226- Vancouver, la ciudad más británica de América

Antes de comenzar esta historia debo aclarar que soy un adorador del sol. No soy de aquellos que se espachurran sobre la arena como una morcilla en la parrilla, pero sé, y Anna también lo sabe, que una semana seguida de días nublados terminan influyendo en mi sentido del humor. No es que mi humor se ponga más ácido, no. Es que lo pierdo.

Vancouver es una de esas ciudades que uno ama durante el verano y odia durante el resto del año. Necesitas un largo período de adaptación para encontrar un punto medio. Solo los canadienses y los que nacieron con aletas en los pies son capaces de disfrutar un sitio donde comienza a llover a principios de otoño, continúa en invierno y recién termina en primavera. El cielo se viste de un color gris blanquecino permanente durante ocho meses, el aire se carga de agua y el suelo se congela recordando por momentos al permafrost ártico. Hay luz durante seis o siete horas al día, pero nunca ves el sol.

Sin duda, puedes hacer otras cosas. Siempre puedes esquiar, hacer macramé, snowboard, teñirte el pelo de azul o hibernar como un oso. O sentarte a escribir un libro, comer mucha comida china y sumar capas de grasa, como hice a finales del 2011.

Pero entre mayo y septiembre, sin duda, es una de las ciudades donde dan más ganas de quedarse a vivir.

Los primeros europeos que llegaron a Vancouver fueron españoles. En 1791, el explorador José María Narváez atracó en una playa del Océano Pacífico que hoy se llama Spanish Banks, el único recuerdo que queda de aquellos aventureros. Esos eran los últimos años del dominio español en el continente americano. Los rusos se establecían en Alaska, las colonias independientes de Estados Unidos comenzaban su avance imparable hacia el oeste y en la América que terminó siendo Latina los criollos empezaban a revolverse contra las leyes proteccionistas de Madrid.

En aquella época los territorios españoles en Norteamérica no terminaban en México, sino que en algún momento llegaron a alcanzar hasta la frontera actual de Canadá. Es parte de la historia que no enseñan ni en España.

Sesenta años más tarde de aquel desembarco se establecieron los británicos de la Hudson Bay Company, que vieron las nubes que cubrían la zona que hoy se llama Vancouver y se sintieron como en casa. Oh… that lovely London fog…

Después se arrimaron los estadounidenses, que arrebataron lo que hoy es el estado de Washington a los ingleses (que a su vez lo habían tomado de los nativos) y después, los chinos. Primero como mano de obra barata. Luego, como destino de los nuevos ricos de Hong Kong. Y la demografía de Vancouver volvió a cambiar convirtiéndola en una de las ciudades con más habitantes chinos de América.

Hoy Vancouver es una ciudad moderna y liberal rodeada de brazos de mar. La mejor forma de apreciar su belleza es llegar en verano y encontrar amigos que tengan un barco o una lancha y te lleven a recorrerla desde el agua. Lo juro: nunca pretendimos quedarnos más de un par de días. Pero hicimos nuevos amigos y la furgo, nuestra Cucaracha, se encariñó con sus calles: Vancouver era el primer sitio desde Chile y Perú donde era fácil encontrar repuestos.

Estas son algunas fotografías de Vancouver en verano, una de las ciudades más limpias, organizadas y civilizadas que encontramos en el viaje. Una de las pocas, junto a Nairobi, Ciudad del Cabo, Buenos Aires, Cusco y Santiago de Chile, donde nos quedamos a vivir una temporada…

QUÉ HACER EN VANCOUVER

  • Caminar por alguno de los innumerables senderos abiertos en los bosques que rodean la ciudad.
  • Buscar alguna fiesta gótica e intentar salir sin que te muerda un vampiro.
  • Visitar alguno de los laberintos que se podan cada verano dentro de los campos de maíz.
  • Recorrer a pie o en bicicleta todos los rincones del Stanley Park.
  • Seguir la carrera de bañeras que se realiza cada año a finales de julio en la ciudad de Nanaimo, en la isla de Vancouver.
  • Tomar el ferry que va hacia el norte hasta Prince Rupert y recorre los canales estrechos de la costa Pacífica canadiense.
  • Entrar en la página de Craiglist para conseguir objetos de segunda mano gratis o a precios irrisorios.

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Pablo Rey (Buenos Aires) y Anna Callau (Barcelona) viajan por el mundo desde el año 2000 en una furgoneta Mitsubishi Delica L300 4×4 llamada La Cucaracha. En estos años veinte años de movimiento constante consiguieron un máster en el arte de sobrevivir y resolver problemas (policías corruptos y roturas de motor en el Sáhara, por ejemplo) en lugares lejanos.

Durante tres años recorrieron Oriente Próximo y África, de El Cairo a Ciudad del Cabo; estuvieron 7 años por toda Sudamérica y otros 7 años explorando casi cada rincón de América Central y Norteamérica. En el camino cruzaron el Océano Atlántico Sur en un barco de pesca, descendieron un río del Amazonas en una balsa de troncos y caminaron entre leones y elefantes armados con un cuchillo suizo.

En los últimos años comenzaron a viajar a pie (Pirineos entre el Mediterráneo y el Océano Atlántico, 2 meses) y en motocicleta (Asia) con el menor equipaje posible. Participan en ferias del libro y de viaje de todo el mundo, y dan charlas y conferencias en escuelas, universidades, museos y centros culturales. Pablo ha escrito tres libros en castellano (uno ya se consigue en inglés) y muchas historias para revistas de viaje y todo terreno como Overland Journal (Estados Unidos) y Lonely Planet (España).

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina, el viaje es la vida.

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