326- Lugares para conocer antes de morir: Kong Lor, una cueva única en el mundo | LAOS

Lo más espectacular de viajar con tu propia moto (o tu propio vehículo) por Vietnam, Laos o Camboya, es que puedes tomar todos los desvíos que quieras para llegar hasta donde te pida tu instinto. Una cueva, una playa, una montaña, un pueblo, una tribu, un lugar sin nombre. Ya has pasado inconscientemente por el proceso constante de selección, donde tu cerebro ha ido filtrando la información que te llegaba en cada momento.

De alguna manera -pudo ser la forma en que está escrita una frase, dónde puso el acento el escritor, o el traductor, o un dato irrelevante para el resto del mundo pero que para ti era fundamental- habíamos decidido hacer una gran S para recorrer este rincón del Sudeste Asiático con las motos que habíamos comprado en Hanoi.

Poco a poco habíamos llegado a la conclusión de que, en Laos, Luang Prabang era una visita obligada y Vientiane era descartable. Van Vieng era una incognita, parecía demasiado contaminado por el ruido del turismo. También habíamos marcado las cuevas-refugio de Sam Neau donde los milicianos comunistas aguantaron los embates de las bombas y el napalm norteamericano durante la guerra de Vietnam (sí, la guerra de Vietnam había dejado Laos sembrada de bombas que aún continúan sin explotar); y nos habían hablado bien de un pequeño pueblo que aparecía en nuestro camino llamado Nong Khiaw. Savannakhet, el extremo norte y el extremo sur, quedarían para otro viaje.

Esa sucesión de decisiones, de síes y noes, de círculos emborronados en el mapa y lugares que seguirían siendo una incógnita, nos habían llevado a tomar la ruta 8, camino de la frontera con Vietnam de Nam Paho/Cao Treo. Casi a mitad de camino, en un desvío hacia el sur que parecía accidental, estaba la ruta de entrada a la cueva de Kong Lor, en la Reserva de Conservación de la Biodiversidad de Khammouane. Según el mapa era una cueva más, otro punto negro, entre los miles de cuevas que horadan las montañas karsticas de Laos y Vietnam.

Pero Kong Lor era mucho más que eso. Kong Lor es una cueva extraordinaria: alberga un río subterráneo navegable en botes tradicionales de madera que atraviesan una montaña de lado a lado. Sí, de lado a lado. Tras siete kilómetros (¡siete kilómetros!) de oscuridad, emerges como por acto de magia al otro lado de la montaña, en un bosque verde y virgen. Era un viaje único en el mundo por las entrañas de la Tierra.

Solo por eso ya era mejor visitar Kong Lor que Maxahai, el grupo de cuevas que donde va la mayoría de los extranjeros. Sólo por esta sorpresa, ya vale la pena comprar una moto para viajar por el Sudeste Asiático. Apúntalo.

Lo primero que nos sorprendió al aparcar las motos fue que allí no había un solo extranjero. Familias enteras se reunían para un picnic, grupos de amigos se juntaban a tomar cerveza con hielo, hombres, mujeres y niños locales saltaban al agua entre los bloques redondeados por el Nam Hin Bun, el río que surge calmo del interior de la montaña.

Si era verdad lo que leíamos en los carteles, aquello era mucho más espectacular de lo que explicaba la Lonely Planet. La cueva de Kong Lor, también llamada Tham Kong Lo, señalaba el cambio de una época, la apertura del Laos comunista al resto del mundo. Porque fue hace muy pocos años, a fines de la década de 1990, que un grupo de exploradores holandeses remontó el río subterráneo y encontró el inicio, la entrada que había pasado desapercibida, al otro lado de esa cadena montañosa de piedra caliza. ¡Solo habían pasado veinte años! Eso había sido ¡ayer!

La cueva de Kong Lor era uno de los sitios más inesperados, una de las maravillas geológicas del Sudeste Asiático.

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No te voy a explicar todos los detalles del viaje en bote por la cueva de Kong Lor, porque es un viaje personal a través de la oscuridad. Una travesía bajo la montaña en la que solo estarás armado de una linterna que te dan cuando pagas tu bote. Una aventura en la que los únicos sonidos serán el ruido constante del motor y del agua golpeando contra la madera. En algún momento deberás bajar y ayudar a empujar el bote entre las rocas; en otro caminarás por un sendero autoguiado dentro de una sala subterránea gigantesca, del tamaño de varios campos de fútbol, entre formaciones calcáreas iluminadas con luces de colores.

Laos y Vietnam están llenos de cuevas preparadas para el turismo, cuevas para caminar, cuevas para ver imágenes de Buda y cuevas para navegar en embarcaciones que entran y salen por la misma boca. Todas son bonitas, pocas son espectaculares, y luego está Kong Lor, que desprecia el turismo pasivo para convertirse en una experiencia donde todos tus sentidos se afilarán para intentar captar lo que tus ojos no llegan a ver.

 

CUÁNDO IR A KONG LOR

La mejor época es durante la temporada seca, de noviembre a marzo.

 

DÓNDE DORMIR

Hay bastantes alojamientos justo antes de la entrada a la zona de la cueva, desde hostales con habitaciones con aire acondicionado y restaurante, pasando por alojamientos familiares y chozas con paredes de ramas que dejarán pasar la luz del sol al amanecer. No es necesario reservar con anticipación y el precio puede variar desde los 7  a los 20 dólares por noche y habitación. Si estás cerca, no te lo pierdas.

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MAS INFORMACIÓN

DATOS PARA VIAJAR POR LAOS, VIETNAM Y CAMBOYA

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Consigue los libros de Pablo Rey con las historias de casi 20 años viviendo en la ruta, en las mejores librerías de viaje de España, en Amazon.com y en Kindle, o descarga las primeras historias en PDF.

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. Nuestra casa con ruedas se mete por todos lados y parece capaz de sobrevivir a una bomba atómica. Desde aquel momento recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2015 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias a través de la web VIAJEROS4X4X4.COM. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (El Libro de la IndependenciaPor el Mal Camino e Historias en Asia y África) y uno en inglés (The Book of Independence) y escribe regularmente artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna edita los libros y hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlar y conferencias.

Han servido de inspiración para un comic sobre viajes creado en Boston y llamado Pablo and Anna y acaban de reformar un Airstream su primer vehículo para no viajar, junto a unos amigos de Ensenada, Baja California. También han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.




321- Viajar al pasado en Kengtung | MYANMAR

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(viene de EL MYANMAR QUE NADIE VISITA: LA FRONTERA DE TACHILEIK)

 

Si en Bangkok me sentí parte de un futuro de plástico y oriental, apenas cruzamos la frontera de Tailandia hacia Myanmar por el paso Mae Sai-Tachileik, sentí que estaba haciendo un viaje al pasado.

Habíamos decidido intentar unir el este y el oeste de Myanmar por las rutas del opio entre Kengtung (o Chengtung, depende dónde lo veas y quién lo diga) y Taungyii, con la confianza de que el país se estaba abriendo y la confirmación de la embajada en Bangkok y Chiang Mai de que los extranjeros ya no necesitábamos permisos especiales para circular por la región. Era sospechoso no haber encontrado en Internet ninguna historia sobre las rutas del opio en esta parte de Myanmar, más allá de los tours organizados para ver las tribus de las colinas con alguna agencia de viajes local que ponía los precios en dólares. Era un objetivo arriesgado pero tentador. Podíamos ser de los primeros extranjeros en muchas décadas en tomar esa ruta, pero también existía el riesgo de quedar atrapados allí: no siempre lo que te dicen se corresponde con la realidad. ¿Cuán rápido estaría avanzando Myanmar después de tantos años de opresión y gobiernos militares?

Solo tuvimos que cruzar el arroyo contaminado y nauseabundo que hace de frontera entre Tailandia y Myanmar para llegar a otra época, a un momento más gris, analógico y de paredes viejas. Antes de continuar debo decir que me gusta encontrarme con lugares detenidos en el tiempo, donde la comodidad sea un lujo y la comunicación un desafío constante. El este de Myanmar era eso y mucho más.

Hacía mucho que no me sentía tan observado, aunque aquello era más que el hecho circunstancial de darte cuenta que había alguien distinto, o de otro lugar, caminando a tu lado. La gente, hombres, mujeres y niños, nos escaneaban de arriba a abajo, curiosos, tratando de absorber nuestros detalles. Salvo algunos abuelos, como el relojero que cambiaba pilas y correas en el bar, casi nadie hablaba un inglés decente. La única forma de comunicación era la sonrisa, los gestos y alguna que otra palabra entrecortada. Aquello no iba a ser fácil pero me emocionaba estar allí. Todos los sentidos adormecidos por años de viaje por regiones que ya conocía volvían a despertarse. Lo sentía en las tripas.

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Cada mañana encontrábamos al fumador en el mismo lugar, en la puerta del hostal de Kentung.

UN VIAJE EN EL TIEMPO

En el este de Myanmar volví a sentirme en la Unión Sovíética, meses antes de la inesperada Perestroika. Los días grises y las paredes manchadas con las pecas de la vejez y de una economía que no había funcionado, provocaron el primer viaje en el tiempo. Kengtung 2016 era como Moscú 1992. En Rusia todo era oscuro porque era invierno y porque había que hacer colas de varias horas para conseguir una barra de pan con la cartilla de racionamiento. Aquí los días son grises porque hace tiempo que nadie pinta una pared, arregla el asfalto o se preocupa por la calidad del aire. La quema de los campos durante los primeros meses de cada año para preparar la tierra para la próxima cosecha, cambia el color del cielo de todo el sudeste asiático a una especie de gris desvaído, tan tóxico como la ideología que Myanmar intenta dejar atrás. La única luz llega de la sonrisa espontánea de la gente cuando te escucha hablar mal en su idioma. Su rostro se transforma, los ojos se iluminan y la boca abierta deja ver sus dientes rojos y carcomidos de mascar betel.

Por las noches me sentí en Sudán, más precisamente en Omdurman, la ciudad separada de Jartum por el río Nilo. No, aquí no hay oraciones en árabe ni mezquitas, pero cuando cae el sol la oscuridad en las calles de asfalto y tierra es absoluta. De noche, en Kengtung, no hay electricidad. La única luz llega de los pequeños comercios y de los carros que tientan al estómago con los olores que la brasa arranca a la comida. Todos tienen un pequeño generador que trabaja sin descanso hasta que se van a dormir. O hasta que la señora de la esquina se queda sin pinchos de salchichas o de platos de Shan noodles servidos en pedazos de hojas de palmera.

Por momentos Kengtung también era Golmud, la última estación de tren en el oeste de China, donde había llegado en 1998 buscando un camino alternativo para acercarme al Tibet. Las calles polvorientas eran las mismas, la sorpresa honesta de los locales al ver mi rostro extranjero era la misma, las barberías de cuchillas ásperas y oxidadas eran las mismas y las tapas del alcantarillado flojas, que esperaban como trampas para incautos a que metieras la pata, eran las mismas. Kengtung era tantos lugares del pasado que me daba pena estar en el aeropuerto esperando un avión para irme.

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Primero estaba seria, pero cuando le dije dos palabras incomprensibles empezó a reír.

UNIR POR TIERRA EL ESTE Y EL OESTE DE MYANMAR

Lo habíamos intentado todo. Solo nos faltaba cruzar el río a nado para evitar el control policial sobre el puente de la carretera NH4. Habíamos ido a todas las oficinas preguntando cómo seguir viaje por tierra hacia Taungyii, pero siempre nos habíamos estrellado contra la pared de las autoridades que no querían que dos extranjeros viajasen por una zona inestable. Es febrero, época de la cosecha del opio; es peligroso, tendría que haberme dicho el policía de dientes blancos y negros, podridos, que no hablaba inglés. Eso lo hubiera entendido. Es tierra de los Shan, una tribu inquieta por independizarse de Myanmar, y a veces hay enfrentamientos, tendrían que haber dicho en inmigración, en lugar de enseñarme un librito donde decía que estaba prohibido.

El libro era del año 2001. No pude contenerme, les mostré la fecha y les dije: ‘esto es viejo, Myanmar está cambiando. Myanmar ya no es Birmania’. Creo que no les gustó, porque tampoco nos dieron la autorización que nos habían pedido los vendedores de pasajes en el mercado que funciona como estación de autobuses hacia el oeste, a un kilómetro y medio del mercado principal.

La única salida era el avión, lo que no dejaba de ser una aventura. Habíamos conseguido pasaje en Yangon Airways, una especie de gran tuk tuk con alas donde el último en subir se queda sin asiento. No es broma. Los asientos no están reservados, sino que cada uno se acomoda en los sitios libres que va encontrando. Y mientras caminaba por la pista hacia el avión vi el lema de la compañía pintado en el fuselaje: you are safe with us. CON NOSOTROS ESTÁS SEGURO. Ahora me quedo tranquilo.

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Iba a extrañar la rutina de los últimos tres días. Nos habíamos alojado en el hostal Winning Crown, frente al mercado principal, por 5 dólares por persona. Curiosamente también sentía que iba a extrañar al dueño, un chino de voz ronca, cortada y marcial, que utilizaba frases que terminaban abruptamente. No había duda, aquello era un punto y aparte. No habíamos entablado una amistad, pero cada vez que me lo cruzaba me arrancaba una sonrisa. Sí, era un hombre tan particular que podría haber inspirado un nuevo personaje entrañable de los Simpson, una especie de Apu oriental. Él quería hacer negocios, trabajar, y había roto la norma que impide a los extranjeros alojarse en los mismos hostales baratos que los locales.

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Vendedoras de pescado fresco alrededor del mercado de Kengtung

Iba a extrañar cruzar la calle a las ocho de la mañana para desayunar un café con tortas fritas, o café con arroz y multitud de pequeños platos en salsas olorosas en el mercado central de Kengtung. Iba a echar de menos perderme por pasillos atestados de todo, desde gallinas vivas de plumajes que no había visto nunca a sacos enormes con diez tipos de arroz; de cuerdas de esparto, cubos de latón y silbatos de tubo para atraer al macho de una especie de pato que debía ser muy nutritiva. En cualquier rincón podía aparecer algo nuevo, algo viejo, algo distinto.

Las mujeres con cestas que ocupan el centro de los pasajes más anchos habían bajado de la sierra a vender las verduras de su huerta. Son Shan, son Lahu, son de tantas tribus que no conozco… Algunas traen mandarinas, otras ofrecen pescado seco, o peces que no se rinden, que buscan provocar el milagro de respirar fuera del agua. Algunas se protegen del sol con sombreros en forma de cono, otras llevan grandes paños enrollados sobre sus cabezas y guardan una actitud dura e independiente. Muchas tienen las mejillas embadurnadas con tanaka, una pasta tradicional que usan para protegerse del sol.

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El mercado de Kengtung fue lo mejor del este de Myanmar

Más allá venden pájaros que alegran tu karma cuando los dejas en libertad. Más acá hay tres mujeres acuclilladas en el suelo en una postura imposible para un occidental. Estaba lejos, en Myanmar, pero ahora también estaba en una aldea del centro de África donde había llegado por equivocación, benditos errores; y también estaba en la cima de los Andes, en Perú o Bolivia. Pero no, estaba en Kentung, el este olvidado de Myanmar, y me estaba yendo.

Y como habíamos hecho alguna vez en el pasado, subimos al avión con varias botellas de un litro de agua, mi navaja estilo Leatherman, cortauñas y unas cuantas bridas. El escáner no funcionaba, no era importante. Los calendarios decían que estábamos en el año 2016, pero yo estaba seguro que eso era una ilusión. Allí, en aquel rincón del mundo, estábamos todavía en 1970.

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y porque es capaz de sobrevivir a una bomba atómica. Desde aquel momento recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2015 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (El Libro de la IndependenciaPor el Mal Camino e Historias en Asia y África) y uno en inglés (The Book of Independence) y escribe regularmente artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna edita los libros y hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlar y conferencias.

Han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

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320- PIRINEOS | Ruta a pie de 6 días por el circuito de los Refugis del Torb

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Después de 16 años dando vueltas como nómadas incansables en una furgo 4×4, era necesario cambiar. Seguir con La Cucaracha, nuestra casa con ruedas, pero abriendo la puerta a otras maneras de viajar. ¡Hay tantas aventuras distintas esperando cuando el dedo se pierde en un mapa!

Por eso a principios de 2016 volamos al Sudeste Asiático. No solo necesitábamos cambiar de cultura después de tanto tiempo por el continente americano. También queríamos comprar un par de motos vietnamitas para experimentar con un vehículo nuevo. Aclaro: apenas habíamos manejado motos en nuestra vida, y la última vez que me había montado en una pequeña bestia de dos ruedas había terminado con dos costillas rotas. Después de haberlo vivido, comprar esas dos cafeteras fue una de las mejores decisiones de los últimos años.

Otra de nuestras cuentas pendientes eran los viajes a pie. ¿Seríamos capaces de retomar la austera vida de mochila para perdernos por lugares espectaculares, después de la comodidad de viajar en una furgoneta? ¿Aguantaríamos las largas caminatas subiendo y bajando montañas con una fracción de lo que llevamos en la furgo?

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Puerta del refugio de Marialles, Francia

Hace unas semanas, revolviendo entre revistas y papeles de viaje, me reencontré con el folleto de la travesía de los Refugis del Torb, una ruta de 79 kilómetros por el corazón de los Pirineos Orientales. Un sendero que empieza en Núria, Catalunya (hasta donde puedes llegar en una combinación de tren regional y tren cremallera), a 1967 metros de altura, cruza hacia Francia y vuelve a Núria por otro puerto de montaña 5 días más tarde.

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El sendero se podía hacer sin tienda, ya que hay refugios a lo largo del camino que no solo proveen el colchón y la manta (entre 11 y 17 euros por persona), sino también desayuno, almuerzo y cena. Pero nosotros buscábamos caminar con tienda y sacos de dormir, tenemos la costumbre de cambiar los planes, y no queríamos renunciar a algún valle espectacular por no estar preparados.

Buscamos el filtro de agua Sawyer con membrana de 0.1 micrones que llevamos al Sudeste Asiático, rescatamos del olvido a nuestra vieja y pequeña hornalla Foco y un par de sacos de dormir de hasta 5º Celsius que en algún momento no fue suficiente. Pantalones desmontables, un par de camisetas, un par de abrigos ExOfficio que se convierten en almohada y comida para seis días.

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Actualicé los mapas de Maps.me que iba a utilizar en la tableta, me descargué los mapas topográficos de los Pirineos de Wikilok, y compramos el mapa que la Editorial Alpina publicó sobre los Refugis del Torb. Busqué un Power Bank de 8.800 mAh en El Corte Inglés (que ya devolví porque fue insuficiente) y, justo antes de partir, cambiamos el punto de inicio: el tren cremallera a Núria costaba 15 euros por trayecto. “Mejor empecemos desde La Farga, debajo de Queralbs, por la Garganta del Río Freser. Tendremos que subir unos 800 metros extra, pero prefiero gastarme esos 30 euros en queso francés. ¿Te parece?”

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Pasarela para cruzar el río Freser, antes de encarar la última subida a Coma de Vaca.

EMPIEZA LA CAMINATA

DÍA 1: La Farga-Refugio Coma de Vaca, 4,5 horas. Fue fácil hacer dedo al mediodía desde Ribes de Freser, donde nos dejó el tren regional, hasta La Farga. Se detuvo el primer vehículo que apareció. La idea original era acampar más arriba del Refugio de Coma de Vaca, pero a mitad de camino nos sorprendió una tormenta de agua y granizo. El sendero está muy bien marcado, aunque en las últimas dos horas de caminata es imposible hacer acampada libre por la pendiente y las rocas. Allí solo era posible acampar con hamaca. Iba a ser miserable buscar un sitio donde plantar la tienda en terreno empapado de agua, así que tras 5 horas subiendo por la garganta del río Freser decidimos probar suerte en el refugio.

Refugio Coma de Vaca: 16.5 euros por persona. Hay electricidad. Ducha 2.5 euros. *****

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Cuesta helada hacia el Coll de la Marrana, tras la granizada del día anterior.

DÍA 2: Refugio Coma de Vaca-Refugio de Rojá, 7 horas. Ascenso lento por la Coma de Fresers hasta el Coll de la Marrana, donde el camino se nos perdió bajo el granizo caído el día anterior. Subimos abriéndonos paso sobre la pendiente de hielo. Hay agua potable en el Refugio de Ulldeter y puedes tirar basura en las instalaciones de la pista de esquí Vallter 2000. Antes de llegar al Paso de la Portella de Mentet, el camino gira a la derecha y sigue subiendo hasta alcanzar los Plans de Coma Ermada. Aquí entramos en Francia. A partir de allí se convierte en un sendero plano a más de 2000 metros de altura que pasa por la Portella y los Plans de Callau (Anna se hizo varias fotos) hasta llegar al refugio libre de Rojá, en los Pirineos Franceses.

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Amanecer desde el Refugio de Rojá, a 2377 metros de altura.

Refugio de Rojá: gratis. Hay almohadas y mantas. Está a 2.377 metros de altura. Muy ventoso. El agua se consigue en un arroyo, caminando unos 15 minutos por el sendero que parte hacia el fondo del valle. Vimos una manada de unos 30 isards (un tipo de cabra salvaje), a unos cien metros más abajo.

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Interior del Refugio libre de Rojá, las cuchetas con almohadas y mantas.

DÍA 3: Refugio de Rojá-Refugio de Marialles, 5 horas. El camino es prácticamente plano sobre los 2.200 metros de altura hasta Pla Guillem, donde hay un refugio libre en muy buen estado. Desde allí, abajo de todo, se ve el techo blanco del Refugio de Marialles, entrada espectacular al Canigó. El sendero baja suave y se convierte en un camino de tierra sin coches (bueno, casi). En Marialles también hay un refugio de pago que cuesta 17 euros la noche, donde ofrecen desayuno, almuerzo, cena y cervezas frias.

Refugio libre de Marialles: es gratis y está ubicado en un sitio mucho más espectacular que el refugio de pago. Tiene colchonetas y sitio donde cocinar con toda la leña que hay alrededor. Está separado en tres partes: una de 4 literas, otra de unas 20 y otra para el guardapaques, cuando pasa por allí. También es posible acampar durante la noche junto al camino de entrada.

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Vista del Canigó desde el Refugio libre de Marialles, Catalunya francesa.

DÍA 4: Refugio de Marialles-Refugio de l’Alemany, todo el día. El sendero desciende hacia el Coll de Jou pasando por varias zonas de estacionamiento, volvemos a la civilización. Ojo, la entrada al sendero no se ve muy bien al cruzar la ruta de tierra. Una vez encontrado hay que seguirlo hasta el final, donde desemboca en la ruta D6, el asfalto. A pocos kilómetros está el pueblo de Py, donde puedes descargar tu basura. El pueblito es hermoso, antiguo, de casas de piedra, y con el único almacén de todo el circuito. La Epicerie tiene pocas cosas; si quieres pan francés (no el envasado) insiste un poco y es posible que te vendan alguna superbaguette del restaurante.

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Me encanta la baguette en la mochila! Pueblo de Mentet, Francia.

Si en lugar de tomar el sendero sigues por la carretera, a diez minutos encontrarás con una granja que vende queso de cabra (cierra de 12 a 16 hs.). Estaba cerrada, era mediodía, el sol caía a plomo, e hicimos dedo hasta el Coll de Mentet, ahorrándonos unos 600 metros de desnivel. En el pequeñísimo pueblo de Mentet conseguimos queso de oveja (25 euros el kilo) en otra granja donde los domingos hacen queso fresco a demanda. El pueblito también es precioso y tiene una zona donde acampar cerca del río. Desde allí son un par de horas de ascenso hasta el Refugio de l’Alemany. Si estás por ahí a mediados de agosto, encontrarás frambuesas a mitad de camino.

Refugio de l’Alemany: gratis. Tiene agua potable delante. Cocina de leña, cacerolas y hasta serruchos para cortar troncos (si fuera necesario). Un poco más abajo hay una buena zona donde acampar.

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Antigua calzada entre Mentet y el Refugio de l’Alemany.

DÍA 5: Refugio de l’Alemany-Refugio del Ras de Carança, 4 horas. El inicio del sendero es mortal, con una subida que va haciéndose más y más empinada. Luego avanza por una ladera donde encontramos un enorme perro pastor. Los carteles avisaban que son peligrosos, que atacan a los perros sueltos y salvajes, pero éste solo quería unos mimos, vaya grandote. Al otro lado el sendero comienza a descender a través del bosque y se vuelve tortuoso, pasa por unos pequeños llanos donde es posible acampar y, después de atravesar un par de arroyos, llega al Refugio del Ras de Carança.

Refugio del Ras de Carança: 11 euros la noche. La gente también acampa alrededor del refugio, aunque recomiendan una distancia mínima de 200 metros. Como es pequeño, también alquilan tiendas. Hay agua potable y si les pides te pueden cargar algún aparato. Acampamos unos doscientos metros arroyo abajo, junto al arroyo, en un lugar paradisíaco. Al anochecer ya estábamos rodeados.

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La caminata junto al río Carança es espectacular!

DÍA 6: Refugio del Ras de Carança-Queralbs, todo el día. El sendero sigue constantemente el río de Carança, por lo que hay agua hasta casi el paso de vuelta a Catalunya. Un par de horas más adelante llegamos al Estany Blau o de les Truites, el mejor lugar de todo el recorrido para plantar una tienda y olvidarse del mundo. Aquello era un paraíso en medio de los Pirineos. El día estaba soleado, el agua invitaba a darse un chapuzón, las truchas provocaban ondas en el agua y en la orilla un desman, un pequeño mamífero de 10 centímetros parecido al ornitorrinco, nos miraba entre las piedras.

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Lago Azul o de las Truchas, en la cabecera del río Carança. Quiero volver y acampar una semana!

La última subida hasta el Coll de Noucreus tiene un tramo bastante empinado que va dejando atrás varios estanques de agua potable. De allí a Núria es pura bajada. Nos tomamos un par de cervezas energéticas y seguimos hasta Queralbs, por el camino viejo.

Cuando salimos a la ruta hicimos dedo hasta Ribes (paró el tercer coche) y de vuelta a casa. Nuestras piernas estaban destrozadas después del palizón del último día, pero las sonrisas lo decían todo: a partir de ahora los viajes por el mundo no solo serían en furgo; también empezaríamos a perdernos en moto, y a pie.

DESNIVEL DEL CAMINO

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Desnivel acumulado aproximado, tanto de subida como de bajada: 5.200 metros.

Época recomendada: de junio a septiembre

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. Desde entonces recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2016 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

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¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.




319- El MYANMAR que nadie visita: la frontera de Tachileik

El oficial de inmigración de la frontera entre Mae Sai y Tachileik abrió mi pasaporte en un gesto rutinario. Ya sabía lo que iba a encontrar: otro extranjero que usaba ese paso para renovar su visado tailandés. Era un cruce práctico, de cinco minutos, pim-pam, y para ellos era un negocio redondo. Estampaban un sello y pase por caja: 500 baht o 20 dólares, que no es lo mismo, o la cifra que fuera, una cantidad que podía cambiar según el estado del tiempo, el humor y las necesidades.

En medio del puente que separaba Tailandia de Myanmar, un viajero con pinta de vividor del Sudeste Asiático, sandalias gastadas, pantalones gastados, camisa del color de la tierra, collares y un par de rastas que sobresalían de su cabeza calva, pedía ayuda en varios idiomas: no le aceptaban el billete de 20 dólares.

‘Estos malditos idiotas dicen que el billete está viejo, que está muy usado, pero mira, está bueno, no está roto, ni rayado!’

En ese momento no entendí el problema. Honestamente, pensé que quizás el billete sería falso, como aquellos famosos dólares colombianos que nos habían endosado en Ecuador. Nosotros estábamos llegando a Tachileik en el este de Myanmar, la región abierta a los extranjeros menos visitada del país, con la intención de intentar unir por tierra las ciudades de Kentung con Taungyyi. Era una ruta prohibida: cruzaba la vertiente sur de las enormes plantaciones de opio que estaban en manos de guerrilleros, o del ejército, o de bandidos. Nadie tenía una respuesta definitiva.

En la oficina, el oficial de inmigración abrió mi pasaporte y se sorprendió. ‘¡Visa! ¡Visa!’ dijo a sus compañeros levantando la voz y señalando un asiento frente a un escritorio. Allí había un ordenador, montones de papeles, un par de sellos y una cámara de sobremesa, colocada a la altura de mi ombligo. La foto para el registro de extranjeros en Myanmar quedaría con un gesto forzado, como el de una jirafa que tiene que abrirse de piernas y estirar el cuello hacia abajo para beber agua.

Estábamos con nuestras mochilas de 5 kilos en uno de aquellos rincones olvidados de un país que lentamente se abría al turismo. Myanmar había permanecido aislado por muchos años debido al boicot a un gobierno militar sanguinario, y por el mismo boicot de los militares hacia el mundo, que daban los visados con cuentagotas. La presión internacional y el cansancio de vivir en un país sin futuro, habían abierto las puertas a los primeros cambios, con elecciones casi libres. Parecía que los militares estaban dispuestos a entregar el gobierno, pero no el poder.

Los perros nos echaron del templo en construcción, con andamios levantados con troncos de árbol
Los perros nos echaron del templo en construcción, con andamios levantados con largas cañas de bambú.

Apenas recorrimos los primeros diez metros de Myanmar cuando una catarata de motociclistas y guías turísticos amateurs se acercaron para llevarnos donde fuera. Recién entrábamos, no teníamos muchos planes, solo queríamos comprobar la capacidad de transformación de un país que estaba abriéndose. ¿Podríamos comprar una moto? Que supiéramos, ningún extranjero lo había hecho. ¿Podríamos viajar libremente por el este del país? Parecía que sí. ¿Podríamos evitar los controles de carretera? En los consulados de Bangkok y Chiang Mai nos habían asegurado que se podía circular libremente entre el este y el oeste.

Soltamos nuestro primer hola en birmano, mingalabah, y esquivamos a los mototaxis con una sonrisa haciendo gestos negativos con la mano. Lo curioso era que no insistían. No nos acompañaban por la calle señalando puntos en un mapa. Quizás se debía a nuestra falsa seguridad, a eso que aprendimos en la ruta, de dar la impresión de que sabes lo que haces, o hacia dónde vas, aunque no tengas ni puta idea. Quizás era simplemente porque no hablaban una sola palabra de inglés.

Los rostros lo decían todo. Sorpresa, duda, estupor. La sonrisa funcionaba mejor que nunca como idioma y los leves movimientos de cabeza precedían a un saludo más espontáneo, más real. Era una sensación extraña, y al mismo tiempo única. En Tachileik estábamos volviendo a aquellos lugares en donde los extranjeros son una rareza.

El Barça estaba en todos lados.
El Barça estaba en todos lados.

Tailandia había sido una especie de paraíso turístico donde todo era alcanzable, aunque a veces no te trataran bien o no te entendieran. Esto era otro mundo. No había más que iniciar el saludo, con un deje de duda en la entonación. Volvías a intentarlo, y a la segunda o tercera vez, entendían que intentabas decir hola, nada más, y entonces ocurría el milagro. El campesino, el mecánico, el cocinero del puesto de la calle, se convertían en maestros de idiomas. Una sonrisa les estallaba en el rostro ante tus errores obvios de extranjero que intentaba comunicarse en un idioma nuevo. Era una sonrisa de orgullo, una sonrisa heroica, de superviviente.

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IMPRESCINDIBLE: 5 COSAS QUE DEBES SABER ANTES DE VIAJAR A MYANMAR

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La caminata por Tachileik casi no tenía sentido. Íbamos en dirección contraria y lo sabíamos aunque realmente no nos importaba mucho. Las mochilas, de cinco kilos cada una, no eran una molestia. Necesitábamos absorber los gestos, el aire, los olores de un nuevo país del que apenas teníamos información. Aquella era una zona lejana, donde ningún blogger había intentado viajar. Lonely Planet solo le había dedicado unas páginas vagas, con menciones a tours.

Las calles estaban rodeadas de casas y edificios que llevaban décadas sin pintarse. Sobre el asfalto, hombres vestidos con pantalones y hombres vestidos con longyii, una especie de falda que llega hasta los pies, se cruzaban con mujeres de rostro despejado y mujeres que llevaban las mejillas teñidas de amarillo. Era la tanaka, una pasta que utilizan para protegerse del sol. Entramos a un hostal oscuro y vacío, sin cuadros ni mapas en las paredes. Damos un par de palmadas y un hombre sale a nuestro encuentro. Solo dice 500 baht, el precio de la habitación, el doble de lo que pagábamos en Tailandia. Estamos en Myanmar pero la moneda de uso corriente sigue siendo el baht tailandés. Seguimos adelante.

Por las callejas de Tachileik se abrían los mercados del barrio
Por las callejas de Tachileik se abrían los mercados del barrio

En la otra acera hay un taller de motos. Sería ideal comprar un scotter para viajar por todo Myanmar, pero todavía no sabemos cuánto ha cambiado el país. ¿Podemos conducir nuestra propia moto local, por Myanmar? En el taller hay cuatro jóvenes que parecen de etnias completamente distintas: uno es de piel oscura, barba y nariz aguileña, otro es delgado y blanco como el papel pero de rasgos asiáticos, otro es de rostro ancho y lleva una camiseta con el escudo del Barça y un tercero es de piel trigueña. Parece que las dudas iniciales, la timidez, dejan paso a una sensación de curiosidad. Nos ofrecen una moto sin matrícula ni papeles por 6000 baht, 220 dólares. Una moto con papeles cuesta 29.000 baht.

Afuera hay un grupo de policías que parece que tienen el día libre. La ciudad está tranquila, se acabó la época de los disparos y las batallas en la calle. Mingalabah. A la gente de Myanmar les encanta nuestros intentos por balbucear unas palabras de birmano, acompañadas siempre por una sonrisa permanente que dice ‘oye, lo siento, no hablo tu idioma pero lo voy a intentar’. A los cinco minutos los policías llaman por teléfono a una agencia de viajes y poco después aparece un hombre en un coche que, sin querer vendernos nada, nos cuenta que algunas rutas siguen cerradas a los extranjeros, que se necesitan permisos, que las normas del país impiden que podamos tener nuestra propia moto… Nos sugiere tomar un bus hasta la estación de autobuses, que está a uno o dos kilómetros.

Los abuelos parecen ser los únicos que hablan inglés en el este de Myanmar
Los abuelos parecen ser los únicos que hablan inglés en el este de Myanmar

Pero antes de seguir adelante necesitamos cambiar dinero. Algo habíamos escuchado de la manía nacional porque los billetes en moneda extranjera parezcan recién salidos de la imprenta. Pero nunca imaginamos que… serían tan puñeteros. Los primeros billetes de cien dólares que llevamos a la oficina bancaria están impecables, pero no los aceptan porque están doblados a lo largo, a la medida de un cinturón de seguridad. Empiezo a comprender al extranjero que los puteaba sin entender por qué no le aceptaban sus veinte dólares en la frontera. Tras un pequeño tira y afloja y muchas sonrisas, aceptan el tercer billete.

Hacía mucho tiempo que no me sentía tan observado. Los rostros se levantaban para observarnos, muy pocos eran indiferentes. Y eso era una buena señal. Si yo levantaba la mano para saludar a quien nos miraba, el otro sonreía con candidez y devolvía el saludo. Lo había atrapado. No había vergüenza en mirar, porque era una mirada clara, de sorpresa. Nítida. Sin segundas intenciones.

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ESTA HISTORIA CONTINÚA EN

VIAJAR AL PASADO EN KENGTUNG, MYANMAR

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La estación de autobuses hacia Kentung estaba a siete, ocho kilómetros. Es un gran descampado, o un patio interior abierto, con dos autobuses que hoy no salen y una furgoneta cargada de gente apretujada. Pero los autobuses también salen de la calle, en realidad todo el la estación. Allí nos ofrecen un taxi por 70 dólares. Los autobuses valen muchísimo menos, pero no salen hasta el día siguiente. ¿La tarifa? 10.000 kyat por persona, nueve dólares, varias veces más de lo que cuesta el pasaje para los locales. Es el precio estándar mínimo impuesto por el gobierno militar para los extranjeros.

A la mañana siguiente, partimos hacia Chentung
A la mañana siguiente, partimos hacia Chentung

Después de tantos años viajando por países donde podíamos hablar con la gente en uno u otro idioma, llegamos adonde nos habíamos propuesto. A esos lugares donde nadie te entiende, donde la cultura es tan diferente que los gestos pueden significar otra cosa, donde viajar se convierte en un desafío. El este de Myanmar, vacío de extranjeros, donde solo los abuelos hablan algo de inglés, era el lugar perfecto para empezar una nueva aventura.

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y porque es capaz de sobrevivir a una bomba atómica. Desde aquel momento recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2015 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (El Libro de la Independencia, Por el Mal Camino e Historias en Asia y África) y uno en inglés (The Book of Independence) y escribe regularmente artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna edita los libros y hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlar y conferencias.

Han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.

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317- Streptococcus Pyogenes, la bacteria comedora de carne | SALUD EN VIAJE

Hasta los amigos que me conocen bien deben pensar que me golpeé la cabeza y me volví idiota. ‘¿Cómo puedes estar tan contento de haberte contagiado esa mierda de bacteria asesina?’ me preguntaban con la boca entreabierta, el labio inferior caído, los ojos pasmados.

Ellos no son viajeros, son gente normal, dedicada a su familia, a su trabajo y a la seguridad de una vida sin sobresaltos exóticos, más allá de la política, la economía y la búsqueda de la felicidad, donde sea que se encuentre. Yo me sentía exultante. Durante el último viaje por el Sudeste Asiático había pillado algo lo suficientemente raro como para sorprenderme y aprender algo nuevo. Una bacteria comedora de carne. De mi propia carne. Espectacular. Lo sentí como una medalla.

Al principio no le había hecho demasiado caso. Un grano con una corona de pus encima de la rodilla, que se infectó en algún lugar entre Camboya y Vietnam. Yo seguí manejando mi Hongda Win (sí, las imitaciones fabricadas en China van con G) camino a Ho Chi Minh como hago siempre, escuchando a mi cuerpo. Pero algo estaba pasando, ya que el agujero con forma de pequeño cráter exactamente circular comenzó a hacerse más grande, hasta alcanzar el tamaño de la uña del dedo meñique de la mano. Yo hacía lo de siempre: apretar para sacar la infección, y lavar cada día con agua y jabón.

Una semana más tarde llegamos a Barcelona y empecé a ponerme yodo, y luego agua oxigenada, con la intención de matar el origen de la infección de una u otra manera. En ese momento ya había comenzado a sospechar que aquello era algo más que una simple picada de mosquito exótico. Los peores presentimientos se confirmaron cuando una mañana mi muslo empezó a crecer, a ensancharse y calentarse en una fiebre localizada. Al rato, cuando empecé a cojear, asumí que tendría que ir al médico. En pocos días tenía un vuelo a Buenos Aires y no podía perderlo.

Fui al Centro de Enfermedades Tropicales de Barcelona, en la Avenida Drassanes. Ellos tienen mucha más información sobre mi salud que mi médico de cabecera. Me recetaron pastillas que debía tomar cada ocho horas, 600 miligramos de Ibuprofeno para bajar la hinchazón y antibióticos con una combinación de Amoxicilina (500 mg.) y Ácido Clavulánico (125 mg.), mientras me hacían chequeo completo, incluyendo sangre y heces.

Por la tarde la pierna se me hinchó aún más y la herida comenzó a abombarse, pero hacia dentro. La piel alrededor de la herida se había secado y empezaba a escamarse, como cuando vas a perder la capa externa después de unos días de mucho sol. Busqué una bolsa de hielo y la apliqué directamente sobre la piel. A la media hora la hinchazón comenzó a bajar. El hielo siempre sirve.

A la mañana siguiente volví al Centro de Enfermedades Tropicales para pedirles algo más fuerte. ‘Toma un comprimido cada 6 horas en lugar de cada ocho horas mientras esperamos los resultados. Te los enviaré por email por si no mejoras y necesitas mostrárselos a otro médico por allí.’

La bomba cayó cuando ya estaba en Buenos Aires.

‘Lo que tienes es una infección por Streptococcus Pyogenes, no un Staphylococcus. Por tanto el tratamiento que estás tomando puede servir o no, aunque sería mejor la penicilina.’

Decidí seguir el tratamiento que había comenzado, no estaba tomando aspirinas, estaba tomando antibióticos. Lo publiqué en Facebook pensando que simplemente sería un bicho distinto, pero un amigo paramédico y bombero en Estados Unidos, Fernando Rivero, me envió inmediatamente este mensaje: ‘Cuidate YA que la Streptococcus Pyogenes puede causar muchos otros problemas. Puede atacar los riñones y empezar a destrozar la piel y los músculos de la pierna. Se trata con penicilina y Clindamycin. No esperes que puede ser muy serio! Esa es la bacteria que causa necrotizing faciitis, aquí la llamamos flesh eating bacteria! Tratate y cuidate!

‘Flesh eating bacteria’, la… ¡bacteria comedora de carne! Abrí los ojos un poco más, como si un terror diminuto e invisible se hubiera apoderado de mi destino. Inspiré profundamente y sonreí. ¡Guau! ¡Espectacular! Salí a la calle y respiré feliz: las enfermedades raras son las heridas de guerra, las medallas del viajero.

Anna había incubado los huevos de una mosca en su brazo durante el viaje por Zimbabue. Yo había tenido un principio de tuberculosis en África, había sufrido la Larva Migrans Cutánea entre Guyana y Venezuela y ahora tenía una ¡¡¡¡BACTERIA COMEDORA DE CARNE!!!!

Siete días después de ir al médico y tomar el antibiótico religiosamente cada seis horas la pierna ha vuelto a su tamaño normal. La herida está cicatrizando y la piel ha recuperado su color y elasticidad normal. Ahora solo me queda terminar el tratamiento, que no sobre ni una sola pastilla. Es la ley del antibiótico, llegar hasta el final, no darle una sola oportunidad a la bacteria para recuperarse y volver al ataque, reforzada y resistente.

 

TRATAMIENTO, TOMAR UNA PASTILLA CADA 8 o 6 HORAS

  • Siempre, siempre, ir al médico, que te enviará a hacer los análisis necesarios y te dirá qué tratamiento debes seguir. Nunca te automediques a no ser que estés aislado en la Luna y no tengas la posibilidad de consultar con un especialista.
  • Ibuprofeno de 600 mg. para bajar la inflamación.
  • Penicilina (o pastillas con una combinación de 500 mg. de Amoxicilina y 125 mg. de Ácido Clavulánico).

 

CONSECUENCIAS

Estas son las fotografias menos violentas de los resultados de infectarte músculos y piel con el Streptococcus Pyogenes. Las encontré en páginas de medicina. Que no te pase nunca, y si pasa, ¡que nunca llegue a esto!

ENCUENTRA AQUÍ MÁS HISTORIAS Y CONSEJOS SOBRE SALUD EN VIAJE

 

Más información en Wikipedia y en este artículo de elmundo.es

Si te gusta el morbo y quieres ver fotografias mas fuertes, entra en este enlace.

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y seguro que… ¡es capaz de sobrevivir a una bomba atómica! Desde entonces recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano, El Libro de la Independencia, Por el Mal Camino e Historias en Asia y África, uno de los cuales ya fue traducido al inglés, The Book of Independence. Pablo también escribe artículos de viaje y aventura para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna trabaja en la edición de los libros y los articulos y hace collares y pulseras de macramé.

Participaron de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.