223- Birr! Birr! Birr! | Rodeados por una tribu en ETIOPÍA.

Extracto del libro ‘Por el Mal Camino’.

Habían pasado varias horas desde nuestra salida de Lalibela, y la ruta hacia Addis Abeba estaba poblada de tribus que iban cambiando a medida que hacíamos kilómetros…

          “Al subir una colina por el interior de un bosque, al llegar al punto en que el camino parece que va a comenzar a bajar, aparece un grupo de unos treinta hombres marchando por la carretera. Nos acercamos rápido pero ellos no se apartan. Reducimos la velocidad, ellos no se apartan. Van vestidos con taparrabos y llevan gruesos palos de caña de dos metros de largo, que golpean contra el pavimento mientras siguen el ritmo de la música que sale de un radiocasete enorme, que uno lleva sobre el hombro.

Podría ser el inicio de otro anuncio radiante de Coca Cola: la tribu africana que manifiesta su alegría al ritmo de una canción con una botella en la mano. Seguro que en cualquier momento uno de los que marchan adelante se despega del grupo para hacer unos giros de breakdance.

Pero no, ellos siguen sin apartarse. Frenamos.

No hay casas, no hay coches, no hay nadie más que ellos y nosotros. En esta parte del mundo nadie baila breakdance.

Y mientras nos rodean vuelvo a recordar la historia de los ingleses apaleados.

Los hombres pegan su rostro de ojos amarillentos a los vidrios y, sin dejar de golpear el suelo con sus palos, comienzan a gritar, a repetir la letra de una canción que solo tiene una palabra.

– Birr! Birr! Birr! Birr!

Recuerdo, imagino el pánico de los ingleses machacados ante una situación que no tiene lógica, que no aparece en los manuales de convivencia humana ni en las guías de la Lonely Planet.

Nativo de Turmi, Valle del Omo

Anna está inmóvil. Siento como las cañas acarician la carrocería y pienso, intento pensar rápido. El birr es la moneda de Etiopía, quieren dinero.

– Birr! Birr! Birr! Birr! Birr! Birr! Birr!

Si uno de ellos golpea la furgoneta estamos perdidos. Un solo hombre es peligroso pero puede ser manejable. Treinta hombres pueden ser mortales. La masa excitada funciona como la nitroglicerina, el movimiento brusco de uno se convierte en la explosión de todos. Un simple tropiezo y todo se va a la mierda.

– Birr! Birr! Birr! Birr! Birr! Birr! Birr! Birr! Birr! Birr! -gritan cada vez más fuerte, más cerca. Más sordos. Más bravos.

– ¡Sal-salgan del medio! -atino a decir.

Se me podría ocurrir algo mejor.

– Birr ok, birr ok, no problem -repito intentando una sonrisa tranquilizadora mientras señalo adelante, a un lado del camino.

Sigo avanzando muy lentamente, cero coma cinco kilómetros por hora, a través de los cuerpos que se pegan al metal oscuro. Algunos gritan con la boca verde de hojas de khat, una droga legal y natural, ligeramente estimulante, cuyo efecto es parecido al de las anfetaminas. Te despierta, te excita, te deja los dientes verdes.

El coro no cesa y sus ojos abiertos se aferran a todo lo que ven. Un rosario musulmán, mi camiseta, unas monedas sobre el salpicadero, un mapa, un bolígrafo, una mujer blanca.

– Birr! Birr! Birr! Birr! Birr! Birr! Birr! Birr! Birr! Birr! Birr! Birr!

Gano centímetro a centímetro haciendo promesas de dinero, de futuros birrs con una mueca cada vez más forzada. Con una mano llevo el volante y con la otra señalo a través de la ventana cerrada hacia algún punto imaginario que queda junto al camino, a un par de metros, aquí mismo. El sitio donde todos los deseos se hacen realidad.

Cada cuerpo deja una marca personal sobre la carrocería. La grasa de una huella digital, un rayón sabor a caña, saliva verde espesa.

Cuando se abre un hueco entre los hombres y los palos, suelto el embrague y acelero al máximo posible.

El tablero enloquece, las revoluciones saltan hasta un nuevo límite y el motor levanta su voz más aguda. No es la reacción del óxido nitroso en el combustible, no tenemos un todo terreno superpoderoso, pero los toma por sorpresa.

En el espejo retrovisor hay siete u ocho hombres que reaccionan y corren hacia nosotros. Durante el segundo que tardo en cambiar de marcha acortan distancias. Parece que nos alcanzan.

Nos persiguen zombis negros en taparrabos, de dientes verdes y ojos amarillentos.

Entonces la furgo contraataca con nuestra arma secreta más eficaz: el humo negro del tubo de escape que quema diesel de mala calidad. Es el triunfo de la civilización sobre la vida salvaje.”

Extracto del libro Por el Mal Camino.

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Portada de libro de viajes con una vaca muerta de pie.

Por el Mal Camino.
ISBN 978-84-615-7176-5

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Pablo Rey (Buenos Aires) y Anna Callau (Barcelona) viajan por el mundo desde el año 2000 en una furgoneta Mitsubishi Delica L300 4×4 llamada La Cucaracha. En estos años veinte años de movimiento constante consiguieron un máster en el arte de sobrevivir y resolver problemas (policías corruptos y roturas de motor en el Sáhara, por ejemplo) en lugares lejanos.

Durante tres años recorrieron Oriente Próximo y África, de El Cairo a Ciudad del Cabo; estuvieron 7 años por toda Sudamérica y otros 7 años explorando casi cada rincón de América Central y Norteamérica. En el camino cruzaron el Océano Atlántico Sur en un barco de pesca, descendieron un río del Amazonas en una balsa de troncos y caminaron entre leones y elefantes armados con un cuchillo suizo.

En los últimos años comenzaron a viajar a pie (Pirineos entre el Mediterráneo y el Océano Atlántico, 2 meses) y en motocicleta (Asia) con el menor equipaje posible. Participan en ferias del libro y de viaje de todo el mundo, y dan charlas y conferencias en escuelas, universidades, museos y centros culturales. Pablo ha escrito tres libros en castellano (uno ya se consigue en inglés) y muchas historias para revistas de viaje y todo terreno como Overland Journal (Estados Unidos) y Lonely Planet (España).

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina, el viaje es la vida.

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