326- Lugares para conocer antes de morir: Kong Lor, una cueva única en el mundo | LAOS

Lo más espectacular de viajar con tu propia moto (o tu propio vehículo) por Vietnam, Laos o Camboya, es que puedes tomar todos los desvíos que quieras para llegar hasta donde te pida tu instinto. Una cueva, una playa, una montaña, un pueblo, una tribu, un lugar sin nombre. Ya has pasado inconscientemente por el proceso constante de selección, donde tu cerebro ha ido filtrando la información que te llegaba en cada momento.

De alguna manera -pudo ser la forma en que está escrita una frase, dónde puso el acento el escritor, o el traductor, o un dato irrelevante para el resto del mundo pero que para ti era fundamental- habíamos decidido hacer una gran S para recorrer este rincón del Sudeste Asiático con las motos que habíamos comprado en Hanoi.

Poco a poco habíamos llegado a la conclusión de que, en Laos, Luang Prabang era una visita obligada y Vientiane era descartable. Van Vieng era una incognita, parecía demasiado contaminado por el ruido del turismo. También habíamos marcado las cuevas-refugio de Sam Neau donde los milicianos comunistas aguantaron los embates de las bombas y el napalm norteamericano durante la guerra de Vietnam (sí, la guerra de Vietnam había dejado Laos sembrada de bombas que aún continúan sin explotar); y nos habían hablado bien de un pequeño pueblo que aparecía en nuestro camino llamado Nong Khiaw. Savannakhet, el extremo norte y el extremo sur, quedarían para otro viaje.

Esa sucesión de decisiones, de síes y noes, de círculos emborronados en el mapa y lugares que seguirían siendo una incógnita, nos habían llevado a tomar la ruta 8, camino de la frontera con Vietnam de Nam Paho/Cao Treo. Casi a mitad de camino, en un desvío hacia el sur que parecía accidental, estaba la ruta de entrada a la cueva de Kong Lor, en la Reserva de Conservación de la Biodiversidad de Khammouane. Según el mapa era una cueva más, otro punto negro, entre los miles de cuevas que horadan las montañas karsticas de Laos y Vietnam.

Pero Kong Lor era mucho más que eso. Kong Lor es una cueva extraordinaria: alberga un río subterráneo navegable en botes tradicionales de madera que atraviesan una montaña de lado a lado. Sí, de lado a lado. Tras siete kilómetros (¡siete kilómetros!) de oscuridad, emerges como por acto de magia al otro lado de la montaña, en un bosque verde y virgen. Era un viaje único en el mundo por las entrañas de la Tierra.

Solo por eso ya era mejor visitar Kong Lor que Maxahai, el grupo de cuevas que donde va la mayoría de los extranjeros. Sólo por esta sorpresa, ya vale la pena comprar una moto para viajar por el Sudeste Asiático. Apúntalo.

Lo primero que nos sorprendió al aparcar las motos fue que allí no había un solo extranjero. Familias enteras se reunían para un picnic, grupos de amigos se juntaban a tomar cerveza con hielo, hombres, mujeres y niños locales saltaban al agua entre los bloques redondeados por el Nam Hin Bun, el río que surge calmo del interior de la montaña.

Si era verdad lo que leíamos en los carteles, aquello era mucho más espectacular de lo que explicaba la Lonely Planet. La cueva de Kong Lor, también llamada Tham Kong Lo, señalaba el cambio de una época, la apertura del Laos comunista al resto del mundo. Porque fue hace muy pocos años, a fines de la década de 1990, que un grupo de exploradores holandeses remontó el río subterráneo y encontró el inicio, la entrada que había pasado desapercibida, al otro lado de esa cadena montañosa de piedra caliza. ¡Solo habían pasado veinte años! Eso había sido ¡ayer!

La cueva de Kong Lor era uno de los sitios más inesperados, una de las maravillas geológicas del Sudeste Asiático.

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ENLACE RELACIONADO

QUÉ LLEVAR EN LA MOCHILA: GUÍA PARA VIAJAR CON POCO POR EL SUDESTE ASIÁTICO

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No te voy a explicar todos los detalles del viaje en bote por la cueva de Kong Lor, porque es un viaje personal a través de la oscuridad. Una travesía bajo la montaña en la que solo estarás armado de una linterna que te dan cuando pagas tu bote. Una aventura en la que los únicos sonidos serán el ruido constante del motor y del agua golpeando contra la madera. En algún momento deberás bajar y ayudar a empujar el bote entre las rocas; en otro caminarás por un sendero autoguiado dentro de una sala subterránea gigantesca, del tamaño de varios campos de fútbol, entre formaciones calcáreas iluminadas con luces de colores.

Laos y Vietnam están llenos de cuevas preparadas para el turismo, cuevas para caminar, cuevas para ver imágenes de Buda y cuevas para navegar en embarcaciones que entran y salen por la misma boca. Todas son bonitas, pocas son espectaculares, y luego está Kong Lor, que desprecia el turismo pasivo para convertirse en una experiencia donde todos tus sentidos se afilarán para intentar captar lo que tus ojos no llegan a ver.

 

CUÁNDO IR A KONG LOR

La mejor época es durante la temporada seca, de noviembre a marzo.

 

DÓNDE DORMIR

Hay bastantes alojamientos justo antes de la entrada a la zona de la cueva, desde hostales con habitaciones con aire acondicionado y restaurante, pasando por alojamientos familiares y chozas con paredes de ramas que dejarán pasar la luz del sol al amanecer. No es necesario reservar con anticipación y el precio puede variar desde los 7  a los 20 dólares por noche y habitación. Si estás cerca, no te lo pierdas.

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MAS INFORMACIÓN

DATOS PARA VIAJAR POR LAOS, VIETNAM Y CAMBOYA

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. Nuestra casa con ruedas se mete por todos lados y parece capaz de sobrevivir a una bomba atómica. Desde aquel momento recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2015 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias a través de la web VIAJEROS4X4X4.COM. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (El Libro de la IndependenciaPor el Mal Camino e Historias en Asia y África) y uno en inglés (The Book of Independence) y escribe regularmente artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna edita los libros y hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlar y conferencias.

Han servido de inspiración para un comic sobre viajes creado en Boston y llamado Pablo and Anna y acaban de reformar un Airstream su primer vehículo para no viajar, junto a unos amigos de Ensenada, Baja California. También han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.




314- Empecemos a inventar | PABLO Y ANNA

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Cuando vives en la ruta, siempre encuentras nuevas maneras de hacer las cosas.

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Lo mejor de vivir en la ruta es que nunca dejas de aprender. Puedes estar todo el día con los ojos entreabiertos, filtrando lo que vas a recibir a través de los barrotes de tus pestañas, y aún así aprendes algo nuevo. Es inevitable. Por más cansado que esté, el viajero siempre aprende algo.

El siguiente paso es inventar. Una nueva forma de hacer algo, un nuevo sentido a una palabra vieja, un nuevo deseo, una nueva ilusión, un nuevo plan. Siempre es mejor con cómplices que se sumen a este complot maravilloso para erradicar el aburrimiento de la vida. Las risas son más fuertes, la sorpresa más tóxica, el amor más salvaje, la vida más intensa.

Ahora, volvamos a inventar. [email protected] a la vida en la ruta.

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Pablo y Anna, las aventuras y desventuras de una pareja que vive en una casa con ruedas llamada La Cucaracha, tras más de 15 años viajando alrededor de un planeta surrealista llamado Tierra… Sigue leyendo historietas como Qué hacer si te roban en la ruta en Pablo y Anna

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y porque ¡creemos que es capaz de sobrevivir a una bomba atómica! Desde entonces ya recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (Anna se los lee 20 veces antes de publicarlos), El Libro de la Independencia, Por el Mal Camino e Historias en Asia y África, y uno en inglés: The Book of Independence y escribe artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlar y conferencias.

Han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España y el Museo de Arte de Puerto Rico.

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239- Adrenalina (Historia para la revista Overland Journal)

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©Pablo Rey – Historia publicada en la revista Overland Journal de Estados Unidos en su número de Spring 2013.

CAMINANDO POR EL LADO SALVAJE DE MANA POOLS. 

Pocos viajeros conocen Mana Pools, uno de los parques nacionales más espectaculares de África. A primera vista parece otro retazo de bosque protegido, surcado por un gran río y salpicado con ejemplares de todas las especies de animales africanos. Sí, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, pero no tiene detalles extraordinarios. No se encuentra dentro del cráter de un volcán apagado como Ngorongoro, no tiene instalaciones para observar fauna durante la noche como Etosha, ni las llanuras infinitas de Masai Mara o Serengueti, donde la épica de las migraciones atrae a decenas de miles de visitantes al año. No, el Parque Nacional de Mana Pools, ubicado al norte de la esquilmada Zimbabue, frente a la frontera con Zambia, no tiene nada de eso.

Lo que tiene Mana Pools, y en unas sobredosis desmesuradas, es adrenalina.

En Mana Pools puedes hacer algo que está prohibido en el resto de parques nacionales africanos: caminar entre leones, hienas y elefantes sin la escolta de un guardaparques. Nadie te impedirá aparcar tu vehículo a la sombra de un baobab y alejarte desarmado en cualquier dirección, hasta donde te lleven los pies o el sentido común. Esa es una decisión particular, tu responsabilidad, tu libertad, tu riesgo, tu vida. Tu locura más hermosa del día.

Caminas hasta la orilla del río Zambeze imaginando los pasos de los primeros hombres y te detienes dentro del molde seco de una huella enorme para calcular el tamaño de unos colmillos de marfil. Observas. A la derecha, una manada de quince elefantes avanza despacio hacia la orilla. Hay dos machos grandes, unas cuantas hembras, algunos jóvenes y un par de crías ya crecidas. A la izquierda, un grupo de cebras se esconde entre ñus y antílopes con la misión imposible de pasar desapercibidas. Los hipopótamos gruñen aclarándose la garganta y tú estás allí, entre ellos, de pie y lejos de tu vehículo. Armado con un absurdo cuchillito suizo.

Al otro lado, en Zambia, una alfombra mullida de árboles tapiza la falda de las montañas. La vista es amplia, el paisaje impresionante. Es octubre, la temporada de las lluvias está a punto de comenzar y el aire permanece caliente. Entonces vuelves a dejarte llevar y sigues a la manada de elefantes, caminando despacio en contra del viento. Buscas leones entre los arbustos y los pastos altos esperando no encontrar ninguno y recorres con los ojos la superficie calma del río Zambeze, atento a los cocodrilos que asoman sus ojillos en el agua. Tu adrenalina se dispara de manera escandalosa. No, no es un método ingenioso de suicidio, esto es emocionante. Es el retorno a una vida más salvaje.

Las zonas de acampada tampoco están separadas de la naturaleza por alambradas que encierran a los humanos como en el Parque Nacional Kruger. En Mana Pools es normal encontrar elefantes partiendo ramas junto a tiendas de campaña, búfalos que se rascarían el lomo con un Land Cruiser y leones o hienas que al caer la noche se acercan atraídos por olores extraños. La carne blanca, cruda, debe ser un bocado delicioso.

Los monos vervet, que corretean y chillan como niños desbocados, se suben a los techos de los baños, orinan desde las ramas altas de los árboles en lluvias espontáneas y envían a sus crías por los agujeros diminutos de los contenedores en busca de restos de pan enmohecido, bolsas de plástico sabor pastel y latas abolladas de Coca Cola. Observarlos siempre es un espectáculo. Trepan al techo de nuestro todo terreno como una pandilla de acróbatas chillones y espían el interior a través del parabrisas. Luego piensan rascándose bajo el brazo, como si tuvieran el cerebro en el sobaco. Uno de ellos, de pie sobre el espejo retrovisor, mete el brazo a través de la ventana que dejamos apenas abierta. No hay nada al alcance de su mano. El mono vuelve a rascarse el sobaco, está pensando. De repente se cuelga del vidrio y comienza a sacudirlo violentamente para romperlo.

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En Mana Pools es fácil sentirse libre. Esa igualdad, esa posibilidad de caminar desarmado entre animales (que si te equivocas te pueden matar y comer), hace de Mana Pools una experiencia única. Tienes que confiar en tu instinto, todos tus sentidos deben permanecer atentos, incluso aquellos que se durmieron hace siglos por culpa de la vida sedentaria. “Debes pasear, y mantenerte con vida” aseguran los guardaparques después de repetir una serie de reglas básicas, recordando al francés que murió hace unas semanas.

“Caminaba distraído hacia el teléfono público, allí, cerca del baño, y se cruzó con un elefante. El elefante se asustó, lo atrapó con la trompa, lo arrojó al suelo y lo pisó con las patas delanteras. Después, se arrodilló sobre él”.

Nada puede detener a un elefante. Cuando un elefante se enoja, el mejor lugar donde esconderte siempre es otro lugar. Cuando un elefante se enoja lo mejor que puedes hacer es estar lejos.

“Si quieren ver un elefante muerto tomen la huella hacia Vundu. Lo encontramos ayer. Le dispararon cazadores furtivos de Zambia que a veces cruzan el río por la noche. Pero esta vez el elefante huyó herido” y se detiene un momento antes de continuar. “Nosotros ya le cortamos los colmillos, las patas, la piel y la cola y los enviamos a Harare. Parques Nacionales vende todo. También cortamos algo de carne y la repartimos entre los trabajadores del Parque Nacional.”

“¿Carne? ¿Carne de elefante? ¿Sería posible conseguir algo de carne para nosotros? Tenemos un braai en el jardín pero no tenemos carne. Y una parrilla vacía siempre da pena. ¿Podríamos comprarte un poco de carne?”

“Yo no puedo venderles” contesta el guardaparques antes de levantar la cabeza hacia otro hombre que está en la oficina. “Pero él sí.”

Así, el carnívoro que les habla y sus amigos se hicieron con tres kilos de carne de elefante recién salada y cortada en tiras estrechas para biltong, charque o carne seca. Compramos unas cervezas Zambezi heladas en el colmado para los empleados del Parque Nacional y nos fuimos a preparar un asado de elefante.

En el restaurante Carnivore de Nairobi, Kenia, habíamos cenado cebra y cocodrilo. Aquellos eran auténticos bistecs que un carnicero con experiencia había cortado teniendo en cuenta los nervios, la grasa y la medida del plato. Nada que ver con estas tiras rasgadas y desaladas con un poco de agua que se retuercen sobre el fuego.

¡El elefante está listo!” anuncio al rato. Anna y los amigos belgas (Jorick y Winnie, Ronald y Sophie, que también están cruzando África hacia Ciudad del Cabo) se acercan a la mesa. A cien metros, un grupo de búfalos bebe agua en silencio. La carne es dura y tiene un sabor fuerte, esto debía ser un elefante viejo. Un pájaro secretario corre junto a la orilla del Zambeze para volar hacia la seguridad de los árboles. Atardece. Hay que ir al baño antes que sea de noche para no convertirnos en la cena de otros carnívoros.

——

No fue difícil encontrar los restos de la cena de la noche anterior en el bosque de Mana Pools. Junto al camino principal, tres troncos caídos enmarcan una gran mancha de sangre que señala el lugar de la muerte. Ahí nace una nueva huella que esquiva un par de árboles y termina cien metros más allá, en el cadáver rodeado de buitres.

Desciendo de la furgoneta, tomo la cámara de fotos, el cuchillito suizo, y me acerco paso a paso. Busco leones, sombras, arbustos que se muevan, manchas doradas sobre la hierba, pero no descubro nada. Los buitres se quejan y escapan volando. Los intestinos, gordos como el muslo de un jugador de fútbol americano, serpentean sobre la tierra seca. El hueso del cráneo parece marrón. Las patas no están y la carne se ha vuelto negra. Comienzo a rodearlo y me cubre una nube amarga y tóxica. Mientras contengo la respiración, un viejo Land Rover verde aparca junto a la furgoneta. Son los rangers, que se acercan con rifles.

“¿Están locos? ¿No saben que hay leones?” pregunta uno.

“Si, por eso estamos aquí. Queremos verlos, pero parece que se han ido” respondo.

“No, ustedes no los ven. Ellos están allí. No debería hacer esto pero… vengan.”

Los rangers, vestidos con pantalón corto caqui y calcetines alzados hasta las rodillas avanzan armados delante nuestro, en fila india. Veinte pasos más allá el líder señala un punto entre los arbustos. A cuarenta metros del cadáver del elefante hay un león que me ha estado vigilando mientras paseaba como un jodido turista alrededor de su almuerzo. Hacia la derecha se distingue la silueta de una leona caminando bajo el sol, delante de otros dos leones jóvenes que no nos quitan un ojo de encima.

Así es Mana Pools, espectacular, hermoso y peligroso si uno se descuida. Auténtica adrenalina. Abandonar la seguridad de mi todo terreno para caminar entre animales salvajes fue un impulso primario, ese volver a arriesgar para encontrar un nuevo límite. Mana Pools fue el reencuentro con nuestro mundo perdido.

Desde entonces, cuando no sueño de noche que persigo elefantes junto a los bosques del Zambeze, sueño de día haciendo planes para volver a Mana Pools.

Adrenaline. Story for Overland Journal Tail Lamp




217- Lugares para conocer antes de morir: Tierra de Cañones (Estados Unidos)

Los 'Narrows', en el Parque Nacional Zion, Utah

Cuando se habla de cañones lo primero que se proyecta en la cabeza de la gente suele ser el Gran Cañón del Río Colorado. El Gran McDonalds de la naturaleza en Estados Unidos.

Hay que decirlo: Sí, es bonito. Vale la pena. Es cierto, es grande. Si no vas a caminar y te acercas solo a la orilla sur, con un día es más que suficiente. Lo siento mucho por los que fueron a ver el Gran Cañón cerca de Las Vegas: los engañaron. Para ver el Gran Cañón en toda su bestialidad hay que ir al Parque Nacional, a cientos de kilómetros de distancia.

Ya está, ahora puedo hablar del resto de los cañones que hay en el centro de Estados Unidos. Lugares en la sombra para quienes no conocen la variedad que hay entre Utah (principalmente), Arizona, Colorado y hasta New Mexico.

¿Recuerdan la película 127 horas? La historia ocurre en Utah, la auténtica tierra de cañones. El mismo estado donde puedes caminar entre las agujas de cuento de hadas de Bryce Canyon o avanzar por el sendero de agua de los Narrows, dentro del Parque Nacional Zion. Aunque lo verdaderamente recomendable es aparcar a un lado de las rutas vacías que cruzan el sur del estado y perderte por cualquier riera seca. La sorpresa, y la aventura, están garantizadas.

Si estás con un todo terreno y quieres tentar tus límites te recomiendo ir cerca de Moab, al Canyonlands National Park. La pobre Cucaracha lo sufrió y en el camino se transformó en la Cucaracha Voladora.

Si quieres hacer algo más tranquilo, tipo Conde Nast, vete cerca de Page, en Arizona, a ver el Antelope Canyon. En el camino puedes desviarte para ver el Horseshoe Bend. Aparentemente siempre está lleno de turistas japoneses. Y si quieres un poco más de adrenalina, la ruta que avanza hacia el sur pasa por un Slot Canyon, un cañón que no tiene más de un metro de ancho. Son tierras amerindias, y para entrar necesitarías un permiso. Pero…

Otros parques nacionales de la tierra de cañones que valen la pena visitar: Black Canyon of the Gunnison National Park (Colorado), Capitol Reef National Park (Utah), Arches National Park (Utah), Glen Canyon National Recreation Area (Utah), Grand Staircase Escalante National Monument (Utah)…




208- 3 gringos, 10 días y una balsa de 6 troncos, 2ª parte | REVISTA OVERLAND JOURNAL

La Vuelta al Mundo en 10 Años - Viajeros4x4x4 - Around the World in 10 Years

Esta es la segunda parte de una historia que escribí para la revista Overland Journal, de Estados Unidos, que salió publicada en el número de invierno del año 2011. Editada en inglés, es probable que Overland Journal sea la mejor revista de viajes y aventuras en moto y 4×4 del mundo.

Lee la 1ª parte en 3 Gringos, 10 días y una balsa de 6 troncos

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En Sudamérica los carnívoros son silenciosos

Aventura es comenzar algo sin saber dónde vas a terminar. Hoy quiero matar la noche, no sé dónde, no sé cómo, no sé con quién, hasta que la primera luz me deje ciego. Es empezar a escribir caóticamente sin saber qué quieres decir, hasta que las palabras comienzan a encajar. Aventura es adrenalina y una pequeña dosis de miedo, es iniciar senderos nuevos, distintos, propios. Es salir a la naturaleza sin estar completamente preparado. Es renunciar a tu trabajo para iniciar una nueva vida. Aventura es la duda, es abandonar la seguridad, es nacer sin habértelo propuesto, pero dispuesto a que el camino a la muerte haya valido la pena.

A las once de la mañana la vida es perfecta, o se asemeja bastante a lo que debería ser. Las nubes cubren los montes que se levantan sobre la orilla izquierda, de tierra oscura y piedras blancas, pero estamos a mediados de la época seca. Agosto es un buen mes para lanzarse a los ríos de la Amazonia. No, no debería llover. Empujamos el R.M.S. Titanic II al agua y partimos. Que sea lo que Dios quiera.

El primer descubrimiento es que una balsa no reacciona como un coche. Una balsa es un tanque lento y pesado patinando sobre una mancha de aceite que se mueve al mismo tiempo, pero en otra dirección. ‘Ustedes son unos inconscientes. Con lo que le costó al hombre enviar un todo terreno a Marte y ustedes se van de viaje como si todavía estuvieran en la edad de piedra’ repite una voz interna, familiar. Es el pequeño demonio sedentario que nunca se cansa de meterse en mis asuntos.

Poco a poco nos acomodamos y nos dejamos llevar por la corriente. De vez en cuando damos alguna palada espontánea con los remos para enderezar el rumbo o ganar confianza. Nadie habla, después de los primeros momentos de emoción el silencio es exagerado. Como si hubiéramos entrado en una iglesia antigua, en el templo original y común de todos los hombres.

A los lados, árboles de hojas verdes, amarillas y rojo sangre esconden el resto del mundo tras una muralla de vegetación. Después de la primera línea no se ve nada, solo se oyen las voces de la selva que crecen, varían y se repiten. Son monos aulladores, son pájaros de colores intensos que quiebran el silencio con gorjeos, trinos y cacareos. Sin duda, nos estamos metiendo en otro fin del mundo.

A medida que avanzamos el río se divide en brazos y adivinar el bueno no es sencillo. Somos tres y siempre hay tres posibilidades: derecha, centro e izquierda. Si tomamos el primer desvío la corriente del siguiente brazo nos empujará contra la orilla erizada de cañas afiladas. Por el centro podemos quedar varados sobre las piedras y el último desvío quizá termine en una laguna sin salida. Una pandilla de cotorras anarquistas ríe volando entre los árboles; no es tan fácil ponerse de acuerdo.

Entonces el primer rápido se adelanta y se convierte en el grito de un animal salvaje corriendo hacia nosotros. ¿Por dónde lo tomamos? La ruta transparente revela el fondo que se mueve a toda velocidad a pocos centímetros de nuestros pies. Bailamos sobre un rocódromo sumergido mientras la balsa se sacude desnuda. Las piedras se suceden en una granizada violenta, horizontal. Evitamos ramas, troncos que sobresalen del agua, remolinos traicioneros, burbujas y espuma envenenada. Volamos sobre el río y otra piedra, quizás la misma de antes, aparece delante para volver a morder. El agua choca contra la proa despareja del Titanic, se repele y estalla. Anna y yo remamos delante, empapados, forzando los brazos para quebrar la corriente. Mauro, instalado detrás, empuja la tangana contra el suelo fugaz intentando enderezar la balsa, que insiste en ofrecer su mejilla. Cantos rodados del tamaño de cráneos sumergidos rozan la madera liviana. La tangana se quiebra, pero estamos fuera.

Entonces me pongo en pie para celebrar, resbalo sobre los troncos mojados y caigo al agua. Todavía no vimos caimanes. Quizás éste sea el momento.

A media tarde, cuatro horas después de partir, nos detenemos junto a la desembocadura de un arroyo seco. Y después de amarrar la balsa en la orilla y armar el campamento lo suficientemente alto como para evitar una crecida repentina, busco ramas para hacer un fuego. No hace frío, pero un café caliente ayuda a secar el alma, húmeda bajo la ropa empapada por el río. Empieza un ritual que durará diez días.

Al atardecer comienza a llover. Nos refugiamos dentro de la tienda, hace calor. ¿No estábamos en la época seca? ¿Crecerá el río? Estamos cerca del Ecuador y el día se reparte equitativamente entre luces y sombras, aunque las noches, llenas de relámpagos y voces en otros idiomas, parecen más largas.

Recuerdo África. Sí, de noche extraño el ronquido de los hipopótamos. Faltan los rugidos de los leones acorralando una cría de elefante que berrea desesperada junto a su madre. Faltan las risas histéricas de las hienas. En Sudamérica los carnívoros son silenciosos.

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El último refugio de los incas

Media hora antes del amanecer suena el despertador natural de la selva. Los pájaros presienten la salida del sol y comienzan a piar y cantar en un coro que crece y se multiplica. Los monos se desperezan a los gritos. Pronto, la naturaleza entra en ebullición, CU-CU, A-AH, y llega a su éxtasis cuando los primeros rayos de luz pálida atraviesan las ramas.

Salgo de la tienda y estiro los brazos. Anoche llovió, pero el río continúa en su sitio. No hay plásticos a la vista. Junto a mis pies hay huellas frescas de gato. Otorongo, tigre, jaguar, da igual como lo llamen: son huellas de un carnívoro grande.

A partir de las diez de la mañana el sol pega fuerte y los insectos se multiplican buscando su desayuno. Hay una mosquita blanca casi invisible que siente una debilidad casi fetichista por la piel de los brazos de Anna. También hay mosquitos y jejenes, pequeños dráculas chupadores de sangre, los espantas pero nunca se dan por vencido. En medio de una calma del río aparece una araña caminando sobre el agua como un mesías de ocho patas. En la orilla un tapir gordo y perezoso, perfecto para un asado, atraviesa un cañaveral y se esconde tras la primera línea de vegetación. La selva es una muralla formidable.

Por más que el río corra sobre nuevos rápidos, el avance es lento. Un peque-peque, una canoa larga con tres pasajeros y algo de carga, progresa contracorriente con el motor revolucionado. Acaba de dejar la orilla derecha, donde los barriles de petróleo vacíos se acumulan como una señal de vida.

En algún lugar situado una hora después está Shipitiari, una aldea nativa donde todavía hablan machiguenga. Permanece escondida en el interior de la selva, el único sitio donde se pueden mantener las tradiciones. Allí está la casa de Noemí, una pequeña salvaje de siete años que conocimos en Salvación. Es una niña hermosa e hiperactiva de dientes desparejos, capaz de trepar árboles y personas por el frente y descender por el otro lado cabeza abajo, sin caerse. Sus compañeros de escuela dicen que su padre, el chamán de la aldea, le dio sangre de oso cuando era pequeña. Y que ella heredó su fuerza.

Un poco más adentro está el Manu, uno de los parques nacionales más impresionantes de Sudamérica. Es un paraíso denso y primitivo creado en 1973 que protege dieciséis ecosistemas distintos, declarado Patrimonio de la Humanidad y Reserva de la Biósfera. Allí, sepultada bajo montañas de vegetación, aguarda la ciudad dorada de Paititi. El último refugio de los incas continúa esquivando arqueólogos y buscadores de tesoros, perdido en algún lugar de ésta selva impenetrable.

Tres gringos atrapados en el medio del río

Cuarto día de río. El cuerpo, acribillado de ronchas, picaduras rojas y pequeños arañazos, resiste emocionado. En este momento no cambiaría este cansancio por nada del mundo a pesar de que algún tipo de insecto invisible se instaló en mis testículos. No puedo dejar de rascarme. Este regreso a la naturaleza me está convirtiendo en un chimpancé.

El nombre de nuestra nave está casi borrado. Titanic se desdibuja, la madera absorbe agua pero continúa flotando, anónima, como si la suerte hubiera vuelto a echar las cartas y los augurios ahora fueran optimistas. Recuerdo la seguridad de nuestra casa con ruedas. Recuerdo, sobre todo, la sensación de viajar seco. En una balsa te mojas más que conduciendo una moto durante un huracán en Florida.

A la izquierda se abre un brazo de unos treinta metros de ancho. El agua transparente del Alto Madre de Dios se confunde y se mezcla con el trago rojizo del río Manu que avanza desde el norte cargado de sedimentos.

–         ¡Áaar-boool! –grita Mauro de repente, de pie en la popa, devolviéndonos a la realidad.

Y remamos, remamos duro intentando vencer a la corriente que nos lleva hacia los brazos abiertos de un árbol hundido y muerto. Hacia nuestro Moby Dick de la selva. No hay fondo, y el golpe es fuerte. Nuestro Titanic se inclina, tiene ganas de darse vuelta y arrojarnos al río. Encallamos contra un arrecife de madera y no tenemos bote salvavidas. Bueno, sí, estamos en el bote salvavidas.

Mauro clava la tangana en el agua buscando un apoyo para estabilizar la balsa. Anna salta sobre el árbol hundido y con medio cuerpo bajo el agua sostiene la balsa para que no vuelque. Yo me pongo en pie, enciendo la cámara de video y comienzo a filmar. Me quieren matar.

Treinta segundos después, cuando Anna amenaza con ahogarme si salimos de esa, busco el machete africano comprado en Uganda que nos acompaña a todos lados y corto una de las ramas. Pero el río no nos suelta, seguimos atrapados. Agarro una cuerda que llevamos atada a la balsa y salto al agua. Me afirmo sobre otra rama y comienzo a tirar de la cuerda para enderezar la balsa. Anna empuja el pedazo de madera que nos detiene en el centro del río.

Tres niños observan sorprendidos desde la orilla. La novedad no es el riesgo ni el peligro del río, son los tres gringos solos, allí, sin guía. Porque por más que hayamos nacido en Europa o Sudamérica somos blancos, somos gringos. Diez minutos más tarde conseguimos liberar la balsa, que se escurre entre los árboles muertos como una ramita arrastrada por el agua.

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Los mineros, el Salvaje Oeste y una cerveza

Adelante están las barrancas de Boca Manu, mitad del viaje, con sus casas de madera levantadas sobre calles de tierra vacías, un par de almacenes con comida, aguardiente capaz de arrancar motores y calma, mucha calma. La calma de aquellos pueblos aislados donde no hay mucho que hacer más que acostarte en una hamaca y dejar pasar las horas observando la danza, el suave volar de las moscas.

Aquí comienza el tramo más pesado del viaje. El río se ensancha y aumenta el caudal, pero va más despacio. Hay que remar durante meandros eternos, círculos casi perfectos que terminan varios kilómetros después a cien metros del inicio de la curva. El tiempo se estira, pero en distancia real no has avanzado nada.

A simple vista la selva amazónica parece espesa y vacía, pero todos los días traen sorpresas. Un ángel de color rojo verde azul amarillo papagayo, cruza el cielo sobre nuestra cabeza. Un martín pescador pasa a toda velocidad buscando comida. Hay garzas apalancadas sobre los juncos y plantas que se cierran al tacto de mis dedos. Una tortuga nos adelanta. Junto a la balsa queda la base hundida de un árbol con forma de cola de avión, timón recto, alas desplegadas, como si Jimmy Angel también se hubiera estrellado aquí.

Día ocho. Hoy vimos los primeros buscadores de oro en la orilla del río. Tenían dragas, bombas de agua y cintas transportadoras. Ni siquiera percibieron nuestro paso. Al atardecer acampamos bajo un árbol gigantesco, mientras el río avanza como un mercenario silencioso.

Día nueve. Durante los últimos días estuvimos bebiendo el agua deliciosa pero turbia del río Madre de Dios. Cuando la hervimos adopta un sorprendente sabor a humo. Pero a partir de ahora deberemos buscar agua en otro lado: estamos entrando a la zona minera de Colorado y los equipos comienzan a ocupar largas extensiones de orilla desnuda. Pequeñas canoas y botes viajan a lo largo del río llevando provisiones y trabajadores. Queríamos descubrir algo de la vida en la selva amazónica y durante los últimos días vimos como el paraíso que nos rodeaba se fue transformando en un infierno contaminado.

El mismo Colorado es un recuerdo de los pueblos del Salvaje Oeste, enclavado en el fondo de una selva sudamericana. Tiene calles sin asfaltar, casas de madera cruda, negocios de compra/venta de oro las 24 horas del día, polvo levantado por los acelerones de los tuk tuks, puestos de Inka Cola y el mordisco de la prostitución que se asoma cuando se pone el sol. Hombres y mujeres llevan la camiseta gratuita del partido político que une a los mineros, caucheros, madereros y granjeros. Gente que solo quiere extraer los recursos de la selva y dejar poco más que basura tóxica y deforestación.

Después de encontrar un hostal buscamos un bar para brindar con unas cervezas heladas. Hablamos acerca de los caminos que hay que tomar para que los sueños se vuelvan realidad. Acerca de la gente que quiere vivir aventuras pero tiene miedo de asumir riesgos. Quince días atrás no sabíamos que esta historia estaba escrita en nuestro destino. ¿Un viaje en balsa por un río del Amazonas? Sí, claro.

Ahora debemos encontrar una ruta para salir de Colorado. La Cucaracha Libre, nuestra casa 4×4, debe estar ansiosa por reemprender el camino hacia el norte por la ruta Panamericana hacia Deadhorse, Alaska. Aquí no hay buses ni taxis, la única forma de salir parece ser una larga combinación de camión-bote-camioneta que finalmente nos acerque hasta un autobús.

–          O -digo antes de tomar un trago de cerveza helada -podríamos volver al río Madre de Dios y comenzar a remar en contra de la corriente. Yo, el mono blanco, con mis amigos y los jejenes chupadores de sangre…

Entonces Anna apoya su botella de cerveza helada sobre la barra y entrecierra los ojos. Me lee, sabe que estoy a punto de comenzar a pensar en voz alta de nuevo.

–          ¿Y si…?