05- Bolivian Vibrations

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Después de destrozar los oídos de unos cuantos paraguayos inocentes tomamos la ruta que nos recomendaron evitar, el camino de cornisa que une Villamontes y Tarija en seis horas no aptas para enfermos del corazón. En cualquier momento, en cualquier curva, puede aparecer un camión y en muchos tramos no hay espacio para dos vehículos. Entonces el más débil, nosotros, deberá estacionar con las ruedas a centímetros del barranco que acaba en un río a cien, quinientos o mil metros abajo. La caída hipnotiza, es extraño, da miedo pero también atrae.

Hoy es domingo y los amigos estarán contentos de saber que hay pocos vehículos en la ruta. Pasamos Tarija, dejamos atrás las cruces que anuncian los últimos metros de José, Juan y María de tez morena y seguimos ascendiendo hacia Villazón. Regresamos a Bolivia buscando una revancha. Dos años atrás recorrimos el país de norte a sur y nos fuimos con el sabor amargo del rechazo. Un policía que nos dice que no deberíamos estar en su fiesta popular, el recepcionista de un hotel que se niega a abrir la puerta de una ducha y quiere pelea, un taxista que desea atropellarnos por accidente, horas bajo el sol del altiplano a 4500 metros de altura con el motor roto y nadie es capaz de detenerse a ayudarte. A ayudarnos. No, los bolivianos no pueden ser así. Por eso volvemos a Bolivia.

Volvemos a respirar sobre 4000 metros de altura, a sentir la ausencia de oxígeno, los cactus, el camino de tierra, los locales ensimismados, el humo negro que sale por el tubo de escape por la mala combustión del diesel, la vida sin emoción que pasa al otro lado de las ventanas y se limita a terminar cada día como si jamás hubiera empezado, como si la carne no fuera capaz de criar gusanos. En una de las tantas curvas cerradas la bocina deja de funcionar, se habrá desconectado de nuevo. Y de repente, en medio de tanta belleza apática, se apaga el motor.

El envión nos deja en un ensanchamiento de otro camino de cornisa. Es hermoso, está vacío. Intento arrancar pero el único ruido proviene del viento que nos ignora. No funcionan las luces. Abrimos el motor, no puede ser un cortocircuito. Anna chequea la batería, está descargada, es el alternador. La única manera de intentar arrancar es poner segunda y dejar caer la furgoneta por la pendiente con el contacto puesto. Si no arranca, estamos jodidos. De nuevo.

Pero arranca. Es casi de noche cuando llegamos sin luces a las afueras de Villazón, a tres mil setecientos metros de altura. Aparcamos junto a una estación de servicio y preparamos un poco de pan con queso y aceite de oliva para cenar.

–     Era un tío tan gafe tan gafe tan gafe, que se presentó a un concurso de gafes y quedó segundo –dice Anna.

Nos reímos de la mala suerte que intermitentemente nos persigue y nos acomodamos a oscuras sobre el colchón. Que el alternador no funcione no es tan grave. Tener dos baterías y que las dos estén descargadas, es raro. Que el turbo haya dejado de silbar después de Villamontes ya está asumido. ¿Serán las Bolivian Vibrations? Lo importante es que conseguimos volver a la civilización. Boliviana, pero civilización. Mañana será otro día.

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Al amanecer, a veinte metros, hay un camión cruzado sobre la carretera con el eje roto.

–     ¿Ves? –le explico convencido a Anna. –Si cuando llega la mala suerte no le damos bola, ¡se aburre y se va con otro!

Tomamos un café e intentamos arrancar cuesta abajo pero no, el motor está apunado, frío y sin batería. Desistimos al tercer intento, la bajada termina a veinte metros en un puente. Los camiones aprovechan la pendiente y pasan a toda velocidad junto a la furgoneta haciendo sonar su bocina de tren. Los autobuses se ladean hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia la derecha. No me gustaría ser un pasajero en Bolivia. A los diez minutos de esperar junto a la ruta pasa el primer 4×4. Se detiene.

–     Me quedé sin batería y no funciona el alternador –le digo. –¿Me podrías dar chispa, por favor?

–     Ahorita no puedo porque lo voy a lavar –dice abandonándonos con la boca abierta.

Otro asegura que su pick up no tiene batería. ¿Funcionará a cuerda? Intento detener un camioncito Ford y el tipo que conduce ríe y hace gestos flamencos hacia arriba con una mano. Sigue de largo. ¡Olé! ¡Y que viva Bolivia!

Media hora más tarde saco la batería y me subo a un minibús. Nadie está dispuesto a detenerse cinco minutos para ayudarnos. Me bajo frente a un taller de electricidad del automóvil. La calle es de barro y el interior del local es un desorden oscuro y cubierto de grasa. Da miedo.

Recuerdo experiencias frustrantes de motores desarmados sobre callejones diseñados accidentalmente como túneles de polvo. Mi estómago se rebela, Diego de Almagro, Chile, el viejo culeao que desarmó el motor en dos días y luego no supo volverlo a armar. El Peor Mecánico del Mundo, con mayúsculas. El motor duró doscientos kilómetros antes de fundirse. Ernestro González, un nombre que en mi tripa suena tan mal como George Bush u Osama Bin Laden. pero no, esto es Bolivia, amabilidad altiplánica nula, palabras que surgen con esfuerzo, cortadas con cuchillo.

Dejo la batería cargándose en el taller y salgo a buscar otro sitio donde arreglar el alternador. Cruzo la frontera hacia Argentina entre mulas bolivianas, hombres y mujeres que por monedas van y vuelven contrabandeando sobre sus espaldas sacos de harina, cajas de cerveza y paquetes de tetra brik de vino blanco dudoso. Es odioso, pero una manada de vacas no sería más sumisa ante los gendarmes que hacen la vista gorda.

–     Tienen tres horas, de lunes a viernes, para pasar todos los alimentos que necesiten. Es una gentileza del gobierno argentino, ya que no pagan aduana –dice el policía que me atiende.

Las mulas son un tropel permanente que avanza sobre las vías del ferrocarril desmantelado, toman sobre sus lomos encorvados la carga que los distribuidores sueltan y doblan un poco más las rodillas. Bajan el terraplén, retoman el asfalto, se apiñan sobre el carril derecho amontonándose, atascándose, corriendo para dejar su bulto a trescientos metros y volver, volver a cruzar la frontera, volver a Argentina y volver a sentir la espalda doblada bajo un sistema económico que los ignora.

Será por esto que ríen cuando un blanco hace señas en la ruta pidiendo ayuda. Será su pequeña venganza.

En La Quiaca tampoco encuentro un electricista de automóviles y vuelvo a entrar a Bolivia. Nadie pregunta dónde voy ni de dónde vengo. Junto a la puerta del taller donde recojo la batería están descargando docenas de botellas de Coca Cola. Un perro pasajero levanta la pata y vacía la vejiga en el montón. ¿Recuerdan Blade Runner? Es el mismo caos, pero en el presente. Busco un taxi y vuelvo hasta donde espera Anna. El conductor me cuenta de otro electricista, más caro pero más prolijo.

Monto la batería y el motor arranca. Buscamos al electricista caro y al poco rato ya tiene el alternador afuera. Lo desarma, cambia los carbones, con la punta de un cutter levanta el plástico que proteje un rulemán y sentencia que está malo. Vuelve a montar el alternador pero no funciona. Comienza a hacerse de noche. Once insoportables horas más tarde abandonamos el taller con ganas de entrar en Argentina, pero es medianoche y la frontera está cerrada.

A la mañana siguiente, después de los trámites migratorios y aduaneros, nos detenemos en la estación de servicio de Repsol/YPF que está en La Quiaca, a doscientos metros de la frontera. Cuando el empleado se acerca para atendernos con una sonrisa, no puedo evitar darle un abrazo.

–     Hermano, ¡no sabés cuánto te extrañé!

–     Qué, ¿acaban de salir de Bolivia? -pregunta sin soltar la sonrisa, sin poder deshacerse del abrazo de un desconocido.

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