después, ¿qué? –me pregunto.

– No sé –me respondo. –Supongo que nos convertiremos en enfermos crónicos, igualitos a todos los que se quedan hipnotizados frente a un mapa soñando con lugares de nombres complicados. Nos dedicaremos a vender libros en la ruta, con o sin editorial. Por lo menos hasta encontrar el sitio donde instalar el Bar Museo de la Vuelta al Mundo, con todos los cachivaches que junto en el camino se podría hacer algo interesante.

Mi reflejo en el espejo retrovisor sonríe mientras hago una pausa para devolver el saludo de un grupo de obreros dirigido a Anna.

– Y eso, ¿dónde será?

– Pudo haber sido en Chile. De momento gana Sudáfrica, aunque México… Lo único que sé es que se me erizará la piel cada vez que divise a lo lejos un ciclista despellejado, una motociclista valiente y solitaria, una furgoneta destartalada o un ómnibus convertido en hogar. Sin duda, lo sé porque después de 8 años me sigo emocionando, sé que después de levantar la mano para saludar me preguntaré ¿y si…? y una vocecita me responderá ¿por qué no?

– ¿Sabes qué creo? –dice mi reflejo mirándome a los ojos. –Creo que la próxima vez desapareceremos. Así, sin avisar.

Pablo Rey escritor y viajero

GRACIAS, de nuevo, a quienes nos echaron una mano en algún momento del camino, empresas y particulares. Nada es demasiado poco.

GRACIAS a todos los que sin conocernos nos abrieron las puertas de su casa.

GRACIAS a los que compraron el libro del cruce de África para apoyarnos en la persecución de este sueño.  Y a Natalia Comajuncosa de Altaïr y Jorge Zavaleta de Zeta Bookstores por ofrecerlo en Barcelona, Madrid y todo Perú.

GRACIAS a Maria Maldonado de Panama Jack por ponernos las botas desde el inicio del viaje!

GRACIAS a Lydia Díaz por tantos libros para leer en la ruta!

GRACIAS a Jordi Giménez de Catering Cufí, Granollers, por los neumáticos 2008 para la furgo!

GRACIAS a todos los que nos envían mensajes llenos de entusiasmo.

GRACIAS a todos los que se sienten incómodos al leer las historias de la Vuelta al Mundo.

Y GRACIAS, de corazón, a todos los que nos recuerdan que esta obsesión, esta locura, esta hermosa enfermedad, tiene sentido.

Pablo + Anna

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