241- Cómo curar mordidas de perro | SALUD EN RUTA

Y cuando me estaba acercando a la furgo por el jardín trasero del edificio donde viven unos amigos en Vancouver, un perro de caza marrón y blanco, bastante más grande de lo que me hubiera gustado y con los dientes afilados (no es lo mismo que te ataque un Chihuahua a que te ataque un Pitbull), saltó sobre mí.

Sería el olorcito a asado que llevaba tras un encuentro con argentinos, no lo sé, pero lo que hice después hubiera merecido una foto. Dios, ¡lo que pagaría por esa foto!

Cuando me levanté del suelo tras el ataque el perro se fue corriendo hacia el otro rincón del jardín. Me vio la cara, estaba cabreado. Agarré el machete africano que siempre guardo a mano en la furgoneta y fui a por él. En el camino encontré una silla, mi escudo de cuatro patas. Y vestido como un gladiador comencé a insultar al puto perro en tehuelche, pampa y todos los idiomas que conozco. Como si me fuera a entender.

Por un momento pensé en matarlo, no me faltaban razones, pero entonces apareció la dueña, que me vio levantando una silla y un machete contra su lindo perrito, y comenzó a gritarme en hebreo y arameo.

La historia es larga. Al final vino la policía y fichó al perro. Creo que no se animaron a tomarle las huellas de las patas. La dueña enseñó una medalla conforme el perro estaba vacunado contra la rabia. Y siguió mirándome mal, como si su puto perro fuera un santo y yo lo hubiera provocado.

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Canadá suele tener unas ciudades muy civilizadas. El griterío atrajo a los vecinos, que trajeron vendas, pomadas y desinfectantes de distintos colores. Pero no quería limpiar la herida con cualquier cosa. No tenemos seguro médico, suele ser caro si estás todo el año viajando. Por eso decidimos no enfermarnos y asumir el coste si teníamos que pasar por un hospital de pago. La estrategia, después de 13 años de viaje, viene funcionando bien.

Lo primero que hicimos fue llamar a Christine, una amiga canadiense que tiene buenos conocimientos de primeros auxilios. Y seguir sus instrucciones.

1-      Límpiate bien la herida con mucha agua y jabón

2-      Presiona para que salga sangre.

3-      Corta los pedazos de piel muerta con una tijera desinfectada (esta es de mi cosecha personal)

4-      Desinfecta UNA SOLA VEZ la herida con agua oxigenada-H2O2 (una sola vez, porque el agua oxigenada mata no solo las bacterias malas, sino también aquellas que ayudan a la cicatrización)

5-      Consigue una pomada cicatrizante como Polysporin (en Canadá) (contiene un 0,13% de Sulfato de Polimixcina B, un 0,79% de Bacitracina con Zinc, un 0,03% de Gramicidina y 5% de Lidocaína) y aplícala en la zona lastimada. Según el médico que consulte al día siguiente la herida cicatriza mejor cuando está húmeda que cuando está seca.

6-      Ponte una venda que te cubra la herida.

7-      Repetir la limpieza con agua y jabón, la aplicación de pomada cicatrizante y la venda 3 veces por día durante una semana.

8-      Darte una vacuna antitetánica.

El mayor peligro en estos casos es que el perro no esté vacunado. Los primeros síntomas de la rabia, que se notan pocas horas después de la agresión, es dolor en la mandíbula y en la zona mordida. También hay que vigilar el color que toma la piel alrededor de la zona afectada durante 72 horas, que es el período de mayor riesgo.

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SALUD EN RUTA: VACUNAS QUE NECESITAS PARA VIAJAR

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Esto ocurrió durante un domingo por la tarde. El lunes por la mañana me acerqué a un centro de atención médica básica muy pequeñito de la zona de Kitsilano, que atiende a jóvenes y personas que viven en Vancouver y no tienen seguro médico. Se llama Pine Free Community Health Youth Clinic. Allí revisaron la herida, me dieron la vacuna antitetánica y una palmadita en la espalda. No me cobraron nada. Tremendamente amables (¡Muchas gracias!).

Uno de los datos curiosos que me contaron allí es que (por lo menos en Vancouver, o Canadá), solo el 20% de las mordeduras de perro derivan en infecciones cuando el 100% de las mordeduras de gato se infectan.

Ya sabes: si te vas de viaje y no tienes seguro médico, no te enfermes ni dejes que te muerda un perro. Y si un perro te mira fijamente, con la boca abierta, la lengua afuera y los dientes húmedos de saliva, prepárate: puede que tenga hambre. Y tú tienes muchos huesitos.

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Pablo Rey (Buenos Aires) y Anna Callau (Barcelona) viajan por el mundo desde el año 2000 en una furgoneta Mitsubishi Delica L300 4×4 llamada La Cucaracha. En estos años veinte años de movimiento constante consiguieron un máster en el arte de sobrevivir y resolver problemas (policías corruptos y roturas de motor en el Sáhara, por ejemplo) en lugares lejanos.

Durante tres años recorrieron Oriente Próximo y África, de El Cairo a Ciudad del Cabo; estuvieron 7 años por toda Sudamérica y otros 7 años explorando casi cada rincón de América Central y Norteamérica. En el camino cruzaron el Océano Atlántico Sur en un barco de pesca, descendieron un río del Amazonas en una balsa de troncos y caminaron entre leones y elefantes armados con un cuchillo suizo.

En los últimos años comenzaron a viajar a pie (Pirineos entre el Mediterráneo y el Océano Atlántico, 2 meses) y en motocicleta (Asia) con el menor equipaje posible. Participan en ferias del libro y de viaje de todo el mundo, y dan charlas y conferencias en escuelas, universidades, museos y centros culturales. Pablo ha escrito tres libros en castellano (uno ya se consigue en inglés) y muchas historias para revistas de viaje y todo terreno como Overland Journal (Estados Unidos) y Lonely Planet (España).

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina, el viaje es la vida.

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