327- Sendero a Panamint, un pueblo fantasma en el Death Valley | ESTADOS UNIDOS

El sendero a Panamint City llevaba años marcado con tinta fluorescente en el mapa que habíamos recogido en 2011 en la oficina de Parques Nacionales del Death Valley (Valle de la Muerte), en California. Era un objetivo a cumplir algún día (algún día, esas palabras malditas): un camino ardiente a un pueblo fantasma a 2.300 metros de altura, abandonado hacía muchos años, pero que en su apogeo allá por 1876 había llegado a tener 3000 habitantes. Eso era mucha gente. Algo interesante debía quedar en pie.

Hoy, la única manera de llegar a Panamint City es caminando. La ruta original había sido arrasada hace tiempo por alguna riada devastadora, y la alternativa había sido cerrada por Parques Nacionales; era la mejor manera de proteger las cabañas, los vehículos abandonados en lugares imposibles y las instalaciones mineras que habían sobrevivido durante los últimos ciento cincuenta años.

En 1872 habían pasado poco más de veinte años desde el final de la guerra por la que México había perdido un tercio de su territorio ante Estados Unidos. Colorado, Nevada, Arizona, Oregon, Nuevo México, Texas, Utah y California habían pasado a manos del ambicioso vecino del norte y cientos de miles de colonos se habían lanzado en carros tirados por caballos a cruzar llanuras y desiertos en busca de la nueva tierra prometida. Allí encontrarían tierras fértiles, ríos repletos de salmón y vetas de oro, plata y muchos otros minerales que afloraban hasta la misma superficie. En este contexto fue cuando se descubrió plata en los montes Panamint, dentro de lo que hoy es el Parque Nacional del Death Valley.

– ¿Sabes que lo que vamos a hacer es peligroso? -le pregunté a Anna
– Sí, claro -contestó. – Si nos quedamos sin agua puede ser demasiado peligroso. ¿Pero has visto qué bonito es el cañón?

A finales de mayo el termómetro marcaba 110º Fahrenheit a la sombra (algo más de 40º Centígrados) y lo único que nos podía mantener con vida caminando por la montaña era seguir el arroyo que caía entre las piedras del Surprise Canyon. Habíamos rellenado hasta la última botella con agua, unos cinco litros que no serían suficientes si no encontrábamos los dos manantiales permanentes que hay en el camino. Y tendríamos que dar media vuelta.

El sendero no está marcado con pintura y apenas hay montículos de piedras, pero es extremadamente recomendable por la belleza y desolación del Surprise Canyon, sobre todo durante las primeras dos horas de camino. Ve [email protected] a mojarte los pies (perfecto con éstas temperaturas), ya que en muchos sectores el cañón tiene poco más de dos metros de ancho y deberás caminar sobre el arroyo. Este es un auténtico sendero salvaje.

CÓMO LLEGAR

Aunque el pueblo fantasma de Panamint se encuentra dentro del Parque Nacional del Death Valley, la mejor manera de llegar es a partir del pueblo fantasma de Ballarat, sobre el valle de Panamint, al oeste del parque. En Ballarat encontrarás al último habitante, Rocky Novak, un personaje solitario que se dedica a dar indicaciones a los viajeros y vender cervezas, refrescos, mapas y postales. Vive allí de forma austera, por lo que se recomienda dejar alguna donación (dos dólares, dice un cartel) o comprar alguna bebida (tres dólares) que podrás tomar mientras le preguntas todo lo que quieras saber sobre el sendero o la región.

A dos kilómetros hacia el norte de Ballarat está el desvío al Surprise Canyon (Cañón de la Sorpresa), un camino empinado de tierra y piedras que termina siete kilómetros después en el Chris Wicht camp, un campamento mínero abandonado. Conduce con calma, no hay prisa, sobre todo en época de calor, ya que es muy fácil recalentar el motor. Allí encontrarás leña, agua y bastante lugar donde aparcar para establecer tu campamento base. Eso sí, no hay sombra.

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CUÁNDO

La mejor época para encarar el sendero es entre octubre y abril, aunque con un mínimo de sentido común también se puede hacer en los meses de máximo calor, cuando las temperaturas alcanzan los cuarenta grados centígrados a la sombra. En este caso recomendamos siempre partir con la primera luz antes del amanecer (alrededor de las 5.30 de la mañana) ya que a partir de las 9 las temperaturas empiezan a acercarse a los 40 grados. Hay que prestar especial atención a las posibles lluvias en diciembre y enero, cuando el cañón puede quedar sumergido en el agua y el pueblo fantasma de Panamint, a 2.300 metros de altura, queda cubierto de nieve.

 

DURACIÓN

Entre 4 y 5 horas del Chris Wicht camp a Panamint City, si no llueve ni nieva. Nosotros tardamos 4 horas en subir y 3 horas y media en bajar. Si volviéramos a caminar el sendero, pasaríamos la noche en el refugio de Panamint City y descenderíamos al día siguiente, bien temprano por la mañana para evitar las horas de máximo calor.

 

DESNIVEL

De 800 metros en Chris Wicht camp a 2300 metros en Panamint City. Total: 1500 metros de desnivel.

 

MAPA

No utilizamos ningún mapa topográfico ni de papel; seguimos nuestro camino en la tableta a través de la aplicación MAPS.ME

EQUIPO INDISPENSABLE

– Filtro de agua
– Comida
– Gorra o sombrero
– Protector solar

DÓNDE DORMIR O ACAMPAR

En el mismo pueblo fantasma de Panamint quedan algunas casas de madera en pie acondicionadas como refugio. Allí encontrarás camas, colchones y hasta sacos de dormir. En la cocina suele haber algo de comida enlatada dejada atrás por otros viajeros y hasta recipientes de gas para cocinar. Cuando llegamos había media petaca de Jack Daniels. El refugio también tiene baño, con inodoro y agua corriente, ¡todo un lujo en la soledad de la montaña! También encontrarás un grifo con agua en un galpón que se encuentra a treinta metros frente a la entrada de la cabaña.

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DESCRIPCIÓN DEL SENDERO

Como comenté antes, el camino para vehículos termina en el Chris Wicht camp, frente a una valla de madera. Veinte metros después encontrarás una caja metálica con papeles y lápices donde dejar constancia de tu paso. Inscríbete, si te pasa algo es importante que alguien sepa que pasaste por allí. Unos metros más adelante está la mejor bajada al arroyo, donde podrás juntar agua y remojarte en las horas más calientes del día.

El mejor sendero a Panamint City empieza justo unos metros por encima de la valla de madera. La huella avanza durante veinte minutos zigzagueando junto a la pared del cañón, entre juncos y charcos de agua poco profundos hasta llegar a una hermosa cascada escalonada con un árbol. A su derecha hay una inscripción tallada en la roca que dice ‘Human stupidity has no limits’ (la estupidez humana no tiene limites).

Esta es la zona más estrecha del cañón, que fue volada con dinamita para permitir el paso de vehículos hacia la mina. Hoy, parece una misión imposible, una estupidez difícil de creer. Los siguientes cien metros deberás caminar por el río hasta entrar a un valle interior cubierto de árboles y juncos. A tu izquierda verás un camión abandonado y poco más adelante encontrarás una camioneta de la década de 1950 semi enterrada.

A quinientos metros el cañón vuelve a cerrarse justo después de un gran árbol, para seguir ascendiendo sin pausa hacia el pueblo fantasma de Panamint. Hay varias huellas que corren paralelas y se cruzan, encerradas por paredes de juncos; todas son correctas. Poco después el sendero abandona el arroyo por única vez para subir una pared escarpada. Al otro lado volvemos a retomar el camino junto al curso de agua hasta llegar al manantial de Limekiln. La vegetación es tan espesa que es imposible encontrar el punto exacto de donde surge el agua, en algún lugar ladera arriba, pero es muy fácil recargar agua. Aquí ya llevamos casi una hora y media de camino.

Después de este punto el sendero sigue subiendo, pero de forma más suave. El cañón se ensancha y hasta podemos caminar con más comodidad. Media hora más tarde (a las dos horas de camino) vuelve a aparecer mucha vegetación, y poco después llegamos a una banqueta donde tomar un descanso. Es el manantial Brewery. Para encontrar la surgiente (y seguir el camino), hay que buscar el arroyo y caminar por un túnel de vegetación durante casi cien metros.

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A partir de aquí, y durante las siguientes dos horas seguirás avanzando por el cauce seco y ancho del cañón hasta divisar la chimenea de ladrillo de la mina. El refugio principal, el ‘Hilton’, se encuentra a unos doscientos metros de las máquinas con las que molían la piedra. Montaña arriba está la mina de plata que disparó los sueños de tantos desterrados en busca de una veta que los hiciera ricos. A un lado hay un camión abandonado. Siguiendo el camino hacia el este hay varias cabañas, una de ellas diminuta. Antes, y después, solo quedan algunos muros de casas construidas en piedra y alguna cueva reconvertida en casa troglodita. El camino abandonado sigue hacia Telescope Peak, desde donde se puede ver el horno, el infierno interior del Parque Nacional del Death Valley.

El pueblo fantasma de Panamint City, uno de los pocos testigos que quedan en pie de la carrera del hombre en busca de oro, plata, y una vida mejor, sigue resistiendo el paso del tiempo en el Valle de la Muerte.

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. Desde entonces recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2016 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias a través de la web VIAJEROS4X4X4.COM. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (El Libro de la IndependenciaPor el Mal Camino e Historias en Asia y África) y uno en inglés (The Book of Independence) y escribe artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna edita los libros y hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlas y conferencias.

Han servido de inspiración para un comic de viajes creado en Boston y llamado Pablo and Anna y acaban de reformar un Airstream (su primer vehículo para no viajar), con unos amigos en Baja California, México. También han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona (Estados Unidos) y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.




263- Blue Ridge Parkway: El paraíso de los motociclistas y viajeros sobre ruedas.

La Cucaracha, la furgo de La Vuelta al Mundo en 10 Años en la Blue Ridge Parkway, Estados Unidos

La ruta se empecina en sorprendernos. Esta vez, nos descubrió uno de los Parques Nacionales más extraños que hayamos visto en 14 años de ruta.

El Parque Nacional de la Blue Ridge Parkway es una ruta. Sí, un camino asfaltado que avanza durante 773 kilómetros por la cima de la mitad sur de los montes Apalaches, en la superpoblada costa este de Estados Unidos.

Una ruta sin semáforos, sin señales de stop, sin gasolineras ni carteles de publicidad. Sin camiones ruidosos con derecho al abuso ni vehículos comerciales con prisa. En lugar de transeúntes hay ciervos (y a veces osos) que dudan en cruzar la carretera. A los lados no hay casas ni basura, nada de bolsas de plástico o cajas de cartón: hay bosques, arroyos, senderos, miradores y caídas vertiginosas hacia los valles habitados. Y donde no hay árboles, hay una cerca que mantiene a las vacas del lado de afuera.

Un Parque Nacional de 773 kilómetros que a veces tiene poco más de 200 metros de ancho es estirar el concepto de Parque Nacional. Es recorrer una de las zonas más habitadas de Estados Unidos sin entrar en contacto con el ruido de la civilización. No hay acceso a internet y para conseguir un poco de pan tienes que tomar una de las salidas que conectan con otra carretera (que siempre cruza por un túnel o un puente) y recorrer unos kilómetros hasta el pueblo más cercano.

La Blue Ridge Parkway empezó a construirse en 1935 con la intención de unir los Parques Nacionales de Great Smoky y Shenandoah. Era la época de la Gran Depresión y el gobierno de Roosevelt empezó a hacer una enorme cantidad de obra pública para dar trabajo a las decenas de millones de desocupados que había en el país.

Una de las herramientas fue crear el C.C.C., Civil Conservation Corps, brigadas de hombres que a lo largo y ancho de todo Estados Unidos se dedicaron a mejorar las infraestructuras de los Parques Nacionales y sitios históricos del país: hacer senderos, levantar cabañas, construir puentes y caminos. El salario no lo cobraban íntegramente ellos, sino que la mayor parte era enviada directamente a su familia, a su esposa o su madre, para que su familia pudiera salir adelante en época de crisis.

Estados Unidos será muy capitalista pero, aunque odien la palabra, tiene su punto socialista. Un día de estos tendré que escribir sobre el socialismo económico en Estados Unidos.

Sin duda, el Blue Ridge Parkway es uno de los Parques Nacionales más extraños que hayamos recorrido. Es un Parque Nacional de asfalto, genial, sumergido en la naturaleza. Un paraíso para los motociclistas y para todos los viajeros sobre ruedas que quieran escapar al ruido de la civilización.

Mapa de la Blue Ridge Parkway, EStados Unidos

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251- Los vendedores invisibles del Río Grande (1ª parte).

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El río siempre había sido una carretera sinuosa a través del paisaje seco y montañoso del desierto. A pesar de que nadie recordaba cuadrillas de obreros armadas con picos y palas ni explosiones de dinamita, el agua había conseguido atravesar piedra, roca y todos sus sinónimos hasta quedar encajonada entre los muros verticales de un cañón formidable. Allí, de pie frente a una historia imposible de comprender con nuestros parámetros mortales, el Cañón de Santa Elena me recordaba a una sucesión de viejos libros de tapa dura, ocre, gastados, que se mantenían en pie solitos. Alguien había robado el libro del medio, el que contaba la historia detallada de la Tierra, y nadie se había dado cuenta.

El agua se había colado por allí. Su trabajo fue arduo y dolorosamente lento. Había tardado tanto que ni los sapos primero, ni los humanos después, se habían percatado de su avance, de la demolición perezosa de esas montañas que millones de años atrás habían llegado a contener un océano. Los únicos testigos que podían dar testimonio eran los caracoles atrapados en la piedra, pero los fósiles apenas sugieren algo. El agua parecía trabajar para la misma empresa de obras públicas que llevaba más de cien años levantando el templo de la Sagrada Familia en Barcelona, la misma que se empeñaba en cortar la luz y agujerear permanente las calles de Buenos Aires.

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Un año más tarde vimos a un grupo de migrantes (con su coyote) cruzar por este sitio…

En los últimos doscientos años, aquel rincón de lo que el hombre había determinado como frontera entre las entidades artificiales llamadas Estados Unidos y México, el agua también había servido de medio de comunicación. Las chozas y casas de adobe habían guarecido a personas que en algún momento precisaban algo y no tenían miedo en pedirlo prestado: una herramienta para la mina, un caballo huido, un trago de aguardiente, un amigo, una prostituta, una taza de azúcar para un bizcocho de cumpleaños. Aquellos eran otros tiempos, cuando el agua era uno más entre comanches, españoles, mexicanos, anglos y negros liberados, un participante más en esta mezcla de orígenes, intenciones y necesidades.

‘La comunidad que se había formado era natural. Aquí no había países, había personas’, me explicó un jubilado de Ohio, que cada invierno migra a este sur huyendo del invierno para trabajar como voluntario en el Parque Nacional del Big Bend. Estamos en Texas, donde la frontera con México sigue la curva pronunciada del Río Grande. Puro desierto montañoso.

‘Cambiaron tantas cosas en mi país después del 11 de septiembre de 2001, que a veces no lo reconozco… Antes, la gente de Boquillas, Santa Elena o San Vicente cruzaba a este lado del río para vender sus artesanías y al atardecer volvía a sus casas. Con tantas nuevas medidas de seguridad ya no pueden comerciar, ya no pueden cruzar a este lado para comprar provisiones ni para visitar a sus amigos o buscar un caballo huido. Las fronteras en el Big Bend están cerradas para todos los extranjeros. En los últimos diez años los pueblos mexicanos de ahí enfrente se despoblaron. Y las comunidades unidas por el río se separaron. El río sigue igual de estrecho, pero la gente se alejó.’

‘En realidad’ continúa luego de un momento, ‘los mexicanos siguen cruzando a este lado del río. Pero ahora son invisibles. Ya lo verás cuando te acerques a Boquillas’, afirma sonriendo con complicidad, mientras me extiende el pase para acampar válido por los próximos diez días.

(Continúa en Los vendedores invisibles del Río Grande, 2ª parte)

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239- Adrenalina (Historia para la revista Overland Journal)

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©Pablo Rey – Historia publicada en la revista Overland Journal de Estados Unidos en su número de Spring 2013.

CAMINANDO POR EL LADO SALVAJE DE MANA POOLS. 

Pocos viajeros conocen Mana Pools, uno de los parques nacionales más espectaculares de África. A primera vista parece otro retazo de bosque protegido, surcado por un gran río y salpicado con ejemplares de todas las especies de animales africanos. Sí, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, pero no tiene detalles extraordinarios. No se encuentra dentro del cráter de un volcán apagado como Ngorongoro, no tiene instalaciones para observar fauna durante la noche como Etosha, ni las llanuras infinitas de Masai Mara o Serengueti, donde la épica de las migraciones atrae a decenas de miles de visitantes al año. No, el Parque Nacional de Mana Pools, ubicado al norte de la esquilmada Zimbabue, frente a la frontera con Zambia, no tiene nada de eso.

Lo que tiene Mana Pools, y en unas sobredosis desmesuradas, es adrenalina.

En Mana Pools puedes hacer algo que está prohibido en el resto de parques nacionales africanos: caminar entre leones, hienas y elefantes sin la escolta de un guardaparques. Nadie te impedirá aparcar tu vehículo a la sombra de un baobab y alejarte desarmado en cualquier dirección, hasta donde te lleven los pies o el sentido común. Esa es una decisión particular, tu responsabilidad, tu libertad, tu riesgo, tu vida. Tu locura más hermosa del día.

Caminas hasta la orilla del río Zambeze imaginando los pasos de los primeros hombres y te detienes dentro del molde seco de una huella enorme para calcular el tamaño de unos colmillos de marfil. Observas. A la derecha, una manada de quince elefantes avanza despacio hacia la orilla. Hay dos machos grandes, unas cuantas hembras, algunos jóvenes y un par de crías ya crecidas. A la izquierda, un grupo de cebras se esconde entre ñus y antílopes con la misión imposible de pasar desapercibidas. Los hipopótamos gruñen aclarándose la garganta y tú estás allí, entre ellos, de pie y lejos de tu vehículo. Armado con un absurdo cuchillito suizo.

Al otro lado, en Zambia, una alfombra mullida de árboles tapiza la falda de las montañas. La vista es amplia, el paisaje impresionante. Es octubre, la temporada de las lluvias está a punto de comenzar y el aire permanece caliente. Entonces vuelves a dejarte llevar y sigues a la manada de elefantes, caminando despacio en contra del viento. Buscas leones entre los arbustos y los pastos altos esperando no encontrar ninguno y recorres con los ojos la superficie calma del río Zambeze, atento a los cocodrilos que asoman sus ojillos en el agua. Tu adrenalina se dispara de manera escandalosa. No, no es un método ingenioso de suicidio, esto es emocionante. Es el retorno a una vida más salvaje.

Las zonas de acampada tampoco están separadas de la naturaleza por alambradas que encierran a los humanos como en el Parque Nacional Kruger. En Mana Pools es normal encontrar elefantes partiendo ramas junto a tiendas de campaña, búfalos que se rascarían el lomo con un Land Cruiser y leones o hienas que al caer la noche se acercan atraídos por olores extraños. La carne blanca, cruda, debe ser un bocado delicioso.

Los monos vervet, que corretean y chillan como niños desbocados, se suben a los techos de los baños, orinan desde las ramas altas de los árboles en lluvias espontáneas y envían a sus crías por los agujeros diminutos de los contenedores en busca de restos de pan enmohecido, bolsas de plástico sabor pastel y latas abolladas de Coca Cola. Observarlos siempre es un espectáculo. Trepan al techo de nuestro todo terreno como una pandilla de acróbatas chillones y espían el interior a través del parabrisas. Luego piensan rascándose bajo el brazo, como si tuvieran el cerebro en el sobaco. Uno de ellos, de pie sobre el espejo retrovisor, mete el brazo a través de la ventana que dejamos apenas abierta. No hay nada al alcance de su mano. El mono vuelve a rascarse el sobaco, está pensando. De repente se cuelga del vidrio y comienza a sacudirlo violentamente para romperlo.

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En Mana Pools es fácil sentirse libre. Esa igualdad, esa posibilidad de caminar desarmado entre animales (que si te equivocas te pueden matar y comer), hace de Mana Pools una experiencia única. Tienes que confiar en tu instinto, todos tus sentidos deben permanecer atentos, incluso aquellos que se durmieron hace siglos por culpa de la vida sedentaria. “Debes pasear, y mantenerte con vida” aseguran los guardaparques después de repetir una serie de reglas básicas, recordando al francés que murió hace unas semanas.

“Caminaba distraído hacia el teléfono público, allí, cerca del baño, y se cruzó con un elefante. El elefante se asustó, lo atrapó con la trompa, lo arrojó al suelo y lo pisó con las patas delanteras. Después, se arrodilló sobre él”.

Nada puede detener a un elefante. Cuando un elefante se enoja, el mejor lugar donde esconderte siempre es otro lugar. Cuando un elefante se enoja lo mejor que puedes hacer es estar lejos.

“Si quieren ver un elefante muerto tomen la huella hacia Vundu. Lo encontramos ayer. Le dispararon cazadores furtivos de Zambia que a veces cruzan el río por la noche. Pero esta vez el elefante huyó herido” y se detiene un momento antes de continuar. “Nosotros ya le cortamos los colmillos, las patas, la piel y la cola y los enviamos a Harare. Parques Nacionales vende todo. También cortamos algo de carne y la repartimos entre los trabajadores del Parque Nacional.”

“¿Carne? ¿Carne de elefante? ¿Sería posible conseguir algo de carne para nosotros? Tenemos un braai en el jardín pero no tenemos carne. Y una parrilla vacía siempre da pena. ¿Podríamos comprarte un poco de carne?”

“Yo no puedo venderles” contesta el guardaparques antes de levantar la cabeza hacia otro hombre que está en la oficina. “Pero él sí.”

Así, el carnívoro que les habla y sus amigos se hicieron con tres kilos de carne de elefante recién salada y cortada en tiras estrechas para biltong, charque o carne seca. Compramos unas cervezas Zambezi heladas en el colmado para los empleados del Parque Nacional y nos fuimos a preparar un asado de elefante.

En el restaurante Carnivore de Nairobi, Kenia, habíamos cenado cebra y cocodrilo. Aquellos eran auténticos bistecs que un carnicero con experiencia había cortado teniendo en cuenta los nervios, la grasa y la medida del plato. Nada que ver con estas tiras rasgadas y desaladas con un poco de agua que se retuercen sobre el fuego.

¡El elefante está listo!” anuncio al rato. Anna y los amigos belgas (Jorick y Winnie, Ronald y Sophie, que también están cruzando África hacia Ciudad del Cabo) se acercan a la mesa. A cien metros, un grupo de búfalos bebe agua en silencio. La carne es dura y tiene un sabor fuerte, esto debía ser un elefante viejo. Un pájaro secretario corre junto a la orilla del Zambeze para volar hacia la seguridad de los árboles. Atardece. Hay que ir al baño antes que sea de noche para no convertirnos en la cena de otros carnívoros.

——

No fue difícil encontrar los restos de la cena de la noche anterior en el bosque de Mana Pools. Junto al camino principal, tres troncos caídos enmarcan una gran mancha de sangre que señala el lugar de la muerte. Ahí nace una nueva huella que esquiva un par de árboles y termina cien metros más allá, en el cadáver rodeado de buitres.

Desciendo de la furgoneta, tomo la cámara de fotos, el cuchillito suizo, y me acerco paso a paso. Busco leones, sombras, arbustos que se muevan, manchas doradas sobre la hierba, pero no descubro nada. Los buitres se quejan y escapan volando. Los intestinos, gordos como el muslo de un jugador de fútbol americano, serpentean sobre la tierra seca. El hueso del cráneo parece marrón. Las patas no están y la carne se ha vuelto negra. Comienzo a rodearlo y me cubre una nube amarga y tóxica. Mientras contengo la respiración, un viejo Land Rover verde aparca junto a la furgoneta. Son los rangers, que se acercan con rifles.

“¿Están locos? ¿No saben que hay leones?” pregunta uno.

“Si, por eso estamos aquí. Queremos verlos, pero parece que se han ido” respondo.

“No, ustedes no los ven. Ellos están allí. No debería hacer esto pero… vengan.”

Los rangers, vestidos con pantalón corto caqui y calcetines alzados hasta las rodillas avanzan armados delante nuestro, en fila india. Veinte pasos más allá el líder señala un punto entre los arbustos. A cuarenta metros del cadáver del elefante hay un león que me ha estado vigilando mientras paseaba como un jodido turista alrededor de su almuerzo. Hacia la derecha se distingue la silueta de una leona caminando bajo el sol, delante de otros dos leones jóvenes que no nos quitan un ojo de encima.

Así es Mana Pools, espectacular, hermoso y peligroso si uno se descuida. Auténtica adrenalina. Abandonar la seguridad de mi todo terreno para caminar entre animales salvajes fue un impulso primario, ese volver a arriesgar para encontrar un nuevo límite. Mana Pools fue el reencuentro con nuestro mundo perdido.

Desde entonces, cuando no sueño de noche que persigo elefantes junto a los bosques del Zambeze, sueño de día haciendo planes para volver a Mana Pools.

Adrenaline. Story for Overland Journal Tail Lamp




227- Lugares para conocer antes de morir: Yellowstone National Park (Estados Unidos)

Yellowstone National Park

Sin duda alguna, y a pesar de las muchedumbres que se juntan en verano a observar el espectáculo de la naturaleza, Yellowstone es uno de esos sitios que todos deberíamos visitar antes de morir.

Durante mis vagabundeos por la Tierra he visto géiseres espectaculares en Islandia, zonas termales enormes como la de Tatio en Chile, el hermoso Sol de Mañana en el altiplano boliviano a casi 5.000 metros de altura y pequeños afloramientos de agua caliente y sulfurosa en Hawái, Nicaragua, Egipto, Jordania, Turquía, Perú, Argentina y Japón. Pero Yellowstone es otra cosa. Yellowstone juega en la categoría de las Cataratas del Iguazú, por algo es Patrimonio de la Humanidad y el Parque Nacional más antiguo de Estados Unidos.

Yellowstone es realmente impresionante. Y eso se debe solo a la posibilidad de ver al Old Faithful, un géiser activo que entra en erupción aproximadamente cada hora y media lanzando interminables chorros de agua a 40 metros de altura. Sino a los más de de 3.000 géiseres y pozas de agua hirviendo que tiñen la tierra de colores surrealistas. Los rojos, verdes, amarillos, azules y turquesas de las colonias de bacterias que sobreviven a temperaturas extremas compiten entre sí por hacer de este paisaje arbolado algo difícil de olvidar.

La mejor hora para recorrer Yellowstone es poco después del amanecer, cuando las carreteras están completamente libres de automóviles y los animales se desperezan. Es el único momento en que podrás disfrutar del paisaje en soledad. El vapor de los geysers sobre la primera luz es mágico y consiguen hacerte olvidar las masas que durante el resto del día convierten los senderos en una fila de hormigas gigantes, hormigas humanas.

En Yellowstone hay búfalos salvajes que entran a pastar a las zonas de camping, alces de grandes cuernos que te descubren caminando por un sendero perdido, osos negros y grizzlies que merodean por el bosque y sobre todo muchas, muchas zonas termales. Tantas, que comenzarás a aburrirte. Y eso que ni siquiera he hablado de los volcanes de lodo y de la Mammoth Hot Springs, una montaña de minerales acumulados durante millones de años de actividad termal. No es casualidad que Yellowstone se encuentre dentro de una enorme caldera que algún día explotará dejando un boquete gigantesco en el centro de Norteamérica.

Del oso Yogui, ni noticia.




217- Lugares para conocer antes de morir: Tierra de Cañones (Estados Unidos)

Los 'Narrows', en el Parque Nacional Zion, Utah

Cuando se habla de cañones lo primero que se proyecta en la cabeza de la gente suele ser el Gran Cañón del Río Colorado. El Gran McDonalds de la naturaleza en Estados Unidos.

Hay que decirlo: Sí, es bonito. Vale la pena. Es cierto, es grande. Si no vas a caminar y te acercas solo a la orilla sur, con un día es más que suficiente. Lo siento mucho por los que fueron a ver el Gran Cañón cerca de Las Vegas: los engañaron. Para ver el Gran Cañón en toda su bestialidad hay que ir al Parque Nacional, a cientos de kilómetros de distancia.

Ya está, ahora puedo hablar del resto de los cañones que hay en el centro de Estados Unidos. Lugares en la sombra para quienes no conocen la variedad que hay entre Utah (principalmente), Arizona, Colorado y hasta New Mexico.

¿Recuerdan la película 127 horas? La historia ocurre en Utah, la auténtica tierra de cañones. El mismo estado donde puedes caminar entre las agujas de cuento de hadas de Bryce Canyon o avanzar por el sendero de agua de los Narrows, dentro del Parque Nacional Zion. Aunque lo verdaderamente recomendable es aparcar a un lado de las rutas vacías que cruzan el sur del estado y perderte por cualquier riera seca. La sorpresa, y la aventura, están garantizadas.

Si estás con un todo terreno y quieres tentar tus límites te recomiendo ir cerca de Moab, al Canyonlands National Park. La pobre Cucaracha lo sufrió y en el camino se transformó en la Cucaracha Voladora.

Si quieres hacer algo más tranquilo, tipo Conde Nast, vete cerca de Page, en Arizona, a ver el Antelope Canyon. En el camino puedes desviarte para ver el Horseshoe Bend. Aparentemente siempre está lleno de turistas japoneses. Y si quieres un poco más de adrenalina, la ruta que avanza hacia el sur pasa por un Slot Canyon, un cañón que no tiene más de un metro de ancho. Son tierras amerindias, y para entrar necesitarías un permiso. Pero…

Otros parques nacionales de la tierra de cañones que valen la pena visitar: Black Canyon of the Gunnison National Park (Colorado), Capitol Reef National Park (Utah), Arches National Park (Utah), Glen Canyon National Recreation Area (Utah), Grand Staircase Escalante National Monument (Utah)…




211- Fotografías del libro Por el Mal Camino | KENIA

Unimog stranded in the mud at Sibiloi National Park, Kenya

Estas son todas las fotografías del capítulo sobre Kenia del libro Por el Mal Camino (ISBN 978-84-615-7176-5) de la serie La Vuelta al Mundo en 10 Años.

En Kenia nos encontró el apocalipsis. Mientras cruzábamos la frontera desde Etiopía por un paso ilegal comenzó a llover. Y llovió tanto, que el suelo desapareció bajo nuestros pies…

No solo se nos inundó el motor de la furgo junto al lago Turkana, en el Parque Nacional Sibiloi, el más aislado de Kenia. Allí tampoco había rutas ni transporte público ni pueblos donde tomar impulso para llegar hasta Nairobi, el único sitio donde podríamos encontrar un mecánico decente. Nairobi, además, estaba a 800 kilómetros de malos caminos.

– ¿Querías viajar? Viaja. Encuentra tu maldita Arca de Noé. 

Y hay asaltos con Kalashnikov, desmayos en el agua tibia del Océano Índico, tribus pacíficas y violentas, animales salvajes, fauna urbana, trucos usados para robar en Nairobbery y hasta la historia del ébola, ese virus mortal que fuimos a visitar a uno de sus hogares: la cueva Kitum, dentro del Parque Nacional del Monte Elgon.

Más que un libro de viajes, el libro Por el Mal Camino parece una película de aventuras.

Encuentra las historias que acompañan éstas fotografías en el libro Por el Mal Camino (ISBN 978-84-615-7176-5), de la serie de libros de viaje La Vuelta al Mundo en 10 Años.

Consíguelo en todas las Librerías de España, en Amazon.com y en formato eBook en Kindle. 

Para conseguirlo en Argentina escríbenos a [email protected].