45- En la frontera del caos. Paso Huaquillas, frontera entre Perú y Ecuador

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En los últimos tres meses cruzamos tres veces la frontera entre Perú y Ecuador. Esta es la historia del primero de esos cruces, por la ruta más cercana a la costa, la que une Tumbes y Machala. Sin duda la mejor manera de pasar con un vehículo de un país a otro es a través de Macará ya que en el tercer cruce, entre Zumba y San Ignacio, las rutas del lado de Perú son un desastre.

Caos. ¿De qué otra manera se podría definir esta colisión, este atasco permanente, este dolor en las tripas cuadriculadas de Huaquillas?

 Se nos atravesó un camión en la garganta –le digo a Anna después de diez minutos estériles intentando avanzar ocho metros.

El tránsito hacia el otro lado de la frontera, desde Perú hacia Ecuador, se presenta complicado. Estamos atrapados en el barro pegajoso de las ciudades salvajes, esas que crecen sin orden, donde las casas se levantan de la noche a la mañana en terrenos públicos y hacia donde haya espacio libre. Caos.

Y menos mal que no hay policía, porque por más buena o mala voluntad que pongan los policías no agilizan el tráfico, lo detienen. Levantan una mano y todos los coches se sienten aludidos, todos, los que van y los que vienen, los que tienen alguna cuenta pendiente y los que siempre se portan bien y merecen una medallita. Estos, los santitos, son los primeros en desinflarse cuando un policía de gafas oscuras se acerca a la ventanilla y se niega a enseñar los ojos. O sea, no hay policía a la vista, el caos es natural, el atasco es cotidiano y puede durar tanto como los que calientan los pies de Colón en hora punta, chute de monóxido de carbono bajo la Ronda Litoral de Barcelona.

A Huaquillas, pueblo-ciudad-frontera del lado peruano, se le atragantó una multitud de personas con camiones con coches con burros con carteles absurdos (que prohíben algo y son ignorados sistemáticamente) clavados en las aceras estrechas. Decoración, sí, todas calles necesitan decoración, todas las historias necesitan un escenario, incluso esta réplica de Blade Runner de nuestro querido subdesarrollo. Aquí también hay chinos sirviendo noddles en la acera.

No hay duda, esto es una selva. Ni un solo árbol ha sobrevivido a la congestión de intereses, comercios, bancos, casas de cambio, mulas humanas y agentes de aduana que saben dónde aceitar para que la máquina del contrabando siga funcionando. El coágulo de cemento que se ha expandido como una mancha de aceite a ambos lados del riacho seco y sucio que separa los dos países, es una ciudad que no reconoce tratados ni límites internacionales.

De Ecuador salen garrafas de 15 kilos de gas y combustible en tanques más o menos ocultos que será vendido por las mamitas peruanas a pocos kilómetros de la frontera. Son los grifos no oficiales, estaciones de servicio con sobrepeso que esperan sobre bidones amarillos de veinte litros.

El puente estrecho y corto es un by-pass oficial y publicable, un esfuerzo inútil para regular la sangre que corre entre los dos países. En realidad es un cuello de botella con más perforaciones que un okupa del barrio de Gracia, ignorado por miles de senderos que, como vasos comunicantes naturales, trafican esperanza saltando charcos de agua podrida.

 Tiene que traer una fotocopia de su pasaporte y de los papeles de la furgoneta –anuncia el encargado de aduanas, en el lado peruano de la vida.

 Es la tercera vez que salimos de Perú y la primera que me solicitan fotocopias. ¿Son necesarias?

No, creo que esta vez no le preguntaré si colecciona copias de pasaportes extranjeros, si está organizando un libro de visitas de la garita o promoviendo el revival de la burocracia. No, necesito las fotocopias si no quiero quedar atragantado en este tuttifrutti enrevesado que parece llevar algo de todo pero no sabe a nada. ¿Para qué hacer las cosas fáciles si podemos hacerlas difíciles?

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Junto a la puerta hay un espontáneo presentable que ofrece fotocopias a sólo medio dólar. Baratísimo, si sólo quieres ver el mundo a través de la mirada tuerta de las guías y revistas de viajes, con textos estándar y fotografías de sitios adónde se pueda llegar en avión. Nada de olores ni muñones. Así evitarías sumergirte aún más en el caos y entrar en la kasbah, en el laberinto del mercado callejero de lo que sea. Pantalones, cacharros de cocina, tomates, zapatillas con cuatro tiras, cabezas cortadas y despellejadas de vacas que te sacan la lengua desde la muerte y salchichas de procedencia dudosa. Es curioso, hay pocos perros.

‘La necesidad sabe más que la Universidad’, como dice una camiseta.

Al fondo de un pasaje que se abre a la izquierda y frente a unas escaleras estrechas que se inician dentro de un negocio de ropa joven y actual, hay un cartel que proclama FOTOCOPIAS.

Diez minutos más tarde abandonamos Perú. Al otro lado del puente, diez metros después, nos detiene un policía delgado, serio, canoso y con un uniforme distinto. Estamos en Ecuador, el país de las bananas Dole y las islas Galápagos, de la emigración masiva y de un presidente amigo de Chávez. Eso es todo lo que sabemos.

 Él les va a acompañar a la aduana –dice el policía después de sellar los pasaportes, señalando a un abuelo sonriente, inútil para cualquier otra cosa. –Síganlo, sino se van a perder.

Entonces el abuelo comienza a caminar por la calle mientras la Mitsu le sigue avanzando paso a paso de hombre. Es ridículo, es bochornoso y, aunque el abuelo no se dé por enterado, también es humillante. No debería ser así. De este lado el caos continúa, aunque parece que hayan tomado un digestivo. Lo engorroso es el atracón de puestos de cualquier cosa sobre el asfalto, las calles estrechas por dónde los camiones tienen preferencia, la falta de carteles y las advertencias sorprendentes.

 Cuidado con los dólares colombianos.

 ¿Cómo?

 Son falsos, los dólares colombianos son falsos, pero están muy bien hechos. Tienen hasta marcas de agua –explica el abuelo después de estacionar la furgo, mientras camino a su lado los doscientos metros que nos separan de la aduana.

 ¿Y cómo los distinguen?

 El papel de los dólares auténticos es más delgado y tiene tramas en los ángulos, allí es más rugoso –y rasca su pulgar con su índice mientras se detiene frente a una puerta más. Y vuelve a rascar su pulgar con su índice, esperando la propina.

Nunca, en los siete años y medio de viaje, habíamos atravesado una frontera más caótica. En Sudán tardamos seis horas para rellenar todos los formularios, pagar todas las tasas y pasar todos los controles. El problema era que no tenían mucho que hacer y necesitaban entretenimiento. En Chile nos tiraron un perro adicto a la cocaína dentro de la furgo, a la salida de Bolivia, buscando algún cargamento oculto bajo el colchón. En Mozambique nos cobraron el doble porque era sábado y en Etiopía nunca pasamos por la aduana, porque entramos al país el aniversario de su independencia y como era festivo estaba cerrada. Pero aquí ni siquiera se molestan en mirar la furgoneta.

 ¿De dónde es el vehículo?

 De España.

 ¿Hacia dónde van?

 Hacia Alaska.

 ¿Y usted es español?

 Sí. También soy argentino, pero viajo con pasaporte español.

Una hora más tarde, nos perdemos buscando la salida a la ruta en un nuevo país.

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