01 – De Buenos Aires, hacia Alaska

La furgo de La Vuelta al Mundo en 10 Años en la Garganta del Diablo, Tilcara, Jujuy, Argentina

Hoy hace tanto calor que el asfalto se pega a la suela de las zapatillas. Las vacas se amontonan bajo las sombras amarretas de los pocos árboles que quedan en pie en la interminable, insoportable llanura pampeana y hasta el descamisado más pobre se rindió ante la evidencia: este año, los mediodías solo existen para los suicidas.

Por eso los policías que controlan la frontera entre las provincias de Buenos Aires y Santa Fe decidieron hacer turnos de veinte minutos. Mientras dos mojan las sobaqueras del uniforme controlando la ruta y el reloj, los otros dos toman mate bajo una sombrilla, junto a su patrullero. Treinta y cinco grados a la sombra, aseguraron por la radio. El terremoto que provocó el tsunami de diciembre de 2005 debe haber movido los trópicos hacia el sur.

Nada, nunca pasa nada. Los ladrones de coches ya saben que allí hay un puesto fijo y lo evitan religiosamente, no sea que en la lotería del destino les toque un policía honesto. Los jefes tampoco organizan inspecciones sorpresivas en otras curvas de la ruta. Por eso nada, nunca pasa nada. Todos mantienen el status quo.

En los meses posteriores a la dolorosa crisis de fines de 2001 en la ruta solo veías camiones, autobuses y camionetas manchadas de barro, los coches particulares casi no salían de las ciudades. Afortunadamente la situación se estabilizó y el gobierno decidió anclar la economía en la realidad: un peso no puede ser un dólar, Argentina no es Estados Unidos.

Las suelas de los zapatos del policía gordo se resisten a despegarse del asfalto. Los vehículos aminoran la velocidad y pasan el examen desganado de la sospecha. Uno, dos, tres, pasan de largo. Aquel aparece blindado, aislado del infierno en una cápsula de aire acondicionado. A esos da gusto detenerlos y hacerles bajar la ventanilla para pedirles los documentos.

Entonces, en el horizonte aparece una especie de mosca verde con ruedas. Tiene la panza plateada y parece rebotar con las arrugas de la ruta. Es una furgoneta, no puede estar bailando. El policía mira la hora, faltan cuatro minutos para ir a tomar mate. Observa que la patente es blanca, extranjeros, aire acondicionado fijo. Junta las piernas frente a un cono anaranjado, levanta la mano e indica el arcén. Lo hace todo en un solo movimiento acalorado, lento, tai chi en la ruta.

 Buenos días –saluda cambiando la sonrisa por un rigor mortis facial. Estos gringos llegan con la ventana baja, maldición, sobre la chapa podría hacer huevos fritos.

 Buenos días –responde el tipo que conduce, barba de chivo y pañuelo de colores en la cabeza.

 Permiso de conducir y papeles del vehículo por favor. ¿De dónde vienen?

 ¿Ahora? ¿O antes?

El policía deja de observar a la mujer sentada en el asiento del acompañante que baja el volumen de una música que parece gitana, y vuelve sus ojos cansados al conductor. Hace calor, tiene sed y detuvo a un hippie que hace preguntas estúpidas.

 Ahora venimos de Buenos Aires.

 ¿Adónde van? –repite por vigésima vez en el día, mientras recibe un carnet de conducir de cartulina rosa y despliega un papel blanco, un permiso de importación temporal.

 Para Alaska.

Dos segundos de delay después, el policía se separa de la furgoneta y calcula. El calor es insoportable, a él también le gustaría estar en Alaska. Pero no, en una ventana hay una lista de países, España, Francia, Suiza, comienza a leer.

 Turquía, Siria, Egipto, Sudán, Etiopía, Mozambique… ¿Usted estuvo ahí?

 Sí, los tres.

El tipo de uniforme estira la cabeza pero no ve a nadie más.

 Nosotros dos y la furgoneta, los tres cruzamos África. Y ahora vamos a cruzar América. Hasta Alaska.

 ¿Con esto? ¿Y sin aire acondicionado? –pregunta señalando a la Mitsu. –Usted está loco.

Vaya novedad. Me llamo Pablo, mi chica es Anna-la-catalana y el 20 de junio del año 2000, día de la bandera de nuestro corazón, salimos de Barcelona, España, con la idea de dar la vuelta al mundo. El proyecto era volver al lugar de donde partimos cuatro años más tarde, pero cuando lleguemos ese sitio ya no será el mismo. Y nosotros tampoco.

En los últimos seis años y medio recorrimos el sur de Europa, Oriente Medio, África de norte a sur y cruzamos el Océano Atlántico en un barquito de pesca. Veintitrés días, demasiado. Luego viajamos desde Ushuaia a Belem, donde desemboca el Amazonas, y atravesamos toda la ruta Transamazónica hasta la selva boliviana.

En este tiempo pasaron muchas, muchas cosas: se nos rompió el motor en el Sahara sudanés y junto al lago Turkana en Kenia, a ochocientos cincuenta kilómetros del mecánico confiable más cercano. Nos persiguieron elefantes y nativos armados con escopetas y palos. Entramos a la cueva del ébola y compartimos la vida cotidiana de decenas de familias de todos los orígenes, culturas y religiones posibles. En el altiplano boliviano se nos congeló el motor. En un minipueblo del desierto de Atacama elegimos al peor mecánico del mundo para desarmarlo y, después, ya no supo cómo volver a poner las piezas en su sitio. Un desastre. Nos picaron pulgas, garrapatas, mosquitos, tábanos, jejenes, putsy flies, tsé tsé, avispas, arañas, chinches, medusas y algún otro bicho aún no clasificado por la biología.

Ahora, hoy, el policía mira su reloj y se da cuenta que toca estar a la sombra. Pero no importa. Alaska… que lindo sería estar allá.

Entonces me devuelve el carnet de conducir de cartulina rosa, el papel de aduanas que certifica que la furgoneta no es una inmigrante ilegal en Argentina y, antes de alzar la mano para dejarnos continuar, dice

 Que tengan suerte. Creo que la van a necesitar.

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