35- Policías y ladrones | PERÚ

La Vuelta al Mundo en 10 Años - @viajeros4x4x4

A la entrada de Trujillo nos detenemos frente al negocio sencillo de un soldador, a unos metros de una rotonda. Queremos ir a Huanchaco, en la costa, pero los carteles sólo anuncian el camino al centro de la ciudad y a Chiclayo, a unos doscientos cincuenta kilómetros al norte. Demasiado lejos. El hombre deja de sacar chispas a un pedazo de fierro y nos indica el desvío de la izquierda con una sonrisa. Aquí cerca, después de Chan Chan, a unos cinco kilómetros. La gente del Perú suele ser terriblemente amable.

Vuelvo a arrancar, cubrimos los cuatro metros que nos separan de la esquina y escuchamos el sonido agudo de un silbato.

– ¿Y eso? –pregunta Anna.

– Ni idea. Esta vez no hicimos nada mal, ¿no? –pregunto recordando Puno mientras desacelero. A unos quince metros hay una camioneta con suficientes luces de colores como para ambientar una discoteca, pero no hay policías en la calle.

Na, ni bola –dice Anna. –Sigamos –y vuelvo a acelerar.

Entonces vuelvo a oír el silbato. Por la ventana de la camioneta sale un brazo azul indicando el lateral.

– ¡Qué huevos! –exclamo sorprendido. –¡Nos detiene sentado!

Veinte segundos después un policía aburrido abre la puerta, se pone en pie con cansancio, se ajusta el pantalón, se cala el sombrero y camina despacio hacia nosotros. Parece un pistolero de Bonanza. Cuando llega junto a la ventana observo que tiene el rostro cruzado por las marcas de la varicela y la nariz roja. Sus movimientos están sensiblemente ralentizados, quizás por el alcohol, quizás porque es mediodía o porque aún nos está calando.

– Documentos –pide brusco.

– ¿Cuáles quiere? –siempre pregunto lo mismo. Es una estrategia para acotar la búsqueda, cada policía tiene sus popias preferencias. ¿Querrá el el permiso de conducir, el seguro, carnet de vacunación o la tarjeta del Corte Inglés?

Anna odia esta estrategia.

– Papeles del vehículo y carnet de conducir.

Anna me alcanza el papel de importación temporal de la Mitsu y lo levanto frente a la ventana. El policía lo agarra, pero yo no lo suelto.

¿Recuerdan a los Hermanos Marx, a Laurel y Hardy y a los Tres Chiflados, forcejeando por un pedazo de papel? El policía tira el papel para su lado, yo tiro para el mío. El policía me observa y vuelve a tirar para su lado, esperando que lo suelte. Pero no.

– ¿Puede soltar el papel? –pregunta sorprendido.

– No –respondo seco.

Máscaras en Perú

Normalmente, los encuentros con la policía suelen ser un trámite. Decir ¿dónde van? ¿papeles? Y buen viaje es parte de su trabajo. No hay problema. Pero esta vez es distinto. La nariz roja, la actitud, el aire, su tono de voz… Los siete años de ruta han desarrollado un sexto sentido que capta pequeños gestos invisibles e involuntarios y los carga de sentido. Es en esos momentos cuando los encuentros con un policía sospechoso se convierten en un mano a mano de póker donde nos jugamos algo más que una coima.

Nunca, en los muchos años que llevamos de viaje, hemos cedido ante un policía corrupto. Nos han presionado en Argentina (ver El Policía Corrupto), Mozambique, Bolivia, Egipto y Tanzania. Y nunca, nunca, hemos sobornado a nadie para conseguir algo. Alguna vez algo puede salir mal.

– Mire –le digo. –Usted tiene derecho a detener el vehículo en la calle y a pedirme los documentos, pero no tiene derecho a exigirme que se los entregue. Lo dice la ley. Yo no tengo la obligación de dárselos, sólo tengo la obligación de enseñárselos.

– Yo soy policía y usted tiene que respetarme.

– Por supuesto. Yo le respeto, pero no confío en usted. Usted estaba sentado en su camioneta, no estaba en la calle deteniendo vehículos para hacer su trabajo. Cuando nos detuvimos a preguntar direcciones vio que la furgoneta es extranjera. Por eso nos detuvo.

– Deme su permiso de conducir.

Le enseño el carnet español. Hace años que viajamos sin el permiso internacional de conducir. Sería recomendable, pero vencen al año y el nuestro venció en el 2001. Los gobiernos de Sudamérica, a diferencia de África, aceptan el carnet expedido en tu país de origen si estás de paso. Intenta tomarlo, pero tampoco lo dejo.

– ¿Puede soltarlo?

– No, ¿para qué lo quiere?

– Tengo que ir a mi camioneta a verificar en mi cuaderno si su vehículo está requerido.

– Traiga su cuaderno.

– No, deme su documento.

– Mire amigo –le digo –usted lo que quiere es otra cosa. Tenemos todo en regla, siempre tenemos todo en regla. Usted vio un vehículo extranjero y quiere dinero. Y no lo va a conseguir. ¿Cuál es su nombre? –continúo mientras observo su sorpresa. –¿Herrera, como dice su uniforme? Somos amigos del General Ruiz, jefe de la policía del departamento de Ancash. Nos pidió que si teníamos un problema, habláramos con él. Anna, apunta el nombre de este señor. Cuando entremos a la ciudad llamaremos al General Ruiz a Huaraz.

– Yo no les pedí ninguna coima.

– Pero va a hacerlo. ¿Por qué nos detuvo? Usted estaba dentro de su camioneta, no estaba controlando el tráfico.

– ¡Usted me está faltando el respeto! ¡Está faltando el respeto a la policía de Perú!

– Y usted no debería estar vistiendo ese uniforme. Usted le está faltando el respeto a la policía de su país.

– ¡Váyanse!

– El general se va a enterar de esto –asegura Anna pellizcándome el brazo.

Hasta ese momento no habíamos tenido problemas con la policía de Perú. Cinco meses atrás entramos al país con prejuicios hacia las piedras voladoras que se estrellan contra los parabrisas y hacia la corrupción oficial. Nos habíamos equivocado en las dos, aunque nuestros amigos peruanos aseguraban que todo el dinero que no les sacaban a los extranjeros, se lo sacaban a los locales.

–  Que heavy que vamos –dice Anna cuando arrancamos. –¿No deberíamos bajar el perfil? –pregunta con acento argentino mientras nos alejamos.

– Lo vi, Anna, lo vi. Te lo juro. Este tipo era un coimero y nos iba a inventar algo. Le ví la pluma…

Nacer en Argentina tenía que servir para algo…

 

Nota: Un amigo de un amigo nos había pasado el nombre del General Ruiz, a quien nunca llegamos a conocer.

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