267- El mosquito, la tortura del viajero | SALUD EN VIAJE

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Ningún ser vivo que se dedique a chuparte la sangre puede ser tu amigo. Y esto incluye a mosquitos, banqueros, jejenes, mecánicos deshonestos, moscas negras, cerrajeros nocturnos, piojos, procuradores, pulgas, abogados de divorcios, moscas tsé-tsé y otros insectos indeseables que te dejarán enfermo, hinchado o seco.

Vista la comparación, el mosquito nos parecerá un ser inofensivo, incluso simpático. Vamos, ¿a quién no le gustaría ser libre para volar y picar alguna nalga en una playa cálida?

Pero identificarte con ellos tiene sus problemas: en algunas regiones del mundo los moquitos contagian enfermedades que pueden llevarte al borde de la muerte y más allá. Y eso ya no es tan atractivo.

Hablando rápido, transmiten malaria (también llamado paludismo), dengue, fiebre amarilla, zika y chikunguña, la última enfermedad que se está poniendo de moda en los bares de sangre roja frecuentados por estos insectos. Solo existe una vacuna preventiva contra la fiebre amarilla, que dura 10 años, pero nada te evitará jugar a la ruleta rusa si no tomas precauciones. Confiar en tu mala sangre o inyectarte con varios gin tonics diarios, como hacían los exploradores africanos del siglo dieciocho y diecinueve con el pretexto de que la tónica tiene quinina, ya no sirve como excusa. La medicina y la conciencia humana han avanzado.

QUÉ HACER

La primera medida que debes tomar para protegerte de las enfermedades transmitidas por las picaduras de mosquitos es dejar la menor cantidad posible de superficie de piel a la vista. No necesitas usar un burka, no es obligatorio vestir como las mujeres musulmanas tradicionales que no enseñan ni la punta de las uñas, pero sí es muy recomendable usar pantalones y camisetas de mangas largas. En caso de que las hordas de mosquitos estén extremadamente hambrientas, también aconsejamos ponerte el pantalón por dentro de los calcetines. No es muy sexy ni queda muy elegante, pero es útil y hasta te pueden confundir con un jockey de vacaciones.

La empresa ExOfficio, que nos apoyó con ropa durante parte del viaje, tiene camisas, camisetas, pantalones y pañuelos embebidos en Permetrina. Es un líquido que no huele y que, según el sistema que utilizan, aguanta unos setenta lavados, lo que suele durar cualquier prenda. Si insistes en usar tu ropa de siempre busca el producto por internet, es posible que lo consigas y que encuentres las instrucciones de uso.

La segunda medida, indispensable, es rociarte la piel expuesta con repelentes de insectos que utilicen DEET como ingrediente activo. Nosotros utilizamos el spray Repel Sportsmen Max, que tiene un 40% de DEET y compramos en Walmart por menos de 4 dólares. El compuesto es capaz de borrar las letras del tablero de la furgo y de la cámara fotográfica, pero aparentemente es inocuo a la piel. Llevamos años usándolo y más allá de la obsesión por buscar caminos lejanos infestados de insectos no notamos ningún otro efecto secundario.

Por cierto, ayer nos cruzamos con un motociclista que llevaba un repelente de insectos fabricado en Estados Unidos con el 98% de DEET.

La tercera medida es encender espirales anti mosquitos dentro del vehículo (o de la tienda) apenas nos detenemos. Cerramos las puertas y nos vamos a pasear, dejando que una densa humareda impregne todo. Al abrir las puertas ni los insectos, ni los seres humanos querrán intentar entrar. A veces es un poco frustrante.

En ciertos lugares, como el norte de Quebec, Alaska, Yukón, las selvas africanas, americanas o asiáticas, o donde la incidencia de enfermedades transmitidas por mosquitos es mayor, antes de ir a dormir rociamos el interior de nuestra casa con ruedas con algún insecticida extremo tipo Raid o Baygon. Cerramos las puertas y esperamos unos minutos. Lo ideal sería airear un poco antes de entrar, pero corres el riesgo de que otros intrépidos insectos tomen el sitio de los que ya han caído en acción. Entonces, aguanta la respiración, entra rápido, y cruza los dedos para que tu intoxicación solo sea leve. Llevamos años sobreviviendo así.

Constantemente aparecen nuevos productos mágicos que prometen liberarte de los mosquitos de una forma más natural. Los hemos probado casi todos, y ninguno es tan efectivo como los métodos que te acabo de contar. El último invento que cayó en nuestras manos es una pulsera que utiliza aceites de geraniol, citronella y lemongrass (en inglés, según la etiqueta) como ingredientes activos.

Había tantos insectos volviéndome loco (adiós Buda, bienvenido Karate Kid, ver historia El Predador más Sanguinario de Norteamérica) junto a aquel lago idílico de Quebec, que terminé poniéndome la pulsera elástica en el cuello. Los bichos desaparecieron casi instantáneamente. Cuando empecé a notar que los colores comenzaban a verse bastante más intensos de cómo debían ser pensé que aquello no sería muy sano y decidí hacer caso a las indicaciones que recomendaban usarla en el tobillo o la muñeca. A pesar de que la etiqueta dice que ‘ahuyenta los mosquitos y otros insectos durante 200 horas’, solo funcionó durante las primeras tres horas.

Otra opción es la de dormir siempre dentro de una mosquitera. En este caso, la trama de la malla debe ser inferior a 1,5 milímetros.

La cuarta medida, pero solo para lugares donde exista un riesgo importante de contraer malaria, es tomar medicinas como Malarone o Paludrine. No son vacunas, pero fortalecen tu sistema inmunológico. Durante nuestro recorrido de casi 2 años por África estuvimos tomando una pastilla de Malarone (compuesto Atovacuona y Clorhidrato de Proguanil) al día y una de Paludrine (compuesto: Proguanil) a la semana. Entre estas medidas y las enumeradas antes, conseguimos evitar contraer alguna enfermedades transmitida por mosquitos.

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Resumiendo, después de un tiempo y una buena dosis de frustración y paranoia me di cuenta que, en cuestión de mosquitos, lo único que sirve es la prevención. Es indispensable usar ropa de mangas largas, rociar el interior de tu vehículo con insecticida y tu piel con repelente de insectos con un alto porcentaje de DEET. Si viajas por zonas donde la malaria sea común, es recomendable tomar algún coctail de pastillas que refuerce tus defensas.

Como en América decidimos no medicarnos, llevamos una alternativa llamada Lariam (componente activo: Mefloquina) para tomar en caso de enfermar en una zona alejada, donde no haya hospitales. Lariam puede causar ciertos efectos secundarios desagradables como convulsiones, alucinaciones, episodios psicóticos, tendencias depresivas, irritabilidad, obnubilación, mareos, insomnio, vértigos y cefaleas, entre otros. La llevamos para tomar solo en casos de emergencia.

Recuerda, los mosquitos no son tus amigos. La malaria no es una medalla para colgar en el currículum. El más listo no es el que sobrevivió a una malaria, sino el que se protegió a tiempo.

Encuentra más información sobre la malaria en la Fundación Io.

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y seguro que… ¡es capaz de sobrevivir a una bomba atómica! Desde entonces recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano, El Libro de la Independencia, Por el Mal Camino e Historias en Asia y África, uno de los cuales ya fue traducido al inglés, The Book of Independence. Pablo también escribe artículos de viaje y aventura para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna trabaja en la edición de los libros y los articulos y hace collares y pulseras de macramé.

Participaron de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.

 




207- 3 gringos, 10 días y una balsa de 6 troncos, 1ª parte | REVISTA OVERLAND JOURNAL

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Esta es la primera parte de una historia que escribí para la revista Overland Journal, de Estados Unidos, que salió publicada en el número de invierno del año 2011. Editada en inglés, es probable que Overland Journal sea la mejor revista de viajes y aventuras en moto y 4×4 del mundo.

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La aventura solo es aventura cuando no estás preparado para todo lo que puede ocurrir. Suele comenzar como una insinuación, cuatro palabras entre dos tragos de cerveza, un folio que se cae de los archivos de la memoria o una sugerencia despreocupada y remota recogida al vuelo por algún inconsciente que andaba cerca.

– ¿Y si…?

– ¿Por qué no?

– Dale.

Es uno de los instantes más importantes de un viaje: cuando los sueños dejan de ser una nebulosa absurda y se convierten en un plan. Cuando te das cuenta que tienes un cómplice, que esa aventura que guardabas escondida como tu pornografía particular es un deseo compartido. Es el minuto cero del viaje, todavía no saliste de casa y ya estás en problemas, cualquier insinuación de retirada te etiquetaría en la categoría gallina de ciudad.

El objetivo da igual: perderte en los desiertos del México real más allá de la colonia norteamericana de Baja California, lanzarte en paracaídas con esquíes sobre el cráter de un volcán nevado (si está en erupción, mejor) o llegar en moto o cuatro por cuatro hasta el final de la Dempster, la Dalton o la ruta Panamericana. Hasta donde se encuentre tu fin del mundo, en Tierra del Fuego, África o la Luna.

En nuestro caso, ese desafío inconsciente que a veces sale de este sitio insensato de tu cuerpo llamado boca, se había convertido en un plan descabellado. En realidad, a primera vista la idea era tan sencilla que parecía posible: había que llegar hasta el final del último camino en la selva amazónica peruana con nuestra máquina capaz de atravesar continentes (a.k.a. La Cucaracha), y seguir adelante en una balsa de troncos.

Sí, una balsa como las del viejo Tarzán en sus aventuras por África. Como las que descendieron los ríos en la carrera del oro de Alaska y Yukón. Habían pasado casi 470 años desde que el primer hombre blanco, el explorador español Francisco de Orellana, recorriera el río Amazonas desde la cima de los Andes hasta el océano Atlántico. Y nosotros seguíamos despreciando la fibra de vidrio.

Sin duda, hubiera sido más seguro hacer el viaje en kayak o canoa. Incluso hubiera estado bien conseguir un mapa decente y detallado, no esa fotocopia de mapa turístico doblado en cuatro para que entrara en el bolsillo del pantalón. Podríamos haberlo pospuesto hasta que tuviéramos el equipo adecuado. Era una excusa aceptable, de ave de corral, aunque aceptable.

Pero era ahora o nunca y, de vez en cuando, hay que cometer alguna locura. ¿De qué otra manera se podía llamar un viaje en una balsa de troncos, sin guía, por un río que no conoces de una selva lejana, infestada de caimanes y anacondas, sin teléfono satelital ni posibilidad de rescate por una ruta lateral, armado con un machete africano y una navaja suiza?

Había dos motivos importantes para lanzarnos al río: el primero era porque se nos había ocurrido. El segundo era porque si realmente queríamos conocer la selva amazónica, Anna y yo debíamos aparcar nuestra furgoneta Mitsubishi L300 4×4 de 1991 con matrícula española, llamémosle hogar durante los últimos once años de viaje alrededor del mundo, y tomar una ruta de agua.

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Treinta dólares, el precio de la aventura

Ya llevábamos cinco meses recorriendo Perú, uno de los países más interesantes de Sudamérica. Habíamos explorado extensivamente los dos mil kilómetros de desiertos costeros y sobrevolado en avioneta los dibujos gigantes de las Líneas de Nasca. Habíamos caminado hasta los pies de Machu Picchu sobre las vías del tren y cruzado varias veces los Andes sobre rutas capaces de quitarte el aliento a más de 5000 metros de altura (16.500 pies). Pero fue en Cusco, antigua capital del imperio inca, donde nos cruzamos con Mauro, un cooperante uruguayo que trabajaba casi gratis para que los niños de la selva pudiesen ir a la escuela.

Nos invitó a visitarle en Salvación, un pueblo de unos quinientos habitantes en el estado de Madre de Dios. Sobre el mapa no era lejos, trescientos kilómetros siguiendo una línea que se hacía cada vez más delgada hasta desaparecer. Sobre el terreno eran doce horas de camino tortuoso poblado de combis y camiones conducidos por kamikazes que creían en la vida eterna.

Aquella era tierra de colonos en lucha permanente por conquistar un nuevo territorio salvaje para la vida civilizada. Colonos ansiosos por conseguir una parcela de tierra para sacar madera, para cultivar maíz, para criar algo de ganado, para buscar oro. En el camino quedaba la naturaleza convertida en cadáver y las tribus que vivían allí diezmadas por el alcohol y las costumbres importadas.

La idea surgió la segunda tarde, mientras observábamos el río Alto Madre de Dios que fluía rápido, como una autopista al corazón de Sudamérica. Su destino final era el océano Atlántico, con escalas intermedias en Bolivia y Brasil donde se convertía en el río Madeira, uno de los afluentes más importantes del Amazonas. Pero no pretendíamos llegar tan lejos. El viaje en balsa podría terminar a diez días, en el pueblo minero de Colorado, de donde salía la primera ruta. Eran unos doscientos kilómetros en línea recta, sin contar curvas del río, accidentes o pirañas.

– Mauro, ¿alguna vez manejaste una balsa? Imagino que tendrás permiso de conducir… –la pregunta era importante. Alguien debería saber dónde están el volante y los frenos, porque yo no los veo.

– Sí, manejé una en la cocha.

Las cochas son lagos alargados rodeados de selva, brazos abandonados por ríos que cambian de curso después de una temporada de lluvias intensa. Pero en la cocha no hay velocidad, no hay piedras ni árboles sumergidos. Una cocha es un sitio perfecto para una vida contemplativa. Y eso no es lo que teníamos en mente.

Dos días después llegamos a Shintuya, una aldea poblada por nativos de la tribu Harakmbut, final del último camino en esa zona del estado de Madre de Dios. Está a cuarenta kilómetros de Salvación, dos horas de viaje por una ruta que nadie pintó en los mapas. Tiene unas cincuenta casas construidas con ramas y ladrillos de adobe, una misión cristiana, un bar y dos almacenes que venden arroz, aceite, galletas y poco más.

Allí vive Leoncio, el armador oficial de balsas del pueblo, que nos pide veinticuatro horas y cien soles por el trabajo. Treinta dólares, ese era el precio de la aventura. La balsa estará armada con troncos de un árbol de madera blanca y liviana llamado topa, unidos con clavos de chonta, otro árbol de madera negra y dura. El diseño (pendiente de patentar) incluye una pequeña mesita de cañas en el centro como portaequipajes y dos tanganas de cinco metros de largo, dos árboles delgados que servirán para avanzar empujando el fondo del río. Añadimos dos remos rescatados de un viejo kayak inútil y ya está. Una balsa es una balsa, no puedes elegir el color ni los acabados ni la tapicería, tan sólo el pedazo de madera cruda que te va a servir de asiento.

Al día siguiente tenemos una balsa nueva, cero kilómetro, de 4 metros de largo por 80 centímetros de ancho, aparcada en un arroyo cercano. Mientras cargamos el equipaje (una tienda de campaña, sacos de dormir, comida para diez días, una botella de ron, poca ropa, la olla de la abuela de Anna, un racimo de unos treinta plátanos y litros de spray anti mosquitos) se acercan algunos vecinos a curiosear. Señalan, comentan en voz baja y mueven la cabeza para uno y otro lado. Parece que se están despidiendo para siempre.

– Bueno… si no vuelven en un mes heredo la camioneta, ¿no? –pregunta el cura.

– Esta balsa no está bien, deberían atar los troncos con alambre. Si nunca manejaron una balsa se van a dar muchos golpes –afirma Miguel, encargado de vigilar, a veces, la tala de árboles.

– Tienen que asegurar mejor el portaequipajes, las tiras de corteza se aflojan cuando se secan –comenta Gerardo, su colega en Shintuya.

– ¿Y no sería bueno ponerle un tronquito más? –pregunta Laia, cooperante de Barcelona.

– Gracias, gracias a todos por sus palabras de apoyo y el optimismo. No es un barco pero flota. ¿Qué nombre le ponemos? –pregunto, mientras Mauro y Anna dejan de acumular provisiones sobre la arena.

Silencio. Todos miran con escepticismo y pena nuestro próximo medio de transporte. El cura, el guardaparques, su ayudante, los niños descalzos. Cambiamos un cuatro por cuatro por una balsa de troncos y los caminos de tierra por los caminos de agua. De repente, Anna comienza a reír.

– ¿Qué les parece si la llamamos Titanic?

Nunca un proyecto fue tan realista con sus posibilidades de fracaso.

(continúa en 3 Gringros, 10 días y una balsa de 6 troncos, 2ª parte)

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172- Frutas (raras) de Colombia a México

Jamaica, frutas raras de Centroamérica

¿Manzanas, peras y bananas? ¿Melocotones o duraznos? ¿Albaricoques o damascos? ¿Uvas, limones, naranjas, mandarinas, kiwis…? El mundo está lleno de frutas raras, que no conoces.

En nuestro planeta hay muchas más frutas que las que encuentras cada día en el mercado de tu barrio. Y uno de los buenos efectos de la globalización (que destroza tantas otras cosas) es que un día de estos te encontrarás con una fruta viajera, rara y de forma caprichosa, que llegó inesperadamente a la esquina de tu casa…

 

MAMÓN

Además de un insulto es una fruta pequeña y muy sabrosa que puedes conseguir en las rutas de Colombia. Es dulce, se vende en racimo y tiene una semilla mediana.

 

SORRELL

Es una flor, no una fruta, y la encontramos por primera vez en un almacén de Trinidad y Tobago. Se usa para hacer jugos y para dar un sabor distinto a cervezas con poco alcohol.

 

GRANADILLA

Así se llama también esta fruta enorme que encontramos en Nicaragua, mismo nombre que el maracuyá dulce, ni la mitad de su sabor. Con ésta granadilla se prepara jugo: se lava bien, se parte al medio, se quitan las semillas y se mete todo lo demás, piel incluida, en la licuadora con varios vasos de agua. Luego se le vuelve a añadir las semillas, que llevan adherida una pulpa ácida mucho más sabrosa que el jugo. La mamita que nos vendió la granadilla en el mercado nos recomendó que la mezcláramos con jugo de naranja…

 

PEJIBAYE

Es una fruta pequeña para hacer jugo. Nuestros amigos Carolina y Juan Carlos la habían probado tiempo atrás en Nicaragua y juran que es repugnante. Una de las pocas frutas raras que no dejaron mucha huella.

 

GUAVA

Es más pequeño que el pacay, dulce, aunque con una pulpa menos generosa. Lo encontramos en el mercado de Granada, Nicaragua. Es como comer pipas (semillas de girasol) pero dulces y escupiendo la parte de adentro.

 

JAMAICA

Flor utilizada en Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala y México para hacer jugo. Se ponen a hervir en una gran olla durante una hora, se le agrega azúcar, un poco de canela, y se deja enfriar. A primera vista, es igualito al sorrell de Trinidad y Tobago, primo hermano, demasiado parecido… como los Borbones.

Jamaica, frutas raras de Centroamérica

 

ICACO

Es una fruta pequeña que crece en árboles bajos del centro de Nicaragua. Tiene la textura del marshmellow de Estados Unidos y es tan sutil en el paladar como el coco verde que apenas tiene pulpa. Muy rico, muy raro.

Icaco, frutas raras de Nicaragua

 

JOBO

Lo recogimos en Colombia, en el sitio arqueológico de Pueblito, Parque Nacional Tayrona, costas del Caribe. Su hueso es casi tan grande como toda la fruta, pero una vez pelado y puesto en la boca, es como chupar un gran caramelo ácido. Una de esas frutas raras, raras.

Jobo, frutas raras de Colombia

 

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y porque es capaz de sobrevivir a una bomba atómica. Desde aquel momento recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2015 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (El Libro de la IndependenciaPor el Mal Camino e Historias en Asia y África) y uno en inglés (The Book of Independence) y escribe regularmente artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna edita los libros y hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlar y conferencias.

Han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.

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170- Lugares para conocer antes de morir: los tepuyes venezolanos

Tepuy en Venezuela

A veces pasa el tiempo y te das cuenta que en determinados lugares tendrías que haberte quedado más, disfrutando un sitio que por algún motivo es único. Eso es lo que me pasa con el sur de Venezuela, con el mundo perdido de los tepuyes.

Es imposible olvidar esa sucesión de montañas de cimas planas y verticales interrumpida por pequeños ríos en medio de la selva tropical que rodea al Salto del Angel. O ese llano desértico de vida llamado Gran Sabana venezolana (¿dónde fueron todos los animales? ¿y las aves? ¿quién se las comió?), que termina en la frontera con Guyana.

En la distancia del tiempo siento que me hubiera gustado perderme en los laberintos surrealistas de la cima plana del Roraima, excavados por agua que no sabe por donde escapar hacia la llanura. Sé, estoy seguro, que me hubiera perdido feliz buscando un camino alternativo para llegar hasta donde el Salto del Angel pierde pie y cae casi 1000 metros hacia la selva.

Sí, a pesar de los mosquitos, de los jejenes y de todos los bichos que hacen que tu viaje sea miserable y alucinante al mismo tiempo

Son aventuras pendientes, montañas extrañas, cimas aisladas que cada tanto vuelven a levantarse frente a mis ojos, aunque me encuentre en el otro extremo del mundo.

Una nueva excusa para volver.

 

CÓMO LLEGAR A LA CIMA DE LOS TEPUYES

Es posible subir al monte Roraima. Para ello hay que dirigirse a la ciudad de Santa Elena de Uairén, en la frontera con Brasil, desde donde se puede organizar el ascenso, siempre con un guía autorizado.

Subir a los tepuyes de la selva es un poco más complicado, pero no imposible. Sobre todo, es un sueño subir a la cima del tepuy desde donde cae el salto del Angel, en el Auyán Tepuy. El trekking se puede organizar desde el parque nacional Canaima. Te mirarán raro, muy poca gente se atreve, pero es posible.




141- Cómo conseguir que la entrada a Tikal te cueste la mitad (o menos)

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Aquí encontrarás datos que no están en ninguna guía, sobre todo, porque rozan o entran en el terreno resbaladizo de lo que podría ser ilegal. Son trucos, trampas que vamos descubriendo en el camino, grietas en las normas establecidas que juegan a nuestro favor, el de todos los viajeros. Que aproveche.

Tikal es uno de esos sitios que todos deberíamos conocer antes de morir. Sencillamente, caminar por la selva descubriendo animales, templos, pirámides y edificios restaurados o todavía cubiertos de árboles y tierra es especial. Tiene algo curiosamente único.

La entrada no es demasiado cara para lo que verás dentro, son 150 quetzales, aproximadamente 15 euros o 20 dólares. Pero a veces para seguir viajando hay que ahorrar hasta el último centavo.

Por esto no irás a la cárcel, como por cruzar ilegalmente las fronteras entre Guyana y Surinam, o por conseguir un sello falso para salir de Ecuador o por cambiar dinero en el mercado negro de Venezuela. A lo sumo te ganarás un tirón de orejas, o la comprensión de los guardaparques de Tikal, donde descubrimos que puedes comprar tu entrada con fecha del día siguiente a partir de las 3.30 de la tarde del día anterior. En las dos horas y media que quedan hasta que oscurece es posible ver los edificios más importantes: la Plaza Central y el Templo 4, desde donde el paisaje del dosel, el techo de la selva, es impresionante.

Y como las entradas son válidas para todo el día siguiente puedes entrar y salir las veces que quieras. O sea, a la mañana siguiente otra persona podría acceder a Tikal con tu misma entrada.

Y por la tarde vuelves a entrar, o puedes compartir la entrada con una tercera persona dividiendo por dos o por tres el coste final del acceso a Tikal. No se ahorra demasiado pero lo dicho, todo sirve con tal de seguir viajando.

 

Encuentra más datos y fotos de Tikal en Lugares para conocer antes de morir: Tikal, Guatemala.

HAZ ALGO ILEGAL. Descubre como aprovechar otras grietas en las normas y ahorrar mientras viajas: