319- El MYANMAR que nadie visita: la frontera de Tachileik

El oficial de inmigración de la frontera entre Mae Sai y Tachileik abrió mi pasaporte en un gesto rutinario. Ya sabía lo que iba a encontrar: otro extranjero que usaba ese paso para renovar su visado tailandés. Era un cruce práctico, de cinco minutos, pim-pam, y para ellos era un negocio redondo. Estampaban un sello y pase por caja: 500 baht o 20 dólares, que no es lo mismo, o la cifra que fuera, una cantidad que podía cambiar según el estado del tiempo, el humor y las necesidades.

En medio del puente que separaba Tailandia de Myanmar, un viajero con pinta de vividor del Sudeste Asiático, sandalias gastadas, pantalones gastados, camisa del color de la tierra, collares y un par de rastas que sobresalían de su cabeza calva, pedía ayuda en varios idiomas: no le aceptaban el billete de 20 dólares.

‘Estos malditos idiotas dicen que el billete está viejo, que está muy usado, pero mira, está bueno, no está roto, ni rayado!’

En ese momento no entendí el problema. Honestamente, pensé que quizás el billete sería falso, como aquellos famosos dólares colombianos que nos habían endosado en Ecuador. Nosotros estábamos llegando a Tachileik en el este de Myanmar, la región abierta a los extranjeros menos visitada del país, con la intención de intentar unir por tierra las ciudades de Kentung con Taungyyi. Era una ruta prohibida: cruzaba la vertiente sur de las enormes plantaciones de opio que estaban en manos de guerrilleros, o del ejército, o de bandidos. Nadie tenía una respuesta definitiva.

En la oficina, el oficial de inmigración abrió mi pasaporte y se sorprendió. ‘¡Visa! ¡Visa!’ dijo a sus compañeros levantando la voz y señalando un asiento frente a un escritorio. Allí había un ordenador, montones de papeles, un par de sellos y una cámara de sobremesa, colocada a la altura de mi ombligo. La foto para el registro de extranjeros en Myanmar quedaría con un gesto forzado, como el de una jirafa que tiene que abrirse de piernas y estirar el cuello hacia abajo para beber agua.

Estábamos con nuestras mochilas de 5 kilos en uno de aquellos rincones olvidados de un país que lentamente se abría al turismo. Myanmar había permanecido aislado por muchos años debido al boicot a un gobierno militar sanguinario, y por el mismo boicot de los militares hacia el mundo, que daban los visados con cuentagotas. La presión internacional y el cansancio de vivir en un país sin futuro, habían abierto las puertas a los primeros cambios, con elecciones casi libres. Parecía que los militares estaban dispuestos a entregar el gobierno, pero no el poder.

Los perros nos echaron del templo en construcción, con andamios levantados con troncos de árbol
Los perros nos echaron del templo en construcción, con andamios levantados con largas cañas de bambú.

Apenas recorrimos los primeros diez metros de Myanmar cuando una catarata de motociclistas y guías turísticos amateurs se acercaron para llevarnos donde fuera. Recién entrábamos, no teníamos muchos planes, solo queríamos comprobar la capacidad de transformación de un país que estaba abriéndose. ¿Podríamos comprar una moto? Que supiéramos, ningún extranjero lo había hecho. ¿Podríamos viajar libremente por el este del país? Parecía que sí. ¿Podríamos evitar los controles de carretera? En los consulados de Bangkok y Chiang Mai nos habían asegurado que se podía circular libremente entre el este y el oeste.

Soltamos nuestro primer hola en birmano, mingalabah, y esquivamos a los mototaxis con una sonrisa haciendo gestos negativos con la mano. Lo curioso era que no insistían. No nos acompañaban por la calle señalando puntos en un mapa. Quizás se debía a nuestra falsa seguridad, a eso que aprendimos en la ruta, de dar la impresión de que sabes lo que haces, o hacia dónde vas, aunque no tengas ni puta idea. Quizás era simplemente porque no hablaban una sola palabra de inglés.

Los rostros lo decían todo. Sorpresa, duda, estupor. La sonrisa funcionaba mejor que nunca como idioma y los leves movimientos de cabeza precedían a un saludo más espontáneo, más real. Era una sensación extraña, y al mismo tiempo única. En Tachileik estábamos volviendo a aquellos lugares en donde los extranjeros son una rareza.

El Barça estaba en todos lados.
El Barça estaba en todos lados.

Tailandia había sido una especie de paraíso turístico donde todo era alcanzable, aunque a veces no te trataran bien o no te entendieran. Esto era otro mundo. No había más que iniciar el saludo, con un deje de duda en la entonación. Volvías a intentarlo, y a la segunda o tercera vez, entendían que intentabas decir hola, nada más, y entonces ocurría el milagro. El campesino, el mecánico, el cocinero del puesto de la calle, se convertían en maestros de idiomas. Una sonrisa les estallaba en el rostro ante tus errores obvios de extranjero que intentaba comunicarse en un idioma nuevo. Era una sonrisa de orgullo, una sonrisa heroica, de superviviente.

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IMPRESCINDIBLE: 5 COSAS QUE DEBES SABER ANTES DE VIAJAR A MYANMAR

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La caminata por Tachileik casi no tenía sentido. Íbamos en dirección contraria y lo sabíamos aunque realmente no nos importaba mucho. Las mochilas, de cinco kilos cada una, no eran una molestia. Necesitábamos absorber los gestos, el aire, los olores de un nuevo país del que apenas teníamos información. Aquella era una zona lejana, donde ningún blogger había intentado viajar. Lonely Planet solo le había dedicado unas páginas vagas, con menciones a tours.

Las calles estaban rodeadas de casas y edificios que llevaban décadas sin pintarse. Sobre el asfalto, hombres vestidos con pantalones y hombres vestidos con longyii, una especie de falda que llega hasta los pies, se cruzaban con mujeres de rostro despejado y mujeres que llevaban las mejillas teñidas de amarillo. Era la tanaka, una pasta que utilizan para protegerse del sol. Entramos a un hostal oscuro y vacío, sin cuadros ni mapas en las paredes. Damos un par de palmadas y un hombre sale a nuestro encuentro. Solo dice 500 baht, el precio de la habitación, el doble de lo que pagábamos en Tailandia. Estamos en Myanmar pero la moneda de uso corriente sigue siendo el baht tailandés. Seguimos adelante.

Por las callejas de Tachileik se abrían los mercados del barrio
Por las callejas de Tachileik se abrían los mercados del barrio

En la otra acera hay un taller de motos. Sería ideal comprar un scotter para viajar por todo Myanmar, pero todavía no sabemos cuánto ha cambiado el país. ¿Podemos conducir nuestra propia moto local, por Myanmar? En el taller hay cuatro jóvenes que parecen de etnias completamente distintas: uno es de piel oscura, barba y nariz aguileña, otro es delgado y blanco como el papel pero de rasgos asiáticos, otro es de rostro ancho y lleva una camiseta con el escudo del Barça y un tercero es de piel trigueña. Parece que las dudas iniciales, la timidez, dejan paso a una sensación de curiosidad. Nos ofrecen una moto sin matrícula ni papeles por 6000 baht, 220 dólares. Una moto con papeles cuesta 29.000 baht.

Afuera hay un grupo de policías que parece que tienen el día libre. La ciudad está tranquila, se acabó la época de los disparos y las batallas en la calle. Mingalabah. A la gente de Myanmar les encanta nuestros intentos por balbucear unas palabras de birmano, acompañadas siempre por una sonrisa permanente que dice ‘oye, lo siento, no hablo tu idioma pero lo voy a intentar’. A los cinco minutos los policías llaman por teléfono a una agencia de viajes y poco después aparece un hombre en un coche que, sin querer vendernos nada, nos cuenta que algunas rutas siguen cerradas a los extranjeros, que se necesitan permisos, que las normas del país impiden que podamos tener nuestra propia moto… Nos sugiere tomar un bus hasta la estación de autobuses, que está a uno o dos kilómetros.

Los abuelos parecen ser los únicos que hablan inglés en el este de Myanmar
Los abuelos parecen ser los únicos que hablan inglés en el este de Myanmar

Pero antes de seguir adelante necesitamos cambiar dinero. Algo habíamos escuchado de la manía nacional porque los billetes en moneda extranjera parezcan recién salidos de la imprenta. Pero nunca imaginamos que… serían tan puñeteros. Los primeros billetes de cien dólares que llevamos a la oficina bancaria están impecables, pero no los aceptan porque están doblados a lo largo, a la medida de un cinturón de seguridad. Empiezo a comprender al extranjero que los puteaba sin entender por qué no le aceptaban sus veinte dólares en la frontera. Tras un pequeño tira y afloja y muchas sonrisas, aceptan el tercer billete.

Hacía mucho tiempo que no me sentía tan observado. Los rostros se levantaban para observarnos, muy pocos eran indiferentes. Y eso era una buena señal. Si yo levantaba la mano para saludar a quien nos miraba, el otro sonreía con candidez y devolvía el saludo. Lo había atrapado. No había vergüenza en mirar, porque era una mirada clara, de sorpresa. Nítida. Sin segundas intenciones.

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ESTA HISTORIA CONTINÚA EN

VIAJAR AL PASADO EN KENGTUNG, MYANMAR

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La estación de autobuses hacia Kentung estaba a siete, ocho kilómetros. Es un gran descampado, o un patio interior abierto, con dos autobuses que hoy no salen y una furgoneta cargada de gente apretujada. Pero los autobuses también salen de la calle, en realidad todo el la estación. Allí nos ofrecen un taxi por 70 dólares. Los autobuses valen muchísimo menos, pero no salen hasta el día siguiente. ¿La tarifa? 10.000 kyat por persona, nueve dólares, varias veces más de lo que cuesta el pasaje para los locales. Es el precio estándar mínimo impuesto por el gobierno militar para los extranjeros.

A la mañana siguiente, partimos hacia Chentung
A la mañana siguiente, partimos hacia Chentung

Después de tantos años viajando por países donde podíamos hablar con la gente en uno u otro idioma, llegamos adonde nos habíamos propuesto. A esos lugares donde nadie te entiende, donde la cultura es tan diferente que los gestos pueden significar otra cosa, donde viajar se convierte en un desafío. El este de Myanmar, vacío de extranjeros, donde solo los abuelos hablan algo de inglés, era el lugar perfecto para empezar una nueva aventura.

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y porque es capaz de sobrevivir a una bomba atómica. Desde aquel momento recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2015 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (El Libro de la Independencia, Por el Mal Camino e Historias en Asia y África) y uno en inglés (The Book of Independence) y escribe regularmente artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna edita los libros y hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlar y conferencias.

Han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.

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204- Cásate conmigo 1. Historias de amor en el Egipto tradicional

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Poco ha cambiado en Abu Sir desde la época de los faraones.

El pueblo sigue siendo un laberinto de callejuelas retorcidas y pa­redes de adobe gastadas. Las casas están habitadas por mujeres gruesas, niños hiperactivos y hombres con bigote que llevan ves­tidos largos, como sus tatarabuelos. Todos sueñan con poseer una camioneta-taxi que viaje a la ciudad cargada de gente, pero en la vida real se conforman con un burro. Sí, hay algunos teléfonos, bastantes televisores y muchos radiocasetes que hacen de las calles un remix de oraciones a Allah y música pop egipcia, pero sólo es el maquillaje que oculta el curso tradicional del Nilo.

Los niños crecen pactando las horas de escuela con las horas de trabajo. Arrean los animales, acomodan cajas y vocean en los mercados. En las tardes libres persiguen balones en los campos baldíos del desierto o gambetean las lápidas del cementerio donde cada viernes se reúnen las familias para almorzar con sus muertos. También tienen juguetes de colores, armas para matar sionistas in­visibles y coches que sólo podría conducir una cucaracha, pero cuando suben a los montes pelados de las afueras de Abu Sir se divierten levantando una bolsa de plástico atada a la punta de un palo. Y si el viento ayuda, tenemos una nueva bandera de libertad.

Las mujeres enseñan el rostro, los tobillos y las manos mientras caminan con cubos de agua en equilibrio delicado sobre su cabeza. O mientras cargan enormes atados de pastos recién segados para los animales que hoy se quedaron en casa; o la ropa limpia, o las alfombras que acaban de lavar en la orilla del canal. Sus vestidos rojos, azules o púrpuras contrastan con los muros blancos cubiertos de dibujos naïf. Hay aviones, barcos, autobuses y re­presentaciones de la Kaaba, el sitio más sagrado del Islam. Son los hogares de quienes han cumplido con el hajj, la peregrinación anual a La Meca.

Al anochecer las calles se tiñen lentamente de amarillo, iluminadas por las bombillas desnudas de los comer­cios que permanecen abiertos hasta que el vendedor se queda dor­mido. En los techos se suceden maullidos y cacareos desesperados, los gatos compiten con los gallos por la propiedad de las gallinas. A esa hora todos los televisores se concentran en las desdichas de Mansur, el protago­nista de la telenovela de moda en la televisión egipcia. Los comerciantes confían en la honestidad de los vecinos y se centran en la pantalla. Las mujeres se encuen­tran en las casas y los hombres dejan de jugar ruidosas partidas de dominó para atender el episodio del día. ¿Podrá Mansur vencer sus malos instintos y comportarse como un hom­bre decente? ¿Dejará de meterse en problemas y de engañar a sus amigos? ¿Podrá encarrilar su vida y llevar la felicidad a su familia como un buen musulmán?

Aparte del ayuno por Ramadán y las andanzas de Mansur, en Abu Sir nada parece demasiado importante. Las pirámides de la Quinta Dinastía que se levantan en el horizonte han visto nacer, llorar, reír y morir a muchas generaciones. Vieron a Samir con veinticinco años diri­girse a una fiesta con el monólogo aprendido para pedir a Fregha, cásate conmigo. Habían conversado poco, los hombres y las mu­jeres no se mezclan a no ser que sean de la misma familia, pero lo que veían les gustaba. Él era un buen musulmán, practicaba karate y tenía músculos de acero. Ella era bonita, tenía una sonrisa pícara y reía mucho. Él dijo todo lo que esperaba de ella y que, a diferen­cia de otros hombres, quería tener una sola mujer. Ella volvió a reír y aceptó.

Unos días más tarde el padre de Samir golpeó la puerta de la familia de Fregha. Tenía algo muy importante que arreglar con el hombre de la casa. Se sentaron frente a frente separados por una mesa baja. Bebieron té, comieron pasteles cubiertos de almíbar, hablaron orgullosos de sus vidas y sus negocios, fumaron narguile y arreglaron la dote que Samir debía pagar por la boda. Ella era una chica respetuosa, bien educada, y sabía hacer muchas cosas. Pero había amor de por medio, así que el padre de ella pidió una dote razonable.

Meses después se casaron. Ella pronto quedó embarazada y tuvie­ron un varón, una auténtica bendición de Allah. Samir compró una casa antigua en el centro del laberinto estrecho de Abu Sir y con el tiempo dejaron de criar gallinas y alimentar gatos. El gallo terminó en la olla.

(Extracto de ‘El Libro de la Independencia’, de la serie de libros sobre La Vuelta al Mundo en 10 Años)




194- La ceremonia del café con los Beduinos | SIRIA

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La historia de la ceremonia del café con los beduinos es un extracto de ‘El Libro de la Independencia’, de la serie de libros sobre La Vuelta al Mundo en 10 Años, acerca de la importancia del café en las relaciones con beduinos de Siria. No habla de los perros salvajes que suelen vigilar sus campamentos, esa es otra historia…

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Al entrar más profundamente en el desierto aparecen las moscas.

Una. Dos. Diez. Vuelan dentro de los oídos, se posan en las únicas partes del cuerpo donde la piel se funde con el sol. Dicen que en Palmira es peor, que allí son nubes, que es la música que te acompaña mientras caminas entre columnas y árboles de granadas, que se meten en la boca, en la nariz, que se pegan a tu sudor. Que buscan la humedad de tus ojos para depositar sus huevos en un rincón acogedor. Que sólo desaparecen por la noche cuando el frío las sume en el letargo, hasta que el primer rayo de sol rompe el horizonte.

En la radio suena música pop egipcia. Ay, habibi, habibi… Abro el mapa de Siria, los nombres que aparecen impresos no siempre coinciden con el nombre real del pueblo, pero ya debemos estar cerca. A los lados permanecen casas mimetizadas en la arena, de puertas pintadas con colores tan intensos que es fácil imaginar el cambio climático prometido. Hace poco aquí había selva, tucanes y pavos reales. La vida era roja, verde, anaranjada, celeste, lila y turquesa, como los ojos del albañil que entra al almacén para comprar una botella de Al-Kola. Este amarillo gris que cubre todo aún no existía, el colorido tiene que venir de algún rincón de la memoria. Entonces aparece un punto distinto a los demás, paredes gruesas levantadas con bloques de piedra roja y blanca. Las ruinas de lo que alguna vez fue un castillo singular. Ibn Warden.

Mientras aparcamos a la sombra de uno de los muros grabados con símbolos de religiones precristianas, cabezas de cabras, espirales, cálices y cuadrados llenos de puntos, se acerca un beduino joven de ojos azules. Tiene la barba recortada y viste una galabiya azul oscuro bajo una cazadora de cuero. Se llama Mohammed y nos invita a la casa de su tío, el guardián. Sobre la puerta aún se lee Maison de la Mission National.

– No vienen muchos turistas por aquí, no hay autobuses y la carretera termina a veinte kilómetros en la arena –explica en un buen inglés señalando con un gesto suave y ondulante el suelo que se extiende igual aquí, igual allí.

Beduino significa nómada del desierto. Durante miles de años fueron los dueños de un país terrible, las tierras vacías entre Siria, Jordania e Irak. Aquello era el preludio de la muerte, un sitio encendido que provocaba la locura y digería caravanas que desaparecían sin dejar rastro. Los más lógicos veían como su cordura se deshilachaba hasta convertirse en un harapo chiflado. Su habilidad como guerreros y bandidos sin escrúpulos sólo era comparable a su instinto para continuar con vida viajando de oasis en oasis. Así ocuparon los desiertos más feroces, el Najd y el Hadramaout en la península arábiga, el Sahara del norte de África. Los espacios vacíos de los mapas.

Hoy, como hace mil años, continúan sobreviviendo a base de arroz, harina, leche de camella y cabra asada crujiente, rebozada con arena. Conocen la dureza del desierto, por eso reciben a los viajeros con los brazos abiertos.

Dejamos las botas en el patio interior, frente a la puerta del salón, y nos sentamos sobre los almohadones desplegados junto a la pared sin enseñar la planta de los pies. Eso podría ser una ofensa. Unas manos de mujer cubiertas de dibujos hechos con henna dejan una bandeja junto a la puerta. Café amargo aromatizado con cardamomo, auténtico qahwah saadah beduino que no ocupa más de un centímetro dentro del pequeño pocillo de loza. Bebo y lo devuelvo, pero Mohammed vuelve a servirme inclinando levemente la cabeza.

– Gracias, es suficiente.

– Entonces me tienes que devolver la taza como los beduinos, moviendo la muñeca hacia un lado y el otro. Toma otro café.

Ahora sí. Mohammed sonríe y ofrece el pocillo a Anna. Cuando termina la ceremonia del café comienza la ceremonia de las preguntas.

Extracto de ‘El Libro de la Independencia’, de la serie de libros sobre La Vuelta al Mundo en 10 Años




193- La Noche de Muertos en Michoacán | MÉXICO

Noche de Muertos en Tzintzuntzan, Michoacán, México. Vigilia. Tumba. Cementerio

La Noche de Muertos es uno de los momentos más espectaculares de la cultura mexicana. En ciertas regiones del país, especialmenten en el estado de Michoacán, la gente vuelve a los cementerios a pasar la noche junto a sus familiares y amigos enterrados.

Adornan las tumbas, las cubren de flores, velas y fotos, comida y bebida, Tequila, Corona y Coca Cola. Si quien está enterrado es un niño, llevan sus juguetes preferidos.

La noche de muertos consiste en decirles a los muertos que, aunque ya no estén aquí, los recordamos con cariño.

Estas son las mejores fotografías de una Noche de Muertos en Tzintzuntzan, Michoacán, donde nos llevó el compadre Chava Vital para que conociéramos un poco más de México.

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y seguro que… ¡es capaz de sobrevivir a una bomba atómica! Desde entonces recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano, El Libro de la Independencia, Por el Mal Camino e Historias en Asia y África, uno de los cuales ya fue traducido al inglés, The Book of Independence. Pablo también escribe artículos de viaje y aventura para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna trabaja en la edición de los libros y los articulos y hace collares y pulseras de macramé.

Participaron de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.




158- Fotografías de unos días inesperados en Lagos de Moreno, Jalisco

Fiesta de El Grito de la Independencia. Jinetes. Lagos de Moreno, Jalisco, México

Las rutas esquivas, circulares y caprichosas de la vuelta al mundo suelen llevarnos a lugares que no sabíamos que existían. Pueblos, ciudades, casas donde la experiencia de vivir un rato es la que te invita a marchar o a quedarte más días. Nada está planeado, simplemente, sucede.

Y eso es lo bueno de esta vida en movimiento. Cualquier cosa puede ocurrir.

Así llegamos a Lagos de Moreno, Jalisco. Y nos quedamos.

Estas son algunas fotos de la ciudad que nos hizo recordar a esos pueblos grandes de la pampa argentina. No sólo por la tranquilidad que se percibe en el aire. Sino también por la vida a caballo.

Gracias a Juan Pablo Anaya Zermeño, director general de Productos Lácteos LDM, de Lagos de Moreno, Jalisco, por alimentar a la furgoneta con 100 litros de diesel y por el recorrido por la planta productora de quesos, suero, leche en polvo… Nunca pensé que se necesitaran tantos procesos y controles de calidad para hacer los quesos que compramos en el supermercado… Impresionado.

Gracias al Capitán Carlos Carranza Alor, director de Tránsito y Vialidad Municipal de Lagos de Moreno, Jalisco, por recibirnos con los brazos abiertos para que conozcamos su ciudad. Gracias Capi por alojarnos, por el encuentro al final de la cabalgata por los 100 años de la Revolución Mexicana y por esas carnitas espectaculares que ayudaron a subirnos el colesterol a niveles record.

Gracias al Hotel Colonial de Lagos de Moreno, donde dormimos esos días inesperados que quedarán en la historia de La Vuelta al Mundo en 10 Años.




141- Cómo conseguir que la entrada a Tikal te cueste la mitad (o menos)

La Vuelta al Mundo en 10 Años - Viajeros4x4x4

Aquí encontrarás datos que no están en ninguna guía, sobre todo, porque rozan o entran en el terreno resbaladizo de lo que podría ser ilegal. Son trucos, trampas que vamos descubriendo en el camino, grietas en las normas establecidas que juegan a nuestro favor, el de todos los viajeros. Que aproveche.

Tikal es uno de esos sitios que todos deberíamos conocer antes de morir. Sencillamente, caminar por la selva descubriendo animales, templos, pirámides y edificios restaurados o todavía cubiertos de árboles y tierra es especial. Tiene algo curiosamente único.

La entrada no es demasiado cara para lo que verás dentro, son 150 quetzales, aproximadamente 15 euros o 20 dólares. Pero a veces para seguir viajando hay que ahorrar hasta el último centavo.

Por esto no irás a la cárcel, como por cruzar ilegalmente las fronteras entre Guyana y Surinam, o por conseguir un sello falso para salir de Ecuador o por cambiar dinero en el mercado negro de Venezuela. A lo sumo te ganarás un tirón de orejas, o la comprensión de los guardaparques de Tikal, donde descubrimos que puedes comprar tu entrada con fecha del día siguiente a partir de las 3.30 de la tarde del día anterior. En las dos horas y media que quedan hasta que oscurece es posible ver los edificios más importantes: la Plaza Central y el Templo 4, desde donde el paisaje del dosel, el techo de la selva, es impresionante.

Y como las entradas son válidas para todo el día siguiente puedes entrar y salir las veces que quieras. O sea, a la mañana siguiente otra persona podría acceder a Tikal con tu misma entrada.

Y por la tarde vuelves a entrar, o puedes compartir la entrada con una tercera persona dividiendo por dos o por tres el coste final del acceso a Tikal. No se ahorra demasiado pero lo dicho, todo sirve con tal de seguir viajando.

 

Encuentra más datos y fotos de Tikal en Lugares para conocer antes de morir: Tikal, Guatemala.

HAZ ALGO ILEGAL. Descubre como aprovechar otras grietas en las normas y ahorrar mientras viajas:




121- La niña vestida de tierra | NAMIBIA.

La Vuelta al Mundo en 10 Años - Viajeros4x4x4

Habíamos dejado atrás Ruacana, en la frontera entre Namibia y Angola, y avanzábamos siguiendo un camino incierto que acompañaba al río Cunene hacia su desembocadura en el océano Atlántico. Queríamos llegar a las cataratas de Epupa, unos cientos de kilómetros hacia el oeste, uno de los saltos de agua más hermosos de África. Cada tanto aparecían corriendo pequeñas manadas de niños que oían el motor de la furgoneta y corrían hacia nosotros al grito de sweet, sweet. No pedían dinero, solo caramelos. En una de esas paradas obligadas apareció ella, de pie, una jovencísima estatua de cobre en un mundo de niños inquietos. No le interesaban los caramelos. Sólo quería observarnos…

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Esa es la historia que hay detrás de la foto de la niña vestida de tierra, la niña himba, una tribu del impresionante norte de Namibia. Amplíala haciendo click sobre ella. El texto de la fotografía es un extracto de ‘El Libro de la Independencia’ de la serie La Vuelta al Mundo en 10 Años, y dice:

‘Un día la vida comienza a parecer otra cosa. Te enfundas una piel recién descubierta, fresca y sangrante o mejor, te arrancas los ojos y te observas desde los pies de un extraño. Lo que ves no cuadra con el día a día de poco tiempo atrás. Esperas despertar en cualquier momento porque es absurdo. Algo ocurrió, quizás fue una decisión que parecía precipitada o un desvío tomado por aburrimiento. Algo ha comenzado a cambiar y ahora no tienes idea de cómo terminará la historia.’

Para ver más fotografías dispara aquí.