25- Bailando con la más fea | VIAJES EN BALSA DE TRONCOS

Viaje en balsa de troncos por el río Madre de Dios, Perú. Anna Callau y Mauro Zunino

(viene de Viaje en balsa por el Río Alto Madre de Dios 3: La Partida)

El secreto de la felicidad es no tener miedo.

No hay nada más difícil que detenerte en la cornisa y, luego de recontar tu debe y haber, dar un paso adelante. La conciencia conservadora, tu Saddam Hussein particular, te susurrara ‘si cruzas la línea te las verás conmigo’. Pero da igual, no importa, sabes que éste es el momento de caer. Y caes.

En el vacío pierdes la tierra firme, la seguridad de las pestes cotidianas desaparece y te sumerges en un infierno encantador. Todo es nuevo, inesperado y desconocido. Es mucho y hermoso aunque arda, por momentos sientes la piel transformándose y tienes miedo. Por un momento te traicionas y te conviertes en el tramposo que olvida lo malo y sólo recuerda lo bueno de esa perra o ese perro que te hacía la vida imposible. Entonces pasa un ángel o un cocodrilo y te das cuenta que ya estás bailando, la taquicardia soberbia se eleva sobre las aristas de las piedras envenenadas y te lanzas a los rápidos que se acercan al Titanic. Si aceptas que ya estás hundido, ¿qué más te puede pasar?

El agua transparente, verde pero transparente, revela el fondo a veinte centímetros de la balsa. Piedras de todas las formas se suceden como en una granizada violenta. Cantos rodados del tamaño de cráneos sumergidos rozan la madera liviana, piedra contra corcho, el destino contra los sueños, contra la voluntad, contra la inconsciencia. Quizás…

 ¡Agárrense que nos vamos contra las piedras! –grito.

Mauro se sienta, acomoda la tangana y se agarra al portaequipajes de caña. Esto es la vida, velocidad sobre un suelo inestable, no hay tiempo para tener miedo. Ya no guiamos la balsa, la balsa avanza abandonada a los caprichos del río con nosotros remando, intentando enderezarla, paleando con fuerza y casi con desesperación mientras gira, gira, gira y se ladea y avanza de costado, seis metros de carne y madera tierna ofrecida como sacrificio a un Dios precristiano, al río que enseña los dientes, que abre la boca. Entonces aparece la piedra que apenas sobresale del agua, un cuerno, un colmillo duro que se acerca sin moverse…

 ¡Agárrense!

La balsa se sacude desnuda, dos troncos intentan separarse, el agua rabiosa se repele y estalla. La balsa es un tanque que salta al pisar una mina. Volamos sobre el río rápido y otra piedra, quizás la misma de antes, aparece delante para volver a morder. Los remos se mantienen atados y el cuerpo, acribillado de ronchas, picaduras rojas y pequeños arañazos contra las puntas de las cañas del portaequipajes, resiste emocionado. La aventura sólo es aventura cuando no estás preparado para todo, cuando hay que improvisar y aprender sobre la marcha.

Al inicio del tercer día el nombre de nuestra nave está casi borrado. Titanic se desdibuja, la madera se hunde pero vuelve a flotar, renace anónimo, como si los augurios ahora fueran buenos. El Titanic aguanta a pesar de una rajadura que recorre uno de los troncos a lo largo. Es lo que hay, mierda, es lo que hay.

Remando, remando, remando…

Troncos y golpes

A partir de las diez, once de la mañana, el sol pega fuerte y los insectos se multiplican. Tienen hambre, pobrecitos. Hay una mosquita blanca muy pequeña que ha convertido los brazos de Anna en una sucesión ininterrumpida de ronchas diminutas. También hay jejenes maquiavélicos que dejan pequeños puntos de sangre sin coagular que provocan comezón durante una semana. Son los dráculas de la selva, chupasangres capaces de dejarte vacío.

Lo que no hay son nubes, y no es fácil decidir entre el bloqueador solar o el repelente de insectos con olor a desodorante de ambientes. Mauro opta por una estrategia discutible: enseña los brazos y piernas pero no usa antibichos. Está cubierto de picaduras, como si pretendiera inmunizarse a través de la sobredosis de saliva de mosquitos y jejenes. De cualquier manera, con el próximo chapuzón, accidental o no, uno vuelve a quedar desnudo.

En medio de una calma del río aparece una araña caminando por encima del agua. En algún lugar, a la izquierda, está la comunidad de Shipitiari. Allí hablan machiguenga. Unos kilómetros después del pueblo está el Parque Nacional del Manu, con sus jaguares, pumas, serpientes y sus leyendas sobre el Paititi, el Dorado de los últimos incas. Comenzamos a palear, turnos de veinte remadas cada uno.

 ¡Asado! – empujo el remo en el agua. –¡Bife de chorizo! – palada en el río. –¡Pizza de Avenida Corrientes! –otra palada. –¡Milanesa con papas fritas! –otra palada. –¡Cordero a la cruz del Agus! –y otra palada. –¡Arròs negre con sepia! –ahora palada a la izquierda. –¡Paella de la suegra!

 Che… ¡Pará! –me dice Anna, riendo, unos metros atrás. –¿Tenés hambre?

 No.

 ¿Tienes ganas de estar en otro sitio?

 Tampoco, en este momento no cambiaría este cansancio por nada del mundo.

 ¿Y entonces?

 Disfruto pensando en lo que encontraré por ahí. Cada palada me acerca un poquito más al próximo asado… Pero bueno, mientras tanto, ¿me pasas una banana?

Gringoooooooos!!!!

La corriente lenta del Alto Madre de Dios nos arrastra entre un bosque de árboles hundidos. Todos están muertos, quebrados y grises, pero sus ramas se estiran y sobresalen de la corriente como los brazos de un ahogado. Medio metro separa la balsa del último obstáculo esquivado a último momento. Remar, hay que remar fuerte, no hay fondo. En la orilla un tapir grande y gordo sale del agua, atraviesa un cañaveral y se esconde en la selva.

Hoy es el cuarto día de río y a la izquierda se abre un brazo de unos treinta metros de ancho. El agua transparente del Alto Madre de Dios se confunde y se mezcla con el trago marrón que avanza desde el norte. Este debe ser el río Manu.

 ¡El árbol debe estar de pie! –grita Mauro hundiendo inútilmente la tangana. –¡No hay fondo! ¡Todos a la derecha!

Y remamos a la derecha para girar a la izquierda. ¡Vamos! ¡Vamos que llegamos! ¡Un poco más! Pero no, no llegamos, vamos directo hacia las ramas extendidas hacia el cielo, hacia las manos abiertas del árbol muerto, que se mueven con la corriente para atraparnos y balancearnos y levantarnos y engullirnos. Es nuestro Moby Dick de la selva.

 ¡Agárrense! ¡Vamos a chocar!

El impacto es fuerte. La corriente continúa empujando, pero ya no avanzamos. La balsa, nuestro Titanic, se ladea atrapada por el árbol muerto y se inclina unos treinta grados amenazando con darse vuelta y arrojarnos a la corriente llena de troncos sumergidos. Encallamos y no tenemos bote salvavidas. Bueno, sí, hace días que estamos en el bote salvavidas.

 ¿Lo tenés bien agarrado? –le pregunto a Mauro, que clavó las tanganas en el agua y está intentando evitar que la balsa se descontrole aún más.

 Sí… parece que sí. Pero apurate que los mosquitos me están morfando

 Entonces aguantalo, que voy a filmar este desastre.

 ¿A filmar? –pregunta Anna espantada. –¿Ahora?

 ¡Claro! Nunca filmamos nada cuando estamos en medio de los problemas. ¿Qué más nos puede pasar? ¡Este es el Titanic! ¡Ya estamos jodidos!

Encallados y a punto de naufragar

(continúa en Viaje en balsa por el Río Alto Madre de Dios 5: El final)

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