28- Problemas con la furgo… ¡Séptima temporada! | MECÁNICA EN RUTA

Siete años y cuatro meses de viaje, kilómetro 157.973

Hacía varios años que no teníamos problemas graves con la Mitsu. Intento recordar y sólo me viene a la cabeza el internacionalmente famoso viejo culeao, el mecánico chileno del desierto de Atacama que nos empujó a comprar un motor nuevo a fines de 2005. Con un poco de maña es relativamente fácil desarmar un motor. Volverlo a montar ya es otra cosa, siempre te sobran piezas.

Esta vez, la historia comienza después de dos semanas y media en Lima. Dos semanas y media cargadas de smog, bocinas de autobuses y taxistas con síndrome de abstinencia, de sexo o de lo que sea, yonkis enfurecidos al volante buscando un camello por dos soles. Nada, basura ruidosa y descartable que se separa de la aureola de los nuevos amigos, artistas que convierten la vida nublada de Lima con una sonrisa, un café con leche o una tarde sobre un arroz con mariscos de nombre distinto. Pero este es otro tema: tengo un problema con los nombres de las comidas peruanas, no se parecen a nada que haya probado antes…

Lima tiene un problema: durante ocho meses al año vive oculta bajo un manto de nubes. La humedad es tan intensa que la ropa colgada en una cuerda tarda dos días en secarse. Sientes que el moho se multiplica en tu piel, sopla un poco de aire marino que te enfría los pulmones y ya estás engripado. Es la venganza de los incas, convencer a los conquistadores para construir su capital en un sitio sin sol, una condena que alcanzaría a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, y así etcétera hasta el final de los días.

Pero nosotros, y la Mitsu.

Esta es una historia escrita en tiempo real. Ya son las primeras horas del 19 de octubre y hace poco que llegué a Lima en un autobús apestoso cargando una mochila pequeña y una barra de torsión castrada. Ayer, 17 de octubre, subíamos felices hacia el Callejón de Huaraz, buscando un sitio donde pasar la noche cuando de repente la furgo hizo CRACK!!!… y se quedó coja. Doscientos metros atrás había quedado la ermita de la Virgen de Lourdes, donde decenas de camioneros se detienen todos los días para encender una vela y rogar por su salud en el camino. Nosotros habíamos pasado de largo y parecía que a la virgen no le salían las cuentas.

Aparcamos en el arcén de tierra y descendemos. Anna todavía se está recuperando de un principio de gripe que no quiere ceder. Me alejo y observo la furgo, la rueda sigue en su sitio pero la carrocería está mas baja. Me arrodillo sobre la tierra y busco debajo, algo se rompió, todo está pegado, más junto… Anna, que se había alejado unos metros por la carretera, vuelve con un pedazo de fierro en la mano. Está caliente. Es un trozo de la barra de torsión… y su soporte…  Mierda. Esta sí que es una avería nueva, nunca nos había pasado algo así en siete años de viaje.

En los siete años de ruta tuvimos algunos problemas graves. Perdimos la tapa del filtro de aire en el Sahara de Sudán y nos quedamos tirados en medio del desierto con el motor inundado de arena. Junto al lago Turkana, en Kenia, el agua hizo que se doblara una biela y tuviéramos que hacer 800 kilómetros para buscar un mecánico. Esa fue la ida, porque hubo que volver y durante el retorno tuve el dudoso honor de ser galardonado con once pinchazos en un sólo día. Años más tarde se nos congeló el motor en el Altiplano boliviano, a 4.500 metros de altura. Y la hospitalidad boliviana se hizo presente cuando los vehículos que pasaban nos miraban y se negaban a ayudarnos: éramos blancos, ahora nos tocaba jodernos a nosotros, en representación de todos los blancos del planeta. Luego pasamos setenta días en el desierto de Atacama, esa es la historia del famoso viejo culeao. Siempre, cada vez, luchamos para salir adelante, contra la mala suerte y el supuesto destino. Eramos como la Pantera Rosa perseguida por la nube: no importa hacia donde te dirijas, aunque tengas un paraguas te lloverá sobre la cabeza.

Esta vez el motor funciona, la avería no es tan grave, pero si avanzamos en éstas condiciones podemos romper algo más. Hay que pensar, tomarse las cosas con calma. Recuerdo, si me hago demasiados problemas la mala suerte se ensaña y te juro que no hay nada peor que una mala suerte con mala leche. Calma, hoy no podemos hacer nada, está anocheciendo y la barra de torsión ya está fuera. Calma, mañana será otro día. Bajemos doscientos metros lentamente, muy lentamente, y durmamos junto a la Virgen de Lourdes. Y busquemos una vela, con todo lo que llevamos, joder, ¡tiene que haber una vela en algún sitio!.

Apenas amanece salgo caminando hacia el pueblo más cercano, Raquia, a 6 kilómetros, donde hay un teléfono rural. Casi no circulan vehículos y recuerdo lo duro que es hacer dedo y que nadie se detenga. Por lo menos el paisaje es bonito. A través de Lucho, nuestro anfitrión en Lima, consigo hablar con un mecánico que asegura que puedo mover la furgoneta siempre y cuando el neumático no toque la carrocería. Y avanza despacio Pablo, sobre todo, avanza despacio. Vuelvo a buscar a Anna en un camión de combustible y volvemos a Raquia tan despacio que hasta los camiones cargados nos pasan con sorna.

Media hora más tarde aparcamos junto al restaurante de carretera del pueblo de Raquia. Dos viejitos se acercan para repetir que no debo preocuparme: eso no es la ciudad, es un pueblo tranquilo, no pasará nada. No pasará nada, pero igual debemos separarnos: uno de los dos debe quedarse con la casa mientras el otro sale a buscar ayuda, o una solución. Anna se queda, yo tomo el autobus apestoso con vendedores ambulantes empecinados en vender el mágico Vicks Vaporub local, que sana todo tipo de afecciones musculares y respiratorias causadas por el cambio climático. Seis horas más tarde vuelvo a Lima, la nublada. Los amigos dicen que a fin de año saldrá el sol.

Lo primero es lo lógico, llamar a Mitsubishi Perú, donde aseguran que no tienen recambios de nuestro modelo porque no existe en Perú. Eso también es lógico. Que se puede importar, pero tarda un mes. Japón está demasiado lejos. Y entonces, ¿qué hacemos?

En mi cabeza comienzan a multiplicarse las opciones: buscar recambios similares de otras marcas. Viajar 1.800 kilómetros al sur, hasta Iquique, en el norte chileno. Allí seguro que consigo la barra de torsión. O quizás en Tacna, a sólo 1.000 kilómetros, creo recordar que allí también hay muchas Delica, igualita a nuestra Mitsu, pero con el volante a la derecha. Son los restos de las flotas coreanas y japonesas, minibuses con los laterales llenos de garabatos orientales, dados de baja tras cinco años de trabajo en el civilizado oriente y enviados a Bolivia, el norte de Chile y el sur de Perú. Soldar, propone un mecánico vecino; sí, pero la barra puede volver a romperse en cualquier momento, en cualquier lugar, en una semana o en un mes. Necesitamos la pieza original, la que no debe ser muy fácil de conseguir.

Una de las preguntas que la gente nos repite es cómo salimos de los problemas cuando se presentan en sitios inesperados. Hasta un año atrás el proceso era desesperante, una mezcla con pequeñas dosis de ilusión y una gran acumulación de frustraciones. Amamos nuestra furgo, es nuestra casa con ruedas, nuestra Mitsu, nuestro hijo que alguna vez nos da dolores de cabeza. También es cierto, le exigimos mucho. No es un modelo muy común y las piezas son difíciles de conseguir, por eso llevamos con nosotros el motor viejo completamente desarmado: bomba hidráulica, de inyección, turbo, piñones, correas, disco de embrague, plancha, inyectores, calentadores, pistones, bombín de embrague… es mucho peso, pero es mejor que quedar varado y vivir momentos de incertidumbre como éste. Y ahora, ¿qué hacemos?

ANTE TODO MUCHA CALMA, decía una camiseta que llevaba cuando comenzaba mi vida en Madrid. Los nervios y la prisa sólo atraen a la mala suerte. Y si la mala suerte se ceba, ¡estás jodido! Lo mejor es ignorarla, no pasa nada, aunque pase.

Hoy, 19 de octubre, salí temprano de la casa de los amigos de Lima para visitar personalmente la oficina de recambios de la sede central de Mitsubishi Perú. Nada, que con una soldadura especial puede durar hasta seis meses, tiempo suficiente para recibir el recambio original. A veinte cuadras están las oficinas de Suzuki y Chevrolet. Media hora más tarde confirman que sus barras de torsión son distintas. A cien metros están las oficinas de Hyundai, a esta altura con preguntar no pierdo nada, sólo puedo acumular cansancio.

– Pero aquí sólo tenemos recambios de Hyundai.

– Ya, pero quien sabe, quizás es mi día de suerte…

Cinco minutos, diez, quince minutos. El empleado vuelve con una barra de torsión, de lejos parece igual, pero no lo es. Es cinco centímetros más larga. Casi. Paciencia. Quizás no sea mi día de suerte… ¿Y ahora?

– Vete a San Jacinto, allí venden recambios de vehículos robados. Sí, los desarman y los venden allí. Pero no vayas solo. Pero… a ver… espera… esa es la barra de torsión izquierda. Veamos como es la derecha.

Cinco minutos más tarde llega la barra derecha. Es idéntica a la izquierda de la Mitsu. Parece que esta vez el Dios de los cuatro cuatreros se puso de nuestra parte y los problemas desaparecieron pronto. Es curioso, a veces, cuando esperas algo, no aparece nada. Y cuando no esperas nada, aparece la solución. Esto es un trabalenguas, un rompecabezas. Que bueno, que bueno. Que bueno.

En Lima comienza a salir el sol. Llego a la casa de nuestros amigos, los Rubiño Albrizzio, y la abuela Raquel ya está preparando el almuerzo: charquicán de atún. Todos saben que conseguí la barra de torsión, se me nota en la sonrisa tonta. Hoy todo me parecerá bien. Como con Rita y Lucho, me despido de Vero, la hija mayor, la que nos invitó a entrar en la familia. Luchito, Gustavo y Arturito llegan y se van. En la puerta, me encuentro con Vivi y Cecilia, las dos que faltaban. Todos, demasiado.

A primera hora de la tarde busco un autobús, un colectivo, una micro o un omnibus para volver a casa. Volver a casa, que raro que suena.

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Pablo Rey (Buenos Aires) y Anna Callau (Barcelona) viajan por el mundo desde el año 2000 en una furgoneta Mitsubishi Delica L300 4×4 llamada La Cucaracha. En estos años veinte años de movimiento constante consiguieron un máster en el arte de sobrevivir y resolver problemas (policías corruptos y roturas de motor en el Sáhara, por ejemplo) en lugares lejanos.

Durante tres años recorrieron Oriente Próximo y África, de El Cairo a Ciudad del Cabo; estuvieron 7 años por toda Sudamérica y otros 7 años explorando casi cada rincón de América Central y Norteamérica. En el camino cruzaron el Océano Atlántico Sur en un barco de pesca, descendieron un río del Amazonas en una balsa de troncos y caminaron entre leones y elefantes armados con un cuchillo suizo.

En los últimos años comenzaron a viajar a pie (Pirineos entre el Mediterráneo y el Océano Atlántico, 2 meses) y en motocicleta (Asia) con el menor equipaje posible. Participan en ferias del libro y de viaje de todo el mundo, y dan charlas y conferencias en escuelas, universidades, museos y centros culturales. Pablo ha escrito tres libros en castellano (uno ya se consigue en inglés) y muchas historias para revistas de viaje y todo terreno como Overland Journal (Estados Unidos) y Lonely Planet (España).

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina, el viaje es la vida.

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