243- La Terapia del Insulto (Historia para la Revista Altaïr, España)

Passenger eject

© Pablo Rey. Publicado por la revista Altaïr, España 2012.

¿Estás planeando un largo viaje por regiones remotas y no quieres ir [email protected]? ¿Crees que lo más difícil será sobrevivir a los animales salvajes? ¿A las tribus? ¿A la comida que provoca diarrea? ¿A los ladrones? ¿A la malaria? No. Lo más difícil de un viaje largo es sobrevivir a tu pareja.

“No se cómo pasó… Se soltó el freno y la furgo lo aplastó cuando buscaba ese tornillito que siempre se le pierde.” “Me levanté por la mañana y ya no estaba, seguro que acumuló gases y ¡tuvo combustión espontánea!” “Lo juro, ¡yo no lo empujé!”

Viajar es el sueño de todos los lectores de Altaïr y una de las formas de vivir en la ruta es en furgoneta. Pero, ¿alguna vez consideraste las consecuencias de convivir en un apartamento de 4,6333 metros cuadrados con tu pareja, las 24 horas del día, los 7 días de la semana, todos los meses del año, sin un momento de descanso? Duermes allí, cocinas allí, te lavas allí, discutes allí. En solo un año cumples tus bodas de plata, oro, diamante, platino y kriptonita. En 12 años, hombre o mujer, te has convertido en un proyecto de Dalai Lama o Jack el Destripador.

Todo comenzó en 1999, cuando le propuse a Anna abandonar nuestros trabajos para dar la vuelta al mundo. “¿Vuelta al Mundo? ¿Cómo? ¿Estás loco? ¿Con qué dinero? ¿Hacia dónde? ¿Con qué te golpeaste la cabeza?” Hacía menos de un año que nos conocíamos, apenas habíamos comprobado que quien amanecía a nuestro lado era un ser humano y no una calabaza. Partir juntos podía ser más arriesgado que viajar a Afganistán.

La primera gran crisis ocurrió 40 días después de salir de Barcelona. Sabíamos que la falta de amigos confesores y rutinas individuales mezcladas con la convivencia en un espacio extremadamente pequeño provocaría problemas. Que en los cruces de caminos uno señalaría hacia Marte y el otro hacia la Luna. Si queríamos viajar juntos no teníamos más alternativa que hablar de todo lo que nos molestara. Todo. No podíamos callarnos nada. Pero hablar no es lo mismo que ponerse de acuerdo. Por eso comenzamos a insultarnos.

Fue un éxito rotundo. Insultar a tu pareja y que no se ofenda sino que te replique, es una terapia espectacular. Al principio las recriminaciones subían poco a poco de tono, ninguno cedía, los dos teníamos razón. Estábamos marcando el territorio como dos perros meando ruedas nuevas.

La lista comenzaba por los clásicos de siempre, idiota, cabrón, imbécil, gilipollas, pero cuando se nos acababan los estereotipos comenzábamos a improvisar. Y la cosa se ponía buena. ¡Burra cabeza dura! ¡Orinal viejo! ¡Diarrea de sapo! El cabreo se estaba convirtiendo en un concurso en busca del insulto más original.

–          Si queremos sobrevivir tenemos que llevarnos bien, ¡cerebro de mosquita!

–          Si no te quisiera no te soportaría. ¡Mancha de semen!

Y volvíamos a comenzar. ¡Error! ¡Almorrana de metro y medio! ¡Pedo atravesado! ¡Burro del sur!

–          ¡Repetiste burro! ¡Perdiste!

Estábamos inventando las reglas y ese era el giro que le faltaba a la Terapia del Insulto: no vale repetir. A partir de ese día fue mucho más fácil resolver nuestros problemas como pareja en viaje permanente. ¡Accidente de una borrachera! ¡Espantapájaros de carne! Cuando empezamos a improvisar, olvidamos las diferencias y comenzamos a reír. La rabia mezclada con un poco de ingenio nos deja mansos para hablar sobre el auténtico problema. ¡Rata de restaurante chino! ¡Ano ortopédico! ¡Corazón de segunda mano! ¡Ornitorrinco!

Sabíamos que para vivir viajando teníamos que estar preparados para lo inesperado, sobre todo si nos movíamos con nuestro propio vehículo y en pareja. Y que debíamos armarnos de humor, mucho humor. Es sencillo, siempre puede ocurrir algo peor.

¿Roturas de motor en medio de la nada? ¿Guerrilleros armados con AK-47? ¿Helados caseros de agua contaminada? ¿Pulgas salvajes? ¿Policías corruptos? No. El mayor peligro que puedes encontrar durante un gran viaje es… tu pareja.

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