37- Homenaje a los Buenos Mecánicos (y despellejamiento ritual de los malos)

Los mecánicos pertenecen al gremio de profesionales ligados a la religión. Son como los tipos del servicio técnico que arreglan aparatos electrónicos, los abogados y los curas.

– Es la junta frenopática izquierda de la bomba de inyección –asegura mientras mueve la cabeza en cámara lenta, para un lado y para el otro.

Uno, que es humano, no tiene más alternativa que creerles. Su trabajo, para nosotros, o sea todos los demás, es cuestión de fe. Es entonces cuando comienzan a desarrollar toda su creatividad.

– Uffff… eso… que quiere que le diga… hay que desmontar todo y enviarlo a Alemania, es el único sitio donde la pueden dejar como nueva –sentencia con una soltura digna de un especialista en Shakespeare. Y después dicen que los mecánicos son todos unos brutos.

– Pero si sólo tiene un ruidito -sugieres mientras el síndrome Pollito Destinado al Horno asume tu personalidad.

– Si no lo arregla, en cualquier momento empieza a perder aceite. Y eso, mire, está justo en el camino de la rueda. ¿Usted sabe lo que pasa cuando un vehículo pisa aceite? Patina, pierde el control, choca, se le puede dar vuelta… Mejor arreglarlo antes que se convierta en algo peor, ¿no cree?

– ¿Peor?

– Mire, le voy a ser sincero. Esto es como un cáncer. Hay que cortarlo de raíz cuanto antes, sino se le puede extender al resto del motor. Pistones, bielas, balancines, balines… cuando el aceite se oscurece por la fricción no le quedará más remedio que poner un motor nuevo, un transplante total, o pegarle un tiro a la furgoneta. Venderla como chatarra a un vagabundo que necesite un techo. Y encima, seguro que le paga con una bolsa con veinte kilos de monedas. Usted decide, puede arreglarlo ahora o…

– ¿Y cuánto me va a costar? –preguntas mientras comienzas a sudar. Lo curioso es que todo el taller tiene aire acondicionado.

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A todos nos ha pasado. Que levante la mano aquel que no haya sufrido esta crucifixión. Los menores no cuentan. Los que no tienen coche ni ordenador, ni necesitaron nunca un abogado o la ayuda de Dios, Mahoma o Jehová, tampoco.

Hace unos días nos escribió Dani, a quien hace un año le cambiamos un libro por un par de herramientas. Decía que si seguimos recordando a Ernesto González, el Peor Mecánico del Mundo, no nos van a querer atender no sólo otros mecánicos, sino tampoco los dentistas, los otorrinolaringólogos, los carpinteros, la señora del almacén o el tipo que pone combustible en una estación de servicio. Que cuando nos enfermemos vamos a tener que ir a un veterinario. Que todos van a tener miedo de cagarla y aparecer fusilados en Internet.

Algo de razón tiene, hay que admitirlo. También hay que decir que Dani es argentino, y que los argentinos son tendientes a la exageración. Yo soy bi y, en este caso, soy un español cabeza dura. Cojones.

Por eso prefiero adoptar la técnica israelí de machacar constantemente para que nadie olvide el holocausto, aunque hayan pasado más de sesenta años. En nuestro caso sólo han pasado dos añitos, una birria, nada. El viejo que nos tuvo setenta días con el motor roto en el desierto de Atacama sigue vivo y cualquier distraído puede cometer la torpeza de caer en sus garras. Que después no digan que no les advertí.

En el fondo, todo esto es una campaña de bien público para que el hombre se dedique a otra cosa, corte y confección, por ejemplo. O bricolaje con cerillas. Podría hacer unas catedrales muy bonitas a tamaño natural sin hacer daño a nadie.

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Afortunadamente también hay muchos buenos mecánicos desperdigados por ahí. Y no todos pertenecen al servicio oficial de una marca cara y conocida. Muchos son trabajadores anónimos cubiertos de grasa y con las manos lastimadas que simplemente hacen las cosas bien. Aquí va una lista de pequeños grandes talleres especializados o garitos sublimes que nos han resuelto problemas. A ellos les estaremos eternamente agradecidos. Dani, que conste. 

 

Pablo Rey (Buenos Aires) y Anna Callau (Barcelona) viajan por el mundo desde el año 2000 en una furgoneta Mitsubishi Delica L300 4×4 llamada La Cucaracha. En estos años veinte años de movimiento constante consiguieron un máster en el arte de sobrevivir y resolver problemas (policías corruptos y roturas de motor en el Sáhara, por ejemplo) en lugares lejanos.

Durante tres años recorrieron Oriente Próximo y África, de El Cairo a Ciudad del Cabo; estuvieron 7 años por toda Sudamérica y otros 7 años explorando casi cada rincón de América Central y Norteamérica. En el camino cruzaron el Océano Atlántico Sur en un barco de pesca, descendieron un río del Amazonas en una balsa de troncos y caminaron entre leones y elefantes armados con un cuchillo suizo.

En los últimos años comenzaron a viajar a pie (Pirineos entre el Mediterráneo y el Océano Atlántico, 2 meses) y en motocicleta (Asia) con el menor equipaje posible. Participan en ferias del libro y de viaje de todo el mundo, y dan charlas y conferencias en escuelas, universidades, museos y centros culturales. Pablo ha escrito tres libros en castellano (uno ya se consigue en inglés) y muchas historias para revistas de viaje y todo terreno como Overland Journal (Estados Unidos) y Lonely Planet (España).

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina, el viaje es la vida.

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