299- Sólo hazlo. La publicidad que me inspiró a vivir como yo quiero.

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Hoy quiero compartir algo muy especial. Este anuncio, esta publicidad de 1992 seguramente cambió mi vida.

Ese mismo año lo arranqué de una revista y lo coloqué junto a mis cosas más preciadas. Es probable que sus palabras tengan parte de culpa de este presente viajero y escritor. Yo lo releo cada tanto, para no olvidar lo importante: No hay que tener miedo.

La semana pasada compartimos en la web el video de la conferencia que dimos ante 500 publicitarios en Pamplona, durante el encuentro anual del Club de Creativos de España. Aquel día enseñé por primera vez este anuncio con la fotografía de un corredor llamado Barry Sanders. En aquel momento no miré su nombre, ni me importó demasiado que en realidad el texto quisiera venderme zapatillas. Me quedé con las palabras de este anuncio, publicidad, que cambió mi vida.

Gracias por volar con nosotros. [email protected] al año 16.

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Demasiado a menudo tenemos miedo.

Miedo de lo que no seremos capaces de hacer.

Miedo de lo que la gente pueda pensar si lo intentamos.

Dejamos que nuestros miedos se pongan en el camino de nuestras esperanzas.

Decimos no cuando queremos decir sí.

Nos sentamos tranquilos cuando queremos gritar.

Y nos gritamos con los demás

Cuando deberíamos tener la boca cerrada.

Por qué?

Después de todo,

Solo vivimos una vez

No hay tiempo de tener miedo.

Entonces detente.

Intenta algo que nunca hayas intentado.

Arriésgate.

Apúntate a un triatlón.

Escribe una carta al periódico.

Pide un aumento.

Juega a ganar en la cancha más difícil.

Tira tu televisión.

Viaja en bicicleta alrededor del mundo.

Prueba el bobsledding

Intenta algo.

Habla en contra de lo que es correcto.

Viaja a un país donde no hables el lenguaje.

Patenta algo.

Llámale.

No tienes nada que perder.

Y todo, todo, todo que ganar.

Solo hazlo.

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Inspiración

La Vuelta al Mundo en 10 Años, Pablo Rey, Anna Callau y La Cucaracha, en el Death Valley, California. El futuro estaba delante

La Vuelta al Mundo en 10 Años, Pablo Rey, Anna Callau y La Cucaracha, en el Death Valley, California. El futuro estaba delante

Escrito por Asa Björklund para la revista Overland Journal de Estados Unidos. Primavera 2013.

Muchos definen a un viajero como alguien que viaja por el mundo y eventualmente regresa a casa. Pero, ¿qué pasaría si el mundo se convirtiera en tu casa? Pablo Rey, (Argentina), y Anna Callau (España) llevan 13 años en la ruta y su “casa” es una furgoneta Mitsubishi L300/Delica, cariñosamente bautizada La Cucaracha.

Pablo define su vida anterior como la de “un creativo publicitario trabajólico”. “Hasta que un día mi cerebro hizo CRUNCHHH, entre otros ruidos extraños, y decidimos partir.” Abandonaron su base en España y enfilaron hacia el sur, a través de Oriente Próximo, y hasta el extremo sur de África. Le hicieron dedo a un barco de pesca y consiguieron llegar hasta Argentina, y vivieron durante los siguientes siete años viajando por Latinoamérica hacia Alaska. En esa época Pablo tuvo una iluminación: los occidentales nos preocupamos demasiado por el dinero. “En un mundo donde tarde o temprano moriremos, el bien más valioso debería ser el tiempo. Los árabes y los latinos somos buenos en esto,” Pablo reflexiona mientras recuerda su vieja vida. “Nuestra educación nos empuja a seguir una línea continua: estudiar, casarse, tener una hipoteca, tener hijos y trabajar durante el resto de nuestra vida, como autómatas en una línea de producción. Nos inyectaron el eslogan más siniestro, ‘Arbeit macht frei’, El trabajo nos hará libres, pero sin la parafernalia nazi.

Pocos viajeros se entregaron al tiempo como Pablo y Anna.  Sin embargo, continúan extrañando a los amigos de siempre. Pablo dice “después de algún tiempo todas las montañas, cascadas, playas y cebras se repiten hasta que se convierten en algo… aburrido. En cambio, la gente es el color de un viaje. Cada persona es distinta y se puede convertir en una sorpresa que te marca para siempre.” Ya han editado varios libros con las historias de sus viajes (3 en castellano y 1 en inglés) que les ayudan a seguir adelante con su aventura.




224- La destrucción del zoco de Alepo. | SIRIA

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El zoco de Alepo nunca volverá a ser lo que describimos en ‘El Libro de la Independencia’.

“El zoco de Alepo es una interminable sucesión de pasillos estrechos invadidos por un pandemónium de mercancías que comienza a un paso de la calle. Es enorme, oscuro y ruidoso, arrugado, un laberinto de techos altos donde los cuerpos avanzan, se rozan y tropiezan con sacos de granos, cajas de cartón y banquetas abandonadas. La presencia de los animales que empujan para pasar es constante, y las bombillas de luz amarilla que cuelgan de hilos delgados desatan una epidemia de hepatitis aparente.

Cada cinco o diez metros cambia la consistencia del aire y una nueva contradicción llega a tu nariz. Sudor, pimienta, incienso, tabaco dulce, comino, orina, sésamo, carne oreada, humo, bosta de burro. Los sentidos se excitan, es provocación tras provocación, primero picante, luego dulce, luego amargo, hasta que todo comienza a combinarse. Té, aceitunas, camello, pistacho verde, henna, tomates aplastados.

Atravesamos locales especializados en joyas auténticas y joyas falsas atendidos por señores con un aire de respetabilidad sospechosa. Hay telas por metro, pantalones, galabiyas para el caballero, chadores y burkas con diseños de última moda para la dama, camisetas de los Rolling Stones, adornos plateados y espejados, frutos secos, aceite de oliva denso y pequeñas mezquitas que se suceden en memoria de santones olvidados. A la derecha se abre un portal labrado que da entrada a un antiguo khan, un hospedaje de forasteros y caravanas convertido en taller de costura. Un almacén ofrece bebidas de todos los sabores, colores y marcas menos Pepsi o Coca Cola. Siria es uno de los pocos países del mundo que cerró la puerta a los símbolos de la cultura norteamericana. El suelo, duro y rugoso, cambia de consistencia en la sección carnes degolladas para convertirse en una pista de patinaje húmeda y efervescente de vida. Es la pesadilla de un ama de casa acostumbrada a los supermercados impolutos. ‘Disculpe, ¿dónde están los congelados?’ 

Tus antenas se desequilibran o peor, se confunden. Entonces comienzas a oler con la boca, llena de saliva espesa empapada de partículas volátiles. Las bananas aplastadas por la pezuña de un burro saben a aguacate pasado. Un rincón lleno de basura y moscas sabe a aliento de perro. Es sorprendente la cantidad de espuma que puedes segregar automáticamente para enjuagarte el paladar. El paso arrastrado de un anciano tiene gusto a polvo antiguo, a casa encerrada y húmeda. Un ciego podría avanzar sin necesidad de un lazarillo hacia el rincón que siempre huele a orina de camello. Tu boca se vicia, se contagia. Los pasillos laterales dan curvas imposibles hasta callejones sin salida llenos de zapateros y malabaristas sin profesión definida.

Casi todos los números están escritos en farsi. El precio del kilo de mandarinas está en farsi. Los teléfonos públicos tienen los botones en farsi. La fecha impresa en la portada del periódico local, las matrículas de los coches y los carteles de los taxis están en farsi. Hasta los visados llevan las fechas de entrada y el tiempo de permanencia otorgado en farsi. Los números farsi nos rodean para recordar que los dibujos que utilizamos en occidente son sólo uno de los alfabetos numéricos que existen en el mundo.

Detrás de una fortaleza de cajas de cartón aparece la ciudadela, símbolo de Alepo y escenario de las guerras de religión más importantes de nuestra historia: las cruzadas. El islam avanzaba desde la península arábiga conquistando todo con la consigna ‘si no te conviertes, tendremos que matarte’. Los cruzados contraatacaban para ‘exterminar a los infieles y purificar con su sangre la tierra sagrada’. Así se iniciaron los problemas de Oriente Próximo: a Dios se le mezclaron los papeles y prometió la misma tierra a demasiada gente…”

Extracto de ‘El Libro de la Independencia’de la serie de libros de viaje sobre La Vuelta al Mundo en 10 Años.




194- La ceremonia del café con los Beduinos | SIRIA

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La historia de la ceremonia del café con los beduinos es un extracto de ‘El Libro de la Independencia’, de la serie de libros sobre La Vuelta al Mundo en 10 Años, acerca de la importancia del café en las relaciones con beduinos de Siria. No habla de los perros salvajes que suelen vigilar sus campamentos, esa es otra historia…

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Al entrar más profundamente en el desierto aparecen las moscas.

Una. Dos. Diez. Vuelan dentro de los oídos, se posan en las únicas partes del cuerpo donde la piel se funde con el sol. Dicen que en Palmira es peor, que allí son nubes, que es la música que te acompaña mientras caminas entre columnas y árboles de granadas, que se meten en la boca, en la nariz, que se pegan a tu sudor. Que buscan la humedad de tus ojos para depositar sus huevos en un rincón acogedor. Que sólo desaparecen por la noche cuando el frío las sume en el letargo, hasta que el primer rayo de sol rompe el horizonte.

En la radio suena música pop egipcia. Ay, habibi, habibi… Abro el mapa de Siria, los nombres que aparecen impresos no siempre coinciden con el nombre real del pueblo, pero ya debemos estar cerca. A los lados permanecen casas mimetizadas en la arena, de puertas pintadas con colores tan intensos que es fácil imaginar el cambio climático prometido. Hace poco aquí había selva, tucanes y pavos reales. La vida era roja, verde, anaranjada, celeste, lila y turquesa, como los ojos del albañil que entra al almacén para comprar una botella de Al-Kola. Este amarillo gris que cubre todo aún no existía, el colorido tiene que venir de algún rincón de la memoria. Entonces aparece un punto distinto a los demás, paredes gruesas levantadas con bloques de piedra roja y blanca. Las ruinas de lo que alguna vez fue un castillo singular. Ibn Warden.

Mientras aparcamos a la sombra de uno de los muros grabados con símbolos de religiones precristianas, cabezas de cabras, espirales, cálices y cuadrados llenos de puntos, se acerca un beduino joven de ojos azules. Tiene la barba recortada y viste una galabiya azul oscuro bajo una cazadora de cuero. Se llama Mohammed y nos invita a la casa de su tío, el guardián. Sobre la puerta aún se lee Maison de la Mission National.

– No vienen muchos turistas por aquí, no hay autobuses y la carretera termina a veinte kilómetros en la arena –explica en un buen inglés señalando con un gesto suave y ondulante el suelo que se extiende igual aquí, igual allí.

Beduino significa nómada del desierto. Durante miles de años fueron los dueños de un país terrible, las tierras vacías entre Siria, Jordania e Irak. Aquello era el preludio de la muerte, un sitio encendido que provocaba la locura y digería caravanas que desaparecían sin dejar rastro. Los más lógicos veían como su cordura se deshilachaba hasta convertirse en un harapo chiflado. Su habilidad como guerreros y bandidos sin escrúpulos sólo era comparable a su instinto para continuar con vida viajando de oasis en oasis. Así ocuparon los desiertos más feroces, el Najd y el Hadramaout en la península arábiga, el Sahara del norte de África. Los espacios vacíos de los mapas.

Hoy, como hace mil años, continúan sobreviviendo a base de arroz, harina, leche de camella y cabra asada crujiente, rebozada con arena. Conocen la dureza del desierto, por eso reciben a los viajeros con los brazos abiertos.

Dejamos las botas en el patio interior, frente a la puerta del salón, y nos sentamos sobre los almohadones desplegados junto a la pared sin enseñar la planta de los pies. Eso podría ser una ofensa. Unas manos de mujer cubiertas de dibujos hechos con henna dejan una bandeja junto a la puerta. Café amargo aromatizado con cardamomo, auténtico qahwah saadah beduino que no ocupa más de un centímetro dentro del pequeño pocillo de loza. Bebo y lo devuelvo, pero Mohammed vuelve a servirme inclinando levemente la cabeza.

– Gracias, es suficiente.

– Entonces me tienes que devolver la taza como los beduinos, moviendo la muñeca hacia un lado y el otro. Toma otro café.

Ahora sí. Mohammed sonríe y ofrece el pocillo a Anna. Cuando termina la ceremonia del café comienza la ceremonia de las preguntas.

Extracto de ‘El Libro de la Independencia’, de la serie de libros sobre La Vuelta al Mundo en 10 Años




I shot the sheriff

Pablo Rey, escritor, aventurero, viajero

1- Mata a tu sheriff.

2- Escapa de tu cárcel.

3- Rompe tus normas.

4- Sigue viajando.

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