217- Lugares para conocer antes de morir: Tierra de Cañones (Estados Unidos)

Los 'Narrows', en el Parque Nacional Zion, Utah

Cuando se habla de cañones lo primero que se proyecta en la cabeza de la gente suele ser el Gran Cañón del Río Colorado. El Gran McDonalds de la naturaleza en Estados Unidos.

Hay que decirlo: Sí, es bonito. Vale la pena. Es cierto, es grande. Si no vas a caminar y te acercas solo a la orilla sur, con un día es más que suficiente. Lo siento mucho por los que fueron a ver el Gran Cañón cerca de Las Vegas: los engañaron. Para ver el Gran Cañón en toda su bestialidad hay que ir al Parque Nacional, a cientos de kilómetros de distancia.

Ya está, ahora puedo hablar del resto de los cañones que hay en el centro de Estados Unidos. Lugares en la sombra para quienes no conocen la variedad que hay entre Utah (principalmente), Arizona, Colorado y hasta New Mexico.

¿Recuerdan la película 127 horas? La historia ocurre en Utah, la auténtica tierra de cañones. El mismo estado donde puedes caminar entre las agujas de cuento de hadas de Bryce Canyon o avanzar por el sendero de agua de los Narrows, dentro del Parque Nacional Zion. Aunque lo verdaderamente recomendable es aparcar a un lado de las rutas vacías que cruzan el sur del estado y perderte por cualquier riera seca. La sorpresa, y la aventura, están garantizadas.

Si estás con un todo terreno y quieres tentar tus límites te recomiendo ir cerca de Moab, al Canyonlands National Park. La pobre Cucaracha lo sufrió y en el camino se transformó en la Cucaracha Voladora.

Si quieres hacer algo más tranquilo, tipo Conde Nast, vete cerca de Page, en Arizona, a ver el Antelope Canyon. En el camino puedes desviarte para ver el Horseshoe Bend. Aparentemente siempre está lleno de turistas japoneses. Y si quieres un poco más de adrenalina, la ruta que avanza hacia el sur pasa por un Slot Canyon, un cañón que no tiene más de un metro de ancho. Son tierras amerindias, y para entrar necesitarías un permiso. Pero…

Otros parques nacionales de la tierra de cañones que valen la pena visitar: Black Canyon of the Gunnison National Park (Colorado), Capitol Reef National Park (Utah), Arches National Park (Utah), Glen Canyon National Recreation Area (Utah), Grand Staircase Escalante National Monument (Utah)…




208- 3 gringos, 10 días y una balsa de 6 troncos, 2ª parte | REVISTA OVERLAND JOURNAL

La Vuelta al Mundo en 10 Años - Viajeros4x4x4 - Around the World in 10 Years

Esta es la segunda parte de una historia que escribí para la revista Overland Journal, de Estados Unidos, que salió publicada en el número de invierno del año 2011. Editada en inglés, es probable que Overland Journal sea la mejor revista de viajes y aventuras en moto y 4×4 del mundo.

Lee la 1ª parte en 3 Gringos, 10 días y una balsa de 6 troncos

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En Sudamérica los carnívoros son silenciosos

Aventura es comenzar algo sin saber dónde vas a terminar. Hoy quiero matar la noche, no sé dónde, no sé cómo, no sé con quién, hasta que la primera luz me deje ciego. Es empezar a escribir caóticamente sin saber qué quieres decir, hasta que las palabras comienzan a encajar. Aventura es adrenalina y una pequeña dosis de miedo, es iniciar senderos nuevos, distintos, propios. Es salir a la naturaleza sin estar completamente preparado. Es renunciar a tu trabajo para iniciar una nueva vida. Aventura es la duda, es abandonar la seguridad, es nacer sin habértelo propuesto, pero dispuesto a que el camino a la muerte haya valido la pena.

A las once de la mañana la vida es perfecta, o se asemeja bastante a lo que debería ser. Las nubes cubren los montes que se levantan sobre la orilla izquierda, de tierra oscura y piedras blancas, pero estamos a mediados de la época seca. Agosto es un buen mes para lanzarse a los ríos de la Amazonia. No, no debería llover. Empujamos el R.M.S. Titanic II al agua y partimos. Que sea lo que Dios quiera.

El primer descubrimiento es que una balsa no reacciona como un coche. Una balsa es un tanque lento y pesado patinando sobre una mancha de aceite que se mueve al mismo tiempo, pero en otra dirección. ‘Ustedes son unos inconscientes. Con lo que le costó al hombre enviar un todo terreno a Marte y ustedes se van de viaje como si todavía estuvieran en la edad de piedra’ repite una voz interna, familiar. Es el pequeño demonio sedentario que nunca se cansa de meterse en mis asuntos.

Poco a poco nos acomodamos y nos dejamos llevar por la corriente. De vez en cuando damos alguna palada espontánea con los remos para enderezar el rumbo o ganar confianza. Nadie habla, después de los primeros momentos de emoción el silencio es exagerado. Como si hubiéramos entrado en una iglesia antigua, en el templo original y común de todos los hombres.

A los lados, árboles de hojas verdes, amarillas y rojo sangre esconden el resto del mundo tras una muralla de vegetación. Después de la primera línea no se ve nada, solo se oyen las voces de la selva que crecen, varían y se repiten. Son monos aulladores, son pájaros de colores intensos que quiebran el silencio con gorjeos, trinos y cacareos. Sin duda, nos estamos metiendo en otro fin del mundo.

A medida que avanzamos el río se divide en brazos y adivinar el bueno no es sencillo. Somos tres y siempre hay tres posibilidades: derecha, centro e izquierda. Si tomamos el primer desvío la corriente del siguiente brazo nos empujará contra la orilla erizada de cañas afiladas. Por el centro podemos quedar varados sobre las piedras y el último desvío quizá termine en una laguna sin salida. Una pandilla de cotorras anarquistas ríe volando entre los árboles; no es tan fácil ponerse de acuerdo.

Entonces el primer rápido se adelanta y se convierte en el grito de un animal salvaje corriendo hacia nosotros. ¿Por dónde lo tomamos? La ruta transparente revela el fondo que se mueve a toda velocidad a pocos centímetros de nuestros pies. Bailamos sobre un rocódromo sumergido mientras la balsa se sacude desnuda. Las piedras se suceden en una granizada violenta, horizontal. Evitamos ramas, troncos que sobresalen del agua, remolinos traicioneros, burbujas y espuma envenenada. Volamos sobre el río y otra piedra, quizás la misma de antes, aparece delante para volver a morder. El agua choca contra la proa despareja del Titanic, se repele y estalla. Anna y yo remamos delante, empapados, forzando los brazos para quebrar la corriente. Mauro, instalado detrás, empuja la tangana contra el suelo fugaz intentando enderezar la balsa, que insiste en ofrecer su mejilla. Cantos rodados del tamaño de cráneos sumergidos rozan la madera liviana. La tangana se quiebra, pero estamos fuera.

Entonces me pongo en pie para celebrar, resbalo sobre los troncos mojados y caigo al agua. Todavía no vimos caimanes. Quizás éste sea el momento.

A media tarde, cuatro horas después de partir, nos detenemos junto a la desembocadura de un arroyo seco. Y después de amarrar la balsa en la orilla y armar el campamento lo suficientemente alto como para evitar una crecida repentina, busco ramas para hacer un fuego. No hace frío, pero un café caliente ayuda a secar el alma, húmeda bajo la ropa empapada por el río. Empieza un ritual que durará diez días.

Al atardecer comienza a llover. Nos refugiamos dentro de la tienda, hace calor. ¿No estábamos en la época seca? ¿Crecerá el río? Estamos cerca del Ecuador y el día se reparte equitativamente entre luces y sombras, aunque las noches, llenas de relámpagos y voces en otros idiomas, parecen más largas.

Recuerdo África. Sí, de noche extraño el ronquido de los hipopótamos. Faltan los rugidos de los leones acorralando una cría de elefante que berrea desesperada junto a su madre. Faltan las risas histéricas de las hienas. En Sudamérica los carnívoros son silenciosos.

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El último refugio de los incas

Media hora antes del amanecer suena el despertador natural de la selva. Los pájaros presienten la salida del sol y comienzan a piar y cantar en un coro que crece y se multiplica. Los monos se desperezan a los gritos. Pronto, la naturaleza entra en ebullición, CU-CU, A-AH, y llega a su éxtasis cuando los primeros rayos de luz pálida atraviesan las ramas.

Salgo de la tienda y estiro los brazos. Anoche llovió, pero el río continúa en su sitio. No hay plásticos a la vista. Junto a mis pies hay huellas frescas de gato. Otorongo, tigre, jaguar, da igual como lo llamen: son huellas de un carnívoro grande.

A partir de las diez de la mañana el sol pega fuerte y los insectos se multiplican buscando su desayuno. Hay una mosquita blanca casi invisible que siente una debilidad casi fetichista por la piel de los brazos de Anna. También hay mosquitos y jejenes, pequeños dráculas chupadores de sangre, los espantas pero nunca se dan por vencido. En medio de una calma del río aparece una araña caminando sobre el agua como un mesías de ocho patas. En la orilla un tapir gordo y perezoso, perfecto para un asado, atraviesa un cañaveral y se esconde tras la primera línea de vegetación. La selva es una muralla formidable.

Por más que el río corra sobre nuevos rápidos, el avance es lento. Un peque-peque, una canoa larga con tres pasajeros y algo de carga, progresa contracorriente con el motor revolucionado. Acaba de dejar la orilla derecha, donde los barriles de petróleo vacíos se acumulan como una señal de vida.

En algún lugar situado una hora después está Shipitiari, una aldea nativa donde todavía hablan machiguenga. Permanece escondida en el interior de la selva, el único sitio donde se pueden mantener las tradiciones. Allí está la casa de Noemí, una pequeña salvaje de siete años que conocimos en Salvación. Es una niña hermosa e hiperactiva de dientes desparejos, capaz de trepar árboles y personas por el frente y descender por el otro lado cabeza abajo, sin caerse. Sus compañeros de escuela dicen que su padre, el chamán de la aldea, le dio sangre de oso cuando era pequeña. Y que ella heredó su fuerza.

Un poco más adentro está el Manu, uno de los parques nacionales más impresionantes de Sudamérica. Es un paraíso denso y primitivo creado en 1973 que protege dieciséis ecosistemas distintos, declarado Patrimonio de la Humanidad y Reserva de la Biósfera. Allí, sepultada bajo montañas de vegetación, aguarda la ciudad dorada de Paititi. El último refugio de los incas continúa esquivando arqueólogos y buscadores de tesoros, perdido en algún lugar de ésta selva impenetrable.

Tres gringos atrapados en el medio del río

Cuarto día de río. El cuerpo, acribillado de ronchas, picaduras rojas y pequeños arañazos, resiste emocionado. En este momento no cambiaría este cansancio por nada del mundo a pesar de que algún tipo de insecto invisible se instaló en mis testículos. No puedo dejar de rascarme. Este regreso a la naturaleza me está convirtiendo en un chimpancé.

El nombre de nuestra nave está casi borrado. Titanic se desdibuja, la madera absorbe agua pero continúa flotando, anónima, como si la suerte hubiera vuelto a echar las cartas y los augurios ahora fueran optimistas. Recuerdo la seguridad de nuestra casa con ruedas. Recuerdo, sobre todo, la sensación de viajar seco. En una balsa te mojas más que conduciendo una moto durante un huracán en Florida.

A la izquierda se abre un brazo de unos treinta metros de ancho. El agua transparente del Alto Madre de Dios se confunde y se mezcla con el trago rojizo del río Manu que avanza desde el norte cargado de sedimentos.

–         ¡Áaar-boool! –grita Mauro de repente, de pie en la popa, devolviéndonos a la realidad.

Y remamos, remamos duro intentando vencer a la corriente que nos lleva hacia los brazos abiertos de un árbol hundido y muerto. Hacia nuestro Moby Dick de la selva. No hay fondo, y el golpe es fuerte. Nuestro Titanic se inclina, tiene ganas de darse vuelta y arrojarnos al río. Encallamos contra un arrecife de madera y no tenemos bote salvavidas. Bueno, sí, estamos en el bote salvavidas.

Mauro clava la tangana en el agua buscando un apoyo para estabilizar la balsa. Anna salta sobre el árbol hundido y con medio cuerpo bajo el agua sostiene la balsa para que no vuelque. Yo me pongo en pie, enciendo la cámara de video y comienzo a filmar. Me quieren matar.

Treinta segundos después, cuando Anna amenaza con ahogarme si salimos de esa, busco el machete africano comprado en Uganda que nos acompaña a todos lados y corto una de las ramas. Pero el río no nos suelta, seguimos atrapados. Agarro una cuerda que llevamos atada a la balsa y salto al agua. Me afirmo sobre otra rama y comienzo a tirar de la cuerda para enderezar la balsa. Anna empuja el pedazo de madera que nos detiene en el centro del río.

Tres niños observan sorprendidos desde la orilla. La novedad no es el riesgo ni el peligro del río, son los tres gringos solos, allí, sin guía. Porque por más que hayamos nacido en Europa o Sudamérica somos blancos, somos gringos. Diez minutos más tarde conseguimos liberar la balsa, que se escurre entre los árboles muertos como una ramita arrastrada por el agua.

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Los mineros, el Salvaje Oeste y una cerveza

Adelante están las barrancas de Boca Manu, mitad del viaje, con sus casas de madera levantadas sobre calles de tierra vacías, un par de almacenes con comida, aguardiente capaz de arrancar motores y calma, mucha calma. La calma de aquellos pueblos aislados donde no hay mucho que hacer más que acostarte en una hamaca y dejar pasar las horas observando la danza, el suave volar de las moscas.

Aquí comienza el tramo más pesado del viaje. El río se ensancha y aumenta el caudal, pero va más despacio. Hay que remar durante meandros eternos, círculos casi perfectos que terminan varios kilómetros después a cien metros del inicio de la curva. El tiempo se estira, pero en distancia real no has avanzado nada.

A simple vista la selva amazónica parece espesa y vacía, pero todos los días traen sorpresas. Un ángel de color rojo verde azul amarillo papagayo, cruza el cielo sobre nuestra cabeza. Un martín pescador pasa a toda velocidad buscando comida. Hay garzas apalancadas sobre los juncos y plantas que se cierran al tacto de mis dedos. Una tortuga nos adelanta. Junto a la balsa queda la base hundida de un árbol con forma de cola de avión, timón recto, alas desplegadas, como si Jimmy Angel también se hubiera estrellado aquí.

Día ocho. Hoy vimos los primeros buscadores de oro en la orilla del río. Tenían dragas, bombas de agua y cintas transportadoras. Ni siquiera percibieron nuestro paso. Al atardecer acampamos bajo un árbol gigantesco, mientras el río avanza como un mercenario silencioso.

Día nueve. Durante los últimos días estuvimos bebiendo el agua deliciosa pero turbia del río Madre de Dios. Cuando la hervimos adopta un sorprendente sabor a humo. Pero a partir de ahora deberemos buscar agua en otro lado: estamos entrando a la zona minera de Colorado y los equipos comienzan a ocupar largas extensiones de orilla desnuda. Pequeñas canoas y botes viajan a lo largo del río llevando provisiones y trabajadores. Queríamos descubrir algo de la vida en la selva amazónica y durante los últimos días vimos como el paraíso que nos rodeaba se fue transformando en un infierno contaminado.

El mismo Colorado es un recuerdo de los pueblos del Salvaje Oeste, enclavado en el fondo de una selva sudamericana. Tiene calles sin asfaltar, casas de madera cruda, negocios de compra/venta de oro las 24 horas del día, polvo levantado por los acelerones de los tuk tuks, puestos de Inka Cola y el mordisco de la prostitución que se asoma cuando se pone el sol. Hombres y mujeres llevan la camiseta gratuita del partido político que une a los mineros, caucheros, madereros y granjeros. Gente que solo quiere extraer los recursos de la selva y dejar poco más que basura tóxica y deforestación.

Después de encontrar un hostal buscamos un bar para brindar con unas cervezas heladas. Hablamos acerca de los caminos que hay que tomar para que los sueños se vuelvan realidad. Acerca de la gente que quiere vivir aventuras pero tiene miedo de asumir riesgos. Quince días atrás no sabíamos que esta historia estaba escrita en nuestro destino. ¿Un viaje en balsa por un río del Amazonas? Sí, claro.

Ahora debemos encontrar una ruta para salir de Colorado. La Cucaracha Libre, nuestra casa 4×4, debe estar ansiosa por reemprender el camino hacia el norte por la ruta Panamericana hacia Deadhorse, Alaska. Aquí no hay buses ni taxis, la única forma de salir parece ser una larga combinación de camión-bote-camioneta que finalmente nos acerque hasta un autobús.

–          O -digo antes de tomar un trago de cerveza helada -podríamos volver al río Madre de Dios y comenzar a remar en contra de la corriente. Yo, el mono blanco, con mis amigos y los jejenes chupadores de sangre…

Entonces Anna apoya su botella de cerveza helada sobre la barra y entrecierra los ojos. Me lee, sabe que estoy a punto de comenzar a pensar en voz alta de nuevo.

–          ¿Y si…?

 




207- 3 gringos, 10 días y una balsa de 6 troncos, 1ª parte | REVISTA OVERLAND JOURNAL

La Vuelta al Mundo en 10 Años - Viajeros4x4x4 - Around the World in 10 Years

Esta es la primera parte de una historia que escribí para la revista Overland Journal, de Estados Unidos, que salió publicada en el número de invierno del año 2011. Editada en inglés, es probable que Overland Journal sea la mejor revista de viajes y aventuras en moto y 4×4 del mundo.

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La aventura solo es aventura cuando no estás preparado para todo lo que puede ocurrir. Suele comenzar como una insinuación, cuatro palabras entre dos tragos de cerveza, un folio que se cae de los archivos de la memoria o una sugerencia despreocupada y remota recogida al vuelo por algún inconsciente que andaba cerca.

– ¿Y si…?

– ¿Por qué no?

– Dale.

Es uno de los instantes más importantes de un viaje: cuando los sueños dejan de ser una nebulosa absurda y se convierten en un plan. Cuando te das cuenta que tienes un cómplice, que esa aventura que guardabas escondida como tu pornografía particular es un deseo compartido. Es el minuto cero del viaje, todavía no saliste de casa y ya estás en problemas, cualquier insinuación de retirada te etiquetaría en la categoría gallina de ciudad.

El objetivo da igual: perderte en los desiertos del México real más allá de la colonia norteamericana de Baja California, lanzarte en paracaídas con esquíes sobre el cráter de un volcán nevado (si está en erupción, mejor) o llegar en moto o cuatro por cuatro hasta el final de la Dempster, la Dalton o la ruta Panamericana. Hasta donde se encuentre tu fin del mundo, en Tierra del Fuego, África o la Luna.

En nuestro caso, ese desafío inconsciente que a veces sale de este sitio insensato de tu cuerpo llamado boca, se había convertido en un plan descabellado. En realidad, a primera vista la idea era tan sencilla que parecía posible: había que llegar hasta el final del último camino en la selva amazónica peruana con nuestra máquina capaz de atravesar continentes (a.k.a. La Cucaracha), y seguir adelante en una balsa de troncos.

Sí, una balsa como las del viejo Tarzán en sus aventuras por África. Como las que descendieron los ríos en la carrera del oro de Alaska y Yukón. Habían pasado casi 470 años desde que el primer hombre blanco, el explorador español Francisco de Orellana, recorriera el río Amazonas desde la cima de los Andes hasta el océano Atlántico. Y nosotros seguíamos despreciando la fibra de vidrio.

Sin duda, hubiera sido más seguro hacer el viaje en kayak o canoa. Incluso hubiera estado bien conseguir un mapa decente y detallado, no esa fotocopia de mapa turístico doblado en cuatro para que entrara en el bolsillo del pantalón. Podríamos haberlo pospuesto hasta que tuviéramos el equipo adecuado. Era una excusa aceptable, de ave de corral, aunque aceptable.

Pero era ahora o nunca y, de vez en cuando, hay que cometer alguna locura. ¿De qué otra manera se podía llamar un viaje en una balsa de troncos, sin guía, por un río que no conoces de una selva lejana, infestada de caimanes y anacondas, sin teléfono satelital ni posibilidad de rescate por una ruta lateral, armado con un machete africano y una navaja suiza?

Había dos motivos importantes para lanzarnos al río: el primero era porque se nos había ocurrido. El segundo era porque si realmente queríamos conocer la selva amazónica, Anna y yo debíamos aparcar nuestra furgoneta Mitsubishi L300 4×4 de 1991 con matrícula española, llamémosle hogar durante los últimos once años de viaje alrededor del mundo, y tomar una ruta de agua.

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Treinta dólares, el precio de la aventura

Ya llevábamos cinco meses recorriendo Perú, uno de los países más interesantes de Sudamérica. Habíamos explorado extensivamente los dos mil kilómetros de desiertos costeros y sobrevolado en avioneta los dibujos gigantes de las Líneas de Nasca. Habíamos caminado hasta los pies de Machu Picchu sobre las vías del tren y cruzado varias veces los Andes sobre rutas capaces de quitarte el aliento a más de 5000 metros de altura (16.500 pies). Pero fue en Cusco, antigua capital del imperio inca, donde nos cruzamos con Mauro, un cooperante uruguayo que trabajaba casi gratis para que los niños de la selva pudiesen ir a la escuela.

Nos invitó a visitarle en Salvación, un pueblo de unos quinientos habitantes en el estado de Madre de Dios. Sobre el mapa no era lejos, trescientos kilómetros siguiendo una línea que se hacía cada vez más delgada hasta desaparecer. Sobre el terreno eran doce horas de camino tortuoso poblado de combis y camiones conducidos por kamikazes que creían en la vida eterna.

Aquella era tierra de colonos en lucha permanente por conquistar un nuevo territorio salvaje para la vida civilizada. Colonos ansiosos por conseguir una parcela de tierra para sacar madera, para cultivar maíz, para criar algo de ganado, para buscar oro. En el camino quedaba la naturaleza convertida en cadáver y las tribus que vivían allí diezmadas por el alcohol y las costumbres importadas.

La idea surgió la segunda tarde, mientras observábamos el río Alto Madre de Dios que fluía rápido, como una autopista al corazón de Sudamérica. Su destino final era el océano Atlántico, con escalas intermedias en Bolivia y Brasil donde se convertía en el río Madeira, uno de los afluentes más importantes del Amazonas. Pero no pretendíamos llegar tan lejos. El viaje en balsa podría terminar a diez días, en el pueblo minero de Colorado, de donde salía la primera ruta. Eran unos doscientos kilómetros en línea recta, sin contar curvas del río, accidentes o pirañas.

– Mauro, ¿alguna vez manejaste una balsa? Imagino que tendrás permiso de conducir… –la pregunta era importante. Alguien debería saber dónde están el volante y los frenos, porque yo no los veo.

– Sí, manejé una en la cocha.

Las cochas son lagos alargados rodeados de selva, brazos abandonados por ríos que cambian de curso después de una temporada de lluvias intensa. Pero en la cocha no hay velocidad, no hay piedras ni árboles sumergidos. Una cocha es un sitio perfecto para una vida contemplativa. Y eso no es lo que teníamos en mente.

Dos días después llegamos a Shintuya, una aldea poblada por nativos de la tribu Harakmbut, final del último camino en esa zona del estado de Madre de Dios. Está a cuarenta kilómetros de Salvación, dos horas de viaje por una ruta que nadie pintó en los mapas. Tiene unas cincuenta casas construidas con ramas y ladrillos de adobe, una misión cristiana, un bar y dos almacenes que venden arroz, aceite, galletas y poco más.

Allí vive Leoncio, el armador oficial de balsas del pueblo, que nos pide veinticuatro horas y cien soles por el trabajo. Treinta dólares, ese era el precio de la aventura. La balsa estará armada con troncos de un árbol de madera blanca y liviana llamado topa, unidos con clavos de chonta, otro árbol de madera negra y dura. El diseño (pendiente de patentar) incluye una pequeña mesita de cañas en el centro como portaequipajes y dos tanganas de cinco metros de largo, dos árboles delgados que servirán para avanzar empujando el fondo del río. Añadimos dos remos rescatados de un viejo kayak inútil y ya está. Una balsa es una balsa, no puedes elegir el color ni los acabados ni la tapicería, tan sólo el pedazo de madera cruda que te va a servir de asiento.

Al día siguiente tenemos una balsa nueva, cero kilómetro, de 4 metros de largo por 80 centímetros de ancho, aparcada en un arroyo cercano. Mientras cargamos el equipaje (una tienda de campaña, sacos de dormir, comida para diez días, una botella de ron, poca ropa, la olla de la abuela de Anna, un racimo de unos treinta plátanos y litros de spray anti mosquitos) se acercan algunos vecinos a curiosear. Señalan, comentan en voz baja y mueven la cabeza para uno y otro lado. Parece que se están despidiendo para siempre.

– Bueno… si no vuelven en un mes heredo la camioneta, ¿no? –pregunta el cura.

– Esta balsa no está bien, deberían atar los troncos con alambre. Si nunca manejaron una balsa se van a dar muchos golpes –afirma Miguel, encargado de vigilar, a veces, la tala de árboles.

– Tienen que asegurar mejor el portaequipajes, las tiras de corteza se aflojan cuando se secan –comenta Gerardo, su colega en Shintuya.

– ¿Y no sería bueno ponerle un tronquito más? –pregunta Laia, cooperante de Barcelona.

– Gracias, gracias a todos por sus palabras de apoyo y el optimismo. No es un barco pero flota. ¿Qué nombre le ponemos? –pregunto, mientras Mauro y Anna dejan de acumular provisiones sobre la arena.

Silencio. Todos miran con escepticismo y pena nuestro próximo medio de transporte. El cura, el guardaparques, su ayudante, los niños descalzos. Cambiamos un cuatro por cuatro por una balsa de troncos y los caminos de tierra por los caminos de agua. De repente, Anna comienza a reír.

– ¿Qué les parece si la llamamos Titanic?

Nunca un proyecto fue tan realista con sus posibilidades de fracaso.

(continúa en 3 Gringros, 10 días y una balsa de 6 troncos, 2ª parte)

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203- En balsa por el río Madre de Dios (historia para la revista Altaïr)

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UN EMOCIONANTE DESCENSO FLUVIAL POR LA AMAZONIA PERUANA

Ocho días llenos de esfuerzo y maravillas llevan al autor hasta el asentamiento minero de Colorado, tras superar rápidos, troncos sumergidos, caimanes y otras trampas.

La aventura solo es aventura cuando no estás preparado para lo que puede ocurrir. Suele comenzar como una sugerencia insensata, cuatro palabras entre dos tragos de cerveza, un folio que se cae de los archivos del cerebro o una sugerencia despreocupada y remota recogida al vuelo por algún inconsciente que andaba cerca. En este caso, ese inconsciente era un cooperante uruguayo de paso por Cusco llamado Mauro.

– ¿Y si…?

– ¿Por qué no?

– Dale.

Terminamos encargando una balsa en Shintuya, una comunidad nativa en la frontera del Parque Nacional Manu, en Perú. Sí, una balsa como las de Tarzán, de seis troncos de un árbol blanco y liviano llamado topa, unidos con clavos de una madera dura y negra llamada chonta. (los mismos troncos que usó Orellana para descender el Amazonas). La idea era tan sencilla que parecía posible: bajar el río Alto Madre de Dios hasta el asentamiento minero de Colorado, unos ciento cincuenta kilómetros en línea recta sin contar meandros, rápidos, troncos sumergidos o pirañas.

Había dos motivos: el primero era porque se nos había ocurrido. El segundo era porque si realmente queríamos conocer la selva amazónica, Anna y yo debíamos aparcar la furgoneta 4×4 con matrícula de Barcelona que se había convertido en nuestra casa durante los últimos 8 años de vuelta al mundo y comenzar a viajar por una ruta de agua.

Nunca una idea había sido tan realidad con sus posibilidades de fracaso, por eso a la balsa le pusimos nombre: Titanic.

OTRO FIN DEL MUNDO

Lo primero que descubrimos en el río es que una balsa no reacciona como un coche. Una balsa es un tanque lento y pesado patinando sobre una mancha de aceite que también se mueve. Luego comenzamos a mirar a los lados. Árboles de hojas verdes, amarillas y rojas esconden pájaros de colores que quiebran el silencio con gorjeos, trinos y cacareos. El agua verde pero transparente revela el fondo a pocos centímetros y lo vuelve a esconder. Estamos en mitad de la época seca, lejos de todo, en otro fin del mundo.

A medida que avanzamos el Alto Madre de Dios se divide en brazos y adivinar el bueno no es sencillo. Somos tres y siempre hay tres posibilidades: derecha, izquierda y centro. Parece una imitación de la política. Si tomamos el primer desvío la corriente del siguiente brazo nos empujará contra la orilla erizada de cañas afiladas. Por el centro podemos quedar varados sobre las piedras y el último desvío quizá termine en una laguna sin salida. Una pandilla de cotorras anarquistas ríe volando entre los árboles.

Entonces el primer rápido se adelanta convertido en el grito insistente de un animal salvaje. Bailamos sobre un rocódromo sumergido mientras la balsa se sacude desnuda, dos troncos intentan separarse, el agua se repele y estalla. Volamos sobre el río y otra piedra, quizás la misma de antes, aparece delante para volver a morder. Los remos se mantienen quietos junto al machete clavado y el cuerpo resiste acribillado por nuevas picaduras rojas. Parece que por aquí nadie alimenta a los insectos. Cuando salimos me pongo en pie para celebrar pero resbalo sobre los troncos y caigo chapoteando al agua como un gato despatarrado. Todavía no vimos caimanes.

EL PAITITI ERA VERDE

Todos los días traen sorpresas. Un tapir gordo y perezoso atraviesa un cañaveral y se esconde en la selva. Una araña llega a la balsa caminando sobre el agua como un mesías de ocho patas. Hay garzas apalancadas sobre los juncos, plantas que se cierran al tacto de mis dedos y las huellas de un otorongo, un jaguar, que amanecen junto a la tienda. Un peque-peque, una canoa larga llena de pasajeros y carga, progresa contracorriente con el motor revolucionado. A la derecha aparece una plantación de bananos, una mancha organizada en el caos natural de la selva. Los colonos reclaman otro territorio.

Ya pasamos los asentamientos de Itahuania y Bonanza y las aldeas nativas de Shipitiari y Diamante. Detrás de la orilla izquierda está el Parque Nacional Manu, un paraíso con dieciséis ecosistemas declarado Patrimonio de la Humanidad. En algún lugar, aquí cerca, descansa el Paititi, la última ciudad escondida de los incas.

Al cuarto día llegamos al trago rojizo del río Manu que avanza desde el norte. Más adelante están las barrancas de Boca Manu, mitad del viaje, con sus casas de madera entre calles de tierra vacías de motores, almacenes bien dotados de licor y calma, mucha calma. A partir de allí el río se ensancha y discurre lento, hay que remar para superar meandros interminables. Cruzamos un bosque de árboles hundidos que se estiran como los brazos de un ahogado. Un ángel de color rojo verde azul amarillo papagayo, pasa sobre nuestra cabeza. Una tortuga es la última en escapar.

Al octavo día de viaje sabemos que nos acercamos a Colorado cuando aparecen los primeros buscadores de oro. Sus cintas transportadoras ancladas en la orilla avanzan con un murmullo permanente. Llevan la camiseta de un partido político que reúne a los caucheros, madereros, mineros y agricultores de la selva, ansiosos por la tala, la minería y la agricultura. Observo la tierra removida, la transformación del paraíso en infierno contaminado y me dan ganas de volver a remar contracorriente, río arriba.

A TENER EN CUENTA

COSTE DE LA BALSA: 25 euros.

ARMADOR: Leoncio, en la comunidad de Shintuya.

COMO LLEGAR: en bus desde la ciudad de Cusco hasta Atalaya, vía Paucartambo. Después, en camioneta hasta Shintuya.

COMO SALIR: desde Colorado, en camión, lancha y camioneta sucesivamente.

EQUIPO: son necesarios un par de remos y alguna tangana (rama larga y resistente) para impulsar la balsa. Un machete y una reserva de alimentos no perecederos, aunque en las aldeas se encuentra algún almacén de artículos básicos. Es fácil conseguir leña para hervir agua para beber. Bloqueador solar.

DIFICULTADES: evitar los troncos hundidos y las orillas erizadas de cañas afiladas. Los insectos invisibles de la selva son capaces de picar en lugares donde nunca antes te había picado un insecto.

CUANDO IR: julio y agosto es época seca, los ríos están bajos y hay playas donde acampar.

UN LIBRO DE REFERENCIA: “El Río” de Wade Davis, ed. Pre-textos y “Río de América” de Luis Pancorbo, ed. Laertes.