254- Enamorado de una chica llamada Nueva Orleans | ESTADOS UNIDOS

En Nueva Orleans la gente se tira un pedo y sale música. Tose, y en lugar de un cascajo monótono y desapacible sale una voz parecida a la de Tom Waits, cuando tenía voz. Las bocinas suenan como trompetas con sordina y las conversaciones suben y bajan en una especie de pequeña competencia privada por entonar mejor la palabra. Aquí no hablan hablando, hablan cantando.

Los mendigos y algunos transeúntes locales sacados de la portada de algún álbum de blues no piden para comer, piden para pagarse la siguiente ronda, para que la fiesta continúe. Los bares compiten duro: a las 8 de la tarde o de la noche de cualquier día hay por lo menos 100 lugares donde escuchar música. Puedes estar alrededor del French Quarter o la Frenchman Street o en cualquier street y casi toda suena extraordinariamente bien. Esto es Nueva Orleans, el Titanic de tierra firme, donde la música continúa aunque se acerque el próximo huracán.

Todas las variantes del jazz (fue jas, jass, después jasz y finalmente jazz), las que puedan llegar a gustarme y las que me aburren, le dan un ritmo constante a las aceras. El hilo musical, ese invento absurdo, fue quemado aquí en una hoguera pública por hordas de cantantes de voz suave y músicos que golpearon a los ascensoristas que se resistieron con los estuches de sus instrumentos. No creo que haya pasado, pero si la historia de los tonos y semitonos hiciera justicia con nuestros oídos, ocurriría aquí.

Y hay de todo, mucho más de lo que seríamos capaces de abarcar en unos días. Blues, rock, funk, soul, zydeco, cajun, folk y otros estilos que no sabría nombrar. Músicos de calle y de academia. Bandas de negros ardientes que toman las esquinas a puro bombo, trompeta y trombón. No uno o dos, sino diez jugando al mismo tiempo, hablándose, contestándose, riéndose con música. Los vi sudar, lo juro, sudar extasiados tras media hora de exprimirse los pulmones mientras acercaban cajas de cartón para que los extraños que intentábamos comprender el fenómeno pusiéramos unos dólares.

La Bourbon Street (Calle de Borbón durante la colonia española) (a que tiene guasa) es la preferida de los turistas que desentonan cuando ríen con un vaso con forma de granada en la mano. Siempre está lleno de algún líquido guarro y semi alcohólico de color fluorescente. Allí los bares se suceden frenéticos, desde el inicio silencioso y parroquial de las casas particulares de madera hacia los cabarets que se acercan al centro de la ciudad. Bares de absenta, bares de Po’Boy, cabarets de Hustler y Larry Flint, pizza por porción, galerías de arte y música, siempre música y todo mezclado.

No es que por aquí se aburran si no tienen música. En Nueva Orleans se mueren si no tienen música.

Y mientras empiezan a prepararse para el carnaval, los más bohemios se juntan en los bares de la Frenchmen Street para compartir unas notas, unos abrazos, unas risas, unas cervezas. Allí estaban los viajeros que cruzan Estados Unidos saltando de tren en tren y los cineastas independientes que producen sus documentales y películas a pulmón, como yo edito mis libros. Los pianistas libertarios de abrigos largos, roídos y acartonados, los bailarines espontáneos de foxtrot y las cantantes gordas y generosas de voz rota.

Nadie sabe lo que es el amor hasta que te lo cruzas en el rincón menos esperado de un día normal. Me pasó hace años, cuando vivía en Madrid y me encontré con una chica llamada Barcelona. No lo sé, puede que me esté pasando ahora, con una chica negra llamada Nueva Orleans.

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Pablo Rey (Buenos Aires) y Anna Callau (Barcelona) viajan por el mundo desde el año 2000 en una furgoneta Mitsubishi Delica L300 4×4 llamada La Cucaracha. En estos años veinte años de movimiento constante consiguieron un máster en el arte de sobrevivir y resolver problemas (policías corruptos y roturas de motor en el Sáhara, por ejemplo) en lugares lejanos.

Durante tres años recorrieron Oriente Próximo y África, de El Cairo a Ciudad del Cabo; estuvieron 7 años por toda Sudamérica y otros 7 años explorando casi cada rincón de América Central y Norteamérica. En el camino cruzaron el Océano Atlántico Sur en un barco de pesca, descendieron un río del Amazonas en una balsa de troncos y caminaron entre leones y elefantes armados con un cuchillo suizo.

En los últimos años comenzaron a viajar a pie (Pirineos entre el Mediterráneo y el Océano Atlántico, 2 meses) y en motocicleta (Asia) con el menor equipaje posible. Participan en ferias del libro y de viaje de todo el mundo, y dan charlas y conferencias en escuelas, universidades, museos y centros culturales. Pablo ha escrito tres libros en castellano (uno ya se consigue en inglés) y muchas historias para revistas de viaje y todo terreno como Overland Journal (Estados Unidos) y Lonely Planet (España).

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina, el viaje es la vida.

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