Por qué salimos de viaje. Así comienza ‘El Libro de la Independencia’.

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Así comienza El Libro de la Independencia. Así comienza la historia de La Vuelta al Mundo en 10 Años.

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Siempre ocurre más o menos lo mismo: cuando comienzas a acostumbrarte al ritmo de las vacaciones suena un teléfono o una llamada de Dios, Allah, Jehová o la conciencia proclamando que hay que volver. A veces es el mismo pipipí de tu móvil lo que te despierta en un lugar extraño. Pero no, tu teléfono está apagado. Lo prometiste.

Igual te sobresalta, el sonido es tuyo, y tu cuerpo responde con un acto reflejo digno de un perro fiel. Tu mano se desliza inconsciente hacia abajo, cae lentamente hacia el bolsillo, Pavlov estaría orgulloso. Y mientras dejas de tararear esa nueva canción que repiten constantemente en los bares y las radios de medio mundo para que te guste, la-lá du-bi du-dú, tu frente comienza a arrugarse. En el sitio habitual del teléfono hay un envase de plástico, medio vacío de crema.

Un regusto amargo a melancolía, similar a la bilis, contamina tu boca. Por un instante vuelves a sentir el sabor de tu ciudad y no te gusta. Tu lugar en el mundo no está mal, pero apesta desde esta perspectiva. Observas tu bañador, más abajo están tus pies tatuados de un moreno saludable sólo interrumpido por las líneas algo más claras de las sandalias. Los gritos de un niño que llora son sirenas de emergencia. Una hoja con membrete, basura, se engancha entre tus piernas antes de seguir su camino. Y entonces ocurre, recuerdas.

Y recordar da asco, sobre todo cuando la avalancha de imágenes te devuelven a la realidad, cuando confirmas que no vives entre palmeras pero te gustaría tener arena en el jardín. Sabes que dentro de poco el tiempo volverá a regirse por algo menos importante que la rutina del sol. Que lo que tienes ante tus ojos desaparecerá tras el vidrio trasero de un taxi. Que estás en el mes del primer sueño, el sueño de independencia, cuando la realidad se convierte en un simulacro de vida alternativa.

Recuerdas que sólo son vacaciones, que te irás aunque tengas ganas de quedarte. Otra vez.

Entonces murmuras un insulto que se confunde con la respuesta insulsa del propietario del jodido teléfono. No importa cómo haya respondido, yes, salam, hola o diga, da igual el acento. Estés lejos o cerca, has vuelto.

Esta vez, lo que disparó la acidez fue encontrar la segunda parte de un pasaje de avión que curiosamente estaba a mi nombre. Había aterrizado en Johannesburgo porque era el destino más barato hacia otra región desconocida y una acumulación de casualidades me dejaron frente a Martin, un suizo con todas las rastas de Bob Marley. Martin acababa de atravesar África en un Land Rover viejo y destartalado color marrón safari, el clásico, y buscaba gente dispuesta a compartir la gasolina y algunos dólares. Yo necesitaba sorprenderme.

Era fines de julio y había huido al sur de África aprovechando mi mes de vacaciones y una baja extra de quince días por problemas mentales. Mi cabeza ya no funcionaba bien. Era grave, pero no tanto como para estar en la lista de espera de un psiquiátrico. Sólo había comenzado a cuestionarme el sentido de lo inevitable.

Hay que trabajar, hay que tomar cada mañana el bus a la misma hora. O conducir en medio de un atasco, escuchando siempre la misma radio, con la misma cara de museo de cera. Hay que pagar la luz, el gas, el teléfono, el agua, los pañales reciclables, la escuela de los niños, la maldita hipoteca o el alquiler. Hay que entrar a la oficina con la primera luz del día y salir cuando se está poniendo el sol. Esto es normal, la vida es así.

Los carteles de las calles y la televisión proclamaban que la única alternativa era tomar Coca Cola. Entonces tu mundo se convertiría en una fábrica que radiaría felicidad al espacio exterior. Los tipos de Atlanta ya habían comenzado su campaña para reemplazar la cocaína de la fórmula original por ácido lisérgico.

Sí, también, yo trabajaba en el maravilloso mundo de la publicidad. Hacía anuncios, desarrollaba ideas que te ayudaban a elegir la mejor cerveza, el coche que se adaptaba mejor a tus necesidades, el hotel con los mejores servicios. Me gustaba esa tensión, esa acumulación de desafíos de ingenio con fecha y hora de caducidad. Me podría haber dedicado a la poesía, pero esto pagaba mejor.

En mi descargo declaro que nunca hacía exactamente lo que me pedían. Debía contar historias en poco espacio pero siempre escribía demasiado. Si, muy bonito, pero quítale la mitad de las palabras. Como si escribir fuera amontonar piedras. Utilizaba expresiones raras, metáforas con acentos extranjeros y de vez en cuando dejaba caer alguna propuesta ingeniosa. Últimamente me había empecinado en encontrar la manera de colar una protesta callejera dentro de una campaña. Tomates kamikaze suicidándose contra el suelo para no caer de nuevo en los brazos de una lechuga; un okupa cubierto de piercings vendiendo hipotecas para un banco respetable; supuestas frases satánicas disimuladas en los textos que anunciaban una ginebra verde. Sin duda era mi subconciente enviando mensajes desde el otro lado. Algo andaba mal.

Era un año raro, distinto a todos los que se habían sucedido hasta entonces. Todavía faltaban unos meses para el fin del milenio según los matemáticos de Gregorio XIII, el papa que hace más de cuatro siglos bautizó nuestro calendario. Y eso, un evento numérico que sólo ocurre cada mil años, había afectado el humor de la calle.

El mundo se había separado en dos bandos: los que estaban a favor y los que estaban en contra de la trascendencia de los años que terminan en muchos números redondos. Las reacciones más comunes eran la sorna y la curiosidad afectada, pero también había algo de temor. La indiferencia era impensable. La gente discutía en la fila del banco, en el supermercado y el ascensor. Cada edificio tenía un Nostradamus de portero. Había que opinar, sí, elevar la temperatura, hablar de Dios y el Anticristo aunque nadie creyera que fuera a ocurrir algo excepcional. Las guerras no se detendrían por un día. Dios no bajaría a la Tierra y nos convertiría en humanos. Era imposible que todos sacáramos la lotería.

En los medios, pocos profetas, videntes y tiradores de cartas pronosticaban el fin del mundo. Ningún periódico serio abusaba de la tinta para gritar titulares catastróficos. No era redituable. Eso de ves, yo tenía razón, se acabó el mundo, no iba a funcionar.

Los únicos que realmente parecían preocupados eran los gobiernos y las empresas. Temían que todos los ordenadores volvieran a la prehistoria analógica y dejaran de funcionar al pasar del año 99 al año 00. Nada. ¿Te imaginas? En sus pesadillas, todas las deudas, todas las operaciones, toda la riqueza y bienestar logrados durante años de acumulación desaparecían en un segundo histórico. Abracadabra, ahora todos volvemos a ser iguales.

Era el segundo sueño común de buena parte de la humanidad, el sueño de la igualdad.

Lo que menos necesitaba durante esas vacaciones era juntarme con otro fugitivo. Así y todo, Martin y sus dreads hacían un conjunto bastante cuerdo: casi treinta años, ganas de hacer cosas, barba abundante y varias extravagancias inofensivas, propias de quien acaba de cruzar África en un viejo 4×4 atado con alambres. Un ejemplo, había inventado un idioma basado en sonidos que sólo se podían traducir a sensaciones, duda, alegría, confianza, problema: Curu-cucú! Pundae! Cuac-cuac-cuac… Era un esperanto para el viajero por tierras desconocidas.

El sistema era sencillo: intentaba hablar primero en un idioma; si no le entendían, intentaba con otro. El tercero se lo inventaba. Segundos después ya había conseguido establecer una relación basada en la risa y la falta de miedo al ridículo. Si no entienden tus palabras, que entiendan tus emociones. Un éxito rotundo.

– A veces apostaban entre ellos acerca de mi locura. Lo veía en sus ojos. Sabes, nadie ataca a los locos, y menos a los locos alegres. Los locos que ríen son inofensivos.

Éramos dos en Johannesburgo, pero precisábamos alguien más, un tercer socio de ruta con quien compartir los gastos. Y eso era un problema. Casi todos los que dormían en el hostal viajaban acompañados. Muy poca gente se va sola de vacaciones y menos todavía se dan la libertad de olvidar esa cadena refinada llamada planes. Y de ese porcentaje mínimo todavía menos están bien de la cabeza.

– Inga, se llama Inga y habla poco inglés –así la presentó Martin antes de desplegar sobre la tierra un mapa Michelin, gastado y recosido con cinta adhesiva, que ocupaba tanto espacio como una Biblia comentada. –¿Vamos hacia Harare?

Inga era una alemana normal, ni bonita ni fea, ni gorda ni delgada. Una chica de pelo castaño que trabajaba once meses al año como enfermera en un pueblito cerca del mar Báltico. Allí donde siempre hace frío. Sabía dar inyecciones intramusculares y endovenosas, tomar el pulso en la vena carótida y cambiar los pañales de abuelitos que a veces estiraban una mano para acariciar uno de sus pechos teutones. Inga confirmaba el estereotipo del alemán que sale ganador en todas las encuestas: autosuficiente, algún estudio superior, confiada, bebedora de cerveza y sonriente esporádica, como todo buen habitante del desarrollo europeo. Le había tomado años abandonar los veranos locos de la costa española y volar sola a África. Bueno, a Sudáfrica, el país más desarrollado del continente.

Nuestra opinión cambió cuando descubrimos que sufría ataques de ansiedad cada vez que tomaba conciencia de la aventura que estaba viviendo. En lugar de emocionarse, se asustaba: estoy sola en África, en una ruta perdida, cada vez más lejos del aeropuerto, lejos de mi embajada, y del hospital recomendado por el seguro médico… das is zum kotzen! Podía ocurrir ante la visión repentina de una pandilla de babuinos corriendo como perros por un arcén arbolado, frente a un grupo de pacíficas amas de casa negras en un colmado humilde o durante un control rutinario de la policía. Eso era especialmente peligroso. Sus nervios nos convertían en sospechosos de todo: subversión blanca para derrocar un gobierno negro, inmigración ilegal y hasta tráfico de estupefacientes. Pensar en la prisión empeoraba aún más su ansiedad.

Por eso, para tranquilizarse, empezó a rascarse las manos, las muñecas y el antebrazo. La inseguridad le provocaba comezón. A los quince minutos aparecieron los primeros rasguños. A la hora había comenzado a sangrar por pequeñas heridas que nunca terminaban de cicatrizar. Entonces Inga olvidaba que estaba en África, buscaba su botiquín y se curaba.

Inga se quedó en las cataratas Victoria. Su partida fue lo más parecido a un trueque de cromos escolar: te cambio una alemana rara por un japonés reservado. Takayuki era pequeño, silencioso y también viajaba solo. Su objetivo era cruzar África en patinete, suficiente para que sus mejores amigos no tuvieran que inventarse excusas para irse de vacaciones a otro lado. Para impulsarse mejor llevaba zapatillas de payaso cuatro tallas más grandes y, esto era casi un milagro, aún no había sido atropellado por un camión. Pero todo llega, todo camionero tiene derecho a su minuto de fama en la prensa amarilla.

En esas pocas semanas africanas ocurrieron cosas extraordinarias para un oficinista cualificado: desenterré huesos de ballenas en playas deshabitadas, ascendí dunas enormes en el desierto, aprendí a caminar desarmado entre leones y elefantes y observé desde abajo las burbujas verdes de los rápidos del río Zambeze. Casi cada día seguía huellas arañadas a la selva y senderos de arena blanda. Era mi retorno particular a una vida más sencilla, a la edad de la inocencia, esa época en la que aún crees que todos somos libres.

Tres semanas y muchos kilómetros más tarde, en Windhoek, Namibia, metí la mano en el bolsillo equivocado y saqué un papel doblado en dos, ese medio pasaje de avión. La vuelta. Y recordé que debía regresar, que esa no era mi vida real.

Que sólo era una vida prestada, vacaciones.

 

Volví al reino animal de Barcelona embutido entre una mujer de ojos nostálgicos y un vendedor de filtros de agua que hablaba compulsivamente. Acababa de terminar una semana de aislamiento en un país donde no entendía a nadie. Yo era su oído, el dummie con quien practicar el discurso de satisfacción por el buffet de su hotel-casino en Sun City y el safari entre las prostitutas negras de Johannesburgo. Eso sí que era peligroso, repetía, no esas mariconadas de tours en cochecitos blindados para ver animalitos salvajes. Practicaba conmigo sus frases preferidas, las más sorprendentes, las que usaría para provocar a sus amigos y sus clientes. Hablaba mucho.

Cuando comenzó la película me puse los auriculares y bajé el volumen a cero, dispuesto a enfrentar lo que me revolvía las entrañas: el retorno a mi vida real, no demasiado distinta a la del vendedor de filtros de agua.

Saqué el papel arrugado que llevaba en un bolsillo desde Harare y volví a leer: La vida es todo aquello que nos pasa mientras hacemos planes. La frase era de un tipo de boca muy grande llamado John Lennon. A él lo habían matado de un tiro una inesperada tarde soleada, bajen el telón, el show ha terminado. Yo tenía una habitación empapelada de mapas, libros y revistas que me llevaban hasta el fin del mundo sin moverme de casa. Quería llegar a todos esos paraísos, pero ‘un día de estos’, ‘todavía no’ y ‘en unos años’ se habían convertido en las excusas favoritas para evitar el compromiso que implica apostar por lo que realmente quieres hacer en la vida.

Cuando abrí la puerta de mi apartamento hipotecado supe que tenía que irme. Al otro lado estaba la vida de un extraño con trabajo estable, rutinas, obligaciones y televisor. Quedarse era tomar el camino de la seguridad, y eso significaba comenzar a envejecer. Debía reinventarme, ya había enterrado la vida que esperaban que viviera. ¿Por qué no volver a hacerlo? ¿Por qué no matar la vida que vas a vivir?

¿Por qué no comenzar de nuevo?

Ya habían pasado ocho años desde la primera gran aventura, cuando había llegado a Madrid en un avión de Aeroflot con escalas en Recife, Isla de Sal, Argel y Moscú, medio mundo. Ahora la vida comenzaba a convertirse en algo predecible. ¿Por qué no volver a cambiar la historia?

Esa noche, después de dos horas de olernos y hablar sobre ese mes y medio que habíamos vivido separados, le confesé a Anna que no le había traído ningún recuerdo de África. Sí, era un cretino que sólo podía ofrecerle unas palabras envueltas, cariñosas, cargadas de un veneno dulce.

– ¿Quieres venir a dar la vuelta al mundo conmigo?

 

La historia continúa en La Vuelta al Mundo en 10 Años: El Libro de la Independencia.

Barcelona, Barcelona, España



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