77- Los raros son ustedes | PERÚ

Noemí, niña alojada por la ONG Chaskawasy en Salvación, Madre de Dios, Amazonas, Perú

Todas las mañanas, en Salvación, las mariposas entran por las ventanas del cuarto de los niños y los arrastran fuera de la cama hacia la escuela. Salvación, bonito nombre para un pueblo de colonos al final del último camino de tierra en Madre de Dios, al fondo de Perú. Ni a la izquierda ni a la derecha, al fondo. Tiene sentido.

Noemí, salvaje de siete años, menuda, encantadora e hiperactiva, se balancea agarrada a la rama de un árbol. Hoy no tuvo tiempo, no tuvo clases, pasó toda la mañana incitando remolinos alrededor de la huerta, sonriendo al mundo con sus dientes desparejos de tanta selva. Cuando se cansa de revolotear se sienta a mi lado y se cepilla el cabello corto con un peine para piojos.

Ruego, imploro: no, otra vez no, piojos no. Me mira, busca animalitos atrapados entre los dientes del peine, me mira, vuelve a sonreír. ¿A quién le importa el resto del mundo?

Noemí puede trepar árboles y humanos por un lado y descender cabeza abajo por el otro, sin caerse. Es hija y nieta de chamanes, hija y nieta de la aldea de Shipitiari, selva adentro, después de un viaje en canoa y un buen rato caminando. Mama Lucha, cocinera de la casa elevada que da cobijo a los niños de la selva, cuenta que su padre continuó la tradición de su abuelo y de los anteriores: durante una ceremonia le dio a beber sangre de oso. Y que Noemí, que sigue riendo con la picardía de los que traman algo, heredó su fuerza, la fuerza del oso.

Ayer la encontramos saltando con Urpi, su mejor amiga, sobre el techo de la furgoneta. Treparon por la toma de aire. Son invencibles.

– Los niños de tu pueblo, ¿trepan bien? -me pregunta.

– Algunos. No hay muchos árboles en las ciudades.

– ¿Y por qué?

– No sé. Porque hay mucho cemento. Además, los árboles que hay allá no tienen ramas bajas para balancearse.

– ¿Son árboles de frutas?

– No, tampoco. Son árboles de hojas.

– ¿Y hay monos?

– Sí, pero están en el zoológico.

– ¿Por qué?

– Para que la gente los vea.

Entonces Noemí comienza a limpiarse un dedo sucio con la boca, con saliva, con la boca. No estoy tan seguro que eso de encerrar animales esté bien. Noemí se distrae con un guacamayo que cruza el cielo, me mira y vuelve a sonreír. Y de la sonrisa pasa a la risa traviesa, exhibiendo sin vergüenza sus dientes desparejos de tanta selva. Y sentencia.

– Ustedes si que son raros.

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