252- Los vendedores invisibles del Río Grande (2ª parte) | FRONTERA MÉXICO-ESTADOS UNIDOS

(Viene de Los vendedores invisibles del Río Grande)

Los ochenta kilómetros de terracería que intentan seguir el curso del Río Grande entre los pequeños caseríos de Castolon (¿un derivativo anglo de Castellano-Castillan?) y Río Grande están salpicados de zonas de acampada aisladas. Subes y bajas quebradas áridas, te lanzas con tu todo terreno por llanuras secas, te cruzas con algún pequeño correcaminos y poco más. En invierno el Parque Nacional de Big Bend parece vacío, un remedo marrón, bonito y simple del Death Valley, sin turistas, sin grandes caravanas ni detalles geográficos memorables. Es la transición entre la variedad orográfica del centro oeste de Estados Unidos y la aburrida llanura productiva del este. Son las últimas montañas.

Pero hay algo más que me llama la atención por su uniformidad y su persistencia: unas camionetas todo terreno blancas con las puertas delanteras pintadas con una franja verde, que aparecen y desaparecen levantando polvo una o dos veces por día. Son La Migra, la Patrulla Fronteriza, el Border Patrol. Ellos se encargan de perseguir a los Invisibles y a los valientes desesperados que llegan de Centroamérica y México para intentar la travesía del desierto. Por allí pasan los desahuciados, los desilusionados por sus propios países, los que se lanzan a cumplir el sueño de una vida mejor sin haber asistido a un curso de supervivencia en regiones hostiles.

Los Invisibles comenzaron a aparecer en nuestro camino en los alrededores del campamento de Río Grande. Los senderos recomendados en el mapa oficial (los únicos recorridos por los turistas) empezaron a presentarse adornados con pequeños saltamontes de colores metálicos y pedacitos de cartón con precios en dólares. Seis era el número que se repetía una y otra vez, aquí o más allá. Seis dólares los saltamontes verdes, seis dólares los escorpiones dorados, seis dólares las libélulas rojas, seis dólares los bastones de madera que ayudan a caminar.

El inventario siempre aparecía acomodado sobre una roca anónima del sendero, junto a un envase de vidrio sin tapa –la hucha donde dejar el dinero. A veces también encontraba piedras de un azul traslúcido y sorprendente, o de un negro carbón sólido e inescrutable. Las artesanías y las piedras siempre estaban solas, a pocos pasos del río que fluye con calma, ajeno a las intrigas fronterizas del ser humano. México está allí enfrente, sería fácil cruzar al otro lado en una contramigración simbólica.

Una y otra vez me detuve junto a los saltamontes, los escorpiones y las libélulas inmóviles que se repetían sobre una roca parecida a la anterior, buscando a los Invisibles entre las cañas que beben del Río Grande. Quizás estuvieran sentados sobre el peñasco más cercano, quizás observaran desde la otra orilla. Sabía que ellos, los hombres, mujeres o niños que habían colocado allí las artesanías que tenían prohibido vender en Estados Unidos, estarían cerca. Quizás vigilarían a la Migra que vigilaba el río. La Migra, que también debe saber que la gente tiene que vivir de algo.

‘¿Qué harías si encontrásemos a un par de migrantes por aquí, camino del norte, en el desierto?’ me preguntó Anna una de esas tardes, mientras tejía una nueva pulsera de hilo para vender en Estados Unidos. Durante la noche anterior habíamos escuchado chapoteos, algún par de ladridos y nuevamente silencio.

‘Primero lo abrigaría. Le daría alguna de nuestras mantas. Está haciendo mucho frío por las noches. Y luego prepararía una comida enorme, con todo lo que tenemos en el armario.’

(Continúa en Félix, cuando los vendedores invisibles se hacen visibles)

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Pablo Rey (Buenos Aires) y Anna Callau (Barcelona) viajan por el mundo desde el año 2000 en una furgoneta Mitsubishi Delica L300 4×4 llamada La Cucaracha. En estos años veinte años de movimiento constante consiguieron un máster en el arte de sobrevivir y resolver problemas (policías corruptos y roturas de motor en el Sáhara, por ejemplo) en lugares lejanos.

Durante tres años recorrieron Oriente Próximo y África, de El Cairo a Ciudad del Cabo; estuvieron 7 años por toda Sudamérica y otros 7 años explorando casi cada rincón de América Central y Norteamérica. En el camino cruzaron el Océano Atlántico Sur en un barco de pesca, descendieron un río del Amazonas en una balsa de troncos y caminaron entre leones y elefantes armados con un cuchillo suizo.

En los últimos años comenzaron a viajar a pie (Pirineos entre el Mediterráneo y el Océano Atlántico, 2 meses) y en motocicleta (Asia) con el menor equipaje posible. Participan en ferias del libro y de viaje de todo el mundo, y dan charlas y conferencias en escuelas, universidades, museos y centros culturales. Pablo ha escrito tres libros en castellano (uno ya se consigue en inglés) y muchas historias para revistas de viaje y todo terreno como Overland Journal (Estados Unidos) y Lonely Planet (España).

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina, el viaje es la vida.

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