126- El hombre que susurraba a los caballos de su motor

Trabajando debajo de La Cucaracha, la furgo 4x4 (Mitsubishi L300) de La Vuelta al Mundo en 10 Años

Dale… arrancá… no seas cruel… Si arrancás ahora te llevo a que te laven. Y que te enceren. Nunca te enceraron, quizás tu dueño anterior, pero nosotros no… Vas a ver, es como ir a un spa. Y te cambio el aceite. Te voy a poner el mejor del mundo. Eso no va a ser aceite, va a ser champagne, aceite para naves espaciales… Dale Cucarachita linda, arrancá… si yo te quiero…

Y entonces, el Apocalipsis según Chávez oscureció el mundo. Un terremoto en China, otro en Perú, otro en Chile, otro en Haití. Un huracán en Myanmar, las bolsas caen hasta el subsuelo, España llega al 20% de desempleo y la crisis hipotecaria afecta hasta a Malawi. Después fue culpa de los griegos, claro, ellos fueron los que inventaron la civilización.

Si estábamos mejor cuando éramos monos, ¿te acuerdas? Había un jefe que decía ‘sacáos los piojos los unos a los otros como yo los he sacado’. Eso estaba bueno. Encima, en Australia nacen menos canguros y a la presidenta de Argentina le aparece un grano en la mejilla. Estamos jodidos.

Las señales son las correctas. Yo os iré entregando uno a uno al filo de mi espada, y todos pereceréis en esta mortandad. Isaias, 65:12. El imperio caerá y nada se salvará, los farsantes serán los primeros en ser devorados por las llamas del fuego eterno.

En el aire hay un olor a sulfuro que apesta. No sé si es culpa de BP, Chávez, la política del imperio, Bin Laden, Mugabe, los chinos, los fascistas de derecha o los fascistas de izquierda, pero alguien sufre una terrible gastroenteritis infecciosa que nos termina afectando a todos.

Esa es la imagen global, lo que aparece en los periódicos. Pero la vida real, nuestra vida pequeña y diminuta, se desarrolla según la dictadura de la furgoneta.

Hoy se me rompe el parabrisas, mañana la cremallera y pasado mañana nuevamente el parabrisas. Se corta el resorte del acelerador y, mientras lo desarmo, uno de los tornillos se rompe dentro de la rosca. Después de una nueva alineación, los neumáticos siguen gastando más por el lado de adentro. El limpiaparabrisas de la puerta trasera, que se queda trabada desde una salida de ruta en Zimbabwe, ha dejado de funcionar. Cariño, el tornillo del cárter está girado y no podemos cambiar el aceite. El alternador ya no carga, el silenciador está roto, la cuarta rasca, hay que bajar la caja. Subí la música por favor.

Pero no son averías causadas por el desgaste de 18 años de vida, no. Es venganza por un pozo mal encarado, despecho por abandono durante un par de meses en la casa de un amigo, opinión de furgoneta. Estoy seguro, más que seguro, re-seguro, que la Cucaracha tiene carácter. Todos los que dicen que los objetos no tienen alma están equivocados.

Es lógico que nuestra Cucaracha se rompa durante una vuelta al mundo por rutas secundarias que ya dura más de 10 años. Pero no, ella no funciona así, ella no se rompe por cansancio. Ella se rompe por celos y venganza. Ella es japonesa pero tiene sentimientos latinos.

Y habla cuando se corta el cable del acelerador en medio de la Pampa, cuando se quema todo el circuito eléctrico a 300 kilómetros de reiniciar el viaje o se rebela con una avería fantasma en la que no coinciden cinco mecánicos distintos.

Hace unos días cumplimos 10 años viviendo en la ruta. Nosotros queríamos celebrarlo en una playa de agua tibia, la furgo quería celebrarlo en un mecánico de aceite espeso. Cada cual tiene sus gustos. Ganamos, por algo tengo las llaves, pero al día siguiente tuvimos que ir al mecánico. Nos salió caprichosa la niña.

Fue como cuando llegamos al sur del mundo. Nosotros estábamos emocionados de llegar al final de la Ruta 3, el último camino de Tierra del Fuego, el último camino de América. La furgo también. Y cuando volvíamos a Ushuaia se le rompió el disco de embrague. Fue por la emoción.

Mientras tanto yo le hablo, le susurro palabras bonitas cargadas de buenas intenciones, como si ella tuviera la capacidad de comprenderme, de responderme, de hacerme caso.

Nuestra furgo, como tantas otras furgos y cuatro por cuatros y bicicletas viajeras, tiene nombre. Entonces le digo cosas bonitas a mi Cucarachita linda, le doy palmaditas cariñosas en los faros traseros, le rasco los bajos, acaricio el volante, le limpio la caquita de paloma que se le pega al parabrisas, la visto de tatuajes…

Como Robert Redford, vamos, igualito. Soy El hombre que susurraba a los caballos de su motor.




Exposición de Fotografías sobre La Vuelta al Mundo en 10 Años

www.viajeros4x4x4.com

Esta es una exposición que colgamos en Barcelona durante marzo 2010 con algunas de las mejores fotos de La Vuelta al Mundo en 10 Años. No fue fácil seleccionarlas, tenemos unas 100.000 fotografías.

Cada fotografía lleva un extracto de El Libro de la Independencia, de la serie La Vuelta al Mundo en 10 Años.

Haz click en los enlaces que hay al pie de esta entrada para ver las fotos ampliadas, leer los extractos de El Libro de la Independencia y conocer la historia real que hay detrás de cada fotografía.

  1. La prostitución en las calles de Nairobi, Kenia
  2. Historias de la peluquería Blacky, Nairobi, Kenia
  3. Haciendo el King Kong, Bujagali, Uganda
  4. A través del Salar de Uyuni, Bolivia

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Consigue los libros de Pablo Rey (El Libro de la Independencia, Por el Mal Camino) con las historias de más de 15 años viviendo en la ruta, en cualquier librería de España, en Amazon.com y en Kindle, o descarga las primeras historias en PDF.

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EL LIBRO DE LA INDEPENDENCIA | La Vuelta al Mundo en 10 Años

Viajeros4x4x4 - Pablo Rey

El Libro de la Independencia. ISBN de España 978-84-616-9037-4

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Primero pensamos que podríamos dar la vuelta al mundo en 4 años. Luego nos convencimos que la terminaríamos en 7. Cuando llegamos al sexto año de viaje, creímos que 10 era buen número, un número redondo. Casi 20 años después todavía seguimos viviendo en la ruta. Y todavía nos queda mucho planeta…

“Jamás olvidaré el lunes que apoyé el cañón de una pistola en mi cabeza y disparé hasta quedarme sin balas, sin detenerme a pensar en lo que hacía para no darle otra oportunidad al arrepentimiento. Era la despedida a un trabajo fijo, la renuncia a un futuro previsible, la jubilación de la seguridad. Pasaban diez minutos de las diez de la mañana y mis últimas palabras decían, más o menos, ‘quédense ustedes con el muerto que  yo me largo’. Mi cuerpo se desplomó y yo salí por la puerta.”

El Libro de la Independencia es la historia de un sueño, de cómo un día dos personas normales deciden renunciar a la doble vida que nos arrastra a hacer los fines de semana todo lo que nos hubiera gustado vivir de lunes a viernes.

Y es el relato de los caminos accidentados de Babel, un viaje por algunas de las peores rutas del mundo en una furgoneta 4×4 transformada en una casa con ruedas. Sin baño, sin ducha, sin patrocinadores, sin hoteles, sin teléfono y sin Automóvil Club. El camino proveerá es una declaración de intenciones optimista. Bueno, optimista optimista.

‘Están decididos a ‘completar’ la vuelta al mundo en 10 años y, posiblemente, a inventarse cualquier excusa para seguir en movimiento.’
Revista Lonely Planet, España

‘Hemos comprado vuestro libro y tiene droga, lo juro, engancha, dan ganas de mandar todo a la mierda y marcharse como vosotros ahora mismo.’
Exin, Galicia, España

‘Vivir han vivido de todo, desde un ataque de elefantes por acercarse demasiado a una manada con crías a persecuciones en Etiopía.’
Telediario 2, TVE, España

‘Hace dos horas que no paro de leer tus historias. Tamaña cachetada me has dado esta mañana de sábado. Mi señora llegó del supermercado y acaba de regañarme pues no hice la comida ni le preparé el desayuno a mi hijo. Y acá estoy, intentando recuperarme del golpe. Gracias hermano, Dios te bendiga.’
Che Toba, Argentina.

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‘Cuando leí La vuelta al mundo en 80 días de Julio Verne tomé mi mochila y anduve unos meses vagando. Ahora que leí ‘El Libro de la Independencia’ quiero comprar un furgón 4×4 y llegar a la Patagonia.’
Genaro Herrera, México

‘El Libro de la Independencia es capaz de despertar la magia de un fuelle soplando en las ascuas de los sueños más locos. No se trata de qué vas a hacer cuando te retires, sino de lo que vas a hacer antes de morir.’
Chris Collard, Editor de la Revista Overland Journal, Estados Unidos

‘Muchas veces cuento que en Ecuador conocí a dos que viajaban por el mundo en una furgo desde hacía casi 10 años. Lo cuento como algo natural, como una anecdotita digamos. Pero la verdad, si me paro un segundo a pensar, o sea a racionalizar el hecho de que existan personas con historias de vida como la de ustedes, ahí me doy cuenta de que es algo increíble, es un milagro, una maravilla, algo extraordinario de verdad.’
Lucho Orlievsky, Argentina

‘¡Gracias! Siempre sentiré que el viaje que están compartiendo es el que me impulsó a comprar un pasaje a mi nueva vida.’
Silvia Villaseñor, México

‘Perdonad, pero no le puedo recomendar el libro a nadie, no quiero sentirme responsable de la ‘destrucción’ de una vida estable, segura y sedentaria. Bueno, y aburrida.’
Maya, Libreria Llamborda, Catalunya, España

‘Cuando elijo un libro, espero que las páginas que estoy a punto de leer estén llenas de tesoros e inspiración. Quiero ser transportada al mundo del escritor a través de sus palabras, que me cautive a través de la sabiduría, la lucha, y la aventura. La lectura de El libro de la independencia es lo que se necesita para dar un paso al frente. Oyes tantas historias de viajes concebidos como una carrera por llegar y Pablo Rey me deja pensando. ¿Qué sucede cuando dejas de correr y te dedicas a disfrutar de la ruta? ¿Y si conviertes tu vida en un viaje? Me gustaría ser una mosca en el cerebro de Pablo. Sus palabras son tan mágicas que es imposible no transportarme a su universo alternativo.’
Sarah Blessington, Exploring Elements, Estados Unidos

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Pablo Rey nació en Buenos Aires. Llegó a Madrid en 1992, cuando España entraba en crisis. En 1996 adoptó Barcelona y en el año 2000 alquiló su apartamento hipotecado y se mudó a una furgoneta con Anna Callau, su compañera de aventuras. El objetivo: dar la vuelta al mundo en 4 años a través del sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América de sur a norte para volver a Barcelona uniendo Vladivostok con Finisterre. Todavía viven en la ruta.

Ha escrito artículos para las revistas Altaïr, Lonely Planet y Overland Journal, entre muchas otras. Es ex creativo publicitario, ex inmigrante ilegal, desenterrador de botellas antiguas en pueblos abandonados y uno de los tantos argentinos de Barcelona, españoles de Buenos Aires, que llevan la aventura en la sangre. También es autor de los libros sobre La Vuelta al Mundo en 10 Años ‘Por el Mal Camino’ e ‘Historias en Asia y África’.

El Libro de la Independencia 4ª edición (ISBN 978-84-616-9037-4) tiene 15 x 21 cm., 1 mapa, 44 fotografías y 256 páginas de historias verdaderas. Esto no es una novela.

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DÓNDE CONSEGUIR LOS LIBROS DE LA VUELTA AL MUNDO EN 10 AÑOS

  • España: Todas las Librerías
  • Precio de venta al público en España: 18 euros. Si tu librería no lo tiene, escríbenos y te lo enviamos a cualquier lugar de España sin gastos de correo.
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111- Qué se siente cuando vives un terremoto | PERÚ

La Vuelta al Mundo en 10 Años - www.viajeros4x4x4.com

A las siete y quince de la mañana un murmullo largo sacude la cama arrancando un rugido de las paredes. Un rugido suave, pero bien bronco.

– Anna, quédate quieta.

El sonido es exactamente el mismo que retumba dentro de un túnel mientras pasa sobre tu cabeza un tren interminable, cada vez más pesado, cada vez más intenso. Brrrrrrrrrrrrrrrrmmmmmmmmmm.

Un terremoto es algo extraordinario. La confusión es auténtica, la película de tu vida se enganchó en la máquina y el viejito que vigila los proyectores se quedó dormido.

– ¡Todos al patio! ¡Todos al patio! –comienza a gritar la abuela Raquel. –¡Ay madrecita mía de mi vida! ¡Dios santo! ¡Que acabe rápido por favor mamita!

Su voz nerviosa recuerda las historias entrecortadas en alguna sobremesa. Paredes caídas, grietas en el asfalto, fuego, gente desnuda en la calle, sangre, el pudor ya no es importante.

Diez, o veinte, o treinta segundos más tarde, cuando la tierra se calma, una mano con Parkinson enciende el televisor. Ya interrumpieron todos los programas.

Un terremoto es algo escalofriante. El suelo tiembla en shocks planetarios, sacudidas que levantan cemento, asfalto, farolas y edificios. Los gorriones pierden los nidos y la gente sus casas. No es broma. El sacudón que provocó el tsunami asiático de fines de 2004 hizo que algunas islas se movieran de sitio.

Recuerdo la primera vez, año 2003. Cenábamos en nuestro apartamento alquilado en Santiago de Chile, un noveno piso, y la silla comenzó a caminar. Mi pequeña colección de botellas de los años cincuenta parecían clin clin clin clin clin campanas. Apoyé el tenedor en la mesa e intenté asimilar la vibración. Era algo sobrenatural.

– ¿Sientes esto? –preguntó Anna.

El edificio era Godzilla y nosotros estábamos en su estómago.

Recuerdo la emoción inconsciente, esto se mueve, esto es nuevo, esto es incontrolable esto es un fenómeno. La introducción al Apocalipsis, capítulo 1.

Durante un terremoto cada uno enseña sus cicatrices, las visibles y las invisibles. En la calle suena un coro de alarmas de automóviles. Los bomberos saltan a sus camiones y la gente sale a las calles. Algunos lloran. Otros se quedan en blanco. El miedo a las réplicas provoca otro temblor, esta vez en las piernas.

Queda la inestabilidad. Es la vida desnuda, desequilibrada, original, pendenciera, nada está asegurado. Todo puede derrumbarse en un momento de inquietud. El corazón continúa latiendo, pero las pulsaciones pasan las cien, el baterista se ha vuelto loco.

Años más tarde, en Lima, y con la presencia fresca del desastre de Pisco, el suelo vuelve a temblar. La primera vez fue a la una de la madrugada, durante un asado. La silla sólo se movió unos centímetros durante un par de segundos y ayudó a que la cena se acomodara en el estómago. Fue simple, rum rum, ya está. La segunda sacudida fue distinta.

Hay más historias sobre terremotos en:

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107- Libertad bajo el cielo de la Pampa (Reportaje para la revista Lonely Planet)

Revista Lonely Planet España

© Pablo Rey. Publicado en la revista Lonely Planet Nº 29, edición española, en enero de 2010.

LIBERTAD BAJO EL CIELO DE LA PAMPA

La vida tradicional de los gauchos sigue latiendo con fuerza en una de las llanuras más fabulosas del mundo

La ruta 7 estaba interrumpida a la altura de Salto, donde en octubre se celebra la Fiesta del Caballo Criollo. La ruta 8 estaba cortada en San Antonio de Areco, donde en noviembre tiene lugar la Semana de la Tradición. Un poco más al norte, la autopista que une Rosario con Buenos Aires a través de algunos de los campos más fértiles de Argentina había sido tomada por manadas de caballos, vacas y tractores. Hacia el sur, la ruta 3 estaba cortada cerca de Azul… En abril de 2008 esa imagen se repetía en Bolívar, Chivilcoy, Bragado y casi todos los pueblos de la Pampa.

La propuesta del gobierno argentino de aumentar al 40% el impuesto sobre la producción de la tierra había indignado no sólo a los pequeños y medianos productores agropecuarios, sino que también había conseguido sacar de sus guaridas a los gauchos invisibles, esa mayoría pragmática convencida que el mundo ya no tiene vuelta atrás, que la Pampa alambrada nunca volverá a ser la tierra libre sobre la que galoparon los primeros vaqueros de América.

Revista Lonely Planet España

Solitarios de otra época

Allí estaban, mezclados, silenciosos y hermanados, hombres curtidos que pasan inadvertidos para los viajeros de las rutas principales, vestidos como hace 150 años, camisa con pañuelo al cuello, sombrero de ala y pantalones bombachos recogidos dentro de viejas botas de cuero. Los más frioleros lucían un poncho, una manta tejida a mano con un agujero al medio para pasar la cabeza. Algunos, con sus anchos cinturones de lana bajo otro cinturón de cuero adornado con monedas, ni siquiera se bajaban del caballo.

El sentimiento de injusticia había pegado tan fuerte que muy pocos habían continuado con su rutina de mate tranquilo. Los animales permanecieron encerrados, el arreglo del establo se suspendió y la yerra, el herraje de los caballos, quedó para otro momento. El resto de la vida continuó como cada día, escuchando las noticias por la radio: campo adentro no llega la señal para los teléfonos móviles. 

Las barricadas eran un buen punto de encuentro. El mate circulaba sin temor, la pandemia de gripe A aún no se había desatado, y sólo faltaba que alguien carneara un novillo para hacer un asado sobre el esqueleto de una cama de hierro convertida en parrilla. Hasta los gauchos más pacíficos recuperaban la rebeldía original y se sumaban al corte de las rutas de acceso y aprovisionamiento de Buenos Aires, que se estaba quedando sin carne. Y eso, para un argentino, eso es duro. Eso es presionar de verdad.

La historia del gaucho se empezó a escribir alrededor de 1586, cuando un soldado andaluz llamado Alejo Godoy envió una carta al rey de España quejándose del maltrato y las pésimas condiciones de vida en la recién fundada villa de Santa María de los Buenos Ayres. El hombre pedía ayuda para los colonos abandonados que vivían lejos, en el fin del mundo. Cuando se cansó de esperar una respuesta galopó hasta el terreno vacío de la Plaza Mayor (la actual Plaza de Mayo) y tras gritar ¡muera Felipe II!, dio media vuelta y se fue a vivir a tierra de indios. A la pampa.

Ese fue el bautismo, el origen del ser más típico de Argentina, el gaucho, un hombre libre e independiente que mestizó las costumbres amerindias con el caballo europeo para sobrevivir sin amo ni patrón en una tierra rica en animales salvajes. De los guaraníes tomó el mate que engañaba al estómago. De los pampas, tehuelches y ranqueles se quedó con el poncho para abrigarse, la vincha para sujetar el cabello largo y las boleadoras para enlazar las patas de la carne que correteaba por ahí. Menos caballos, perros y gatos, todo era comestible.

Los gauchos siempre vivieron al día. Cuando tenían hambre cazaban una ternera de la que aprovechaban sólo el pedazo de carne que ponían al fuego y el cuero, que secaban para cambiar en las pulperías por galletas, yerba mate o ginebra. En seguida los gauchos adoptaron la guitarra española como compañera para sobrevivir en la vasta soledad de la Pampa, un área inmensa de 700.000 kilómetros cuadrados tan lisa como una mesa de billar. Como la península Ibérica y el sur de Francia juntos, pero sin los Pirineos, sin la cordillera Cantábrica, los Alpes, Guadarrama y la Sierra Nevada. Un océano de color verde, sin árboles y lleno de vacas inconscientes de su destino de matadero. El infinito a caballo.

Revista Lonely Planet España

Conversaciones pausadas

Hoy la Pampa está jalonada de pueblos en los que es fácil entablar una conversación con los desconocidos que rozan tu vida. El dueño del almacén donde compras un paquete de galletas, la mujer a la que preguntas una dirección, el vendedor de diarios que quiere confirmar las noticias de España… Todos tienen un familiar que vive cerca de nuestra casa. Es muy posible que una pregunta que se pueda responder en diez segundos te entretenga feliz durante media hora. “No hay drama”, te dirán, “tengo tiempo. ¿En qué te puedo ayudar?” Entonces encontraste otro gaucho.

Porque gaucho no es sólo aquel que viste a la manera tradicional del campo. En Argentina, gaucho también es el que se preocupa por los demás, el solidario, el que hace ‘gauchadas’, favores, sin esperar algo a cambio. Simplemente porque un amigo o una causa justa lo necesita. El gaucho verdadero sabe que si puede ayudar no tiene alternativa. Por eso las manifestaciones en las rutas se habían poblado de hombres salidos de los rincones verdes más lejanos, vestidos con su ropa de faena como en las grandes reuniones de Areco.

San Antonio de Areco, en la provincia de Buenos Aires, es un pueblo tranquilo, un enclave gaucho rodeado de estancias históricas, inspiración de escritores que inmortalizaron la vida original de la pampa en libros imprescindibles como Martín Fierro, el Quijote argentino. Es el sitio perfecto para retirarse o cambiar de vida. Su centro antiguo guarda casas con biografía propia, bares viejos y almacenes renovados como la Pulpería de Areco, donde cualquiera puede descolgar una guitarra de la pared y lanzarse a cantar. Allí los amigos siempre tienen tiempo para otro mate, un café, una cerveza o un vino. Buenos Aires está a 113 kilómetros, la locura porteña no es contagiosa a esa distancia.

La vida de Areco sólo se altera alrededor del 10 de noviembre, cuando se convierte en el corazón de la Pampa. En esa fecha se celebra la Semana de la Tradición, una de las fiestas de doma, yerra y jineteadas más importantes de Argentina, que congrega a miles de gauchos orgullosos por exhibirse y desafiarse en el Parque Criollo y Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes. Llegar es fácil, con tanto asado sólo hay que seguir el humo.

La alegría es tan contagiosa que todos terminan mezclados antes, durante y después de las carreras cuatreras y las corridas de sortijas, consistentes en ensartar una pequeña argolla con un puntero y a galope tendido. Porque no estás en un escenario, estás en el sitio real, junto a la casona histórica rodeada por un foso de agua, frente a la pulpería donde los gauchos se juntaban a tocar la guitarra, jugar a las cartas, apostar a los caballos, beber ginebra y desafiarse con sus facones afilados. Y no necesariamente en este orden.

A un lado del casco viejo hay un grupo de hombres practicando el sapo, un popular juego de puntería, mientras en un campo cercano se organiza una exhibición espontánea de pato, un deporte parecido al polo inventado por los gauchos en el siglo diecisiete. Bajo un árbol, junto a una vendedora de alfajores de maicena rellenos de dulce de leche, dos payadores comienzan un duelo de guitarras, una improvisación llena de humor en la que gana el más ingenioso o el más desvergonzado. En cualquier momento, alguien se lanzará a dar unos pasos lentos de cielito o unos taconazos de malambo.

La mayor parte de los extranjeros asume que Argentina es como la ciudad de Buenos Aires, que el argentino es como el porteño. La Semana de la Tradición de San Antonio de Areco, con su calor, su humanidad y su desfile de más de 1.500 gauchos ataviados con sus mejores pilchas arreando sus tropillas, es una reivindicación inolvidable. Argentina es mucho más que Buenos Aires.

Revista Lonely Planet España

El progreso se olvidó de los gauchos

La vida gaucha original, la celebrada en San Antonio de Areco, sufrió una estocada grave hacia 1860, cuando comenzó la parcelación de la llanura pampeana en cotos de tierra privada. El ‘progreso’ puso dueño a las manadas de vacas salvajes y limitó la vida nómada de los gauchos, dejando pocas alternativas: el ejército o un trabajo mal pagado como peón de campo. Sin dinero, educación ni tierras propias, los gauchos que no se incorporaban al sistema quedaban fuera de la ley.

La mayoría se unió a la lucha de los caudillos del interior del país contra las decisiones tomadas en Buenos Aires, como en las rutas cortadas en contra del impuestazo. Otros se alejaron con su caballo hacia las fronteras, hacia las tierras sin ley donde ningún patrón podría decirles cómo vivir. Donde los estancieros pagaban el par de orejas de indio en libras esterlinas y bandoleros como Butch Cassidy y Sundance Kid asaltaban bancos argentinos al estilo del Lejano Oeste.

Aquí y ahora, los únicos que no aparecían en la manifestación que cortaba la ruta eran los grandes terratenientes, beneficiarios del reparto inmoral de la tierra arrebatada a los amerindios a finales de 1800. Los mismos que habían encerrado la llanura pampeana tras miles de kilómetros de alambre de púas ilegalizando el estilo de vida de los gauchos.

Entonces, si la pampa se había convertido en un corral gigantesco, ¿dónde fue a parar la vida libre del gaucho? La respuesta me la dio Adolfo Caballero, presidente de la Confederación Gaucha Argentina: los gauchos no viven sólo en la pampa. Entre Jujuy y Tierra del Fuego hay más de ciento sesenta mil gauchos.

Gauchos como los arrieros solitarios sentados en torno a una fogata bajo el cielo helado de la Patagonia, lejos de su casa, frotándose las manos para ahuyentar el frío de la estepa. Gauchos, los que empujan las manadas de vacas hacia los campos de invernada por los caminos de tierra de la cordillera de los Andes. Allí, lejos del asfalto y de las comodidades, continuaba latiendo la vida original y austera de los vaqueros del sur. La misma vida que se multiplicaba en el griterío de las carreras de caballos y sortija en Yavi Chico, Jujuy, a 3000 metros de altura o en el desfile orgulloso de los gauchos salteños que invadían las avenidas del noroeste argentino con sus lanzas y sus perneras de cuero que les protegen de los arbustos espinosos. Y al otro lado, cerca de Brasil, en aquel almacén-bar de Misiones que en realidad sigue siendo una pulpería, donde un grupo de gauchos juega al truco y comparte vasos de vino.

Los gauchos seguían vivos, los cortes en la ruta eran el mejor testimonio. Gauchos por solidarios, gauchos por luchadores, gauchos supervivientes y libres como Pata de Lija Anderson, baqueano en el sur de Tierra del Fuego, más lejos imposible, que nos invitó a un asado de carne recién enlazada y cuereada. Carne todavía tibia de las últimas reses salvajes, en el último rincón de Argentina, frente al Canal de Beagle.

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