36- ¡Gringo!

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– ¡Señora! ¡Qué bien habla castellano su marido!

Anna mira a la mamita redonda que atiende el puesto de comidas al paso y observo una cierta tensión contenida en sus ojos azules. Parece estreñida pero no, creo que es indecisión. No sabe si reír porque alguien descubrió que hablo bien el castellano o cabrearse por llamarla señora y encima sugerir que soy su marido.

Es inevitable, tengo que aceptarlo a pesar de que se me retuerzan las tripas: mi aspecto sugiere gringo aunque sea del mismo continente. Piel blanca, pelo castaño claro tirando a rubio los días de sol y perilla larga y revuelta. En la franja de tierra que cubre de Bolivia a Ecuador los hombres morenos son imberbes, no tienen muchos pelos en los brazos ni en la cara, los afortunados son un mal negocio para los fabricantes de maquinitas de afeitar.

Para mí los gringos son los yanquis, y no hay nada más incorrecto a esta altura de la historia que haber nacido en Estados Unidos. Porque después de habernos hecho tragar tantos escabeches de carne disfrazados de vitaminas para mantener el equilibrio mundial, ¿quién le cree algo al país que reeligió a un tipo llamado George Bush?

Y digan lo que digan mis pasaportes, para los locales soy gringo, aunque sea tan Latinoamericano como ellos, con un toque de empecinamiento ibérico y un corazón de pa amb tomàquet. Explicar la diferencia a cien millones de quechuas y aymaras es un poco complicado.

Anna es la gringuiiiita, como le gritó una niña casi descalza cuando avanzábamos por un mal camino de tierra. Entonces nos detuvimos pero, ¿qué le íbamos a explicar? Solo quería caramelos.

Da igual, aunque le cuente esto a la mamita que trae el plato de sopa detrás del delantal blanco, nada va a cambiar. Es lo que hay. Ella está feliz porque hablo bien castellano. Y lo dice sin malicia, con la ingenuidad que perdimos cuando aprendimos a distinguir las verdades a medias de las auténticas verdades.

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