04- Ay, ay, karaoke en PARAGUAY

Bajo el mediodía paraguayo hace tanto calor que hasta los animales se esconden bajo las matas espesas que crecen a ambos lados del asfalto perfecto. El pretendido corredor entre el Atlántico y el Pacífico está vacío, ni un solo camión se atreve a calentar sus neumáticos bajo este sol, más digno de Mercurio que de la Tierra. Incluso orinar es un recuerdo. Los líquidos se eliminan por transpiración. En el hemisferio sur el verano es para recorrer la Patagonia, no el Chaco.

En medio de éste horno verde y salvaje, el cri cri de los insectos se superpone con el ronroneo del motor creando una sinfonía extraña. Saltamontes calibre magnum zumban junto a la furgoneta como proyectiles vivos que de tanto en tanto se estrellan contra la carrocería despertando sonidos metálicos. En las rectas interminables, alguna de hasta ciento veinte kilómetros, los conductores de autobús se entretienen atropellando pájaros. Cuando llegan a destino cuentan sus víctimas despegándolas del radiador.

A cincuenta kilómetros de la frontera con Bolivia aparecen dos camiones cruzados en la ruta. Nos detenemos y observamos. Cinco años atrás, la misma situación fue el anuncio de un asalto en Kenia. Hoy aparece un hombre sin prisa que anuncia que dormiremos aquí, junto al campamento City Paradise, en medio de la nada. El camino está cortado por las lluvias que cayeron durante la noche. Mañana, con sol y suerte, podremos seguir adelante, como los cuatro autobuses llenos de turistas aburridos que se acumulan más allá. Paciencia. Aquí no hay nada, sólo Chaco y mosquitos, paciencia.

De picnic en el medio de la ruta.

Compramos algunas cervezas sorprendentemente frías, siempre algún negocio se organiza, y acampamos en el medio de la calzada. Al anochecer nos ganamos un recorrido turístico. La mascota del City Paradise es un pecarí llamado Tuki que se cree un perro y, apenas acaricio su pelo duro, continúa rascándose contra mi pantalón. Aquí todo es industrial, nada parece hecho para permanecer. En un año esto será otro terreno baldío y contaminado junto a la carretera.

Tras la última puerta se escucha el ritmo pegajoso de una canción romántica interpretada con un teclado eléctrico. La abrimos y una avalancha de aire distinto me provoca algo tan olvidado como un escalofrío. ¡Aire acondicionado!

Detrás de un escritorio, dos hombres de unos cincuenta años cantan a su manera. Leen con más o menos fortuna las palabras que van tiñéndose de rojo en la pantalla de un ordenador. A un lado de la sala pequeña, otro hombre que me recuerda a un antiguo suegro bebe alcohol de caña nacional. Puro ron de campo paraguayo. Se llama Felipe y su media sonrisa permanente bajo sus ojos saltones ayudan a entrar en confianza. Sólo le falta mover la cabeza al ritmo de la canción y, sí, ahí comienza el balanceo.

         ¡A cantar! ¡A cantar! –afirma ofreciéndome su vaso cuando el dúo Juan y Juan termina su interpretación.

         ¡Puuuhhh! ¡Esto es dinamita! ¡Un par de tragos más y me atrevo con Chiquitita! –le grito.

Tuki, la mascota del campamento

Tomamos un primer contacto con el ordenador, buscamos en la selección de música internacional (¿quién elige lo que se incluye en un karaoke? ¿Habrá algo de Sepultura o Megadeth?) y retorno intimidado por mi educación a buscar otro trago de ron.

Me siento y observo a los trabajadores que abren la puerta y pasan, está corriendo la voz, dos gringos cantan esta noche en exclusiva. Todos cuchichean entre sí, alguno da un paso al frente y se anima a una canción popular paraguaya siguiendo el ritmo insoportablemente eléctrico que huye por los altavoces.

Otra gente llega, alguna se va, tomo otro trago del ron de Felipe, esto pega, y cuando termina la canción agarro a Anna de la mano y la arrastro al escenario improvisado. Esto es historia. Buscamos las canciones de la vuelta al mundo. ‘De Dieguitos y Mafaldas’ no está. ¿Y Ketama?

–      Noes tamos loookos, que sabemos lo que kereeeemos, viiive la viiiida igual que-si-fuera-un-sueño!!!

Perdón, no debería estar ofendiendo a los Carmona de esta manera, aunque seguro lo entenderían si estuvieran bloqueados por las lluvias una noche de verano, en el centro del llano, húmedo y deshabitado Chaco paraguayo. Los restos curtidos de estos hombres solos sonríen sin maldad, un pellizco de picardía aparece por el rabillo de los jóvenes que darían demasiado por probar algo distinto. Una rubia de ojos claros cae como una bomba exótica en un campamento de hombres que sólo ven mujeres cada veintiséis días. Demasiado tiempo.

             Voooolaaaré oh-oh! Cantaré, oh-oh-oh-oh!

Mientras canto, o chillo, o algo así, un hombre parecido a Don Johnson pero con ocho dientes menos saca a bailar a Anna.

Somos las nuevas estrellas del karaoke, desentonando canciones sin vergüenza ni pudor para sorpresa no sólo de los trabajadores paraguayos. Total, ¿quién nos conoce en el Chaco?

         Tú queeres tan guaaapa y tan liiiinda, tú quete mereeces un príncipe un dentista, túuuu… te quedas a mi laaado y el mundo me parece más amable, más humano menos maaalo…

La vida es rara, sobre todo cuando te enseña que la felicidad puede ser cantar karaoke con una pandilla de obreros en el medio de otro fin del mundo, en el medio de la nada, en el medio del Chaco.

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El Libro de la Independencia. ISBN 978-84-616-9037-4

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Pablo Rey (Buenos Aires) y Anna Callau (Barcelona) viajan por el mundo desde el año 2000 en una furgoneta Mitsubishi Delica L300 4×4 llamada La Cucaracha. En estos años veinte años de movimiento constante consiguieron un máster en el arte de sobrevivir y resolver problemas (policías corruptos y roturas de motor en el Sáhara, por ejemplo) en lugares lejanos.

Durante tres años recorrieron Oriente Próximo y África, de El Cairo a Ciudad del Cabo; estuvieron 7 años por toda Sudamérica y otros 7 años explorando casi cada rincón de América Central y Norteamérica. En el camino cruzaron el Océano Atlántico Sur en un barco de pesca, descendieron un río del Amazonas en una balsa de troncos y caminaron entre leones y elefantes armados con un cuchillo suizo.

En los últimos años comenzaron a viajar a pie (Pirineos entre el Mediterráneo y el Océano Atlántico, 2 meses) y en motocicleta (Asia) con el menor equipaje posible. Participan en ferias del libro y de viaje de todo el mundo, y dan charlas y conferencias en escuelas, universidades, museos y centros culturales. Pablo ha escrito tres libros en castellano (uno ya se consigue en inglés) y muchas historias para revistas de viaje y todo terreno como Overland Journal (Estados Unidos) y Lonely Planet (España).

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina, el viaje es la vida.

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