69- Lugares para conocer antes de morir: Catarata Kaieteur, Guyana

Kaieteur enorme, brutal. Guyana

(viene de Caminando por la selva de Guyana)

Desde lejos Kaieteur no impresiona. Parece una catarata más, una catarata clásica, de esas de postal, de las que hay en todos los países. De esas. Más de lo mismo, agua que cae de arriba para abajo. Más locales que hablan de su catarata con orgullo, como si fuera la única del mundo.

Pero a medida que caminas sucede algo extraño: no llegas nunca. Te acercas pero no alcanzas la orilla, caminas pero el salto continúa agrandándose, haciéndote sentir cada vez más pequeño. Avanzas, esquivas los brazos verdes de una bromelia, una planta gigante con nombre de tía antigua, una superviviente de la megalomanía biológica. Tentáculos largos, bigotes. Allí delante encuentras un espacio vacío, te asomas al abismo e inmediatamente das un paso atrás: los árboles del fondo parecen repollos enanos.

Entonces algo te paraliza sobre una piedra que se estira desafiando la ley de gravedad. Estás en medio de la selva, sobre el mirador del Tarzán de Johnny Weismuller. Parpadeas, te has convertido en una hormiga. Una pequeña garrapata entre las grietas de la piedra más vieja del mundo.

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Dicho de otra manera: al lado de Kaieteur, eres insignificante.

El agua, mucha agua, demasiada agua, pierde el equilibrio junto a tus pies y cae 226 metros hasta reventar contra las rocas escondidas del abismo. Doscientos veintiséis metros. Allí hay una explosión permanente, un big bang de agua pulverizada despedida a la velocidad dolorosa de la confusión. Estás allí, existe, pero todavía necesitas que alguien te patee el culo para asegurarte que esto no es un sueño. Que estás despierto.

Arriba, ranas doradas que viven en un estanque natural dentro de la misma bromelia. Y gallitos de las rocas, rojos como chavistas venezolanos, como neocomunistas melancólicos entre las ramas de un mundo verde.

Abajo, al fondo de la grieta, un enorme arco iris se levanta en el aire para saltar las orillas con los colores más hippies de la naturaleza. Y en el medio estás tú, sentado en la orilla del mundo, con los pies colgando que se balancean con el viento.

El espectáculo es hipnótico, un circo natural que te llama, que te ata una cuerda invisible en las tripas y te pide que saltes, con la certeza que el vapor detendrá la inercia y podrás volar. Acompañar a los pájaros que se lanzan en un vuelo kamikaze, suicida, perpendicular, hacia una caída vertiginosa siguiendo la corriente del agua.

Y a mitad de camino las aves vuelven a sorprender, a quebrarse en un nuevo ángulo recto y a sumergirse en el hueco oscuro que aguarda detrás de la catarata. Sí, la misma catarata desbordante de taninos que continúa cayendo, para volver a acumularse, extenuada y llena de moretones, toda negra y encauzada, en el fondo del valle. Allí, a doscientos veintiséis metros.

De todas las grandes cataratas del mundo, Iguazú, Victoria, Niágara y Nilo Azul, Kaieteur es la gran desconocida. La única en donde puedes permanecer en la más absoluta soledad durante varios días. Sin ruidosos grupos turísticos. Sin puestos de Coca Cola. Sin souvenirs de plástico. Solos en la naturaleza, como debió ser en el principio de todo.

No hay ruta para llegar a Kaieteur. Sólo puedes acercarte caminando en un trekking a través de la selva (4 días), en bote con motor desde Pamela Landing (1 día), o en avión (1 hora). Los precios para este viaje espectacular los podrás encontrar en www.rftours.com

Gracias a Frank Haralsingh, de la Guyana Tourism Authority, que nos dió todas las facilidades para recorrer el país menos conocido de Sudamérica, y a Frank Singh, director de Rainforest Tours, que nos invitó a uno de los tours más espectaculares del continente: un trekking de varios días a través de la selva de Guyana hasta la desconocida catarata Kaieteur. Inolvidable.

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21- La Ciudad Mágica de Cusco | PERÚ

www.viajeros4x4x4.com

Perú, kilómetro 156.880 de la vuelta al mundo.

 Hello gringo! Hello! –grita un niño cuando nos ve blancos o rosa pálido o desteñidos, caminando con Dani ‘ahicito nomás’, Pablito y Tati, amigos de ruta por unos días. A su lado, un cartel recuerda que está ‘Prohibido echar basura bajo pena de golpiza’

 No, hello no –respondo. –Nosotros hablamos español. Los gringos hablan gringlish.

Siempre es divertido confundir a los niños. Al principio del viaje, cuando funcionaba la bocina que replicaba un mugido, explicábamos que en la parte trasera de la furgoneta llevábamos una vaca para tener leche. Cuando los vidrios oscuros se cubrían de dibujos hechos con grasa de dedos y mocos de narices apoyadas buscando una vaca acostada en nuestra cama, nos arrepentíamos. Era nuestro castigo.

Ahora volvemos a divertirnos a costa de la inocencia: el pendiente en mi oreja es una radio y los tigres del zoológico de Buenos Aires se alimentan con niños perdidos. Cusco o Qosqo, nunca Cuzco, es un parque de atracciones cultural con fachada de Disneylandia: las casas coloniales de adobe y tejas rojas que se levantan sobre muros incaicos están en tan buen estado que parecen de cartón piedra.

Qoriqancha, descripción del mundo inka

Machu Picchu maravilla del mundo

Celebración del Inti Raymi en Qoriqancha

Sin contar Machu Picchu hay tantos sitios arqueológicos en los alrededores de la antigua capital que un par de días jamás es suficiente. La proliferación de templos, muros y andenes construidos sin cemento, con piedras engarzadas en piedras, es impresionante. No eran ladrillos intercambiables, aquí cada piedra tenía su sitio y ese sitio era único. Hace seiscientos años este era otro planeta, una civilización que se había desarrollado sin Marcos Polos, sin el comercio con culturas distantes.

Pero la ciudad, con años de turismo en las espaldas se burla y nos confunde: el servicio de almacenamiento subterráneo de residuos, las calles limpias y la seguridad no pertenecen a América Latina. El cariño de la gente, sí. Perú se hace querer y ninguna sonrisa es interesada cuando te mezclas y te integras en la rutina. Entonces te das cuenta que ya llevas tres meses y que tu visado está a punto de caducar.

 Déjenme los datos –dice Franklin. –A ver si les puedo ayudar.

Esta no era la primera vez que lo decía. Benjamín Franklin Olivera, Franklin, es regidor de la Municipalidad de Cusco, una especie de ministro que una tarde nos interceptó cuando intentábamos volver a ver a la alcaldesa para solicitar un pase turístico gratis.

Es un tipo entregado a su trabajo, no ocupa un cargo público para enriquecerse: cualquier persona puede acercarse y pedir algo, jamás tendrá un no como primera respuesta. Y la gente lo sabe, y lo reconoce, y se acerca a saludar incluso en algún bar, cuando intentamos compartir un pisco.

 Tendrás que usar una máscara para salir a tomar un trago –dice Anna.

 No me digas… el problema de hacer las cosas bien es que te conoce todo el mundo. Hace un mes me sacaron en la televisión bebiendo un ponche en un palco oficial a la una de la mañana. Dijeron que estaba borracho.

 ¿Y estabas borracho?

 Hacía frío y ¡había que calentarse de alguna manera! Tenía que decir unas palabras para cerrar el desfile y el pata que estaba a mi lado no se podía ni tener en pie. Si yo dije alguna tontería o arrastraba las palabras ¡que alguien traiga pruebas! El problema es que ahora me tengo que cuidar más que antes. Antes de entrar en un bar miro a ver si hay alguien conocido… cuando estás en un puesto público ya no puedes salir con los amigos como antes… es una pena.

Franklin es como Juan Pablo, como Verónica, como Oscar o Juan, como tantos peruanos que, sin conocernos, nos abren las puertas de su casa. Algo que en Sudamérica sólo había ocurrido en algunos pueblos de Argentina. Por eso nos sentimos como en casa, por eso ya llevamos tres meses y tenemos que renovar la visa.

Quizás, después de tantas semanas atrapados en ¿la energía? ¿la antigüedad? ¿el laberinto? de Cusco, podría intentar hablar de la ciudad bajo la ciudad. Del espacio menos visible para quienes llegan con el tiempo justo para responder al llamado del imán global, Machu Picchu. Este es otro centro del mundo, un ombligo que atrae a todo lo que hay entre un nómada que sobrevive vendiendo collares y engullendo menús de medio dólar y los ansiosos de cuatro estrellas y solomillo importado al mediodía. En un muro, fuera del centro, hay un cartel que sentencia ‘Prohibido hechar basura o cagar bajo pena de arresto o un baldaso de agua fría’. Busco un poco más y comienzo a creer que en Cusco o Qosqo se encuentran la pobreza real, la pobreza actuada y Bill Gates.

Hay abuelos que sólo hablan en quechua extendiendo una mano arrugada y niños con las mejillas quemadas por el sol a quienes les sale más a cuenta agobiar ofreciendo collares que ir a la escuela. Hay mamitas vendiendo cedés interactivos exquisitamente copiados a diez dólares y mamitas con ponchos y telas dispuestas a presionar psicológicamente en una plaza alfombrada. Chicas en portales de piedra que repiten massage massage o Jungle expedition?, y más niños que piden una propinita a cambio de una canción, una postal o un shoe shine. El salario mínimo del Perú, teórico ya que puede ser menos, es de seiscientos soles, doscientos dólares, ciento cincuenta euros. Unos cuantos turistas pueden gastar eso en un día y es lógico, todo el mundo quiere una parte.

En Cusco o Qosqo hay muros incaicos de sobra y, casi junto a cada uno, hay una mujer o una niña vestida con sus ropas tradicionales y una llama incrédula que se ofrecen como modelos de la vida real. Entonces, por veinticinco céntimos de euro, cualquiera puede acercarse sin sentirse inquieto y sacarse una foto a su lado, sonriendo, para escenificar su unión con la cultura local. Es la Disneylandia cultural, son el Mickey Mouse y el Pato Donald de los Andes, que te observan con timidez.