110- La corrupción de la policía en Nicaragua 1

– Me parece que le voy a tener que hacer una multa.

(Usted me disculpará, pero es mi obligación, Dios me ha visto verle y los árboles y mis ojos y las moscas que zumban alrededor de mi cabeza también me han visto verle pisar la línea blanca en la curva. Y eso es ilegal, sabe, la vida es dura).

Durante nuestros primeros quince días en Nicaragua, la policía nos detuvo 10 veces para revisar nuestros documentos personales, permisos, seguros, triángulos y extintor. Y eso que no usamos la furgoneta todos los días.

Aclaro: esta es una historia sobre policía malos. Ya sabemos que los policías no son todos buenos, pero hay países en donde solo te encuentras con los malos. Hay que joderse…

Habíamos quedado para pasar el fin de año con Réjean, Nathalie y sus hijas, Charlotte y Eve, de nueve y seis años. Amigos de Québec, todavía Canadá, que llevaban unos cuantos meses de viaje por México. Nos habíamos encontrado por primera vez en Costa Rica, en la Playa de Sámara, donde compartimos 3 semanas de camping frente al mar. Espectacular.

Volvíamos de acampar en la playa de Las Peñitas y habíamos cumplido con todos los ritos que presagian un buen 2010. Hicimos un buen asado y quemamos un muñeco tamaño humano. No era una vena incendiaria escondida, sólo nos adaptábamos a las costumbres locales: a las 12 de la noche del 31 de diciembre, muchas familias de Nicaragua sacan muñecos de paja y ramas vestidos con ropa vieja a la calle, y los quema. El año ya pasó, murió. Adiós.

Ocurrió en la ruta, cerca de León Viejo, la capital colonial que sucumbió tras una erupción del Momotombo. (Ahora solo quedan las piedras grises de los cimientos de los edificios y los huecos vacíos de las tumbas descubiertas. ¿Adónde habrán ido a parar los huesos?). Vivíamos en la felicidad de la ruta cuando en un cruce de rutas desolado nos encontramos con una patrulla de policía. De policías aburridos mirando los papeles de un taxista. Por supuesto, ven un vehículo con un cartel grande que dice La Cucaracha, y sí, te paran.

La mitad de las veces, los encuentros son pequeñas partidas de póker. Si tienes todo en regla no tienen por qué entretenerte mucho, a no ser que quieran buscarte las cosquillas. Nosotros pasamos rápido, pero parecía que querían marear a los amigos canadienses.

– Me parece que le voy a tener que hacer una multa.

– ¿Y por qué? –pregunta Réjean.

– Su vehículo no lleva matrícula delante.

– En Canadá ningún vehículo lleva matrícula delante.

– Pero en Nicaragua todos los vehículos llevan matrículas delante y detrás. Voy a tener que hacerle una multa –dice el policía, media sonrisa, enseñando las fundas de plata de los dientes superiores.

– Disculpe –digo al policía metiéndome en la conversación. Es que no puedo evitarlo, soy así. –Si él está en Nicaragua con ese vehículo y una sola matricula es porque la policía que está en la frontera le autorizó a entrar con el vehículo en esas condiciones. Por si no sabía, en la frontera la policía revisa todos los vehículos.

– Usted manténgase aparte, estoy hablando con el señor.

– Perdone, pero si este es un país libre, yo puedo estar donde quiera. Ellos son mis amigos y voy a estar aquí, a su lado.

El policía me mira confundido. Un taxista que espera con su vehículo a un lado de la ruta sonríe descarado. Este no es el espectáculo habitual. El policía vuelve a mirar el frente del vehículo. Sí, lleva una placa con el dibujo de un caracol feliz y dice Camping Safari. Camina despacio hacia la parte trasera. Sus compañeros observan de lejos. Las niñas deben pensar que su papá es muy peligroso porque la policía lo controla todo el tiempo.

– Mire, voy a llamar a mi jefe, en la comisaría, para preguntarle si su amigo puede circular con una sola matrícula. Usted espere ahí.

Anna bufa. Nathalie le explica la situación a sus niñas. Réjean es un tipo tranquilo, no es peligroso. Varios kilómetros adelante nos detenemos y me cuenta que vio al policía por el espejo retrovisor haciendo gestos a su compañero. ¿Qué hacemos? Y que después se puso el teléfono en la oreja y habló solo. Y nos dejaron ir. Lo habían intentado, y no había funcionado.

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Tenemos muchas historias parecidas, como en Perú, cuando nos detuvo un policía sentado, o cuando nos pidieron el permiso especial para llevar vidrios oscuros en las ventanas traseras. Incluso, en Argentina un policía se inventó un semáforo en rojo que el alcalde todavía no había puesto. La ruta es así.

Esta es solo una de las historias que tenemos con policías en Nicaragua. Habrá más.

Lo importante es no acobardarse con los malos policías. Mantenerse tranquilos, no acceder a ninguna rebaja de una multa inventada aunque pierdas algo de tiempo. Ellos suelen querer la coima rápido. Si te detienen por romper una regla que no conocías, apela a lo más lógico, repite conmigo: lo siento, soy extranjero, no lo sabía y no lo volveré a hacer. Y si igual quiere multarte, es un cabrón. Los buenos policías, previo acto de contrición, suelen ser comprensivos.

(Continúa en La Corrupción de la Policía en Nicaragua 2: Encuentro con el Chapulín Colorado)




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