195- Cuando el sueño americano se convierte en pesadilla | ESTADOS UNIDOS

Hace unos meses nos encontramos con Jim o Joshua en medio de la nada. Iba caminando con todo su equipaje bajo el sol del desierto que rodea la Ruta 66 en Arizona. Clavé los frenos y dimos la vuelta.

Estuvimos conversando como una hora. Antes de irse me dijo: Yo creo en Jesús, pero ahora creo más en Diana, diosa de la luna que vive en Venus y está calva por las malas radiaciones que recibió en la Tierra.

La crisis no es local. La crisis es internacional.

Después del final de la Segunda Guerra Mundial, Europa fue desplazada como poder colonial por la nueva superpotencia que nos había salvado del nazismo y le hacía frente al estalinismo soviético. Años más tarde nuestros salvadores nos pasaron la factura y globalización comenzó a significar norteamericanización.

Y el mundo siguió rodando feliz como en una película de Walt Disney. Había McDonalds, Coca Colas y películas de Hollywood para todos. Solo tenías que poner las palomitas (el pochoclo) en el microondas.

Hasta que en algún momento de las últimas décadas, a algún genio de la economía se le ocurrió reemplazar la producción de bienes por la producción de dinero. Y entonces, comenzó una escalada de precios provocada por la multiplicación mágica de billetes provocada a su vez por la desregulación del sistema monetario. Y por supuesto, por la ambición de los bancos de multiplicar su negocio.

Esa es la historia super comprimida de la bomba atómica que estalló hace un par de años en la cocina del capitalismo. Fue entonces cuando el relato de familias que abandonan sus casas porque vale más la hipoteca que la propiedad dejaron de ser murmullos y se extendieron como una avalancha por todo Estados Unidos.

Porque en Estados Unidos la ley es distinta que en Europa. Aquí la ley dice que solo respondes ante el banco con la propiedad hipotecada. De alguna manera el banco es tu socio involuntario, pone su parte de capital, asume sus riesgos por prestarte el dinero, y cobra por ello.

Por eso, tras el crack del 2008, se multiplicaron las casas seminuevas alquiladas dentro de urbanizaciones pintadas de color ladrillo. Metros cuadrados que fueron un hogar o un proyecto, que hablan de otra época, no hace tanto, cuando la prosperidad era un sitio común y la vida un capítulo más de Mujeres Desesperadas.

Pero ahora el sueño americano ha acabado. O por lo menos está en estado catatónico hasta nuevo aviso. Hoy, la tribu más salvaje y marginal de Estados Unidos se despliega por las principales ciudades del país como un ejército desarrapado, amable y silencioso. Es gente más temida que los antiguos Apaches corta-cabelleras de las llanuras. Más evitada que un Navajo borracho.

Cada vez hay más homeless, gente sin hogar, en norteamérica.

Hace unos meses nos encontramos con Jim o Joshua en medio de la nada de la Ruta 66 a su paso por Arizona. Jim o Joshua viajaba caminando por el arcén bajo el sol del desierto mientras empujaba una carretilla cargada con todas las cosas que le quedaban.

Hace un año perdió la fe, la esperanza y su casa en el estado de Washington.

Washington es lejos. Como a cinco mil kilómetros caminando.

Y eso, además de muchos kilómetros, es mucho tiempo. Jim o Joshua hablaba con los ojos abiertos y la intensidad de palabra que solo poseen los locos y los profetas. Supongo que hay que escuchar, y no solo a los que se visten o parecen como nosotros.

Jim o Joshua me dijo: Yo creo en Jesús, pero ahora creo más en Diana, diosa de la luna que vive en Venus y está calva por las malas radiaciones que recibió en la Tierra.

Honestamente, pienso en estos días de crisis que nos tocan vivir, en el desamparo de buena parte del mundo y me doy cuenta que tiene razón. En cualquier momento todos volveremos a hacer ofrendas a los dioses antiguos.

Al Dios de la caza, a la Diosa del amor, al Dios del trabajo imposible, a la Diosa de la tierra fecunda, al Dios de los mares repletos de peces…

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Pablo Rey (Buenos Aires) y Anna Callau (Barcelona) viajan por el mundo desde el año 2000 en una furgoneta Mitsubishi Delica L300 4×4 llamada La Cucaracha. En estos años veinte años de movimiento constante consiguieron un máster en el arte de sobrevivir y resolver problemas (policías corruptos y roturas de motor en el Sáhara, por ejemplo) en lugares lejanos.

Durante tres años recorrieron Oriente Próximo y África, de El Cairo a Ciudad del Cabo; estuvieron 7 años por toda Sudamérica y otros 7 años explorando casi cada rincón de América Central y Norteamérica. En el camino cruzaron el Océano Atlántico Sur en un barco de pesca, descendieron un río del Amazonas en una balsa de troncos y caminaron entre leones y elefantes armados con un cuchillo suizo.

En los últimos años comenzaron a viajar a pie (Pirineos entre el Mediterráneo y el Océano Atlántico, 2 meses) y en motocicleta (Asia) con el menor equipaje posible. Participan en ferias del libro y de viaje de todo el mundo, y dan charlas y conferencias en escuelas, universidades, museos y centros culturales. Pablo ha escrito tres libros en castellano (uno ya se consigue en inglés) y muchas historias para revistas de viaje y todo terreno como Overland Journal (Estados Unidos) y Lonely Planet (España).

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina, el viaje es la vida.

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