10- Enfermos en la ruta.

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Y entonces sucedió. A partir de ese momento algunas preguntas encontrarían una respuesta distinta. Ya no sería ‘tenemos un estómago de fierro, acostumbrado a beber el agua de todos los pueblos y a comer lo que nos sirvan en las paradas pobres junto a las carreteras’.

         ¿Qué hacen cuando se enferman?

Curiosamente, el sitio en donde la furgoneta había sufrido su peor apendicitis, su peor paro cardíaco, se convirtió también en el origen de la cadena que cambió la respuesta y nos envió al hospital.

Diego de Almagro, antes Pueblo Hundido, de siete mil habitantes, rodeado de minas de cobre y oro y desierto, tiene una carnicería que vende unas patitas de chancho deliciosas. La poca carne, el cuero mal afeitado y el cartílago blando sumergidos en la pócima picante secreto de alguna viejita bruja, convierten a una burda calabaza en un descapotable. Incluso el carnicero nos recuerda, pocos extranjeros sobreviven treinta días en Diego de Almagro y, además, vuelven.

En fin, cargamos cincuenta litros de agua potable, compramos pan para una semana, dos botellas de vino, unos chorizos, morcillas, un pack de cerveza, galletas dulces, las tentadoras patitas de chancho y partimos hacia el desierto. En Chañaral, un pueblo antes, habíamos conseguido combustible a precio camionero, un tercio menos que en las estaciones de servicio.

         Es bueno, no te preocupes –asegura Alberto, uno de nuestros tantos amigos mecánicos desperdigados por el mundo, después de degustar un trago del diesel que chupa por una manguera del tanque de combustible de un camión. –Estos ahorran combustible en las bajadas de la ruta. Ponen el motor en punto muerto y se dejan caer. Es ilegal, pero así gastan menos petróleo y consiguen unos pesos extra.

Cargados con todo lo que necesitamos para una semana de aislamiento, partimos hacia el interior del desierto de Atacama. El camino, de ripio, está mucho mejor que un año atrás. Una nueva compañía minera alisó los primeros ochenta kilómetros hasta Altamira. A partir de allí hay que bajar la velocidad, la calamina es capaz de elevar el estómago a la cabeza y dejar el cerebro en el sitio del hígado.

A principios del siglo veinte Chile era el principal productor de salitre del mundo, un compuesto necesario para la elaboración de la pólvora y para abonar los campos. El negocio acabó tras la Primera Guerra Mundial, con el descubrimiento de un compuesto sintético elaborado en laboratorio. Y allí, en medio de la nada, quedaron los restos de las oficinas salitreras, pueblos mineros abandonados hace ochenta años.

Aquí se encuentra el alimento de mi primera enfermedad, el coleccionismo de botellas antiguas. Ubicamos un pueblo abandonado, recorremos los restos de las calles escoltadas por paredes desmoronadas, encontramos el basural, saco la pala, me cubro la boca y la nariz del polvo, la cabeza, los brazos y las piernas del sol, y comienzo a cavar. Muchas veces no sale nada. En pocas ocasiones encuentro una bolsa de arpillera raída con algunas botellas de 1900 intactas, sus tapas grabadas, latas de conserva y hasta paquetes de tabaco aplastados pero en buen estado.

La enfermedad real apareció al segundo día de excavación. Amanecí cansado. El día anterior, entusiasmado, había paleado arena durante más de diez horas para encontrar cinco botellas, menos paquetes de tabaco, quince tapas de cerveza idénticas y un cartel destrozado. La búsqueda de tesoros no había resultado tan buena.

         ¿Qué te pasa? –pregunta Anna cuando vuelvo a doblarme de dolor.

         Tengo puntadas en el estómago. Y creo que un poco de fiebre.

Con el pueblo más próximo a ciento cincuenta kilómetros, el mejor tratamiento es descansar, paracetamol para bajar la fiebre y litros de agua para compensar la diarrea. Dormito durante todo el día. Cada veinte minutos despierto con una nueva puntada bajo el esternón. ¿Será el despertar de las morcillas asesinas, después de varios días sin frío? ¿O la venganza del chancho? En medio del desierto mi cuerpo es un calentador y la transpiración que no se evapora inmediatamente empapa las sábanas. Igual tengo frío.

         Tienes que sentirte muy mal para no estar cavando –dice Anna. –Si mañana continúas así nos vamos a Antofagasta.

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Antofagasta, la ciudad más cercana, está a más de trescientos kilómetros hacia el norte, camino a Alaska. Al mediodía siguiente entramos en el Hospital Militar.

         ¿Es cierto que en Argentina tienen un solo apellido? –pregunta la enfermera.

         Algunos sí y otros no –respondo cansado, mientras observo mi sangre en la jeringa.

         ¿Y cómo hacen si no tiene padre? –continúa mientras me inyecta algo que me calienta el paladar, la punta de las manos, los testículos y los pies, recorriendo el circuito que hace la sangre por mi cuerpo en cinco, siete segundos.

         Le ponen el apellido de la madre. Uf, ¡eso quema!

Entonces entra el médico, joven, de calva franciscana prematura.

         ¿Cómo te sientes?

         Con calor.

         Tienes una infección en el estómago. Vigila tu apéndice estos días. Estás en riesgo de sufrir una apendicitis. Si sientes que se pone duro, vuelve urgente al hospital.

Olvidamos el presupuesto, buscamos una habitación con baño privado y cable en un hotel y nos quedamos varios días, hasta que cesan las puntadas.

Conclusión: es peligroso enfermarse durante un viaje. Sobre todo cuando uno cambia la estrechez cotidiana de una furgoneta por la comodidad, la ducha y el televisor de un hotel.

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