06- La primera vez que vendimos libros en la calle.

La Vuelta al Mundo en 10 Años - @viajeros4x4x4.com

Esta es la historia de la primera vez que compartimos historias y libros en la calle.

          ¡Estos chicos son ricos! –afirma un convencido cuando descubre los letreros que anuncian que vamos hacia Alaska.

Es inevitable, alguien de tanto en tanto lo suelta. Esta vez ocurre en la ciudad de Salta, noroeste de Argentina. Por primera vez nos detenemos para vender el libro con una selección de historias sobre el cruce de África que editamos en Buenos Aires. Y es extraño, porque nunca fuimos vendedores y, sin embargo, la rutina vuelve a tomar un nuevo desvío inesperado, parece el mismo camino pero no, ya es otra vida: ¿qué hacemos vendiendo libros? En el fondo todo es un complot del pianista, todo es un accidente.

          Oiga… –levanto la voz mientras una parte de mí se enoja ante la insinuación de que vivir en una furgoneta, viajar como forma de vida, sea algo tan fácil.

Pero el hombre ya se fue, sólo permanece su risa excesiva, testigo de su fe absoluta en las verdades de la normalidad.

          No somos herederos –continúo explicando a la pareja que observa el camino dibujado en el mapa mientras Anna habla con otros sorprendidos en off side. –Cuando decidimos partir tan sólo optamos, elegimos tomar un camino distinto. La sociedad dice que para ser feliz hay que tener. Y no creo que sea cierto.

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El primer libro del día se lo lleva un alemán que no habla castellano, buena señal. Luego llegan dos chicas que deciden comprarlo a medias. ‘Si eso es lo que están haciendo, no necesitas convencerme para que te compre un libro’ afirma otro hombre cuando me acerco luego de un trago de agua, dispuesto a recomenzar el relato del viaje. ‘Si te compro un libro no tomo vino’ se excusa diez minutos más tarde un guitarrista que asoma su cabeza por la ventana de un minibús. Nunca hablé tanto en mi vida.

          Este libro vale por noventa kilómetros. Eso es lo que avanzamos cada vez que vendemos uno. Noventa kilómetros más cerca de cumplir el sueño de dar la vuelta al mundo.

Desde que pusimos el cartel en la ventana trasera que anuncia que vamos hacia Alaska se multiplicaron las bocinas en las rutas y algunos automóviles desarrollaron brazos espontáneos en nuestra dirección. ¿Saludan o quieren atraparnos? Más de una vez nos encontramos con soñadores hipnotizados que se habían traicionado, parpadeando, sin creer a sus ojos.

          ¿La vuelta al mundo? ¿Alaska? Eso es lo que yo siempre quise hacer antes de tener tres hijos y una hipoteca –interrumpe un hombre que lleva un pequeño jinete sobre sus hombros.

Entonces comienzo a hablar de elefantes y leones. De tribus que visten con taparrabos y decoran su pelo con bolsas de plástico y cáscaras de calabaza. Del cruce del Océano Atlántico en una barca de pesca y de sueños, ésta es la única oportunidad que tenemos para cumplir nuestros sueños.

Cinco minutos después el hombre-caballo se aleja con su pequeño jinete con las manos vacías. Entonces escucho, ‘Papá, ¿dónde está Alaska?’ En ese momento aparece la duda, no veo el cruce de miradas, pero ambos reculan en busca de un libro autografiado: ‘Para José Luis, estos son nuestros sueños, a vos te toca seguir los tuyos’. Se lo doy al hombre-caballo, que se lo entrega al pequeño jinete.

Pero no, este no es un día más, la vida es extraña, algo sutil está sucediendo. Recibimos invitaciones para visitar familias de Tucumán, Alaska, Canadá, Estados Unidos y México y vendemos muchos más libros de los que habíamos imaginado. Pero ésta historia no trata de eso.

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Llamo a Anna y le señalo otro grupo de chicos de entre 18 y 25 años que se resisten a seguir caminando. Sus pies se entierran frente a los mapas que repiten nombres exóticos, o por lo menos raros: Khartoum, Dar es Saalam, Belem, Juneau, Estambul, Ulan Bator, Margarita, Bombay… Algunos recorren el mundo con sus dedos, como de si la punta de la uña se abriera un párpado capaz de absorber el camino. Quizá ese sitio no sea mejor que éste, pero seguramente es distinto. Y con eso ya vale.

Me acerco despacio. Sé que no van a comprar un libro pero quizá lo que les cuente les deje alguna cicatriz.

Nadie sabe dónde está el próximo desvío de la ruta.

Es nuestra primera vez vendiendo libros en la calle.

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