350- Viajar por BOSNIA HERZEGOVINA, 24 años después del final de la guerra.

El oficial de migración golpeó los pasaportes con el sello de entrada de Bosnia Herzegovina, los puso encima de los documentos del Land Rover y de la tarjeta verde del seguro, y se los dio a Anna. Anna, que hace tres semanas se sentó en el asiento del piloto y no se levantó más, dejándome a mí la tarea de navegar los mapas. Yo, Pablo, que jamás había pensado que me podría sentir tan cómodo de copiloto, recibí los documentos de Anna, y antes de guardarlos en una bolsa de plástico, me dirigí al oficial de migración.

‘Disculpe, ¿puedo hacerle una pregunta?’ esa costumbre tan argentina de preguntar si se puede hacer una pregunta. ‘¿Cómo dicen hola en Bosnia?’

‘Bueno… puede ser dobr dam, merhaba, zdrabo, salam…’ -dijo algunas más, pero la verdad es que ahí ya le perdí la pista.

Era la mejor muestra que podía recibir de la variedad étnica, religiosa y lingüística de un país relativamente pequeño, donde en 1992 había estallado la última gran guerra europea del siglo XX. La que más me había dolido.

Había estado por aquí en 1996, unos meses después del final oficial de la guerra de los Balcanes. Entonces tenía mi primera furgo, una Citröen C25 con matrícula de San Sebastián que se había convertido en objetivo de policías de toda Europa. Siempre aparecía alguno en el momento más inesperado dispuesto a levantar el brazo para detenernos. Era por la matrícula vasca, era por la vida en furgo que me tentaba cuando solo vivían en una furgo aquellos que no podían pagarse una casa de cemento o una casa rodante. Después se convirtió en moda. Y ahora todo el mundo quiere una furgo.

Pero entonces, verano de 1996, solo pasé por ese pequeño pedazo de tierra por el que Bosnia Herzegovina tiene salida al mar. El resto del país era un desastre en calma aparente. Sarajevo estaba en ruinas, el puente medieval de Mostar estaba en el fondo del río, la sangre de Srebrenica chorreaba fresca por la calle, y los criminales amenazaban con retomar la guerra. Aquello era un auténtico desastre.

Yo, mientras tanto, observaba con curiosidad las flores siniestras que la explosión de los morteros habían dibujado sobre las rutas croatas cuando obras públicas, o lo que quedaba de ellas, rellenaba los agujeros con asfalto fresco. Y el paisaje punteado con casas en ruinas. Y la gente pidiendo que avisemos al resto del mundo que ya podían volver a Croacia a pasar sus vacaciones. Que ya volvían a estar en paz. Que la guerra había terminado.

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Las maneras de decir hola.

Después de enumerar todas las maneras de decir hola, el oficial de migración se dio vuelta para comentar algo absolutamente indescifrable con su compañero de garita. El serbocroata es un idioma casi tan indescifrable como el euskera. Los dos rieron. Fue una risa franca, una risa buena, ese tipo de risa contagiosa que te invita a sonreír aunque no hubieras entendido nada y, en realidad, te estuvieran insultando.

La verdad es que me daba igual lo que dijeran. ‘Sonríen, eso es lo importante’, pensé mientras Anna aceleraba suavemente por la carretera dejando atrás la frontera de Jasenovac. ‘Esto va a ser divertido’, fue lo segundo que pasó por mi cabeza al ver los carteles en cirílico. ‘Vamos a tener que aprender un nuevo alfabeto.’

Después de cambiar dinero en un puesto de periódicos de Kozarsca Dubica, buscamos una cafetería. La siguiente sorpresa estaba sobre las mesas, y tenía la forma de ceniceros de vidrio. Hacía años que no veía ceniceros en la mesa del interior de un bar. Más o menos los mismos que hacía que no veía una mujer embarazada echando caladas a un cigarrillo junto a su marido mientras tomaban el desayuno con sus hijos pequeños. Todo parecía normal, todo era normal. Acabábamos de abandonar la Unión Europea y las costumbres comenzaban a cambiar.

Pero la mayor sorpresa de todas ocurrió frente a un enorme cartel levantado a un lado de la ruta. Ahí recordé que la guerra de los Balcanes había terminado en falso, cuando Europa y Estados Unidos decidieron intervenir. La matanza de Srebrenica, 8.000 hombres, mujeres y niños, prisioneros asesinados a sangre fría en tan solo unos días, y frente a un pelotón impotente de cascos azules holandeses, ya era demasiado. El cartel decía, en cirílico, serbocroata e inglés, Bienvenido a la República de Srpska, la República Serbia de Bosnia.

La guerra, otra vez. La guerra iniciada por los paramilitares serbios con la aprobación silenciosa de los nacionalistas serbios que dirigían Yugoslavia. Eslovenia, Croacia y Bosnia Herzegovina habían convocado referéndums donde ganó la opción por la independencia. Los serbios no lo aceptaron y atacaron, comenzando una limpieza étnica que avergonzó a Europa, recuerdo mientras buscamos un lugar donde dormir que podría ser cualquiera.

De momento en Bosnia Herzegovina no hay normas, no hay leyes que digan aquí puedes acampar y aquí no. Sólo el sentido común, las cercas y algunas minas que pueden seguir sueltas en terrenos no transitados, marcan los límites de lo que puedes y lo que no debes hacer. El viejo sentido común. El resto es territorio liberado para los que viajamos en furgo y nos gusta perdernos. ‘Como debía ser España hace 30 años’, le digo a Anna. Entonces podías estacionar tu furgo y dormir donde te alcanzaba la noche.

Casi un paraíso, en realidad. Puedes dormir en parques públicos y riberas de ríos, en estacionamientos, en bosques y hasta puedes hacer una fogata para cocinar un pedazo de carne. Los pueblos pequeños apenas tienen turistas y muchos han reconstruido su centro antiguo alrededor de un castillo o una fortaleza. Bosnia Herzegovina es Europa central, está llena de piedras viejas que cuentan historias.

La más reciente y fresca habla de la guerra de los Balcanes, que terminó hace un cuarto de siglo y dejó países quebrados, divididos por líneas invisibles. Ciudades partidas en dos como Jajce, ‘a un lado de la ciudad antigua está la mezquita y el monumento a los héroes que defendieron la ciudad, al otro están los bares’, nos explicó una chica en Sarajevo. ‘Hace unos meses fue noticia la boda entre un croata y una Bosnia. Antes era normal, ahora no.’ Salió en el noticiero de la noche, 24 años después del final de la guerra.

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Otra manera de decir hola.

Los oficiales de migración de la frontera enumeraron casi todas las maneras de decir hola. Faltó ciao, que fue lo que utilizaron los jóvenes del centro cultural de Sarajevo cuando nos acercamos a preguntar. Preguntar cosas, opiniones, en general. Ciao, era una palabra extranjera y neutral, Mediterránea, perfecta para utilizar en cualquier momento, con cualquier persona. Una nueva manera de decir hola en un nuevo país que busca la paz entre sus habitantes, sean croatas católicos, serbios ortodoxos o bosnios musulmanes.

Dos semanas después de entrar por la frontera norte abandonamos Bosnia Herzegovina con la impresión de haber encontrado un nuevo campo de juegos y viajes. El inicio de una zona que estamos empezando a descubrir y que incluye Albania, Kosovo, Montenegro y Macedonia del Norte, donde la vida en furgo no parece estar todavía tan penalizada o regulada como en la Unión Europea.

Yo, finalmente, había viajado al país que veintisiete años atrás me había roto el corazón. La guerra de los Balcanes había terminado con una paz impuesta y tres zonas de influencia, una Serbia, una Bosnio Croata, y una zona mixta, Brcko, que es la que mejor lo está haciendo veinticinco años después del final de la guerra.

El incendio de la Biblioteca de Sarajevo, el bombardeo del puente de Mostar y la matanza de Srebrenica quedaron grabados en mi memoria tanto como las atrocidades contra el ser humano que ocurrieron en este rincón del mundo. Y eso que no estuve aquí. En realidad, la guerra tampoco sirvió para nada. La antigua Yugoslavia se separó en siete países distintos que hoy conviven en paz.

Pienso, pienso, pienso y sigo pensando en España y las naciones que la integran. Pienso en Catalunya, pienso en Euskadi, pienso en Galiza, y pienso en Castilla. Luego pienso en Suiza y en cómo conviven diferentes naciones bajo una misma bandera, pero sé que España jamás será Suiza. Igual, me gustaría ser optimista, aunque también piense que soy ingenuo. No, España jamás será Suiza.

Hace unos días observaba la reconstrucción de Sarajevo en una exposición fotográfica en el Museo de Historia Nacional, y pensaba en la decisión que tomé hace 23 años de no internarme en Bosnia Herzegovina. Bosnia, montañoso y húmedo, Herzegovina, seco y Mediterráneo. Y recuerdo otra vez la maldita guerra, y sé que cuando me vaya de Bosnia estaré pensando en volver. Simplemente porque no quiero olvidar.

No voy a olvidar. Maldita guerra.

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El Libro de la Independencia. ISBN 978-84-616-9037-4

 

Pablo Rey (Buenos Aires) y Anna Callau (Barcelona) viajan por el mundo desde el año 2000 en una furgoneta Mitsubishi Delica L300 4×4 llamada La Cucaracha. En estos años veinte años de movimiento constante consiguieron un máster en el arte de sobrevivir y resolver problemas (policías corruptos y roturas de motor en el Sáhara, por ejemplo) en lugares lejanos.

Durante tres años recorrieron Oriente Próximo y África, de El Cairo a Ciudad del Cabo; estuvieron 7 años por toda Sudamérica y otros 7 años explorando casi cada rincón de América Central y Norteamérica. En el camino cruzaron el Océano Atlántico Sur en un barco de pesca, descendieron un río del Amazonas en una balsa de troncos y caminaron entre leones y elefantes armados con un cuchillo suizo.

En los últimos años comenzaron a viajar a pie (Pirineos entre el Mediterráneo y el Océano Atlántico, 2 meses) y en motocicleta (Asia) con el menor equipaje posible. Participan en ferias del libro y de viaje de todo el mundo, y dan charlas y conferencias en escuelas, universidades, museos y centros culturales. Pablo ha escrito tres libros en castellano (uno ya se consigue en inglés) y muchas historias para revistas de viaje y todo terreno como Overland Journal (Estados Unidos) y Lonely Planet (España).

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina, el viaje es la vida.

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