29- ¡Hay música en la calle! | Lima, PERÚ

7 años, 4 meses y 10 días de viaje.

Los viajes son épocas de descubrimientos. Uno abandona su refugio y, por el motivo que sea, se siente más libre para ir más lejos, romper límites y hacer cosas que no suelen hacerse en el barrio. Basicamente, un viaje es una vida prestada, sobre todo cuando se trata de vacaciones. Es lo más cercano a la vida soñada, uno se saca la piel de todos los días y, por lo general, deja de mirarse un poco el ombligo para observar lo que sucede afuera.

Cada uno tiene un motivo distinto para sentirse entusiasmado por un viaje. Están los que sólo etenden descansar y los que retornan más cansados que cuando partieron. Los que aman observar las piedras antiguas o el arte, y quienes mueren por mezclarse entre la gente. Unos nos arriesgamos más de lo necesario y otros se mantienen en los caminos seguros. No existe una verdad, todo es válido.

En este caso has viajado a Perú. Da igual por qué, pero te has parado frente a un mapa y has dicho: ¿por qué no?. Cuando llegas encuentras muchas cosas nuevas: el sabor de la comida, la mezcla de razas y colores de la gente, los edificios que son más o menos antiguos o descuidados. La forma de vender, el movimiento de las mareas humanas, la manera de mendigar al extranjero, de mirar, la simpatía y la hospitalidad individual, y la agresividad de los taxis… Avanzas por la calle y tu pecho se hincha, todo lo que entra por los ojos se queda en el corazón.

Pero cuando tu pecho se hincha también entra la contaminación que te lleva a fumar sin encender un cigarrillo. Esquivas un puesto de jugos de naranja exprimidos al momento y dudas, tienes hambre pero el carrito que vende sandwiches de cerdo no parece muy higiénico. Los fabricantes de películas tienen todo: de Fellini a Scorsese pasando por Buñuel y el Hombre Araña, por menos de un euro. Te deslizas en una galería, el Hueco, por ejemplo, y encuentras medicamentos falsificados de venta al público. Esto es un caos. Un hombre que camina rápido te golpea el hombro y sientes una mano buscando la entrada a tu bolsillo. Cuando te das vuelta, ya no hay nadie.

Vuelves a la calle, caminas esquivando cuerpos y sales a un claro. Respiras, a veces la marea es agobiante. En el medio hay dos niños bailando. No se mueven torpemente como lo haríamos nosotros, o yo por lo menos. Se agitan con suavidad, estiran los brazos para hipnotizarte como pequeños demonios recién liberados. Y te das cuenta, reconoces, que bailan al ritmo de un cajón y dos botellas de plástico golpeadas contra el suelo. Nada más. La mujer que está atrás debe ser su madre, delgada y descuidada, que saca música africana del asfalto. En Sudamérica.

Ese es otro viaje.

(Aquí va un vídeo de unos niños negros peruanos bailando en la calle. Fue un momento increíble, hermoso, ya que se movían como pocos adultos son capaces de hacerlo. Ellos desataron nuestra admiración incondicional. Por algún motivo estúpido, YouTube lo borró de su archivo, diciendo que infringe sus normas. Es como decir que ‘la vida en la calle infringe sus normas’ o ‘la cultura popular infringe sus nomas. O, peor, ‘la pobreza infringe sus normas’. Absurdo.)

Después de 8 días voluntariamente abandonados en una balsa de troncos, el río Madre de Dios nos escupe a la civilización. Del pueblo minero de Colorado viajamos en camión y en bote a motor y descubrimos un pueblo soso. Mazuko, en la ceja de selva, en el límite con los Andes, no parece muy interesante. El mercado se desborda como siempre en la calle y es curioso, la fruta es más cara que en Cusco. También deben sobrar árboles, será por eso que pasan tantos camiones cargados de troncos, será por eso que desangran la selva y los matan tanto. Nada, aquí no pasa nada.

Esperamos aburridos en una plaza, en cuatro horas sale una camioneta que cruzará la Cordillera de los Andes. Viajar en la caja es más barato que en un asiento mullido. Los paseos se repiten. Los niños salen de la escuela. Ya leí cien páginas del libro de Orhan Pamuk. Entro a la iglesia con una estaca de madera, parece que fueras a matar a alguien, a Cristo o al Anticristo, dice Anna cuando vuelvo a la plaza. Busco tapas de botellas raras en la tierra, pero todas son iguales. Entonces aparece un vendedor ambulante, pregonero de los churros calientitos, cantante de la selva.

Domingo en Lima. ¿Vamos a pasear a Rimac? El barrio queda al otro lado del río, cruzando el centro de la ciudad, y nuestros amigos recomiendan ir con cuidado. Subimos una cuesta y, después de pasar frente a decenas de casas descompuestas, llegamos a un pequeño mercado. Tomamos una moto taxi hasta un convento y decidimos no entrar. Ya visitamos demasiados museos religiosos. Volvemos hacia el río a través de una alameda desprovista de álamos. Compramos dos sobres de desodorante en una farmacia. Adelante, la calle está cortada. Una procesión avanza lentamente frente a un supermercado hacia un cartel de cerveza. Los fieles oran, cantan y conversan alternadamente. La banda de música camina detrás de la Virgen, que no tiene prisa.

Hoy es domingo, no hay mucho que hacer.

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Pablo Rey (Buenos Aires) y Anna Callau (Barcelona) viajan por el mundo desde el año 2000 en una furgoneta Mitsubishi Delica L300 4×4 llamada La Cucaracha. En estos años veinte años de movimiento constante consiguieron un máster en el arte de sobrevivir y resolver problemas (policías corruptos y roturas de motor en el Sáhara, por ejemplo) en lugares lejanos.

Durante tres años recorrieron Oriente Próximo y África, de El Cairo a Ciudad del Cabo; estuvieron 7 años por toda Sudamérica y otros 7 años explorando casi cada rincón de América Central y Norteamérica. En el camino cruzaron el Océano Atlántico Sur en un barco de pesca, descendieron un río del Amazonas en una balsa de troncos y caminaron entre leones y elefantes armados con un cuchillo suizo.

En los últimos años comenzaron a viajar a pie (Pirineos entre el Mediterráneo y el Océano Atlántico, 2 meses) y en motocicleta (Asia) con el menor equipaje posible. Participan en ferias del libro y de viaje de todo el mundo, y dan charlas y conferencias en escuelas, universidades, museos y centros culturales. Pablo ha escrito tres libros en castellano (uno ya se consigue en inglés) y muchas historias para revistas de viaje y todo terreno como Overland Journal (Estados Unidos) y Lonely Planet (España).

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina, el viaje es la vida.

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