298- Conferencia La Vuelta al Mundo en 10 Años | CLUB DE CREATIVOS DE ESPAÑA

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A fines de marzo de 2015 fuimos invitados a dar una conferencia sobre La Vida después de la Publicidad, mi antigua profesión, durante el encuentro anual del Club de Creativos de España.

Lo había hecho bien, me había ido bien. Entonces, ¿por qué dejar un trabajo bien pagado donde tenía el futuro asegurado?

Los primeros minutos son un poco enmarañados, ¡impresiona hablar a 500 personas!

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Aquí encontrarás otra conferencia que dimos en Madrid, para las Jornadas de los Grandes Viajes

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229- El retorno a los malos caminos.

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(Viene de Por las rutas del México narco)

No queríamos que la noche nos encontrara en la ruta. No hubiera sido la primera vez que ocurría, pero aquello era uno de los corredores del narcotráfico en Sonora, México, junto a la frontera con Estados Unidos. Simplemente, no era recomendable.

Si se pudiera desmembrar la tierra como un cuerpo –brazo, pierna, cabeza, pie, cadera – aquello sería la parte del torso cercana al cuello de Cártel de Sinaloa. No, no era el corazón, eso estaba en algún lugar desconocido de la sierra de Chihuahua, pero sin duda por allí circulaba la sangre que alimentaba al monstruo que había desbancado a los políticos y se había adueñado de la justicia y la injusticia al noroeste de México. Era el país dentro del país, sin aduana oficial ni migración, con una policía que vestía de civil y una justicia expeditiva que siempre saldaba sus cuentas. Este era el país del Cártel de Sinaloa, el Cártel del Chapo Guzmán, el hombre inalcanzable, sin rostro ni dirección conocida.

Sí, podía ser interesante descubrir tras una curva que la ruta había sido cortada por un control civil, un grupo de hombres con pocas pulgas y muchas armas manifestándose decididamente en contra de la curiosidad. Era posible, nos lo habían advertido más de una vez. También era una buena historia si sobrevivíamos para contarlo, pero, bueno, quizás era ir demasiado lejos. No tenía ganas de comprobarlo.

Por eso, a medida que el sol se acercaba peligrosamente al horizonte, pisé el acelerador de la furgo un poco más, abandonando la rutina de esos 90 casi 100 kilómetros por hora con los que nos dedicábamos a avanzar y retroceder por el mundo. En realidad, pisé el acelerador casi hasta el fondo. Quería llegar antes que la noche nos envolviera en su sudario y escondiera los detalles.

Acabábamos de dejar la seguridad del pueblo de Heroica Caborca en busca de una playa cálida donde refugiarnos por unos días y los 105 kilómetros de asfalto irregular y sin arcén, delgados, se estiraban como una goma de mascar usada. Haz la prueba: sostén la punta del chicle con los dientes y tira de él con la punta de tus dedos. Así era la ruta, recta, escuálida y curva, cuando el cauce de un arroyo seco creaba un badén que ponía a trabajar los amortiguadores. Ñic-ñic, ñic-ñic. Ñic-ñic. El sonido era el mismo que el provocado por los muelles de una cama vieja donde hacer el amor ruidosamente. Furiosamente.

Solo en ese momento, cuando atravesábamos los badenes amplios y escandalosos que anunciaban torrentes de temporada, bajaba de los 120 kilómetros por hora, 40 más de los permitidos por los carteles de velocidad máxima agujereados a tiros.

Avanzamos, pero el paisaje se mantiene imperturbable, seco, áspero. A la izquierda, un grupo de montes de piedra roja y reseca se levanta sobre un desierto de arbustos afilados, cubiertos de pequeñas dagas naturales. Es la primera barrera hacia los valles donde los locales, en voz baja, aseguran que están los cultivos. ‘Cultivos’ es una palabra bastante imprecisa que puede incluir cualquier cosa capaz de crecer en la tierra –maíz, cáñamo, tomates, nopal, amapola, algunos árboles frutales. Hacía tiempo que los narcos se habían convertido en mecenas de la agricultura en tierras lejanas, agrestes, escondidas y abandonadas.

Quienes se encargaban del cuidado de la tierra no eran narcos, eran los agricultores más pobres, los olvidados por la economía y la política, hombres y mujeres casi siempre de bajos recursos y menos educación formal que veían cómo una plantación de marihuana era capaz de dar lo mismo que diez años de maíz. Los fardos verdes y fragantes, prensados y aislados dentro de grandes bolsas de plástico grueso, atravesaban el paisaje detrás de la mercadería de camiones de antecedentes intachables o en avionetas que volaban al ras de la tierra. Que apenas se elevaban un poco para esquivar los cables telefónicos cuando atravesaban una ruta.

Los químicos que obraban el milagro de la transformación de la amapola en heroína llegaban escondidos en el doble fondo de camionetas con motores de ocho cilindros, mejores que cualquier caballo soñado por Pancho Villa. Del mismo destino salía el producto elaborado. Solo faltaba el sello oficial y la garantía de pureza de alguna administración sanitaria para que las dosis pudieran ser vendidas en el estanco de la esquina, o en el bar donde los parroquianos se embriagaban con tequila barato y legal.

El sol continúa descendiendo mientras acelero, todavía no sabemos dónde vamos a dormir ésta noche. Tomar este camino es una forma de retornar a África, a la ruta más incierta, sobre todo porque no puedo imaginar cómo es El Desemboque, nuestro destino. No había visto una foto del pueblo frente al mar, nadie había dicho ‘bonito’, ‘feo’, ‘sucio’, ‘vacío’, ‘peligroso’, ‘tranquilo’, nadie le había puesto un adjetivo. México es un país demasiado grande y El Desemboque es demasiado pequeño como para aparecer en la guía de viajes que Anna revisa sobre la marcha. La misma, que con el paso de los años se había convertido en un listado de hoteles y restaurantes.

– Algo encontraremos –susurro convencido en uno de mis mantras preferidos, invocando a la magia de las coincidencias.

Sincronicidad, esa es la palabra que inventamos para darle nombre a esas cosas que a veces ocurren sin que puedas explicarlas.

Esto era el viaje más puro, eso que tanto extrañaba después de dos años atravesando la pulcritud y la seguridad de Estados Unidos y Canadá. Movernos por el impulso básico de avanzar, sin saber lo que encontraríamos al final del camino. No hacer demasiados planes, dejar un espacio libre a la sorpresa, a la espontaneidad. Que el caos encuentre un orden, tirar los dados y caer de pie, otra vez, como un gato viejo que ya perdió la cuenta de las veces que salvó su vida.

Cuando llegamos a la Y Griega, el desvío hacia Puerto Peñasco, nos quedamos solos. Todos, coches jóvenes y viejos, todoterrenos sucios de campo y limpios de supermercado, toman por el palito superior derecho de la Y. Nosotros giramos a la izquierda. El desierto hacia El Desemboque parece más vacío, lleno de dudas espinosas. No podemos dormir a un lado de la ruta, no debemos tomar cualquier camino de tierra para acampar en lugares sin nombre o con nombres que es mejor no conocer. Por más que los últimos rayos de sol se apaguen como chispas que mueren en el aire, hay que seguir avanzando. Detenernos no es una opción.

Dos luces blancas aparecen en el espejo retrovisor. Son intensas, puras como una aparición religiosa, y avanzan a toda velocidad hacia nosotros. Intento acelerar un poco más, la furgo alcanza los 135 supersónicos kilómetros por hora y el volante comienza a vibrar. No es el suelo irregular, es el límite antes de que la carrocería comience a desarmarse, a dejar trozos de viaje a lo largo de la carretera. Cachos de metal que caen a los lados, como los pedazos que se separan de un cohete mientras asciende hacia el espacio. Las luces continúan acercándose.

¿Nos persiguen? ¿Por fin nos encontramos con un OVNI? ¿Serán los malos, los mañosos? Otra vez nos metimos donde no debíamos. Otra vez.

Alguien con más temor, o más motor, o más prisa, nos adelanta dejando una estela plateada y fugaz. Entonces, sobre ese par de focos rojizos aparece la sombra de un techo oscuro y triangular, delineado contra el cielo rojo sangre del atardecer. Y uno más, y otro. Un cartel verde artificial, plantado junto a la ruta, anuncia ‘El Desemboque’. El sol acaba de desaparecer y el asfalto le sigue, reemplazado por una calle de tierra agujereada. Bajo la velocidad y esta vez es el polvo quien nos adelanta.

Segundos después la noche se derrumba sobre nosotros. Ahora tenemos que encontrar dónde dormir.

(Continúa en Sincronicidad)




203- En balsa por el río Madre de Dios (historia para la revista Altaïr)

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UN EMOCIONANTE DESCENSO FLUVIAL POR LA AMAZONIA PERUANA

Ocho días llenos de esfuerzo y maravillas llevan al autor hasta el asentamiento minero de Colorado, tras superar rápidos, troncos sumergidos, caimanes y otras trampas.

La aventura solo es aventura cuando no estás preparado para lo que puede ocurrir. Suele comenzar como una sugerencia insensata, cuatro palabras entre dos tragos de cerveza, un folio que se cae de los archivos del cerebro o una sugerencia despreocupada y remota recogida al vuelo por algún inconsciente que andaba cerca. En este caso, ese inconsciente era un cooperante uruguayo de paso por Cusco llamado Mauro.

– ¿Y si…?

– ¿Por qué no?

– Dale.

Terminamos encargando una balsa en Shintuya, una comunidad nativa en la frontera del Parque Nacional Manu, en Perú. Sí, una balsa como las de Tarzán, de seis troncos de un árbol blanco y liviano llamado topa, unidos con clavos de una madera dura y negra llamada chonta. (los mismos troncos que usó Orellana para descender el Amazonas). La idea era tan sencilla que parecía posible: bajar el río Alto Madre de Dios hasta el asentamiento minero de Colorado, unos ciento cincuenta kilómetros en línea recta sin contar meandros, rápidos, troncos sumergidos o pirañas.

Había dos motivos: el primero era porque se nos había ocurrido. El segundo era porque si realmente queríamos conocer la selva amazónica, Anna y yo debíamos aparcar la furgoneta 4×4 con matrícula de Barcelona que se había convertido en nuestra casa durante los últimos 8 años de vuelta al mundo y comenzar a viajar por una ruta de agua.

Nunca una idea había sido tan realidad con sus posibilidades de fracaso, por eso a la balsa le pusimos nombre: Titanic.

OTRO FIN DEL MUNDO

Lo primero que descubrimos en el río es que una balsa no reacciona como un coche. Una balsa es un tanque lento y pesado patinando sobre una mancha de aceite que también se mueve. Luego comenzamos a mirar a los lados. Árboles de hojas verdes, amarillas y rojas esconden pájaros de colores que quiebran el silencio con gorjeos, trinos y cacareos. El agua verde pero transparente revela el fondo a pocos centímetros y lo vuelve a esconder. Estamos en mitad de la época seca, lejos de todo, en otro fin del mundo.

A medida que avanzamos el Alto Madre de Dios se divide en brazos y adivinar el bueno no es sencillo. Somos tres y siempre hay tres posibilidades: derecha, izquierda y centro. Parece una imitación de la política. Si tomamos el primer desvío la corriente del siguiente brazo nos empujará contra la orilla erizada de cañas afiladas. Por el centro podemos quedar varados sobre las piedras y el último desvío quizá termine en una laguna sin salida. Una pandilla de cotorras anarquistas ríe volando entre los árboles.

Entonces el primer rápido se adelanta convertido en el grito insistente de un animal salvaje. Bailamos sobre un rocódromo sumergido mientras la balsa se sacude desnuda, dos troncos intentan separarse, el agua se repele y estalla. Volamos sobre el río y otra piedra, quizás la misma de antes, aparece delante para volver a morder. Los remos se mantienen quietos junto al machete clavado y el cuerpo resiste acribillado por nuevas picaduras rojas. Parece que por aquí nadie alimenta a los insectos. Cuando salimos me pongo en pie para celebrar pero resbalo sobre los troncos y caigo chapoteando al agua como un gato despatarrado. Todavía no vimos caimanes.

EL PAITITI ERA VERDE

Todos los días traen sorpresas. Un tapir gordo y perezoso atraviesa un cañaveral y se esconde en la selva. Una araña llega a la balsa caminando sobre el agua como un mesías de ocho patas. Hay garzas apalancadas sobre los juncos, plantas que se cierran al tacto de mis dedos y las huellas de un otorongo, un jaguar, que amanecen junto a la tienda. Un peque-peque, una canoa larga llena de pasajeros y carga, progresa contracorriente con el motor revolucionado. A la derecha aparece una plantación de bananos, una mancha organizada en el caos natural de la selva. Los colonos reclaman otro territorio.

Ya pasamos los asentamientos de Itahuania y Bonanza y las aldeas nativas de Shipitiari y Diamante. Detrás de la orilla izquierda está el Parque Nacional Manu, un paraíso con dieciséis ecosistemas declarado Patrimonio de la Humanidad. En algún lugar, aquí cerca, descansa el Paititi, la última ciudad escondida de los incas.

Al cuarto día llegamos al trago rojizo del río Manu que avanza desde el norte. Más adelante están las barrancas de Boca Manu, mitad del viaje, con sus casas de madera entre calles de tierra vacías de motores, almacenes bien dotados de licor y calma, mucha calma. A partir de allí el río se ensancha y discurre lento, hay que remar para superar meandros interminables. Cruzamos un bosque de árboles hundidos que se estiran como los brazos de un ahogado. Un ángel de color rojo verde azul amarillo papagayo, pasa sobre nuestra cabeza. Una tortuga es la última en escapar.

Al octavo día de viaje sabemos que nos acercamos a Colorado cuando aparecen los primeros buscadores de oro. Sus cintas transportadoras ancladas en la orilla avanzan con un murmullo permanente. Llevan la camiseta de un partido político que reúne a los caucheros, madereros, mineros y agricultores de la selva, ansiosos por la tala, la minería y la agricultura. Observo la tierra removida, la transformación del paraíso en infierno contaminado y me dan ganas de volver a remar contracorriente, río arriba.

A TENER EN CUENTA

COSTE DE LA BALSA: 25 euros.

ARMADOR: Leoncio, en la comunidad de Shintuya.

COMO LLEGAR: en bus desde la ciudad de Cusco hasta Atalaya, vía Paucartambo. Después, en camioneta hasta Shintuya.

COMO SALIR: desde Colorado, en camión, lancha y camioneta sucesivamente.

EQUIPO: son necesarios un par de remos y alguna tangana (rama larga y resistente) para impulsar la balsa. Un machete y una reserva de alimentos no perecederos, aunque en las aldeas se encuentra algún almacén de artículos básicos. Es fácil conseguir leña para hervir agua para beber. Bloqueador solar.

DIFICULTADES: evitar los troncos hundidos y las orillas erizadas de cañas afiladas. Los insectos invisibles de la selva son capaces de picar en lugares donde nunca antes te había picado un insecto.

CUANDO IR: julio y agosto es época seca, los ríos están bajos y hay playas donde acampar.

UN LIBRO DE REFERENCIA: “El Río” de Wade Davis, ed. Pre-textos y “Río de América” de Luis Pancorbo, ed. Laertes.




183- La ruta hacia el Ártico 8: Bienvenido a Deadhorse, bienvenido a Prudhoe Bay

Cartel de Deadhorse, bienvenido al norte de Alaska, final de la Dalton Highway, y de la ruta Panamericana en América del Norte

Es la una del mediodía del 25 de julio y la temperatura en Deadhorse, Alaska, final de la última ruta en el norte de Norteamérica, es de 4 grados centígrados. Lo dicen los termómetros.

Es verano en la línea del paralelo 70 norte.

Sigue nublado, como ayer y antes de ayer y como casi todos los días que recuerdo en el estado número cuarenta y nueve de Estados Unidos. Hace frío, frío del tipo maldito que se te inyecta en los huesos con hambre y se agarra desesperado pidiendo atención.

Aunque el guardia de seguridad del portón que cierra el camino hacia el norte va en camisa oficial de manga corta. No desentona, casi todos los que trabajan en este pueblo industrial levantado al filo de la orilla del Océano Ártico van en manga corta. Sí, es verano, en Deadhorse hace un frío de los mil demonios pero es verano. Y hay que vivir como en verano.

El guardia es un gordo fortachón llamado Randy, simpático a pesar de que me dice que no puedo sacar las fotos que ya saqué.

–          Todos los edificios que hay por aquí son de compañías que brindan servicios al campo petrolero de Prudhoe Bay, que pertenece a BP. Supongo que ya sabes que no puedes pasar con tu vehículo a través de la puerta.

Asiento en silencio.

–          Lo siento, son las reglas –afirma sin perder la sonrisa.

–          ¿Era igual antes de los ataques terroristas del 2001?

–          Sí, las normas son las mismas desde antes del 2001. Si te interesa llegar hasta el Océano Ártico puedes tomar el tour. Cuesta cuarenta y cinco dólares y tienes que registrarte con veinticuatro horas de anticipación para que seguridad nacional pueda investigarte. Pero la verdad, no lo recomiendo. Te llevarán por las instalaciones petrolíferas y después de un rato te enseñarán el mar. Y si quieres puedes mojar el pie en el Ártico. Nada más. Si solo quieres ver el mar, hazlo. Está a solo diez kilómetros…

Más allá de la disyuntiva personal de si es indispensable gastar ese dinero para meter el pie en agua fría, lo que encontramos en Deadhorse es casi angustiante. Deadhorse es un sitio práctico y feo, dedicado a producir dinero en una de las regiones más inhóspitas del mundo. Todos los edificios son metálicos e impersonales. Las grúas se mezclan con los camiones cisterna y las máquinas perforadoras y las camionetas todo terreno con los contenedores.

Deadhorse es uno de esos pueblos que uno quisiera que fueran distintos. Que tuvieran algo memorable, algo que te ayudara a recordarlo con satisfacción, más allá de los 100.000 kilómetros de ruta que te llevaron hasta aquí. Por lo menos, que los edificios fueran iglús gigantes, que el tipo vestido de guardia de seguridad en realidad fuera un oso blanco o hubiera barra libre de combustible.

Pero no, Deadhorse es feo y se encuentra aislado en una región que permanece con temperaturas bajo cero más de la mitad del año. Hay que pagar bien para atraer a la gente a este agujero helado. El acuerdo no es malo. Los empleados trabajan dos semanas y tienen dos semanas libres. Suficiente para tomar un taxi, que aquí tienen alas, y volar a Fairbanks o Anchorage, donde casi todos tienen un hogar cuando dejan Deadhorse.

Pienso: dos semanas y un buen sueldo dan para volar a China y volver. O a la Patagonia, o a Europa, o a África, o a donde quiera que sueñes, diez días, una vez al mes. Si te gusta viajar, no está tan mal trabajar aquí.

Luego vamos a la oficina de correos, de donde nos enviamos un par de postales a nosotros mismos. A Barcelona. Junto a la ventanilla hay una colección de fotos Polaroid, de cuando hace unos años retrataban a los viajeros con ruedas que llegaban de lejos.

–          ¿Qué hace la gente para entretenerse en invierno, además de ver la televisión y dormir como marmotas? –le pregunto a una de las dos mujeres que atienden el puesto, que se ríen.

–          En invierno, aunque no lo parezca, hay muchos más caminos que en verano. El hielo y la nieve pavimentan ríos y senderos que puedes recorrer con raquetas y motos de nieve. Puedes viajar por los bosques con trineos tirados por perros que nunca se rompen, o pescar en agujeros en el hielo, o dedicarte a la caza con rifle o a la caza tradicional con arco y flecha… siempre hay cosas por hacer. Y si no hay, te las inventas. Aquí nadie se aburre.

Tiene razón. Entonces recuerdo que una de las aficiones del invierno es apostar en primavera sobre el día y la hora en que se romperá la capa de hielo que cubre el río Yukón. En un pueblo llamado Chicken tiran cañonazos cargados de ropa interior. En la costa puedes cazar salmones con arpón. Lo hice, es fácil.

Mientras tanto la vida sigue normal en el norte del mundo, donde ese apocalipsis llamado calentamiento global parece más bien una bendición. Entonces los inviernos serán menos duros y largos. Menos blancos. Y la vida más amable, en este rincón helado del planeta Tierra.

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149- Regala libros. Son peligrosos, y todavía está bien visto.

Pablo Rey, escritor, aventurero, viajero

Sí, lo sé, en ésta época siempre ocurre lo mismo.

Llega la Navidad y a medida que pasan los días tu ciudad se convierte en un caos de tráfico por culpa del consumo a lo bestia que abduce el cerebro de los humanos, ese habitante del planeta Tierra que en esta época del año migra en forma masiva de un centro comercial a un hipermercado y de allí a un Zara en busca de un regal que sea bueno, bonito y barato.

Esos millones de ñus filmados por National Geographic en el Serengeti son un garbanzo al lado de este fenómeno. Nada, apenas otro pelo en una sopa callejera.

Esta es la época durante la cual los integrantes de la especie humana (y tú también, no lo puedes negar ahora) se hacen una pregunta trascendental para la autoestima: ¿qué le regalo? ¿Acertaré este año? ¿O la cagaré como el año pasado?

Porque a veces pareciera que todo se repite. Cuando la prima buena, el hermano que vive en otra ciudad, el tío sobrado o ese amigo que pareciera que lleva tu misma sangre abren el paquete, primero sonríen, pero por instante su alma se desnuda y aparece ese microgesto

Claro, te lo agradecen con un abrazo y eso es lo que al final vale la pena, el abrazo, aunque al día siguiente usen el mismo papel para pasarle el mismo regalo a un primo lejano. O para llevarlo directamente envuelto a un Cash Converters. O peor, para arrinconarlo en el fondo del armario y olvidarlo hasta el día que vuelve a aparecer y uno se encuentra con esa porquería que te regaló no sabes quién.

Año tras año se repite la misma historia, el mismo show privado, año tras año nos ponemos la misma máscara para agradecer objetos que no necesitamos haciendo uso de la misma efusividad con la que un mono le quita los piojos a otro.

–       Gracias, es justo lo que necesitaba. Me queda bárbaro.

Por eso, este año, quiero explicar por qué un libro es el regalo perfecto para navidad, reyes, cumpleaños, santo o cualquier otro momento que requiera un paquete con un moño.

1. Regalar libros es muy práctico ya que es imposible no tener espacio para un nuevo libro en las estanterías. Un libro bonito es un objeto decorativo que queda bien en el salón de las mejores familias y hace que sus propietarios parezcan cultos, sabios y respetables… O que por lo menos parezca que leen…

2. En consecuencia y por ósmosis inversa, regalar libros te hace parecer culto, sabio y respetable a ti también.

3. Tengo amigos que me dicen: tu libro lo leo en el baño. Nunca supe si esto era un cumplido, pero lo incluyo.

4. Los libros son peligrosos, sólo por eso vale la pena regalarlos. Un libro se te mete en la cabeza y puede inducirte algunas ideas raras como abandonar el trabajo, y dejar a tu madre, a tu padre y a tu tele de plasma.

 

5. Un libro de tapa blanda es útil para tirárselo por la cabeza a tu hombre o a tu mujer. No los matará, pero es una excelente advertencia de lo que puede venir detrás.

6. Si ese libro que regalas es un libro de viajes, también sirve para manipular. Sí, puedes inducir a una persona a emprender un viaje contigo a ese país. A Turquía, Siria, Jordania o Egipto, por ejemplo. El siguiente paso es convertirse en una especie de Bonnie & Clyde del sistema. Fugitivos permanentes. Me gusta eso.

7. Y si le tienes ganas a esa persona que decide acompañarte inocentemente durante el viaje, bueno, qué te voy a contar. Ocasiones no faltarán…

8. Después están los usos clásicos, cosas que cualquier Flanders sería capaz de hacer con un libro que no fuera la Biblia, como emparejar las patas chuecas de una mesa, mantener caliente una taza de té o un plato de sopa y hasta para usar como regla cuando hay que trazar una línea con un bolígrafo.

9. Un libro te ayuda a soñar y vivir otras vidas. Hace que ese viaje rutinario que lleva al trabajo en un transporte público termine en una aldea del centro de África, por ejemplo.

10. En síntesis, un libro es el único regalo que es peligroso y está bien visto. Puede cambiar las percepciones de una persona tanto como las drogas. Puedes no soltarlo hasta dejarlo tan vacío como una botella de buen vino. Puede ser tan adictivo como el sexo. Puede cambiar tanto tu vida como un falso mesías con su propio programa de televisión. Y puede ser un nuevo paso en este laberinto alucinante llamado vida.

Por eso, regala libros. Todavía está bien visto.

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