170- Lugares para conocer antes de morir: los tepuyes venezolanos

Tepuy en Venezuela

A veces pasa el tiempo y te das cuenta que en determinados lugares tendrías que haberte quedado más, disfrutando un sitio que por algún motivo es único. Eso es lo que me pasa con el sur de Venezuela, con el mundo perdido de los tepuyes.

Es imposible olvidar esa sucesión de montañas de cimas planas y verticales interrumpida por pequeños ríos en medio de la selva tropical que rodea al Salto del Angel. O ese llano desértico de vida llamado Gran Sabana venezolana (¿dónde fueron todos los animales? ¿y las aves? ¿quién se las comió?), que termina en la frontera con Guyana.

En la distancia del tiempo siento que me hubiera gustado perderme en los laberintos surrealistas de la cima plana del Roraima, excavados por agua que no sabe por donde escapar hacia la llanura. Sé, estoy seguro, que me hubiera perdido feliz buscando un camino alternativo para llegar hasta donde el Salto del Angel pierde pie y cae casi 1000 metros hacia la selva.

Sí, a pesar de los mosquitos, de los jejenes y de todos los bichos que hacen que tu viaje sea miserable y alucinante al mismo tiempo

Son aventuras pendientes, montañas extrañas, cimas aisladas que cada tanto vuelven a levantarse frente a mis ojos, aunque me encuentre en el otro extremo del mundo.

Una nueva excusa para volver.

 

CÓMO LLEGAR A LA CIMA DE LOS TEPUYES

Es posible subir al monte Roraima. Para ello hay que dirigirse a la ciudad de Santa Elena de Uairén, en la frontera con Brasil, desde donde se puede organizar el ascenso, siempre con un guía autorizado.

Subir a los tepuyes de la selva es un poco más complicado, pero no imposible. Sobre todo, es un sueño subir a la cima del tepuy desde donde cae el salto del Angel, en el Auyán Tepuy. El trekking se puede organizar desde el parque nacional Canaima. Te mirarán raro, muy poca gente se atreve, pero es posible.




107- Libertad bajo el cielo de la Pampa (Reportaje para la revista Lonely Planet)

Revista Lonely Planet España

© Pablo Rey. Publicado en la revista Lonely Planet Nº 29, edición española, en enero de 2010.

LIBERTAD BAJO EL CIELO DE LA PAMPA

La vida tradicional de los gauchos sigue latiendo con fuerza en una de las llanuras más fabulosas del mundo

La ruta 7 estaba interrumpida a la altura de Salto, donde en octubre se celebra la Fiesta del Caballo Criollo. La ruta 8 estaba cortada en San Antonio de Areco, donde en noviembre tiene lugar la Semana de la Tradición. Un poco más al norte, la autopista que une Rosario con Buenos Aires a través de algunos de los campos más fértiles de Argentina había sido tomada por manadas de caballos, vacas y tractores. Hacia el sur, la ruta 3 estaba cortada cerca de Azul… En abril de 2008 esa imagen se repetía en Bolívar, Chivilcoy, Bragado y casi todos los pueblos de la Pampa.

La propuesta del gobierno argentino de aumentar al 40% el impuesto sobre la producción de la tierra había indignado no sólo a los pequeños y medianos productores agropecuarios, sino que también había conseguido sacar de sus guaridas a los gauchos invisibles, esa mayoría pragmática convencida que el mundo ya no tiene vuelta atrás, que la Pampa alambrada nunca volverá a ser la tierra libre sobre la que galoparon los primeros vaqueros de América.

Revista Lonely Planet España

Solitarios de otra época

Allí estaban, mezclados, silenciosos y hermanados, hombres curtidos que pasan inadvertidos para los viajeros de las rutas principales, vestidos como hace 150 años, camisa con pañuelo al cuello, sombrero de ala y pantalones bombachos recogidos dentro de viejas botas de cuero. Los más frioleros lucían un poncho, una manta tejida a mano con un agujero al medio para pasar la cabeza. Algunos, con sus anchos cinturones de lana bajo otro cinturón de cuero adornado con monedas, ni siquiera se bajaban del caballo.

El sentimiento de injusticia había pegado tan fuerte que muy pocos habían continuado con su rutina de mate tranquilo. Los animales permanecieron encerrados, el arreglo del establo se suspendió y la yerra, el herraje de los caballos, quedó para otro momento. El resto de la vida continuó como cada día, escuchando las noticias por la radio: campo adentro no llega la señal para los teléfonos móviles. 

Las barricadas eran un buen punto de encuentro. El mate circulaba sin temor, la pandemia de gripe A aún no se había desatado, y sólo faltaba que alguien carneara un novillo para hacer un asado sobre el esqueleto de una cama de hierro convertida en parrilla. Hasta los gauchos más pacíficos recuperaban la rebeldía original y se sumaban al corte de las rutas de acceso y aprovisionamiento de Buenos Aires, que se estaba quedando sin carne. Y eso, para un argentino, eso es duro. Eso es presionar de verdad.

La historia del gaucho se empezó a escribir alrededor de 1586, cuando un soldado andaluz llamado Alejo Godoy envió una carta al rey de España quejándose del maltrato y las pésimas condiciones de vida en la recién fundada villa de Santa María de los Buenos Ayres. El hombre pedía ayuda para los colonos abandonados que vivían lejos, en el fin del mundo. Cuando se cansó de esperar una respuesta galopó hasta el terreno vacío de la Plaza Mayor (la actual Plaza de Mayo) y tras gritar ¡muera Felipe II!, dio media vuelta y se fue a vivir a tierra de indios. A la pampa.

Ese fue el bautismo, el origen del ser más típico de Argentina, el gaucho, un hombre libre e independiente que mestizó las costumbres amerindias con el caballo europeo para sobrevivir sin amo ni patrón en una tierra rica en animales salvajes. De los guaraníes tomó el mate que engañaba al estómago. De los pampas, tehuelches y ranqueles se quedó con el poncho para abrigarse, la vincha para sujetar el cabello largo y las boleadoras para enlazar las patas de la carne que correteaba por ahí. Menos caballos, perros y gatos, todo era comestible.

Los gauchos siempre vivieron al día. Cuando tenían hambre cazaban una ternera de la que aprovechaban sólo el pedazo de carne que ponían al fuego y el cuero, que secaban para cambiar en las pulperías por galletas, yerba mate o ginebra. En seguida los gauchos adoptaron la guitarra española como compañera para sobrevivir en la vasta soledad de la Pampa, un área inmensa de 700.000 kilómetros cuadrados tan lisa como una mesa de billar. Como la península Ibérica y el sur de Francia juntos, pero sin los Pirineos, sin la cordillera Cantábrica, los Alpes, Guadarrama y la Sierra Nevada. Un océano de color verde, sin árboles y lleno de vacas inconscientes de su destino de matadero. El infinito a caballo.

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Conversaciones pausadas

Hoy la Pampa está jalonada de pueblos en los que es fácil entablar una conversación con los desconocidos que rozan tu vida. El dueño del almacén donde compras un paquete de galletas, la mujer a la que preguntas una dirección, el vendedor de diarios que quiere confirmar las noticias de España… Todos tienen un familiar que vive cerca de nuestra casa. Es muy posible que una pregunta que se pueda responder en diez segundos te entretenga feliz durante media hora. “No hay drama”, te dirán, “tengo tiempo. ¿En qué te puedo ayudar?” Entonces encontraste otro gaucho.

Porque gaucho no es sólo aquel que viste a la manera tradicional del campo. En Argentina, gaucho también es el que se preocupa por los demás, el solidario, el que hace ‘gauchadas’, favores, sin esperar algo a cambio. Simplemente porque un amigo o una causa justa lo necesita. El gaucho verdadero sabe que si puede ayudar no tiene alternativa. Por eso las manifestaciones en las rutas se habían poblado de hombres salidos de los rincones verdes más lejanos, vestidos con su ropa de faena como en las grandes reuniones de Areco.

San Antonio de Areco, en la provincia de Buenos Aires, es un pueblo tranquilo, un enclave gaucho rodeado de estancias históricas, inspiración de escritores que inmortalizaron la vida original de la pampa en libros imprescindibles como Martín Fierro, el Quijote argentino. Es el sitio perfecto para retirarse o cambiar de vida. Su centro antiguo guarda casas con biografía propia, bares viejos y almacenes renovados como la Pulpería de Areco, donde cualquiera puede descolgar una guitarra de la pared y lanzarse a cantar. Allí los amigos siempre tienen tiempo para otro mate, un café, una cerveza o un vino. Buenos Aires está a 113 kilómetros, la locura porteña no es contagiosa a esa distancia.

La vida de Areco sólo se altera alrededor del 10 de noviembre, cuando se convierte en el corazón de la Pampa. En esa fecha se celebra la Semana de la Tradición, una de las fiestas de doma, yerra y jineteadas más importantes de Argentina, que congrega a miles de gauchos orgullosos por exhibirse y desafiarse en el Parque Criollo y Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes. Llegar es fácil, con tanto asado sólo hay que seguir el humo.

La alegría es tan contagiosa que todos terminan mezclados antes, durante y después de las carreras cuatreras y las corridas de sortijas, consistentes en ensartar una pequeña argolla con un puntero y a galope tendido. Porque no estás en un escenario, estás en el sitio real, junto a la casona histórica rodeada por un foso de agua, frente a la pulpería donde los gauchos se juntaban a tocar la guitarra, jugar a las cartas, apostar a los caballos, beber ginebra y desafiarse con sus facones afilados. Y no necesariamente en este orden.

A un lado del casco viejo hay un grupo de hombres practicando el sapo, un popular juego de puntería, mientras en un campo cercano se organiza una exhibición espontánea de pato, un deporte parecido al polo inventado por los gauchos en el siglo diecisiete. Bajo un árbol, junto a una vendedora de alfajores de maicena rellenos de dulce de leche, dos payadores comienzan un duelo de guitarras, una improvisación llena de humor en la que gana el más ingenioso o el más desvergonzado. En cualquier momento, alguien se lanzará a dar unos pasos lentos de cielito o unos taconazos de malambo.

La mayor parte de los extranjeros asume que Argentina es como la ciudad de Buenos Aires, que el argentino es como el porteño. La Semana de la Tradición de San Antonio de Areco, con su calor, su humanidad y su desfile de más de 1.500 gauchos ataviados con sus mejores pilchas arreando sus tropillas, es una reivindicación inolvidable. Argentina es mucho más que Buenos Aires.

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El progreso se olvidó de los gauchos

La vida gaucha original, la celebrada en San Antonio de Areco, sufrió una estocada grave hacia 1860, cuando comenzó la parcelación de la llanura pampeana en cotos de tierra privada. El ‘progreso’ puso dueño a las manadas de vacas salvajes y limitó la vida nómada de los gauchos, dejando pocas alternativas: el ejército o un trabajo mal pagado como peón de campo. Sin dinero, educación ni tierras propias, los gauchos que no se incorporaban al sistema quedaban fuera de la ley.

La mayoría se unió a la lucha de los caudillos del interior del país contra las decisiones tomadas en Buenos Aires, como en las rutas cortadas en contra del impuestazo. Otros se alejaron con su caballo hacia las fronteras, hacia las tierras sin ley donde ningún patrón podría decirles cómo vivir. Donde los estancieros pagaban el par de orejas de indio en libras esterlinas y bandoleros como Butch Cassidy y Sundance Kid asaltaban bancos argentinos al estilo del Lejano Oeste.

Aquí y ahora, los únicos que no aparecían en la manifestación que cortaba la ruta eran los grandes terratenientes, beneficiarios del reparto inmoral de la tierra arrebatada a los amerindios a finales de 1800. Los mismos que habían encerrado la llanura pampeana tras miles de kilómetros de alambre de púas ilegalizando el estilo de vida de los gauchos.

Entonces, si la pampa se había convertido en un corral gigantesco, ¿dónde fue a parar la vida libre del gaucho? La respuesta me la dio Adolfo Caballero, presidente de la Confederación Gaucha Argentina: los gauchos no viven sólo en la pampa. Entre Jujuy y Tierra del Fuego hay más de ciento sesenta mil gauchos.

Gauchos como los arrieros solitarios sentados en torno a una fogata bajo el cielo helado de la Patagonia, lejos de su casa, frotándose las manos para ahuyentar el frío de la estepa. Gauchos, los que empujan las manadas de vacas hacia los campos de invernada por los caminos de tierra de la cordillera de los Andes. Allí, lejos del asfalto y de las comodidades, continuaba latiendo la vida original y austera de los vaqueros del sur. La misma vida que se multiplicaba en el griterío de las carreras de caballos y sortija en Yavi Chico, Jujuy, a 3000 metros de altura o en el desfile orgulloso de los gauchos salteños que invadían las avenidas del noroeste argentino con sus lanzas y sus perneras de cuero que les protegen de los arbustos espinosos. Y al otro lado, cerca de Brasil, en aquel almacén-bar de Misiones que en realidad sigue siendo una pulpería, donde un grupo de gauchos juega al truco y comparte vasos de vino.

Los gauchos seguían vivos, los cortes en la ruta eran el mejor testimonio. Gauchos por solidarios, gauchos por luchadores, gauchos supervivientes y libres como Pata de Lija Anderson, baqueano en el sur de Tierra del Fuego, más lejos imposible, que nos invitó a un asado de carne recién enlazada y cuereada. Carne todavía tibia de las últimas reses salvajes, en el último rincón de Argentina, frente al Canal de Beagle.

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72- Guía para viajar al Salto Ángel, la cascada más alta del mundo

Sobre la selva hacia Canaima, Venezuela

– Kanaima significa asesino. ¿sabías eso? –pregunta nuestro guía compulsivo, nuestro pequeño dictador, un chico de la etnia amerindia Pemón pero absurdo nombre inglés. Se llama Henry, no tiene más de diecinueve años, y no es su culpa.

El agua de la laguna de Canaima permanece calma y roja mientras balancea las canoas largas con suavidad. A esta hora de la mañana ya nada es urgente, las lanchas que debían salir para el Auyán Tepuy no están y el pueblo se mantiene tan vacío como si fuéramos los únicos testigos.

Nada, en las playas no hay voces, ni gritos. Sólo permanece el cris-cris de las hojas mecidas por la brisa y el estrépito constante de las cataratas. Seis saltos alineados que bajan un escalón de piedra de quince metros. Luego del estallido, el agua vuelve a dormitar teñida con el color de la sangre. Roja de taninos, roja por los magullones de la caída, roja por la naturaleza de la tierra de los asesinos.

No puedo evitarlo: esto es un jodido paraíso.

Palmeras que crecen a ambos lados de la orilla, niños que chapotean desnudos, mujeres que sonríen con el trabajo de una lavandería sobre la cabeza, pájaros que cantan felices, hombres que empujan canoas y extranjeros invisibles. A pesar de las avionetas, la presión local para partir cuanto antes selva adentro deja el pueblo vacío. Esta arena blanca mezclada con raíces y hojas de palmera no es una posibilidad real en la mente de los extraños que llegan a Canaima. Sólo vale el Salto.

El único.

El más alto del mundo.

EL Salto.

Lo demás es parte de lo que ocurre mientras tanto.

Y es una pena, porque en el viaje a Salto Ángel, vas a estar más tiempo en movimiento que descansando. Más tiempo en el camino que en ningún otro lugar de la selva.

Aunque la ortodoxia lo desmienta, los 979 metros de caída libre convierten al Salto Ángel, en el Salto del Ángel. Es alto.

Fue descubierto en 1937 por el aventurero y aviador Jimmy Angel, un norteamericano en busca de emociones y diamantes entre las piedras más antiguas del planeta: el Escudo de Guayana. Todo cabía en el estómago de su avión, alimentos, pólvora, cianuro, espejos, herramientas y balas. Jimmy, perdido en un laberinto de versiones sobre tesoros en las cimas de los tepuyes, solía desviarse de sus rutas entre Ciudad Bolívar y los agujeros mineros de la selva.

El Salto está dentro del Parque Nacional Canaima y se derrama desde la mesa del Auyán Tepuy al valle del río Churún. El 99,9% de los visitantes llega en avión desde Ciudad Bolívar, Puerto Ordaz o Caracas para un tour de 3 días 2 noches. Junto a la pista de aterrizaje siempre espera un guía para llevarte al hotel o meterte inmediatamente en una canoa ultrarrápida hacia el Salto Ángel. Da igual la hora y el plan que te hayan vendido en la agencia de turismo. Olvida los detalles.

El viaje remontando los ríos Carrao y Churún dura cuatro horas en la estación húmeda y unas diez en la estación seca, entre febrero y abril. El piloto avanza siempre a toda velocidad levantando una ola lo suficientemente alta para cubrir la selva. El nuestro era el Schumacher de todos: hay que ver cómo esquivaba las piedras y subía los pequeños rápidos el cabrón. El único problema del viaje es que durante un mínimo de cuatro horas sólo podrás mirar hacia delante, protegerte del agua que termina empapándote y… cantar (opcional).

A los pies del Salto Ángel llegas tarde, apenas dos o tres horas antes de la puesta de sol, porque las canoas también suelen partir tarde. Estás en la selva, no en la ciudad. Olvida los detalles. El guía sacará unos sándwiches de jamón y queso embolsados, una botella grande de Coca Cola tibia, y diez minutos después comienzas el ascenso hacia la base del Salto. Es más de una hora por senderos planos y abruptos cubiertos de verde.

Si soñabas con tocar la pared del tepuy, olvídalo. Una saliente de 15 metros de altura corta el paso. Lo que sí puedes hacer es chapotear en una poza de agua de ángeles, condenadamente helada, recién caída del cielo.

En Venezuela oscurece temprano y rápido, poco después de las 6 de la tarde las hamacas ya están instaladas bajo un cobertizo y encienden un generador. Diez pollos clavados sobre el fuego alcanzan para tres canoas. Durante la noche los no iniciados en el maravilloso mundo de la hamaca descubrirán con dolor algunos músculos que no sabían que existían.

A la mañana siguiente te levantas a las seis de la mañana, desayunas rápido y antes que te des cuenta ya estás sentado de nuevo en la canoa de Schumacher. Te mojas tanto como el día anterior y, desconcertado, comienzas a preguntarte si realmente viste El Salto. O si sólo lo soñaste.

No hay más. No tienes tiempo de asimilar la belleza ni la bestialidad de un salto que acaricia los mil metros.

–          ¿Qué les pareció Canaima?

–          ¿Quieres la verdad? Es hermoso, demasiado bonito. Pero hacía muchísimo que no me sentía un paquete express.

¿QUE HACER PARA QUE EL VIAJE A SALTO ÁNGEL NO SEA SOLO COMPLETAR UN SITIO, SACAR UNAS CUANTAS FOTOS PARA PROBAR QUE ESTUVISTE ALLÍ?

¿Qué hacer para quedarte, para mezclarte, para conocer un poco más, para detenerte en Canaima? ¿Qué hacer para tener recuerdos y no sólo esa sensación absurda de ser un envío urgente que hay que llevar y traer cuanto antes?

Si te gusta disfrutar de los lugares a tu propio ritmo, no hagas el tour de 3 días 2 noches a Salto Angel, a no ser que no tengas más alternativa. Por eso te proponemos:

  • Compra sólo el pasaje de avión a Canaima, 600 bolívares fuertes ida y vuelta (feb.09).
  • Llega a Canaima con algo de tiempo. Cinco días o una semana son suficientes.
  • Acampa gratis junto a las casas del Parque Nacional o búscate una habitación.
  • Lleva protector solar, ron y los chocolates que necesites. Allí todo es más caro.
  • Relájate en la laguna, uno de los sitios más hermosos de Venezuela.
  • Negocia con los boteros el precio para que te lleven hasta Salto Ángel y te dejen un par de días. Ten en cuenta que hay campamentos en ambas márgenes del río Churún y es mejor que no tengas que nadar para llegar al Salto.
  • Lleva puesta ropa impermeable durante las cuatro horas que dura el viaje en canoa en la época húmeda, o las diez que dura en la época seca (de febrero a abril). O viaja [email protected]
  • Tómate tu tiempo en la base del Salto Ángel. Es uno de los lugares más extraños y remotos del planeta. Disfrútalo.
  • Si te cansas o quieres quedarte más tiempo, cambias el pasaje de vuelta.

PRECIOS A FEBRERO 2009

El viaje, negociado en el aeropuerto de Ciudad Bolívar, nos costó unos 1100 bolívares fuertes en febrero 2009. Unos 400€ al cambio oficial, 200€ al cambio paralelo, precio total para dos personas. Transporte, alojamiento y comidas incluidos.

Entrada al Parque Nacional, que se cobra en el Aeropuerto de Canaima, 35 bolívares fuertes.

RUTA ALTERNATIVA POR TIERRA

Hay un camino fácil que se puede hacer hasta Paragua, al sur de Ciudad Bolívar. Allí hay que cruzar el río Orinoco en una chalana y continuar por una muy mala ruta minera hacia San Salvador de Paul. Los amigos rustiqueros de Venezuela nos desaconsejaron hacer la ruta, ya que necesitas neumáticos especiales, muy altos. Si sigues adelante tienes que continuar hasta Caño Negro. Allí estacionas en el terreno de la familia que te cruzará el río Paragua en una canoa. En tres horas caminando estás en Canaima.

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69- Lugares para conocer antes de morir: Catarata Kaieteur, Guyana

Kaieteur enorme, brutal. Guyana

(viene de Caminando por la selva de Guyana)

Desde lejos Kaieteur no impresiona. Parece una catarata más, una catarata clásica, de esas de postal, de las que hay en todos los países. De esas. Más de lo mismo, agua que cae de arriba para abajo. Más locales que hablan de su catarata con orgullo, como si fuera la única del mundo.

Pero a medida que caminas sucede algo extraño: no llegas nunca. Te acercas pero no alcanzas la orilla, caminas pero el salto continúa agrandándose, haciéndote sentir cada vez más pequeño. Avanzas, esquivas los brazos verdes de una bromelia, una planta gigante con nombre de tía antigua, una superviviente de la megalomanía biológica. Tentáculos largos, bigotes. Allí delante encuentras un espacio vacío, te asomas al abismo e inmediatamente das un paso atrás: los árboles del fondo parecen repollos enanos.

Entonces algo te paraliza sobre una piedra que se estira desafiando la ley de gravedad. Estás en medio de la selva, sobre el mirador del Tarzán de Johnny Weismuller. Parpadeas, te has convertido en una hormiga. Una pequeña garrapata entre las grietas de la piedra más vieja del mundo.

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Dicho de otra manera: al lado de Kaieteur, eres insignificante.

El agua, mucha agua, demasiada agua, pierde el equilibrio junto a tus pies y cae 226 metros hasta reventar contra las rocas escondidas del abismo. Doscientos veintiséis metros. Allí hay una explosión permanente, un big bang de agua pulverizada despedida a la velocidad dolorosa de la confusión. Estás allí, existe, pero todavía necesitas que alguien te patee el culo para asegurarte que esto no es un sueño. Que estás despierto.

Arriba, ranas doradas que viven en un estanque natural dentro de la misma bromelia. Y gallitos de las rocas, rojos como chavistas venezolanos, como neocomunistas melancólicos entre las ramas de un mundo verde.

Abajo, al fondo de la grieta, un enorme arco iris se levanta en el aire para saltar las orillas con los colores más hippies de la naturaleza. Y en el medio estás tú, sentado en la orilla del mundo, con los pies colgando que se balancean con el viento.

El espectáculo es hipnótico, un circo natural que te llama, que te ata una cuerda invisible en las tripas y te pide que saltes, con la certeza que el vapor detendrá la inercia y podrás volar. Acompañar a los pájaros que se lanzan en un vuelo kamikaze, suicida, perpendicular, hacia una caída vertiginosa siguiendo la corriente del agua.

Y a mitad de camino las aves vuelven a sorprender, a quebrarse en un nuevo ángulo recto y a sumergirse en el hueco oscuro que aguarda detrás de la catarata. Sí, la misma catarata desbordante de taninos que continúa cayendo, para volver a acumularse, extenuada y llena de moretones, toda negra y encauzada, en el fondo del valle. Allí, a doscientos veintiséis metros.

De todas las grandes cataratas del mundo, Iguazú, Victoria, Niágara y Nilo Azul, Kaieteur es la gran desconocida. La única en donde puedes permanecer en la más absoluta soledad durante varios días. Sin ruidosos grupos turísticos. Sin puestos de Coca Cola. Sin souvenirs de plástico. Solos en la naturaleza, como debió ser en el principio de todo.

No hay ruta para llegar a Kaieteur. Sólo puedes acercarte caminando en un trekking a través de la selva (4 días), en bote con motor desde Pamela Landing (1 día), o en avión (1 hora). Los precios para este viaje espectacular los podrás encontrar en www.rftours.com

Gracias a Frank Haralsingh, de la Guyana Tourism Authority, que nos dió todas las facilidades para recorrer el país menos conocido de Sudamérica, y a Frank Singh, director de Rainforest Tours, que nos invitó a uno de los tours más espectaculares del continente: un trekking de varios días a través de la selva de Guyana hasta la desconocida catarata Kaieteur. Inolvidable.

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68- Caminando por la selva de Guyana.

La Vuelta al Mundo en 10 Años - www.viajeros4x4x4.com

Gracias a Frank Haralsingh, de la Guyana Tourism Authority, que nos dió todas las facilidades para recorrer el país menos conocido de Sudamérica, y a Frank Singh, director de Rainforest Tours, que nos invitó a uno de los tours más espectaculares del continente: un trekking de varios días a través de la selva de Guyana hasta la desconocida catarata Kaieteur. Inolvidable.

(viene de Hasta el final del último camino)

El río Potaro baja calmo, ancho y negro, rodeado por paredes de árboles que apuntan al cielo. Es una garganta sin piedras, un cañón verde y espeso, el único claro en medio de la selva. El río Potaro es una de las autopistas que comunican los pueblos interiores de Guyana, el país de muchas aguas.

Su corazón, un músculo blanco y elástico de 226 metros de alto y 60 metros de ancho, bombea con fuerza hacia el Océano Atlántico desde el centro del pequeño país. No es un salto de agua más, es una catarata gigantesca escondida por la vegetación enmarañada de árboles, lianas, arbustos y plantas. Un monstruo atronador que quita el aliento, que provoca hiperventilación.

En algún lugar hacia el norte, está Kaieteur.

Tony Melville es un amerindio mitad Patamuna y mitad Carib. Mide un metro setenta, es moreno, tiene unos cuarenta y cinco años y el pelo crespo. Nació en un poblado cercano a las cataratas Kaieteur. ‘Antes ese era nuestro territorio, ahora es del Parque Nacional’, explica con naturalidad. Entre octubre y diciembre, meses secos, se interna en la selva para criar músculo buscando oro y diamantes con un detector de metales. Casi todos los días se encuentra algo, unos gramos amarillos, unos carats transparentes. El resto del tiempo guía turistas indefensos a través de la selva. Dos alemanes, dos finlandeses, nosotros.

– Aquí, sí, hay anacondas y pumas y jaguares. Y son peligrosos. Pero sobre todo hay que tener cuidado donde pisas. Si pateas una serpiente se va a enojar, tú también te enojarías si alguien te patea.

Habla pausado y sabe cómo mantener tu atención.

– Por la mañana, cuando se levanten, no olviden sacudir las botas y los pantalones. Están en la casa de serpientes, arañas, escorpiones y otros insectos raros.

Tony es el jefe y nadie lo discute. Aparte de conocer los senderos, de saber sobre árboles, plantas y animales, es quien nos tiene que sacar de aquí.

Aquí, es la selva. Senderos delgados cubiertos de hojas muertas, descompuestas por la humedad. Tierra rica, pero podrida. Caminos oscuros empapados en agua e insectos, atravesados por troncos que se deshacen en pedazos vegetales, en termitas hambrientas. Es la belleza de uno de los últimos rincones vírgenes del planeta.

Bajo los árboles comienza a llover diez minutos más tarde que en el río. Los niños de los poblados Patamuna, Arawak, Wai-Wai, Makushi, Carib, juegan con arcos y flechas. La rama en la que te sostienes puede estar erizada de espinas. O ser fría como una Bush Master, una serpiente tan venenosa como tu vecina.

Sí, esa, ya sabes de cuál hablamos.

En las noches sin luna, las orillas del río Potaro son líneas irregulares que cortan el cielo con el trazo más negro que te puedas imaginar. El ruido del motor sólo es interrumpido por la lluvia torrencial, que comienza a dar la razón al negro Noé. Entonces intentas cubrirte con algo, evitar sentir la humedad en tus calzoncillos, en esas braguitas tan monas que te llevaste a la selva por si aparecía Tarzán.

Una hora más tarde llegas a Amatuk, una isla de arena y rocas en medio del río. Te instalas en una hamaca bajo un techo de madera y plástico y recuerdas los privilegios de la civilización mientras las tormentas se intercalan con períodos de silencio y calma extrema. Ni siquiera el aire se atreve a moverse entre las hamacas tensas, gordas como el estómago de una boa que acaba de cenar. Alguien cambia de posición y el poste que nos sostiene a todos, vibra. Anna estira el pie y me balancea.

– Che… ¿Estás dormido?

No. No puedo.

El fuego muere cerca. Los murciélagos vampiro no se acercan a la luz. O eso es lo que dice Tony, nuestro gurú salvaje.

Sólo en la oscuridad absoluta se atreven a arrojarse sobre tus pulgares para chuparte la sangre. Tu sangre, que mana con calma y suavidad, sin el obstáculo de las plaquetas, y sólo se coagula como un guante bermellón cuando te cubre la mano y llega a tu muñeca.

Al día siguiente llegamos a las explotaciones de diamantes abandonadas.

Allí comienza una falsa llanura blanca salpicada de colinas pálidas levantadas por una excavadora. Sin árboles. Con esqueletos de casas de madera dibujados por un niño pequeño, pocos hierros retorcidos, barriles de petróleo oxidados y algunos cadáveres de plástico. La erosión de la tierra removida enseña pequeños picachos afilados. Lagunas de agua estancada. Criaderos de mosquitos hambrientos.

Es la tierra abandonada después del paso del hombre.

Luego, el sendero vuelve a perderse, se rebela, se encadena en una maraña de piedras, lianas y troncos revueltos. Eres parte del primer grupo después de varios meses y hay que abrir camino con el machete. Es el caos, la auténtica selva, el dominio de los animales más silenciosos del reino. La pantera negra, la serpiente coral, el águila harpía. Todos, nombres de luchadores mexicanos, carnívoros.

El tema importante es: ¿dónde te encontrarás en el momento del ataque?. Indefenso dentro de la hamaca, inclinado en el baño, caminando por un sendero, con un rifle cargado, con una navaja suiza, con alguien más débil a tu lado que sirva de cebo.

Cuando encontramos el sendero, Tony corta árboles jóvenes, los pela y empieza a repartirlos.

Les servirán de bastón. Cruzaremos torrentes de piedras resbalosas y, aunque nos sacaremos las botas para caminar con calcetines, es mejor avanzar con cuidado. Esta madera se llama Muro… Ese árbol, que crece allí, es el Green Heart, una de las maderas más caras que existen.

Camina unos pasos y corta una liana, que comienza a sangrar un líquido transparente.

– Esta es la Cuffa. Dentro tiene agua buena, se puede beber. Esas semillas rojas que hay por el suelo son de Wallaba, y dan buena suerte. Aquel árbol es Yari Yari, su madera es muy flexible, la gente sólo los corta cuando quiere hacer una caña de pesca.

Hay Leopard Wood, que sirve para hacer arcos y flechas. Y montones de árboles desconocidos, siempre de nombre inglés, como Purple Beat, Crabwood y Silver Valley.

Cuando llega la segunda noche dormimos en Waratuk, en la puerta del parque nacional de Kaieteur.

A la mañana siguiente volvemos a subir por el fondo de la garganta del río Potaro en un bote a motor, comandados por el capitán Rudolph, y rodeados de árboles majestuosos y paredes verticales de roca prehistórica. Falsos tepuyes. Bromelias gigantes que crecen colgadas de las ramas. De algún lugar de la espesura surgen los gritos rítmicos de los monos araña. Primos lejanos del mono que mordió la mano de Anna en Ecuador. Parecen pájaros chillones.

Desembarcamos junto a un sendero, que lleva hasta Tukai, campamento de la tercera noche. Las raíces de los árboles cortan la tierra cubierta de hojas caducas, verdes, marrones y luego negras. Las botas, que llevan dos días sin secarse completamente, salpican en charcos poco profundos de lodo, o resbalan sobre piedras cubiertas de musgo verde. La caminata no es agotadora, lo que mata es la humedad. Cuando te acercas al punto del cansancio, siempre llegas a una cascada, a un arroyo fresco con agua recién salida de un comercial de televisión.

Al anochecer, el capitán Rudolph y su hijo salen a pescar. Nadie como él para evitar los obstáculos sumergidos del Potaro. Llevan el bote, una linterna potente para iluminar el agua y un machete. Cuando algún pez se acerca atraído por la luz, se encuentra inesperadamente partido en dos. Y flota unos segundos antes de ir a parar al fondo de la barca. Antes de ir a parar a la sartén. Media hora más tarde solo quedan espinas en un plato.

Después de cenar Tony cuenta historias a la luz de una lámpara de kerosén. Está acostumbrado a los grupos extraños. Gente demasiado civilizada con ganas de volver a los orígenes, en medio de la selva. Gente con ganas de llegar a algún extremo. Entonces decide ponernos a prueba.

 Por aquí, lo más desagradable son unos mosquitos gigantes que no pican. No, no pican. Sólo esparcen sus huevos mientras vuelan. Si caen sobre tu piel provocan mucho escozor. Entonces te rascas y sin darte cuenta introduces los huevos bajo la piel, donde comienzan a crecer. Y se convierten en larvas que se devoran entre sí hasta que queda sólo una, la más fuerte, que comienza a alimentarse de tu carne.

Tony se detiene y vuelve a observarnos. Todos aguardamos en silencio a que continúe. Las historias de sangre y carroña son atractivas, sobre todo cuando son reales.

– Y la larva, que se transforma en un gusano, forma un túnel. Y se acostumbra, y amplia su casa bajo tu piel. Se siente cómodo. Y cálido. Bien abrigado y alimentado. El gusano es un compañero fiel que te acompaña mientras crece y te hace cosquillas, muchas cosquillas. En el brazo, en el hombro, en el pecho, la pierna o la cabeza.

Hace rato que las chicas pusieron cara de asco. Los finlandeses sonríen divertidos y encienden otro cigarrillo, el segundo paquete del día. La pareja de Alemania, bancarios, hacen preguntas numéricas: cuánto tarda en crecer, cuan grande llega a ser, qué beneficio obtienes tú en esa relación. Yo me deleito con el asco que puedo provocar en una historia.

– La única manera de echarlo –continúa Tony –es asfixiándolo. Pones una tira de cinta adhesiva sobre el agujero de tu piel y, cuando el gusano sale a respirar, se queda pegado.

Kaieteur es un Dios griego. Un trueno con rayo, un personaje mitológico escondido en Sudamérica. Perdido voluntariamente, que es la mejor manera de perderse.

Kaieteur, es un gigante blanco que se exilió hace mucho tiempo y colocó el letrero no molestar en la puerta de su selva.

Kaieteur es ElDorado, el último tesoro escondido de Sudamérica.

(continúa en Lugares para conocer antes de morir: Catarata Kaieteur)

GRACIAS A RAINFOREST TOURS POR SU APOYO DURANTE NUESTRA VISITA A GUYANA.

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57- Suicidio en Baños, Ecuador

Ecuador

Uno tiene que suicidarse alguna vez en la vida.

Hay que pegarle un tiro a una rutina, o matar una seguridad, un sueldo a fin de mes, un amor que no nos quiere tanto como debería, o un miedo. A veces hay que matar una angustia, muchas angustias. Matar años fumando nicotina, marihuana o lo que sea, matar los tragos que sobran, la esperanza de la ruleta, el orgullo del que no ve más allá de su nariz o una comodidad. Todos son asesinatos que duelen porque forman parte del piso, esa base tenebrosa, la red de circo que nos fabricamos cuando sacamos los pies de la cama.

Y para escapar de las trampas que pone nuestro enemigo más terrible, nosotros mismos, a veces hay que suicidarse.

Entonces, una vez que saltaste al vacío, te das cuenta que no era para tanto.

Anna salta de un puente.

Y yo le sigo