315- Si TAILANDIA no tuviera playa, ¿adónde irías?

Viajar más de un mes por Tailandia y no pisar la playa es una declaración de rebeldía. Es como volver a casa sin un pantalón con elefantes estampados. Raro.

Esta es la primera entrada con los mejores datos para viajar por Tailandia, lejos del mar, gastando poco dinero. Hay datos para dormir frente al río Kwai en una habitación doble con baño privado por 150 baht (4 dólares), tips para jugar con los monos en Lopburi por 50 baht (1,50 dólares), trucos clásicos para llegar a las ruinas de Sukhothai sin pagar el autobús o para llegar a Ayutthaya desde Bangkok pagando menos de un dólar.

Cuanto más ahorramos, más viajamos. Y más lejos llegamos. Buenas rutas!

 

KANCHANABURI

Nuestro primer destino fuera de Bangkok fue Kanchanaburi. Teníamos que esperar dos o tres días a que la embajada de Myanmar nos devolviera los pasaportes con el visado y decidimos ir a ver el famoso puente sobre el río Kwai (o Kwae, depende la versión). El pueblo se hizo famoso por su campo de prisioneros occidentales, utilizados por el ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial como mano de obra esclava para construir el ferrocarril a Myanmar. Hoy el tren ya no cruza la frontera y un nuevo puente reemplazó al original (destruido finalmente durante la guerra), pero el lugar sigue atrayendo a los viajeros. Yo quise ir porque muchos años atrás vi la película El Puente sobre el Río Kwai, y me pareció un buen homenaje a aquellas viejas películas de los domingos por la tarde.

Los autobuses salen de Bangkok de la Southern Bus Terminal (Sai Tai Mai). Allí puedes elegir entre un autobús con aire acondicionado que cuesta 110 baht (3 dólares) o los minibuses, que salen cuando se llenan y cuestan 83 baht (2,50 dólares). Para llegar desde Bangkok a la estación de Sai Tai Mai puedes tomar los buses locales 124, 125, 508 0 539.

El viaje en autobús duró dos horas y media y fue increíblemente aburrido. No lo recomendamos para nada. Los lados de la ruta  están cubiertos por una línea continua de edificios y comercios de casi 150 kilómetros. O sea, olvídate de ver el paisaje de Tailandia desde el bus. Al llegar a la estación de autobuses de Kanchanaburi había algunos ‘pescadores’ de turistas ofreciendo alojamiento. No era caro, pero más adelante te contamos dónde encontrar una habitación doble con baño privado por 4 dólares.

El retorno lo hicimos en un tren que tardó 3 horas y costó 30 baht (menos de un dólar) por persona. Ese fue el primer gran descubrimiento: Viajar en tren por Tailandia es genial. Volvimos en tercera clase, en asientos cómodos, rodeados de locales curiosos y vendedores ambulantes que pasaban voceando bebidas y comidas. Una vendedora estaba tan contenta de que le comprásemos a ella, que nos regaló una bandejita extra con más delicias tailandesas. Además, por las ventanas del tren siempre se ve el campo. La estación de Bangkok desde donde llegan y salen los trenes a Kanchanaburi es la Thon Buri Railway Station, que queda al otro lado del río Chao Phraya.

Pablo trabajando en un tren en Tailandia
Pablo trabajando en un tren en Tailandia

La oficina de información turística en Kanchanaburi (TAT) está justo detrás de la estación de autobuses, sobre la calle principal. No fueron muy útiles, pero tenían mapas… Desde el TAT o la estación de autobuses hay un par de kilómetros hasta la zona de los hostales. Nosotros, como viajamos con dos mochilas de 5 kilos cada uno, fuimos paseando por la calle más interesante de la ciudad, la Pak Praek Road. Es un paseo tranquilo donde verás las casas más antiguas de Kanchanaburi, pasarás por el cementerio chino (otro mundo del más allá), y el cementerio de guerra de los aliados de la Segunda Guerra Mundial.

La Mae Nam Kwe Road es la calle donde están casi todos los hostales de Kanchanaburi, y donde encontramos el alojamiento más barato de toda Tailandia: 150 baht (4 dólares) por una habitación doble con ventilador y baño privado en el Sugar Cane Hostel (ojo, hay dos Sugar Cane!). La habitación era sencilla, dentro de una cabaña con paredes de caña, pero lo mejor era la terraza frente al río Kwai, ideal para tomarse una cervecita al atardecer mientras te conectas a internet.

Desde el hostal hasta el puente sobre el río Kwai hay un paseo de un kilómetro y medio. Nosotros fuimos caminando, pero si quieres puedes tomar un tuk-tuk, alquilar bicis, moto… hay muchas opciones. No hay gran cosa que hacer en el puente, más que observar el río, ver los puestos de souvenirs y esperar que pase el tren para tomar la foto.

El puente (nuevo) sobre el río Kwai
El puente (nuevo) sobre el río Kwai

Kanchanaburi es una buena base para hacer excursiones por los alrededores. Puedes tomar el tren de ida y vuelta hasta la última estación, o sumarte a un tour, pero ya sabemos que los tours no son baratos, ¿verdad? La mejor opción es alquilar una moto y perderte un par de días camino a las cascadas del Parque Nacional Erawan. Luego puedes continuar ruta hacia el norte para caminar, visitar las cuevas y nadar en las piscinas naturales de calcita del Parque Nacional Lam Khlong Ngoo. O llegar hasta Ban Wang Ka, donde hay puentes de madera de más de 400 metros de largo que recuerdan al famoso U-Bein de Mandalay, Myanmar.

Nosotros optamos por alquilar un kayak doble por 400 baht (11 dólares) y descender sin guía por el río Kwai. Tony, un expatriado de origen inglés casado con una tailandesa, te llevará unos 15 kilómetros río arriba, y te recogerá unas horas más tarde junto al puente. Nosotros le pedimos que nos dejase un poco más lejos, en Lat Ya y no hubo problema. Es un descenso placentero, tranquilo y sin rápidos, cruzando zonas absolutamente vírgenes y zonas con pocas casas que dan al río. No olvides el bloqueador solar, una gorra, agua y algunos snacks para ir comiendo en el camino. Tony y sus kayaks están en una casa-negocio que está a unos 300 metros antes de llegar al Museo JEATH, antes del puente sobre el río Kwai. Ya verás los kayaks apilados en una estantería, a la derecha de la ruta. La página del negocio es www.kayakzebec.com, y el teléfono es el 081-8966017.

Navegando en kayak por el río Kwai
Navegando en kayak por el río Kwai

Pablo visitó el museo JEATH, sobre los campos de prisioneros occidentales durante la Segunda Guerra Mundial. Su comentario fue: ‘es alucinante. Nunca vi una acumulación de tantas cosas raras y repetidas. Hay una pared con zapatos, una colección de monedas repetidas, un vagón de tren donde llevaban a los prisioneros, motos desvencijadas, la caja fuerte de los japoneses, pipas antiguas para fumar tabaco y opio, cascos… de todo un poco.’

¿Películas sobre lo que pasó allí durante la guerra? El Puente sobre el río Kwai (1957), The Railway Man (2013).

 

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AYUTTHAYA

Ayutthaya está situada en un sitio hermoso, una isla rodeada por ríos. Fue la capital del antiguo reino de Tailandia (digamos Siam) durante 400 años, hasta que en 1767 Burma, hoy Myanmar, consiguió conquistarla y saquearla. Fue nuestra primera ciudad antigua y la recorrimos en bicicleta. No sé si sería la novedad, pero nos gustó más que Sukhotai, de la que hablamos más adelante.

El tren de Bangkok a Ayutthaya sale desde la estación de Hua Lampong y para en todas las estaciones principales de Bangkok. Puedes subirte o bajarte en cualquiera de ellas, aunque puede que no encuentres asiento si quieres viajar por 20 baht (0,75 dólares) en tercera clase. En Tailandia los precios del pasaje varían según el tipo de tren (commuter, que para en todas las estaciones; regular, que para en algunas estaciones; y express, que para en pocas estaciones) y la clase en la que vas a viajar (coche cama, primera, segunda o tercera). Hay varios trenes al día.

En Ayutthaya dormimos cerca de la estación de tren, en la Tarin Guest House a 300 baht (8 dólares) la habitación doble con baño privado. Pero puedes encontrar algo más barato en la calle que va de la estación de tren hacia el río y en la misma isla.

Como decía antes, la mejor manera de recorrer Ayutthaya es en bicicleta. El alquiler cuesta entre 30 y 100 baht por día dependiendo del tipo y estado de la bicicleta (con o sin cambios, nueva o viejísima…). Los templos y sitios arqueológicos están bastante separados unos de los otros. Si quieres caminar es posible que mueras en el intento ya que el sol y el calor no acompañan para patear todo el día.

Mejor montar bicicletas que elefantes!
Mejor montar bicicletas que elefantes!

Hay una entrada integrada que te permite visitar 5 o 6 zonas arqueológicas que cuesta unos 200 baht (8 dólares). Nosotros solo pagamos la entrada para ver el Wat Mahatat, 50 baht, donde está la cabeza del Buddha entre las raíces de un árbol. De hecho, muchos de los templos de Ayutthaya se pueden ver fácilmente desde afuera y algunos son gratuitos, como el Buda estirado. Es impresionante la cara de buen rollo que tiene…

El rostro de Buda asoma entre las raíces de un árbol
El rostro de Buda asoma entre las raíces de un árbol

Lo que más nos gustó de la ciudad fue perdernos con las bicis. Y perdiéndonos, llegamos sin querer a un astillero de barcos tradicionales, al lado del antiguo asentamiento holandés de Ayutthaya. Puedes entrar, no hay valla o cercado. Verás a los trabajadores terminando de arreglar alguno de los barcos. Es genial y absolutamente auténtico, no contaminado por el turismo. Saluda, sé educado, y no jodas interponiéndote en su trabajo para sacar la foto…

El astillero de Ayuthaya! Espectacular.
El astillero de Ayuthaya! Espectacular.

En la zona central verás gente paseando en elefantes. Adiestrar un elefante es torturarlo, y todo para que un turista lo monte. Por eso, por más que pueda ser lindo tener una foto montando un elefante, decidimos que no valía la pena. Preferimos seguir montados en nuestras bicis.

Después de todo el día en bicicleta, apetece un buen plato de comida. Nosotros cenamos en uno de los puestos del mercado. Todo bien, hasta que terminada la cena vimos pasar una rata del tamaño de un gato a unos metros de nuestra mesa, que se escondió debajo del mostrador de la cocina. También tendría hambre… Quizás, si no ves gatos, sea mejor no comer en los mercados.

El Buda recostado de Ayuthaya! A que tiene cara de buena onda!
El Buda recostado de Ayuthaya! A que tiene cara de buena onda!

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LOPBURI

A Lopburi fuimos atraídos por los monos. Sí, monos. Y lo que vivimos nos encantó. Los monos conviven con la gente por la calle, se suben al techo de los coches en marcha, entran en las tiendas, se sientan en los mostradores y saltan de techo en techo. Todas las guías recomiendan que no te acerques a ellos: son animales salvajes, pueden morder y transmitir rabia. Sobre todo, que no hagas contacto visual con los adultos, que son los que pueden ser agresivos. Pero…

Monos en el templo Phra Prang Sam Yot
Monos en el templo Phra Prang Sam Yot

Nosotros estuvimos jugando con ellos. Los cachorros se te acercan con curiosidad y de repente saltan a tus piernas y empiezan a subir por tu ropa hacia tu cabeza. Se sientan en tu hombro, escarban en tu pelo, e intentan mordisquear tu collar. Todo les llama la atención, son crías. Luego de un rato te acostumbras y les dejas. Eso sí, guarda tu comida y tus refrescos azucarados. Pon a salvo tus collares y gafas de sol, que también les gustan.

Tenemos pasajeros!
Tenemos pasajeros!

Aparte de los monos, lo interesante de Lopburi es su tranquilidad de pueblo, casi sin turistas y con algunos templos antiguos. La entrada integrada para todas las zonas arqueológicas cuesta 150 baht (4 dólares). La entrada individual a cada templo cuesta 50 baht. Nosotros solo compramos la entrada al templo donde está la mayor población de monos de la ciudad, el Phra Prang Sam Yot, junto a las vías del tren en dirección al norte. Antes de verlos, los olerás.

El pasaje de tren en 3ª clase desde Ayutthaya hasta Lopburi cuesta 27 baht y tarda 3 horas. Como siempre, nos encantó el viaje. En Lopburi, nos alojamos en el Nett Hotel. Habitación doble con ventilador y baño privado a 250 baht (7,50 dólares).

Por la noche, cuando cae el sol, hay puestos de comida junto a las vías del tren. ¡No dejes de probar los jugos y batidos!

El mercado de Lopburi de noche
El mercado de Lopburi de noche

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SUKHOTAI

Sukhothai fue el primer reino independiente de Tailandia, allá por el siglo XIII después de Cristo. Sus restos arqueológicos merecen un paseo en bicicleta o moto alquilada, aunque lo más probable es que cuando llegues aquí ya hayas pasado por Bangkok y Ayutthaya y estés un poco cansado de ver ruinas y pagodas.

A diferencia de Kanchanaburi, Ayyuthaya y Lopburi, Sukhotai no tiene una estación de tren en la ciudad, por lo que debes llegar en autobús o combinación de tren a Phitsanulok (pasaje de tercera clase desde Lopburi a 49 baht o 1,25 dólares, 5 horas), y bus desde allí a New Sukhotai (39 baht o 1,10 dólares, 1 hora). La mayor parte de los viajeros se hospeda en New Sukhotai. Old Sukhotai, donde están las ruinas de la ciudad antigua y el alojamiento es más caro, está a unos 15 kilómetros.

En la estación de bus de New Sukhotai vas a ver unos cuantos ‘pescadores’ de turistas, que te ofrecerán habitación en su guesthouse o simplemente el trayecto desde la estación de bus hasta el pueblo (¡piden 100 baht por hacer 3 kilómetros y medio!). Vas a tener que negociar si no quieres hacer el primo. Nosotros nos fuimos con el chico de la Happy Guesthouse, que nos ofreció el transporte gratis si nos quedábamos en su guesthouse. Si no, solo nos cobraba el transporte desde la estación hasta New Sukhotai, 50 baht por los dos. Finalmente nos quedamos con él por 250 baht (7 dólares) la habitación doble con ventilador y baño compartido. La habitación es grande y el lugar está limpio. Y el chico es simpático y habla inglés, lo que hace una gran diferencia en Tailandia.

En New Sukhotai hay mercado nocturno en la calle principal, con bastantes puestos de comida. A nosotros nos gustaron más las que están cruzando el río.

Uno de los Budas más reverados, en el Wat Phanan Choeng
Uno de los Budas más reverados de Ayuthaya, en el Wat Phanan Choeng

La zona arqueológica de Sukhotai (Old Sukhotai) está a 15 km de New Sukhotai. Hay transporte público que sale desde la calle principal, en unos camiones convertidos rojos. El pasaje sale a 30 baht por persona (precio turista). Quinientos metros antes de llegar a la entrada de la zona central de Old Sukhotai, hay un mercado de frutas, verduras y puestos de comida. Es un buen lugar para sentarte un rato, desayunar o comer algo.

La entrada a la zona central del sitio arqueológico cuesta 100 baht. Antes había una entrada integrada para todas las zonas, pero ya no existe más. Nosotros decidimos caminar un poco: ya habíamos visto muchos templos en Bangkok y Ayutthaya, y solo visitamos la zona central. Si quieres ver todas las zonas, es indispensable alquilar una bici o una moto.

Los sitios arqueológicos cierran a las 4 y media de la tarde. Para volver hasta el hostal hicimos dedo, y en menos de 1 minuto nos paró una pick up. Hacer dedo funciona extraordinariamente bien en Tailandia!

Templos antiguos en Sukhotai, Tailandia - La Vuelta al Mundo en 10 Años
Hermoso Sukhotai!

Sigue viajando! ¿DÓNDE IRÍAS SI TAILANDIA NO TUVIERA PLAYA?

 

MAE SOT

Mae Sot es el cruce más utilizado por los viajeros que van y vienen de Myanmar. Nosotros volvíamos a Tailandia, así que tras cruzar la frontera tomamos una camioneta colectiva que nos dejó en el centro y comimos en el Lucky Tea Garden, un restaurante indio recomendado en la Lonely Planet que no estaba mal, pero tampoco era para tirar cohetes. Nos pusimos a caminar buscando una excusa para pasar la noche allí pero no la encontramos, así que tomamos un minibús hacia Phitsanulok para recorrer el mercado nocturno y volver en tren a Bangkok al día siguiente.

 

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y seguro que… ¡es capaz de sobrevivir a una bomba atómica! Desde entonces recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano, El Libro de la Independencia, Por el Mal Camino e Historias en Asia y África, uno de los cuales ya fue traducido al inglés, The Book of Independence. Pablo también escribe artículos de viaje y aventura para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna trabaja en la edición de los libros y los articulos y hace collares y pulseras de macramé.

Participaron de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.

 




217- Lugares para conocer antes de morir: Tierra de Cañones (Estados Unidos)

Los 'Narrows', en el Parque Nacional Zion, Utah

Cuando se habla de cañones lo primero que se proyecta en la cabeza de la gente suele ser el Gran Cañón del Río Colorado. El Gran McDonalds de la naturaleza en Estados Unidos.

Hay que decirlo: Sí, es bonito. Vale la pena. Es cierto, es grande. Si no vas a caminar y te acercas solo a la orilla sur, con un día es más que suficiente. Lo siento mucho por los que fueron a ver el Gran Cañón cerca de Las Vegas: los engañaron. Para ver el Gran Cañón en toda su bestialidad hay que ir al Parque Nacional, a cientos de kilómetros de distancia.

Ya está, ahora puedo hablar del resto de los cañones que hay en el centro de Estados Unidos. Lugares en la sombra para quienes no conocen la variedad que hay entre Utah (principalmente), Arizona, Colorado y hasta New Mexico.

¿Recuerdan la película 127 horas? La historia ocurre en Utah, la auténtica tierra de cañones. El mismo estado donde puedes caminar entre las agujas de cuento de hadas de Bryce Canyon o avanzar por el sendero de agua de los Narrows, dentro del Parque Nacional Zion. Aunque lo verdaderamente recomendable es aparcar a un lado de las rutas vacías que cruzan el sur del estado y perderte por cualquier riera seca. La sorpresa, y la aventura, están garantizadas.

Si estás con un todo terreno y quieres tentar tus límites te recomiendo ir cerca de Moab, al Canyonlands National Park. La pobre Cucaracha lo sufrió y en el camino se transformó en la Cucaracha Voladora.

Si quieres hacer algo más tranquilo, tipo Conde Nast, vete cerca de Page, en Arizona, a ver el Antelope Canyon. En el camino puedes desviarte para ver el Horseshoe Bend. Aparentemente siempre está lleno de turistas japoneses. Y si quieres un poco más de adrenalina, la ruta que avanza hacia el sur pasa por un Slot Canyon, un cañón que no tiene más de un metro de ancho. Son tierras amerindias, y para entrar necesitarías un permiso. Pero…

Otros parques nacionales de la tierra de cañones que valen la pena visitar: Black Canyon of the Gunnison National Park (Colorado), Capitol Reef National Park (Utah), Arches National Park (Utah), Glen Canyon National Recreation Area (Utah), Grand Staircase Escalante National Monument (Utah)…




56- Carteles de Ruta raros: ¿dónde demonios estoy parado?

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Esta historia comienza en la ciudad de Batman, Turquía, donde dos encapuchados condujeron su furgoneta hasta llegar al Puente Peor es Nada, levantado por un tipo optimista. Al otro lado esperaba el pueblo de Cajón de Ginebra Grande, donde la gente avanza rodando por el suelo y los policías hacen test de alcoholemia inverso. O sea, si no bebes, no conduces. Allí cerca descubrimos una playa llamada Bolivia Mar. Sin comentarios. Pasamos por Medio Mundo, ingresamos en Asia y entonces, justo antes de llegar al Fin del Mundo, nos encontramos con la Ciudad de Dios, que estaba en obras.

Ahora, la pregunta a los viajeros es: ¿quién puede decirnos dónde están todos estos lugares?

Batman, Peor es Nada, Cajón de Ginebra Grande, Bolivia Mar, Medio Mundo, Asia, Ciudad de Dios y Fin del Mundo son pueblos o lugares que realmente existen… ¿alguien puede decirme dónde demonios estoy parado?

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40- Lo que nos faltaba, llega el Anticristo | ECUADOR

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– Oigan, ¿ustedes van para Alaska? –pregunta la mujer del peaje.

Está aburrida de repetir siempre los mismos movimientos, apuntar la patente y seleccionar el tipo de vehículo en el ordenador, dar al enter, cortar la tira de papel, estirar la mano por la ventana de una habitación que sólo tiene espacio para estar sentada en la banqueta alta, que agobio no sé cómo aguanto, y recibir el dinero. Y encima, la participación en las ganancias es mínima, su sueldo pasa por sus manos cada dos horas.

Ya no piensa en su trabajo, sólo está allí, y mientras sus dedos se mueven ella hace un recuento de la ropa que hay que lavar, la cena o el vestido que vio en un escaparate. Su trabajo consiste en una serie continua de actos mecánicos, cuenta automáticamente la cantidad de ejes que tienen los camiones y furgones grandes, observa rostros que pasarán al olvido en dos segundos, da el cambio por el tamaño de las monedas y el color de los billetes, que dejan de tener valor numérico.

Pero esta vez los destinos anunciados en el lateral de la furgo –BARCELONA-ESTAMBUL-EL CAIRO-NAIROBI-CAPE TOWN-BUENOS AIRES-USHUAIA-MEXICO DF-PRUDHOE BAY-VLADIVOSTOK-MOSCU-BARCELONA- la despierta del sopor cotidiano, de la repetición infinita de un trabajo predestinado a R2D2 y C3PO, los robots jubilados de la Guerra de las Galaxias.

– Oigan, ¿ustedes van para Alaska?

– Sí…

– Pero eso queda para el norte… Tienen que dar la vuelta allí a cien metros y volver por esta misma ruta.

Pero no, ahora vamos hacia el sur. Imagino que es la palabra la que suena bonita, sur, aunque esta vez no lleguemos tan abajo como a veces pide el cuerpo. No es un tango, pero casi.

Suponemos que Ecuador es un país bellísimo, pero después de un mes de lluvias decidimos volver atrás. Las tormentas se cebaron con esta porción del mundo y los datos ofrecidos por los periódicos son una caja de resonancia a los desastres que nos sorprenden detrás de una curva, aunque a escala nacional.

– No sé quien estuvo por aquí, si Chavez, Bush o el tío Osama -le digo a Anna. -Pero esto comienza a oler a sulfuro.

Y no es una batería recalentada, como nos ocurrió una vez. Aquí hay puentes caídos, rutas arrasadas hasta la tierra original, regiones enteras inundadas, corrimientos de tierra, ríos desbordados y desazón. Las nubes cubren completamente el cielo casi a diario, cerrando los ojos a un país escondido. La vida a nivel de la tierra suple con amabilidad el enfado de la naturaleza.

– Volvió la niña -repiten los vecinos en las esquinas.

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Nadie alza la voz. Supongo que es la manera de no atraer un poco más a los demonios que no se presentan oficialmente. De momento ningún periódico lo anunció con letras grandes: HA LLEGADO LA NIÑA. La tan temida, caprichosa y jodida Niña, hermana del Niño, que con sus rabietas trae el caos, todavía no está entre nosotros. Menos mal, porque entre la erupción del volcán Tungurahua, la tensión militar con Colombia y lo que está cayendo, Ecuador ya parece el centro de aterrizaje del Anticristo.

Abandonamos Ecuador y apenas entramos en los desiertos de Perú, el moho asentado en las paredes internas de la furgoneta comenzó a secarse. Compramos una bolsa con casi veinte mangos por un dólar a un productor que carga un camión y seguimos hacia la costa. Lentamente la ruta pierde el verde y vuelve al amarillo claro, a la tierra deshecha que te permite salir del camino y abandonarte en cualquier dirección.

En nuestro imaginario, Perú se ha convertido en muchas cosas. Perú es Egipto en Sudamérica por la cantidad impresionante de sitios arqueológicos aún desconocidos en el extranjero. Perú es gente amable, aunque no todos los viajeros que pasaron por aquí tuvieron las mismas buenas experiencias. Perú es rico, es seviche (el nombre original es con ese) cerca del mar, es chupe de camarones en Tacna, es parihuela en Huanchaco, es cuy chactado en Moquegua, es tacu tacu en Lima, es arroz con mariscos, es tiradito, jalea, chicharrones, chicha morada, sopas con pelo de cocinera en los menús de medio euro para que sea más rica, guatita y causa, que en cada lugar te la sirven distinta. Sí, Perú es rico, y no cuesta demasiado volver.

Dos semanas más tarde llegamos a Lima. Y el suelo comenzó a temblar.




34- PERÚ Desconocido: El Cañón del Pato.

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         No se pueden perder el Cañón del Pato. El camino no es bueno, pero vale la pena.

Conan, productor del programa de televisión Perú Aventura, había combinado las palabras mágicas. Un sitio que no aparece en las guías turísticas, bonito y complicado. ¿Qué puede ser más tentador?

Después de recorrer la Ruta de las Mil Curvas (y los Cien Mil Baches) nuestro cerebro había tomado la consistencia del yogur. Era inevitable, los pasos a cuatro mil ochocientos metros alrededor del Huascarán y las pistas bombardeadas habían mareado y sacudido nuestras neuronas contra las paredes hastiadas del cráneo. K.O. técnico, nadie tira la toalla, pero hasta Mohammed Alí en sus momentos lúcidos hubiera aceptado que el camino había sido una buena paliza.

Por eso, porque nunca es suficiente, porque no hay nada tan rabiosamente bonito como perderte donde nadie te ha llamado, retomamos la ruta por el Callejón de Huaylas hacia los desiertos del norte. La china Mari, los Albrizzio, el amigo Benjamín Franklin, todos aseguraron que las playas de aguas templadas, ese lugar mítico que veníamos persiguiendo desde la Patagonia, estaban cerca. Sólo hay que doblar el Cabo Blanco, el sitio donde la corriente helada de Humboldt abandona la costa a la lógica. Lo extraño es que a seis grados al sur del Ecuador, el agua del océano sólo sea apta para pingüinos.

Pero todavía falta, dentro de la Mitsu suena Creedence y el camino de tierra se estrecha hasta dejar un solo carril. El cielo se transforma en una línea delgada e irregular, empequeñece hasta provocar angustia y finalmente desaparece en un agujero negro. Comienzan los túneles del Cañón del Pato.

Los caminos más interesantes son aquellos que nadie recorre. Hay menos tráfico, menos casas, más sitios donde dormir en medio de la nada y más sorpresas. El vacío puede ser tan interesante como la multitud de un mercado caótico. Te dejas guiar por el instinto y nada puede ser tan tentador como una duda, como la posibilidad de encontrar algo equivocando el camino.

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A la salida del primer túnel aparece un puente colgante. Al otro lado hay un par de parcelas arrebatadas a la pendiente. El segundo túnel tiene un desvío cerrado por un cúmulo de tierra. Aparcamos la Mitsu y caminamos tanteando el suelo hacia la luz blanca. Al otro lado del río aparece la central eléctrica inutilizada por el terremoto de 1970, el mismo que convirtió a Yungay, a sólo cuarenta kilómetros al sur, en la Pompeya del siglo XX: el alud de piedra y barro que llegó después del temblor cubrió el pueblo colonial y enterró vivos a más de 20.000 de habitantes. Casi toda la población pereció durante un minuto tumultuoso. La masacre sólo dejó a la vista las copas de cuatro palmeras que parecen enanas y un par de coches convertidos en chatarra turística. Porque para entrar al cementerio, al sitio de la catástrofe, también hay que pagar entrada. Todo tiene morbo.

Observo el cañón, la naturaleza apacible e impresionante de las paredes verticales, e imagino una montaña de muertos, ¿a qué altura llegará una pila de 20.000 cadáveres? Entonces el suelo comienza a vibrar nuevamente, un murmullo oscuro y grave se abre paso a través de la roca. Observo a Anna, también está desconcertada. Espero un temblor, guijarros rodando ladera abajo, piedras abandonando el techo del túnel, el triunfo de la gravedad. Pero no, al fondo, junto a la Mitsu, se arrastra la silueta de un camión viejo y fumador que se aleja tosiendo con asma.

Los más de cuarenta túneles del Cañón del Pato terminan cuando las paredes se separan en un pueblo minero. El camino cruza aldeas cubiertas de polvo y calamina, evita desvíos aún más inciertos y nos acuna bajo unos árboles a diez metros de la ruta. Nos detenemos junto a un cartel que promueve la TRUCHICULTURA y decido iniciar una lista de palabras que a veces echo de menos: extrañar, trucho, boludo, lavandina, calefón, pibe, plata, guita, alcaucil, pool, colectivo, bondi, fiaca, flipar…

Dejamos atrás el pueblo de Suchiman (Perú es uno de los países con más inmigrantes japoneses del mundo) y horas más tarde llegamos al Océano Pacífico.

         Todavía está fría –dice Anna desde la orilla.

Remera, pullover, kiosco, durazno, viejita, che, ñata, fainá, choclo, canilla, chaucha, los kilómetros pasan y el desierto continúa. Hacia el sur está mi diccionario original,  chimichurri, mantecol, alfajor, chinchulín, provoleta, milanesa, tira de asado, cuatro mil kilómetros hasta la próxima empanada de carne cortada a cuchillo. Lo extraño es que sea para el otro lado. También parece que se acerca el mediodía, con sólo pensar en algunas palabras mis dientes comienzan a moverse automáticamente. Si no tengo hambre, me la invento.

A la entrada de Trujillo nos detenemos frente al puesto sencillo de un soldador. A unos metros comienza una rotonda, queremos ir a Huanchaco, en la costa, pero los carteles sólo anuncian el camino hacia el centro de la ciudad y a Chiclayo. El hombre deja de sacar chispas a un pedazo de fierro y nos indica el desvío de la izquierda con una sonrisa. La gente del Perú suele ser terriblemente amable. Vuelvo a arrancar, cubrimos los cuatro metros que nos separan de la esquina y escuchamos el sonido agudo de un silbato.

(continúa en Policías y Ladrones)