291- Equipo esencial para dar la vuelta al mundo | VIAJEROS4X4X4

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Hace unos meses recibí el encargo de la revista Overland Journal de escribir acerca los 6 elementos más importantes de nuestra vuelta al mundo. Debían ser seis y solo seis. Ellos lo miraban desde el punto de vista de los objetos, yo fui un poco más allá.

LA COMPAÑERA / EL COMPAÑERO

Encontrar el compañero o la compañera ideal para acompañarte hasta el fin del mundo es alcanzar tu propio Shangri-La. Puedes viajar solo, y disfrutarlo, pero siempre es mejor compartir la emoción y las sorpresas de la ruta en el momento en que ocurren, cuando se convierten casi en una alucinación. No es una historia que pasó hace un tiempo, es ahora, ya. Y si eres un hombre y te acompaña una mujer que no teme ensuciarse las manos con aceite, que te defiende en una pelea y es capaz de reparar un neumático pinchado, sabes que has encontrado a la compañera de viaje ideal. Porque no solo es tu chica, sino que también es tu amigo.

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LA CUCARACHA

Durante un largo viaje es normal que tu vehículo llegue a asumir la personalidad de un miembro del equipo. Le escuchas, le hablas, le das golpecitos afectuosos en la puerta trasera y lo atiendes cuando se enferma. Le pones algún sobrenombre ligeramente ofensivo que pronunciarás con cariño y te ensucias las manos rascándole los bajos. Después de casi 15 años viviendo aventuras juntos por algunos de los peores caminos del mundo y compartiendo algunos de los combustibles más infames, nuestra Mitsubishi L300/Delica 4X4 de 1991, a.k.a. La Cucaracha, The Cockroach, merece nuestra lealtad eterna y una jubilación tranquila. Por más que sueñe con descansar frente a una playa lejana me la imagino pasando su vejez en el centro de un bar español, como un abuelo que no se cansa de contar historias de viaje a todos los que sueñan con partir.

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TABLETA SAMSUNG GALAXY

(Nota: el tiempo pasa factura y la Samsung Galaxy quedó casi como solo un lector de libros. Ya tengo conmigo la Huawei Mediapad X2 y es un cañón)

Las tabletas son el nuevo cuchillo suizo del viajero. Con un solo aparato de 7”, tan pequeño como medio libro de papel, puedes acceder a internet, escuchar toneladas de música, viajar con auténticas bibliotecas, ver películas, sacar fotografías, buscar tu ubicación con el GPS a través de mapas offline, planificar las rutas que vas a seguir, escribir notas e historias, escanear apuntes, encontrar la gasolina más barata, jugar al Pacman o al Minecraft, ver conferencias TED, seguir tutoriales para aprender a tocar la armónica, para distinguir árboles, estrellas o para hacer nudos como un buen marinero de tierra firme. Es impresionante. Preferimos las tabletas Samsung Galaxy porque les puedes añadir la memoria que quieras a través de su ranura para tarjetas MicroSD. (www.samsung.com). Últimamente me llamó mucho la atención la Huawei Mediapad X2.

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ESPAR HYDRONIC D5 SC

A nuestra casa con ruedas no le gusta el frío ni la altura. Por eso, y porque no nos resignamos a viajar solo por lugares tranquilos y soleados, hace un año y medio le instalé un motor Espar Hydronic D5 SC, utilizado por los camioneros para precalentar el motor en lugares helados y evitar un desgaste prematuro. También nos sirve para tener una ducha de agua caliente de vez en cuando (oooh, yessss) y para calentar el interior de la furgo en invierno. A pesar de su coste, se pagó a sí mismo a fines de 2013, cuando el vórtice de aire helado del Ártico nos alcanzó en Louisiana dejando una capa de hielo alrededor de la furgoneta. Diez minutos de Espar y el motor arrancó como si estuviéramos en Yucatán (www.eberspachen.ca).

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PENTAFLON CERÁMICA

Durante los primeros seis años de vuelta al mundo tuvimos cuatro averías graves de motor en lugares donde todo debería salir bien: el desierto del Sahara en Sudán, a 800 kilómetros de un mecánico fiable en Kenia, a 4.600 metros de altura en el Altiplano Boliviano y en un rincón perdido de los Andes Chilenos. A principios de 2006 cambiamos el motor por otro de segunda mano y comenzamos a añadir una dosis de Pentaflon Cerámica cada 20.000 kilómetros. No sé si es magia o buena suerte, pero este aditivo con base de teflón fabricado en España nos ha protegido el motor durante los últimos 200.000 kilómetros de malos caminos. Y desde entonces no hemos tenido casi ni una fuga de aceite. Y eso, para un viajero, es el paraíso. (www.aincor.es). En este momento estamos probando otros aditivos de la la empresa Technum. Aseguan que son todavía mejores. Ya les contaré.

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BOLSA DE AGUA DEL EJÉRCITO SUIZO

Suiza debe tener uno de los ejércitos mejor equipados del mundo. Como nunca van a la guerra gastan su dinero en probar y desarrollar objetos que se pueden adaptar a las necesidades del viajero. Sus bolsas de agua de 20 litros de auténtico caucho pueden durar años, no requieren instalación y, una vez vacías, no ocupan espacio. Fue nuestra reserva extra de agua cada vez que decidimos perdernos durante los dos años que pasamos recorriendo África y, ahora que las hemos vuelto a encontrar en Mudrak (California), nos vuelven a acompañar cada vez que nos internamos en algún desierto sin saber por dónde saldremos. (en Estados Unidos: www.mudrak.com)

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Agenda de Hospitalidad: Shukran! Asante sana! Teçekur ederim! GRACIAS!

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Gracias, gracias, gracias. Cuando nos preguntan que fue lo mejor del viaje respondemos rápido: la gente.

Después de décadas viviendo en ciudades, la humanidad de los pueblos ha sido el mayor descubrimiento. Sin todos los que aparecen aquí, el viaje hubiera sido muchísimo más difícil. Gracias, shukran, thank you, obrigado, asante sana, teçekur ederim, grazie, merci, de corazón.




La Edad de los Países

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De repente, entre tanta porquería que recibes vía spam, aparece una joyita. La Edad de los Países es una de las pocas que quise conservar. Y va para la sección Webs, Blogs y Otras Yerbas, cosas que uno guarda y terminan en el fondo del cajón.

EL MUNDO SEGÚN CASCIARI, Por Hernán Casciari.

Leí una vez que la Argentina no es mejor ni peor que España, sólo más joven. Me gustó esa teoría y entonces inventé un truco para descubrir la edad de los países basándome en el ‘sistema perro’. 

Desde chicos nos explicaron que para saber si un perro era joven o viejo había que multiplicar su edad biológica por 7. En el caso de los países hay que dividir su edad histórica entre 14 para saber su correspondencia humana. ¿Confuso? En este artículo pongo algunos ejemplos reveladores.

Argentina nació en 1816, por lo tanto ya tiene 190 años. Si lo dividimos entre 14, Argentina tiene ‘humanamente’ alrededor de 13 años y medio, o sea, está en la edad del pavo. Es rebelde, pajera, no tiene memoria, contesta sin pensar y está llena de acné (¿será por eso que le dicen el granero del mundo?)

Casi todos los países de América Latina tienen la misma edad y, como pasa siempre en esos casos, forman pandillas. La pandilla del Mercosur son cuatro adolescentes que tienen un conjunto de rock. Ensayan en un garaje, hacen mucho ruido y jamás han sacado un disco.

Venezuela, que ya tiene tetitas, está a punto de unirse a ellos para hacer los coros. En realidad, como la mayoría de las chicas de su edad, quiere tener sexo, en este caso con Brasil, que tiene 14 años y el miembro grande.

México también es adolescente, pero con ascendente indígena. Por eso se ríe poco y no fuma ni un inofensivo porro, como el resto de sus amiguitos, sino que mastica peyote, y se junta con Estados Unidos, un retrasado mental de 17, que se dedica a atacar a los chicos hambrientos de 6 añitos en otros continentes.

En el otro extremo está la China milenaria. Si dividimos sus 1200 años por 14 obtenemos una señora de 85, conservadora, con olor a pipí de gato, que se la pasa comiendo arroz porque no tiene -por ahora- para comprarse una dentadura postiza. La China tiene un nieto de 8 años, Taiwán, que le hace la vida imposible. Está divorciada desde hace rato de Japón, un viejo cascarrabias, que se juntó con Filipinas, una jovencita pendeja, que siempre está dispuesta a cualquier aberración a cambio de dinero.

Después, están los países que acaban de cumplir la mayoría de edad y salen a pasear en el BMW del padre. Por ejemplo, Australia y Canadá, típicos países que crecieron al amparo de papá Inglaterra y mamá Francia, con una educación estricta y concheta, y que ahora se hacen los locos. Australia es una pendeja de poco más de 18 años, que hace topless y tiene sexo con Sudáfrica; mientras que Canadá es un chico gay emancipado, que en cualquier momento adopta al bebé Groenlandia para formar una de esas familias alternativas que están de moda.

Francia es una separada de 36 años, más puta que las gallinas, pero muy respetada en el ámbito profesional. Tiene un hijo de apenas 6 años: Mónaco, que va camino de ser puto o bailarín… o ambas cosas. Es amante esporádica de Alemania, camionero rico que está casado con Austria, que sabe que es cornuda, pero no le importa.

Italia es viuda desde hace mucho tiempo. Vive cuidando a San Marino y al Vaticano, dos hijos católicos idénticos a los mellizos de los Flanders. Estuvo casada en segundas nupcias con Alemania (duraron poco: tuvieron a Suiza), pero ahora no quiere saber nada con los hombres. A Italia le gustaría ser una mujer como Bélgica: abogada, independiente, que usa pantalón y habla de política de tú a tú con los hombres (Bélgica también fantasea a veces con saber preparar espaguettis).

España es la mujer más linda de Europa (posiblemente Francia le haga sombra, pero pierde espontaneidad por usar tanto perfume). Anda mucho en tetas y va casi siempre borracha. Generalmente se deja follar por Inglaterra y después hace la denuncia. España tiene hijos por todas partes (casi todos de 13 años), que viven lejos. Los quiere mucho, pero le molesta que, cuando tienen hambre, pasen una temporada en su casa y le abran la nevera.

Otro que tiene hijos desperdigados es Inglaterra. Sale en barco por la noche, se tira a las pendejas y a los nueve meses aparece una isla nueva en alguna parte del mundo. Pero no se desentiende de ella. En general las islas viven con la madre, pero Inglaterra les da de comer. Escocia e Irlanda, los hermanos de Inglaterra que viven en el piso de arriba, se pasan la vida borrachos y ni siquiera saben jugar al fútbol. Son la vergüenza de la familia.

Suecia y Noruega son dos lesbianas de casi 40 años, que están buenas de cuerpo, a pesar de la edad, pero no le dan bola a nadie. Cojen y trabajan, pues son licenciadas en algo. A veces hacen trío con Holanda (cuando necesitan porro); otras, le histeriquean a Finlandia, que es un tipo medio andrógino de 30 años, que vive solo en un ático sin amueblar y se la pasa hablando por el móvil con Corea.

Corea (la del sur) vive pendiente de su hermana esquizoide. Son mellizas, pero la del norte tomó líquido amniótico cuando salió del útero y quedó estúpida. Se pasó la infancia usando pistolas y ahora, que vive sola, es capaz de cualquier cosa. Estados Unidos, el retrasadito de 17, la vigila mucho, no por miedo, sino porque le quiere quitar sus pistolas.

Israel es un intelectual de 62 años que tuvo una vida de mierda. Hace unos años, Alemania, el camionero, no le vio y se lo llevó por delante. Desde ese día Israel se puso como loco. Ahora, en vez de leer libros, se lo pasa en la terraza tirándole piedras a Palestina, que es una chica que está lavando la ropa en la casa de al lado.

Irán e Irak eran dos primos de 16 que robaban motos y vendían los repuestos, hasta que un día le robaron un repuesto a la motoneta de Estados Unidos y se les acabó el negocio. Ahora se están comiendo los mocos.

El mundo estaba bien así, hasta que un día Rusia se juntó (sin casarse) con la Perestroika y tuvieron como docena y media de hijos. Todos raros, algunos mongólicos, otros esquizofrénicos.

Hace una semana, y gracias a un despelote con tiros y muertos, los habitantes serios del mundo descubrimos que hay un país que se llama Kabardino-Balkaria. Un país con bandera, presidente, himno, flora, fauna… y ¡hasta gente!

A mí me da un poco de miedo que aparezcan países de corta edad, así, de repente. Que nos enteremos de costado y que, incluso, tengamos que poner cara de que ya sabíamos, para no quedar como ignorantes. Y yo me pregunto: ¿Por qué siguen naciendo países, si los que hay todavía no funcionan?

Escrito por Hernán Casciari

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Entrevista de una hora en la televisión de Perú, Programa 3G

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Programa de la televisión peruana, de una hora de duración, donde nos invitaron para hablar acerca de la Vuelta al Mundo, de las aventuras y desventuras, de nuestra vida y la vida de la gente que hemos conocido durante tantos años de viaje

Decidimos colgarlo porque ofrece respuestas a tantas preguntas que nos hacen: ¿cómo pagan el viaje? ¿dónde se conocieron? ¿cómo se aguantan 24 horas, 30 días, los 12 meses del año? ¿qué les pasó durante el viaje? ¿el mundo es seguro para viajar?… Arriba está el bloque 1.

Bloque 2

Bloque 3

Bloque 4a

Bloque 4b

Bloque 5

¿Quieres ver otra entrevista? Busca La Vuelta al Mundo en 10 Años en el programa MoJoe, de Televisa México.

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Por qué salimos de viaje. Así comienza ‘El Libro de la Independencia’.

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Así comienza El Libro de la Independencia. Así comienza la historia de La Vuelta al Mundo en 10 Años.

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Siempre ocurre más o menos lo mismo: cuando comienzas a acostumbrarte al ritmo de las vacaciones suena un teléfono o una llamada de Dios, Allah, Jehová o la conciencia proclamando que hay que volver. A veces es el mismo pipipí de tu móvil lo que te despierta en un lugar extraño. Pero no, tu teléfono está apagado. Lo prometiste.

Igual te sobresalta, el sonido es tuyo, y tu cuerpo responde con un acto reflejo digno de un perro fiel. Tu mano se desliza inconsciente hacia abajo, cae lentamente hacia el bolsillo, Pavlov estaría orgulloso. Y mientras dejas de tararear esa nueva canción que repiten constantemente en los bares y las radios de medio mundo para que te guste, la-lá du-bi du-dú, tu frente comienza a arrugarse. En el sitio habitual del teléfono hay un envase de plástico, medio vacío de crema.

Un regusto amargo a melancolía, similar a la bilis, contamina tu boca. Por un instante vuelves a sentir el sabor de tu ciudad y no te gusta. Tu lugar en el mundo no está mal, pero apesta desde esta perspectiva. Observas tu bañador, más abajo están tus pies tatuados de un moreno saludable sólo interrumpido por las líneas algo más claras de las sandalias. Los gritos de un niño que llora son sirenas de emergencia. Una hoja con membrete, basura, se engancha entre tus piernas antes de seguir su camino. Y entonces ocurre, recuerdas.

Y recordar da asco, sobre todo cuando la avalancha de imágenes te devuelven a la realidad, cuando confirmas que no vives entre palmeras pero te gustaría tener arena en el jardín. Sabes que dentro de poco el tiempo volverá a regirse por algo menos importante que la rutina del sol. Que lo que tienes ante tus ojos desaparecerá tras el vidrio trasero de un taxi. Que estás en el mes del primer sueño, el sueño de independencia, cuando la realidad se convierte en un simulacro de vida alternativa.

Recuerdas que sólo son vacaciones, que te irás aunque tengas ganas de quedarte. Otra vez.

Entonces murmuras un insulto que se confunde con la respuesta insulsa del propietario del jodido teléfono. No importa cómo haya respondido, yes, salam, hola o diga, da igual el acento. Estés lejos o cerca, has vuelto.

Esta vez, lo que disparó la acidez fue encontrar la segunda parte de un pasaje de avión que curiosamente estaba a mi nombre. Había aterrizado en Johannesburgo porque era el destino más barato hacia otra región desconocida y una acumulación de casualidades me dejaron frente a Martin, un suizo con todas las rastas de Bob Marley. Martin acababa de atravesar África en un Land Rover viejo y destartalado color marrón safari, el clásico, y buscaba gente dispuesta a compartir la gasolina y algunos dólares. Yo necesitaba sorprenderme.

Era fines de julio y había huido al sur de África aprovechando mi mes de vacaciones y una baja extra de quince días por problemas mentales. Mi cabeza ya no funcionaba bien. Era grave, pero no tanto como para estar en la lista de espera de un psiquiátrico. Sólo había comenzado a cuestionarme el sentido de lo inevitable.

Hay que trabajar, hay que tomar cada mañana el bus a la misma hora. O conducir en medio de un atasco, escuchando siempre la misma radio, con la misma cara de museo de cera. Hay que pagar la luz, el gas, el teléfono, el agua, los pañales reciclables, la escuela de los niños, la maldita hipoteca o el alquiler. Hay que entrar a la oficina con la primera luz del día y salir cuando se está poniendo el sol. Esto es normal, la vida es así.

Los carteles de las calles y la televisión proclamaban que la única alternativa era tomar Coca Cola. Entonces tu mundo se convertiría en una fábrica que radiaría felicidad al espacio exterior. Los tipos de Atlanta ya habían comenzado su campaña para reemplazar la cocaína de la fórmula original por ácido lisérgico.

Sí, también, yo trabajaba en el maravilloso mundo de la publicidad. Hacía anuncios, desarrollaba ideas que te ayudaban a elegir la mejor cerveza, el coche que se adaptaba mejor a tus necesidades, el hotel con los mejores servicios. Me gustaba esa tensión, esa acumulación de desafíos de ingenio con fecha y hora de caducidad. Me podría haber dedicado a la poesía, pero esto pagaba mejor.

En mi descargo declaro que nunca hacía exactamente lo que me pedían. Debía contar historias en poco espacio pero siempre escribía demasiado. Si, muy bonito, pero quítale la mitad de las palabras. Como si escribir fuera amontonar piedras. Utilizaba expresiones raras, metáforas con acentos extranjeros y de vez en cuando dejaba caer alguna propuesta ingeniosa. Últimamente me había empecinado en encontrar la manera de colar una protesta callejera dentro de una campaña. Tomates kamikaze suicidándose contra el suelo para no caer de nuevo en los brazos de una lechuga; un okupa cubierto de piercings vendiendo hipotecas para un banco respetable; supuestas frases satánicas disimuladas en los textos que anunciaban una ginebra verde. Sin duda era mi subconciente enviando mensajes desde el otro lado. Algo andaba mal.

Era un año raro, distinto a todos los que se habían sucedido hasta entonces. Todavía faltaban unos meses para el fin del milenio según los matemáticos de Gregorio XIII, el papa que hace más de cuatro siglos bautizó nuestro calendario. Y eso, un evento numérico que sólo ocurre cada mil años, había afectado el humor de la calle.

El mundo se había separado en dos bandos: los que estaban a favor y los que estaban en contra de la trascendencia de los años que terminan en muchos números redondos. Las reacciones más comunes eran la sorna y la curiosidad afectada, pero también había algo de temor. La indiferencia era impensable. La gente discutía en la fila del banco, en el supermercado y el ascensor. Cada edificio tenía un Nostradamus de portero. Había que opinar, sí, elevar la temperatura, hablar de Dios y el Anticristo aunque nadie creyera que fuera a ocurrir algo excepcional. Las guerras no se detendrían por un día. Dios no bajaría a la Tierra y nos convertiría en humanos. Era imposible que todos sacáramos la lotería.

En los medios, pocos profetas, videntes y tiradores de cartas pronosticaban el fin del mundo. Ningún periódico serio abusaba de la tinta para gritar titulares catastróficos. No era redituable. Eso de ves, yo tenía razón, se acabó el mundo, no iba a funcionar.

Los únicos que realmente parecían preocupados eran los gobiernos y las empresas. Temían que todos los ordenadores volvieran a la prehistoria analógica y dejaran de funcionar al pasar del año 99 al año 00. Nada. ¿Te imaginas? En sus pesadillas, todas las deudas, todas las operaciones, toda la riqueza y bienestar logrados durante años de acumulación desaparecían en un segundo histórico. Abracadabra, ahora todos volvemos a ser iguales.

Era el segundo sueño común de buena parte de la humanidad, el sueño de la igualdad.

Lo que menos necesitaba durante esas vacaciones era juntarme con otro fugitivo. Así y todo, Martin y sus dreads hacían un conjunto bastante cuerdo: casi treinta años, ganas de hacer cosas, barba abundante y varias extravagancias inofensivas, propias de quien acaba de cruzar África en un viejo 4×4 atado con alambres. Un ejemplo, había inventado un idioma basado en sonidos que sólo se podían traducir a sensaciones, duda, alegría, confianza, problema: Curu-cucú! Pundae! Cuac-cuac-cuac… Era un esperanto para el viajero por tierras desconocidas.

El sistema era sencillo: intentaba hablar primero en un idioma; si no le entendían, intentaba con otro. El tercero se lo inventaba. Segundos después ya había conseguido establecer una relación basada en la risa y la falta de miedo al ridículo. Si no entienden tus palabras, que entiendan tus emociones. Un éxito rotundo.

– A veces apostaban entre ellos acerca de mi locura. Lo veía en sus ojos. Sabes, nadie ataca a los locos, y menos a los locos alegres. Los locos que ríen son inofensivos.

Éramos dos en Johannesburgo, pero precisábamos alguien más, un tercer socio de ruta con quien compartir los gastos. Y eso era un problema. Casi todos los que dormían en el hostal viajaban acompañados. Muy poca gente se va sola de vacaciones y menos todavía se dan la libertad de olvidar esa cadena refinada llamada planes. Y de ese porcentaje mínimo todavía menos están bien de la cabeza.

– Inga, se llama Inga y habla poco inglés –así la presentó Martin antes de desplegar sobre la tierra un mapa Michelin, gastado y recosido con cinta adhesiva, que ocupaba tanto espacio como una Biblia comentada. –¿Vamos hacia Harare?

Inga era una alemana normal, ni bonita ni fea, ni gorda ni delgada. Una chica de pelo castaño que trabajaba once meses al año como enfermera en un pueblito cerca del mar Báltico. Allí donde siempre hace frío. Sabía dar inyecciones intramusculares y endovenosas, tomar el pulso en la vena carótida y cambiar los pañales de abuelitos que a veces estiraban una mano para acariciar uno de sus pechos teutones. Inga confirmaba el estereotipo del alemán que sale ganador en todas las encuestas: autosuficiente, algún estudio superior, confiada, bebedora de cerveza y sonriente esporádica, como todo buen habitante del desarrollo europeo. Le había tomado años abandonar los veranos locos de la costa española y volar sola a África. Bueno, a Sudáfrica, el país más desarrollado del continente.

Nuestra opinión cambió cuando descubrimos que sufría ataques de ansiedad cada vez que tomaba conciencia de la aventura que estaba viviendo. En lugar de emocionarse, se asustaba: estoy sola en África, en una ruta perdida, cada vez más lejos del aeropuerto, lejos de mi embajada, y del hospital recomendado por el seguro médico… das is zum kotzen! Podía ocurrir ante la visión repentina de una pandilla de babuinos corriendo como perros por un arcén arbolado, frente a un grupo de pacíficas amas de casa negras en un colmado humilde o durante un control rutinario de la policía. Eso era especialmente peligroso. Sus nervios nos convertían en sospechosos de todo: subversión blanca para derrocar un gobierno negro, inmigración ilegal y hasta tráfico de estupefacientes. Pensar en la prisión empeoraba aún más su ansiedad.

Por eso, para tranquilizarse, empezó a rascarse las manos, las muñecas y el antebrazo. La inseguridad le provocaba comezón. A los quince minutos aparecieron los primeros rasguños. A la hora había comenzado a sangrar por pequeñas heridas que nunca terminaban de cicatrizar. Entonces Inga olvidaba que estaba en África, buscaba su botiquín y se curaba.

Inga se quedó en las cataratas Victoria. Su partida fue lo más parecido a un trueque de cromos escolar: te cambio una alemana rara por un japonés reservado. Takayuki era pequeño, silencioso y también viajaba solo. Su objetivo era cruzar África en patinete, suficiente para que sus mejores amigos no tuvieran que inventarse excusas para irse de vacaciones a otro lado. Para impulsarse mejor llevaba zapatillas de payaso cuatro tallas más grandes y, esto era casi un milagro, aún no había sido atropellado por un camión. Pero todo llega, todo camionero tiene derecho a su minuto de fama en la prensa amarilla.

En esas pocas semanas africanas ocurrieron cosas extraordinarias para un oficinista cualificado: desenterré huesos de ballenas en playas deshabitadas, ascendí dunas enormes en el desierto, aprendí a caminar desarmado entre leones y elefantes y observé desde abajo las burbujas verdes de los rápidos del río Zambeze. Casi cada día seguía huellas arañadas a la selva y senderos de arena blanda. Era mi retorno particular a una vida más sencilla, a la edad de la inocencia, esa época en la que aún crees que todos somos libres.

Tres semanas y muchos kilómetros más tarde, en Windhoek, Namibia, metí la mano en el bolsillo equivocado y saqué un papel doblado en dos, ese medio pasaje de avión. La vuelta. Y recordé que debía regresar, que esa no era mi vida real.

Que sólo era una vida prestada, vacaciones.

 

Volví al reino animal de Barcelona embutido entre una mujer de ojos nostálgicos y un vendedor de filtros de agua que hablaba compulsivamente. Acababa de terminar una semana de aislamiento en un país donde no entendía a nadie. Yo era su oído, el dummie con quien practicar el discurso de satisfacción por el buffet de su hotel-casino en Sun City y el safari entre las prostitutas negras de Johannesburgo. Eso sí que era peligroso, repetía, no esas mariconadas de tours en cochecitos blindados para ver animalitos salvajes. Practicaba conmigo sus frases preferidas, las más sorprendentes, las que usaría para provocar a sus amigos y sus clientes. Hablaba mucho.

Cuando comenzó la película me puse los auriculares y bajé el volumen a cero, dispuesto a enfrentar lo que me revolvía las entrañas: el retorno a mi vida real, no demasiado distinta a la del vendedor de filtros de agua.

Saqué el papel arrugado que llevaba en un bolsillo desde Harare y volví a leer: La vida es todo aquello que nos pasa mientras hacemos planes. La frase era de un tipo de boca muy grande llamado John Lennon. A él lo habían matado de un tiro una inesperada tarde soleada, bajen el telón, el show ha terminado. Yo tenía una habitación empapelada de mapas, libros y revistas que me llevaban hasta el fin del mundo sin moverme de casa. Quería llegar a todos esos paraísos, pero ‘un día de estos’, ‘todavía no’ y ‘en unos años’ se habían convertido en las excusas favoritas para evitar el compromiso que implica apostar por lo que realmente quieres hacer en la vida.

Cuando abrí la puerta de mi apartamento hipotecado supe que tenía que irme. Al otro lado estaba la vida de un extraño con trabajo estable, rutinas, obligaciones y televisor. Quedarse era tomar el camino de la seguridad, y eso significaba comenzar a envejecer. Debía reinventarme, ya había enterrado la vida que esperaban que viviera. ¿Por qué no volver a hacerlo? ¿Por qué no matar la vida que vas a vivir?

¿Por qué no comenzar de nuevo?

Ya habían pasado ocho años desde la primera gran aventura, cuando había llegado a Madrid en un avión de Aeroflot con escalas en Recife, Isla de Sal, Argel y Moscú, medio mundo. Ahora la vida comenzaba a convertirse en algo predecible. ¿Por qué no volver a cambiar la historia?

Esa noche, después de dos horas de olernos y hablar sobre ese mes y medio que habíamos vivido separados, le confesé a Anna que no le había traído ningún recuerdo de África. Sí, era un cretino que sólo podía ofrecerle unas palabras envueltas, cariñosas, cargadas de un veneno dulce.

– ¿Quieres venir a dar la vuelta al mundo conmigo?

 

La historia continúa en La Vuelta al Mundo en 10 Años: El Libro de la Independencia.