205- Fotografías de El Libro de la Independencia | EGIPTO

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Nuweiba es una playa hermosa y desconocida en el golfo de Aqaba con nombre de princesa africana. Allí desembarcamos en un ferry desde Aqaba. Los caminos nos llevaron hacia el centro de la península del Sinaí, hasta la capilla ubicada en la cima de la montaña donde muchos creen que Moisés recibió Los 10 Mandamientos directamente de Dios.

Luego apareció Samir en el caos de El Cairo. Una coincidencia que nos abrió la puerta de su casa y su pueblo, Abu Sir, durante uno de los momentos más especiales del año en cualquier país musulmán: la fiesta del final de Ramadán.

Hay fotografías de momentos inolvidables en la ruta de los oasis del Sahara, de noches durmiendo bajo millones de estrellas y días perdidos entre las callejuelas del centro abandonado de antiguos pueblos de adobe como Qasr. Si has viajado al fondo de los desiertos de África o has visto la película El Cielo Protector de Bernardo Bertolucci, sabrás de lo que estoy hablando.

Si, también hay fotos de pirámides y templos faraónicos, por supuesto, pero sobre todo hay muchas fotografías de personas, de todos aquellos que aparecen en El Libro de la Independencia. Y hasta fotos de barcos que cruzan lagos imposibles rodeados de arena hacia tierras aún más desconocidas. Hacia Sudán, hacia la continuación de la historia en el libro Por el Mal Camino.

Estas son todas las fotografías del capítulo sobre Egipto de incluidas en El Libro de la Independencia, de la serie de libros de viaje La Vuelta al Mundo en 10 Años.

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Encuentra las historias que acompañan éstas fotografías en ‘El Libro de la Independencia’ (ISBN 978-84-613-8678-9), de la serie de libros de viaje La Vuelta al Mundo en 10 Años.

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204- Cásate conmigo 1. Historias de amor en el Egipto tradicional

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Poco ha cambiado en Abu Sir desde la época de los faraones.

El pueblo sigue siendo un laberinto de callejuelas retorcidas y pa­redes de adobe gastadas. Las casas están habitadas por mujeres gruesas, niños hiperactivos y hombres con bigote que llevan ves­tidos largos, como sus tatarabuelos. Todos sueñan con poseer una camioneta-taxi que viaje a la ciudad cargada de gente, pero en la vida real se conforman con un burro. Sí, hay algunos teléfonos, bastantes televisores y muchos radiocasetes que hacen de las calles un remix de oraciones a Allah y música pop egipcia, pero sólo es el maquillaje que oculta el curso tradicional del Nilo.

Los niños crecen pactando las horas de escuela con las horas de trabajo. Arrean los animales, acomodan cajas y vocean en los mercados. En las tardes libres persiguen balones en los campos baldíos del desierto o gambetean las lápidas del cementerio donde cada viernes se reúnen las familias para almorzar con sus muertos. También tienen juguetes de colores, armas para matar sionistas in­visibles y coches que sólo podría conducir una cucaracha, pero cuando suben a los montes pelados de las afueras de Abu Sir se divierten levantando una bolsa de plástico atada a la punta de un palo. Y si el viento ayuda, tenemos una nueva bandera de libertad.

Las mujeres enseñan el rostro, los tobillos y las manos mientras caminan con cubos de agua en equilibrio delicado sobre su cabeza. O mientras cargan enormes atados de pastos recién segados para los animales que hoy se quedaron en casa; o la ropa limpia, o las alfombras que acaban de lavar en la orilla del canal. Sus vestidos rojos, azules o púrpuras contrastan con los muros blancos cubiertos de dibujos naïf. Hay aviones, barcos, autobuses y re­presentaciones de la Kaaba, el sitio más sagrado del Islam. Son los hogares de quienes han cumplido con el hajj, la peregrinación anual a La Meca.

Al anochecer las calles se tiñen lentamente de amarillo, iluminadas por las bombillas desnudas de los comer­cios que permanecen abiertos hasta que el vendedor se queda dor­mido. En los techos se suceden maullidos y cacareos desesperados, los gatos compiten con los gallos por la propiedad de las gallinas. A esa hora todos los televisores se concentran en las desdichas de Mansur, el protago­nista de la telenovela de moda en la televisión egipcia. Los comerciantes confían en la honestidad de los vecinos y se centran en la pantalla. Las mujeres se encuen­tran en las casas y los hombres dejan de jugar ruidosas partidas de dominó para atender el episodio del día. ¿Podrá Mansur vencer sus malos instintos y comportarse como un hom­bre decente? ¿Dejará de meterse en problemas y de engañar a sus amigos? ¿Podrá encarrilar su vida y llevar la felicidad a su familia como un buen musulmán?

Aparte del ayuno por Ramadán y las andanzas de Mansur, en Abu Sir nada parece demasiado importante. Las pirámides de la Quinta Dinastía que se levantan en el horizonte han visto nacer, llorar, reír y morir a muchas generaciones. Vieron a Samir con veinticinco años diri­girse a una fiesta con el monólogo aprendido para pedir a Fregha, cásate conmigo. Habían conversado poco, los hombres y las mu­jeres no se mezclan a no ser que sean de la misma familia, pero lo que veían les gustaba. Él era un buen musulmán, practicaba karate y tenía músculos de acero. Ella era bonita, tenía una sonrisa pícara y reía mucho. Él dijo todo lo que esperaba de ella y que, a diferen­cia de otros hombres, quería tener una sola mujer. Ella volvió a reír y aceptó.

Unos días más tarde el padre de Samir golpeó la puerta de la familia de Fregha. Tenía algo muy importante que arreglar con el hombre de la casa. Se sentaron frente a frente separados por una mesa baja. Bebieron té, comieron pasteles cubiertos de almíbar, hablaron orgullosos de sus vidas y sus negocios, fumaron narguile y arreglaron la dote que Samir debía pagar por la boda. Ella era una chica respetuosa, bien educada, y sabía hacer muchas cosas. Pero había amor de por medio, así que el padre de ella pidió una dote razonable.

Meses después se casaron. Ella pronto quedó embarazada y tuvie­ron un varón, una auténtica bendición de Allah. Samir compró una casa antigua en el centro del laberinto estrecho de Abu Sir y con el tiempo dejaron de criar gallinas y alimentar gatos. El gallo terminó en la olla.

(Extracto de ‘El Libro de la Independencia’, de la serie de libros sobre La Vuelta al Mundo en 10 Años)




Gracias Egipto

La Vuelta al Mundo en 10 Años - @viajeros4x4x4
  • A Adam, sudanés de Nuweiba, Sinaí, por su hospitalidad, por darnos todo a cambio de nada, a pesar de no haber turistas con quienes ganarse la vida por culpa de la guerra en Israel.
  • A Samir de Abu Sir, por rescatarnos del caos de Cairo y llevarnos a su casa; por los 10 días que nos quedamos allí, por las noches de shisha y juegos en el coffeeshop, por el pan duro y el té dulce. Porque no fue un friend, fue un brother.
  • A los tantos desconocidos y curiosos que durante todo el camino nos ofrecieron té y narguile con amistad.
  • A Filiberto Spagnoli, italiano. Abuelo viajero de 65 años que hablaba todo el tiempo y nos preparó auténtica pasta italiana. Llevaba toneladas en su caravana.

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