325- ¡OJO! CUATRO SITUACIONES QUE PUEDEN CONVERTIR TU VIAJE A ESTADOS UNIDOS EN UNA PESADILLA.

¡Ojo! Viajar a Estados Unidos para conocer San Francisco, Nueva York, Miami o Nueva Orleans, o para perderte en su impresionante red de parques nacionales, es un sueño que puede convertirse en una pesadilla. Solo hay que tomar una decisión equivocada, tener un día de mala suerte o que los astros se hayan alineado en dirección a un agujero negro para que todo se tuerza. Adiós vacaciones soñadas.

Por eso es necesario prepararse para el viaje. Y no es suficiente con atragantarte de información turística: hay cosas que no aparecen en las guías de viaje ni en los folletos turísticos. Recuerda, la ley es igual para todos y desconocer las reglas y costumbres del país que visitas no te exime de culpa.

 

1- Llegar sin los documentos apropiados.

Suena lógico, pero cuando estés frente al oficial de migración deberás haber completado el ESTA (un formulario obligatorio que se gestiona por internet) y sacado el visado en la embajada de Estados Unidos si tu país no tiene un convenio especial. Tu pasaporte tiene que estar en buen estado y debe tener por lo menos seis meses de validez y suficiente espacio en blanco para que te sellen la entrada.

No intentes hacerte el simpático en el aeropuerto o en la frontera terrestre. No te hagas el gracioso, ni compartas chistes sobre violencia, el nuevo presidente o la situación del mundo. Allí se toman muy en serio todo lo que vayas a decir aunque lo digas en tono de broma. No te hagas el amigo y responde a todas las preguntas del oficial de migración con frases cortas y coherentes, preferentemente en inglés. Esa persona, que puede haber tenido un mal día o una mala noche, puede negarte el ingreso al país y enviarte de vuelta a casa en el siguiente vuelo.

2- Caer enfermo.

Estados Unidos es un mal sitio donde enfermar o sufrir un accidente si no tienes un seguro médico. La factura que llegará a tu tarjeta de crédito puede ser tan abultada como para pagar unas vacaciones en el lugar más caro que puedas imaginar. Cualquier tontería que en tu país se soluciona con una visita rutinaria a un centro de salud gratuito o cubierto por tu seguro, te puede costar un mínimo de cientos de dólares.

Por eso es recomendable viajar con un seguro médico. Nunca nos lo exigieron, pero el primero que te lo puede pedir es el oficial de migración. Si no lo tienes y no das una buena explicación es otro motivo para negarte la entrada al país. Eso sí, una vez dentro, todos los hospitales públicos tienen la obligación de atenderte en urgencias más allá de que puedas o no puedas pagar por el servicio médico. Apenas cruces la puerta y te presentes en recepción te pedirán la tarjeta de crédito, pero puedes decir que la has perdido o que no tienes y te atenderán igual.

Otro dato: los mayores de 65 años tienen asistencia gratuita en los hospitales públicos. De nuevo, es más posible que al entrar al país le pidan el seguro médico de viaje a alguien mayor de 65 años que a alguien de 30.

Una parte del dinero que pagas por el seguro de viaje a través de este enlace llega a nosotros y nos ayuda a seguir adelante, compartiendo historias y datos. Gracias por tu fidelidad y buena ruta!

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SIGUE LEYENDO: CÓMO EVITAR QUE TE COMAN LOS OSOS!

3- Responder de forma equivocada a un policía.

Estados Unidos no es un país latino. Las normas no se negocian, se cumplen. Los policías son muy rígidos y siempre te tratarán de usted. La mejor opción si has cometido un error es aceptarlo y pedir disculpas. Quizás tengas suerte y te dejen seguir adelante con una advertencia.

Una de las normas que seguramente no conoces es que está absolutamente prohibido conducir con botellas de cerveza al alcance del conductor. O sea, no puedes tener ni siquiera una botella en el asiento trasero aunque esté cerrada o vacía. Conducir borracho o con una tasa elevada de alcohol en la sangre es motivo de deportación inmediata.

Tampoco debes bajar de tu vehículo si un coche de policía te ordena detenerte. No hagas movimientos extraños con tus manos ni busques en tus bolsillos; hay demasiadas armas sueltas en Estados Unidos, los policías lo saben, y pueden ponerse nerviosos y dispararte en caso de duda. Por cierto, tampoco se puede fumar, beber alcohol o entrar con una botella de vidrio a ninguna playa de California.

4- Provocar un accidente y no tener seguro.

Estados Unidos es un país legalista y capitalista al máximo. Cualquier situación que haya generado un daño puede ser aprovechada por personas sin escrúpulos capaces de demandar a su madre con tal de conseguir una buena indemnización. Por supuesto, no toda la gente es así, pero los pueblos están llenos de carteles de abogados decididos a llevar a juicio a quien sea: una compañía, el estado o una persona.

Por eso, si viajas en coche, nunca olvides comprar tu seguro. La factura del mecánico si provocas un accidente, por pequeño que sea, ¡puede ser estratosférica! Eso sí, por más extraño que nos parezca, en muchos estados del país no está prohibido conducir hablando por teléfono, ni usar casco si viajas en moto.

Ya sabes, antes de viajar a Estados Unidos prepárate. Estarás entrando al cuarto país más grande del mundo. Parece muy igual, pero ciertas normas pueden ser muy distintas. Buena ruta!

 

SIGUE LEYENDO:

12 CONSEJOS PARA CRUZAR LA FRONTERA ENTRE ESTADOS UNIDOS Y CANADÁ

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. Desde entonces recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2016 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias a través de la web VIAJEROS4X4X4.COM. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (El Libro de la IndependenciaPor el Mal Camino e Historias en Asia y África) y uno en inglés (The Book of Independence) y escribe artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna edita los libros y hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlas y conferencias.

Han servido de inspiración para un comic de viajes creado en Boston y llamado Pablo and Anna y acaban de reformar un Airstream (su primer vehículo para no viajar), con unos amigos en Baja California, México. También han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona (Estados Unidos) y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.




319- El MYANMAR que nadie visita: la frontera de Tachileik

El oficial de inmigración de la frontera entre Mae Sai y Tachileik abrió mi pasaporte en un gesto rutinario. Ya sabía lo que iba a encontrar: otro extranjero que usaba ese paso para renovar su visado tailandés. Era un cruce práctico, de cinco minutos, pim-pam, y para ellos era un negocio redondo. Estampaban un sello y pase por caja: 500 baht o 20 dólares, que no es lo mismo, o la cifra que fuera, una cantidad que podía cambiar según el estado del tiempo, el humor y las necesidades.

En medio del puente que separaba Tailandia de Myanmar, un viajero con pinta de vividor del Sudeste Asiático, sandalias gastadas, pantalones gastados, camisa del color de la tierra, collares y un par de rastas que sobresalían de su cabeza calva, pedía ayuda en varios idiomas: no le aceptaban el billete de 20 dólares.

‘Estos malditos idiotas dicen que el billete está viejo, que está muy usado, pero mira, está bueno, no está roto, ni rayado!’

En ese momento no entendí el problema. Honestamente, pensé que quizás el billete sería falso, como aquellos famosos dólares colombianos que nos habían endosado en Ecuador. Nosotros estábamos llegando a Tachileik en el este de Myanmar, la región abierta a los extranjeros menos visitada del país, con la intención de intentar unir por tierra las ciudades de Kentung con Taungyyi. Era una ruta prohibida: cruzaba la vertiente sur de las enormes plantaciones de opio que estaban en manos de guerrilleros, o del ejército, o de bandidos. Nadie tenía una respuesta definitiva.

En la oficina, el oficial de inmigración abrió mi pasaporte y se sorprendió. ‘¡Visa! ¡Visa!’ dijo a sus compañeros levantando la voz y señalando un asiento frente a un escritorio. Allí había un ordenador, montones de papeles, un par de sellos y una cámara de sobremesa, colocada a la altura de mi ombligo. La foto para el registro de extranjeros en Myanmar quedaría con un gesto forzado, como el de una jirafa que tiene que abrirse de piernas y estirar el cuello hacia abajo para beber agua.

Estábamos con nuestras mochilas de 5 kilos en uno de aquellos rincones olvidados de un país que lentamente se abría al turismo. Myanmar había permanecido aislado por muchos años debido al boicot a un gobierno militar sanguinario, y por el mismo boicot de los militares hacia el mundo, que daban los visados con cuentagotas. La presión internacional y el cansancio de vivir en un país sin futuro, habían abierto las puertas a los primeros cambios, con elecciones casi libres. Parecía que los militares estaban dispuestos a entregar el gobierno, pero no el poder.

Los perros nos echaron del templo en construcción, con andamios levantados con troncos de árbol
Los perros nos echaron del templo en construcción, con andamios levantados con largas cañas de bambú.

Apenas recorrimos los primeros diez metros de Myanmar cuando una catarata de motociclistas y guías turísticos amateurs se acercaron para llevarnos donde fuera. Recién entrábamos, no teníamos muchos planes, solo queríamos comprobar la capacidad de transformación de un país que estaba abriéndose. ¿Podríamos comprar una moto? Que supiéramos, ningún extranjero lo había hecho. ¿Podríamos viajar libremente por el este del país? Parecía que sí. ¿Podríamos evitar los controles de carretera? En los consulados de Bangkok y Chiang Mai nos habían asegurado que se podía circular libremente entre el este y el oeste.

Soltamos nuestro primer hola en birmano, mingalabah, y esquivamos a los mototaxis con una sonrisa haciendo gestos negativos con la mano. Lo curioso era que no insistían. No nos acompañaban por la calle señalando puntos en un mapa. Quizás se debía a nuestra falsa seguridad, a eso que aprendimos en la ruta, de dar la impresión de que sabes lo que haces, o hacia dónde vas, aunque no tengas ni puta idea. Quizás era simplemente porque no hablaban una sola palabra de inglés.

Los rostros lo decían todo. Sorpresa, duda, estupor. La sonrisa funcionaba mejor que nunca como idioma y los leves movimientos de cabeza precedían a un saludo más espontáneo, más real. Era una sensación extraña, y al mismo tiempo única. En Tachileik estábamos volviendo a aquellos lugares en donde los extranjeros son una rareza.

El Barça estaba en todos lados.
El Barça estaba en todos lados.

Tailandia había sido una especie de paraíso turístico donde todo era alcanzable, aunque a veces no te trataran bien o no te entendieran. Esto era otro mundo. No había más que iniciar el saludo, con un deje de duda en la entonación. Volvías a intentarlo, y a la segunda o tercera vez, entendían que intentabas decir hola, nada más, y entonces ocurría el milagro. El campesino, el mecánico, el cocinero del puesto de la calle, se convertían en maestros de idiomas. Una sonrisa les estallaba en el rostro ante tus errores obvios de extranjero que intentaba comunicarse en un idioma nuevo. Era una sonrisa de orgullo, una sonrisa heroica, de superviviente.

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IMPRESCINDIBLE: 5 COSAS QUE DEBES SABER ANTES DE VIAJAR A MYANMAR

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La caminata por Tachileik casi no tenía sentido. Íbamos en dirección contraria y lo sabíamos aunque realmente no nos importaba mucho. Las mochilas, de cinco kilos cada una, no eran una molestia. Necesitábamos absorber los gestos, el aire, los olores de un nuevo país del que apenas teníamos información. Aquella era una zona lejana, donde ningún blogger había intentado viajar. Lonely Planet solo le había dedicado unas páginas vagas, con menciones a tours.

Las calles estaban rodeadas de casas y edificios que llevaban décadas sin pintarse. Sobre el asfalto, hombres vestidos con pantalones y hombres vestidos con longyii, una especie de falda que llega hasta los pies, se cruzaban con mujeres de rostro despejado y mujeres que llevaban las mejillas teñidas de amarillo. Era la tanaka, una pasta que utilizan para protegerse del sol. Entramos a un hostal oscuro y vacío, sin cuadros ni mapas en las paredes. Damos un par de palmadas y un hombre sale a nuestro encuentro. Solo dice 500 baht, el precio de la habitación, el doble de lo que pagábamos en Tailandia. Estamos en Myanmar pero la moneda de uso corriente sigue siendo el baht tailandés. Seguimos adelante.

Por las callejas de Tachileik se abrían los mercados del barrio
Por las callejas de Tachileik se abrían los mercados del barrio

En la otra acera hay un taller de motos. Sería ideal comprar un scotter para viajar por todo Myanmar, pero todavía no sabemos cuánto ha cambiado el país. ¿Podemos conducir nuestra propia moto local, por Myanmar? En el taller hay cuatro jóvenes que parecen de etnias completamente distintas: uno es de piel oscura, barba y nariz aguileña, otro es delgado y blanco como el papel pero de rasgos asiáticos, otro es de rostro ancho y lleva una camiseta con el escudo del Barça y un tercero es de piel trigueña. Parece que las dudas iniciales, la timidez, dejan paso a una sensación de curiosidad. Nos ofrecen una moto sin matrícula ni papeles por 6000 baht, 220 dólares. Una moto con papeles cuesta 29.000 baht.

Afuera hay un grupo de policías que parece que tienen el día libre. La ciudad está tranquila, se acabó la época de los disparos y las batallas en la calle. Mingalabah. A la gente de Myanmar les encanta nuestros intentos por balbucear unas palabras de birmano, acompañadas siempre por una sonrisa permanente que dice ‘oye, lo siento, no hablo tu idioma pero lo voy a intentar’. A los cinco minutos los policías llaman por teléfono a una agencia de viajes y poco después aparece un hombre en un coche que, sin querer vendernos nada, nos cuenta que algunas rutas siguen cerradas a los extranjeros, que se necesitan permisos, que las normas del país impiden que podamos tener nuestra propia moto… Nos sugiere tomar un bus hasta la estación de autobuses, que está a uno o dos kilómetros.

Los abuelos parecen ser los únicos que hablan inglés en el este de Myanmar
Los abuelos parecen ser los únicos que hablan inglés en el este de Myanmar

Pero antes de seguir adelante necesitamos cambiar dinero. Algo habíamos escuchado de la manía nacional porque los billetes en moneda extranjera parezcan recién salidos de la imprenta. Pero nunca imaginamos que… serían tan puñeteros. Los primeros billetes de cien dólares que llevamos a la oficina bancaria están impecables, pero no los aceptan porque están doblados a lo largo, a la medida de un cinturón de seguridad. Empiezo a comprender al extranjero que los puteaba sin entender por qué no le aceptaban sus veinte dólares en la frontera. Tras un pequeño tira y afloja y muchas sonrisas, aceptan el tercer billete.

Hacía mucho tiempo que no me sentía tan observado. Los rostros se levantaban para observarnos, muy pocos eran indiferentes. Y eso era una buena señal. Si yo levantaba la mano para saludar a quien nos miraba, el otro sonreía con candidez y devolvía el saludo. Lo había atrapado. No había vergüenza en mirar, porque era una mirada clara, de sorpresa. Nítida. Sin segundas intenciones.

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ESTA HISTORIA CONTINÚA EN

VIAJAR AL PASADO EN KENGTUNG, MYANMAR

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La estación de autobuses hacia Kentung estaba a siete, ocho kilómetros. Es un gran descampado, o un patio interior abierto, con dos autobuses que hoy no salen y una furgoneta cargada de gente apretujada. Pero los autobuses también salen de la calle, en realidad todo el la estación. Allí nos ofrecen un taxi por 70 dólares. Los autobuses valen muchísimo menos, pero no salen hasta el día siguiente. ¿La tarifa? 10.000 kyat por persona, nueve dólares, varias veces más de lo que cuesta el pasaje para los locales. Es el precio estándar mínimo impuesto por el gobierno militar para los extranjeros.

A la mañana siguiente, partimos hacia Chentung
A la mañana siguiente, partimos hacia Chentung

Después de tantos años viajando por países donde podíamos hablar con la gente en uno u otro idioma, llegamos adonde nos habíamos propuesto. A esos lugares donde nadie te entiende, donde la cultura es tan diferente que los gestos pueden significar otra cosa, donde viajar se convierte en un desafío. El este de Myanmar, vacío de extranjeros, donde solo los abuelos hablan algo de inglés, era el lugar perfecto para empezar una nueva aventura.

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y porque es capaz de sobrevivir a una bomba atómica. Desde aquel momento recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2015 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (El Libro de la Independencia, Por el Mal Camino e Historias en Asia y África) y uno en inglés (The Book of Independence) y escribe regularmente artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna edita los libros y hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlar y conferencias.

Han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

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310- Qué hacer si te roban en la ruta | PABLO Y ANNA

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Qué haces si te roban en la ruta? Y si los que te roban son…

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Es cierto. En África una pandilla de monos nos robó un paquete de espaguettis. Pero, ¿qué hacer si te roban de verdad?

En realidad hay dos opciones. Hacer la denuncia a la policía e intentar seguir el rastro de los ladrones como hicimos en Grecia y en Etiopía (la primera salió mal, y la segunda salió bien; la historia completa está en el libro Por el Mal Camino) o tragar saliva y seguir adelante, intentando que el mal momento no te arruine el viaje. Es extraordinariamente difícil recuperar lo robado cuando pierdes de vista a los ladrones. Es otro de los aprendizajes de la ruta: saber perder, aunque duela.

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Pablo y Anna, las aventuras y desventuras de una pareja que vive en una casa con ruedas llamada La Cucaracha, tras más de 15 años viajando alrededor de un planeta surrealista llamado Tierra… Sigue leyendo historietas como Qué hacer si te roban en la ruta en Pablo y Anna

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y porque ¡creemos que es capaz de sobrevivir a una bomba atómica! Desde entonces ya recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (Anna se los lee 20 veces antes de publicarlos), El Libro de la Independencia, Por el Mal Camino e Historias en Asia y África, y uno en inglés: The Book of Independence y escribe artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlar y conferencias.

Han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España y el Museo de Arte de Puerto Rico.

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286- Seguridad en Ruta: Problemas con Policía y Militares

Policías armados en Perú durante una manifestación en la ciudad de Cusco

©Pablo Rey. Publicada en la revista Overland Journal, número de Invierno 2014. 

Después de 15 años recorriendo el mundo en su furgoneta 4×4, Pablo Rey nos da unos cuantos consejos importantes para no terminar en calzoncillos en mitad de un viaje.

Catorce años en ruta te deja con muchas historias de buenos y malos policías. Muchísimas veces fuimos detenidos en la ruta por policías honestos que cumplían su trabajo, y muy pocas veces por policías que buscaban complementar su salario con una coima. Cuando ocurre, se convierte en uno de los tópicos más repetidos, en la ‘gran aventura’ de quienes están haciendo un viaje largo por asfalto. Cualquier insinuación a una cárcel africana o latinoamericana suele ser suficiente para que el viajero decida poner algún billete verde dentro de su pasaporte y entregárselo al policía. Y eso está mal. Pagar a un policía para evitar una multa, justa o injusta, te convierte en cómplice.

USA LA CABEZA. Para evitar estas situaciones incómodas lo primero que debemos hacer es cumplir todas las reglas del país que visitamos. Si no las conoces, utiliza el sentido común: si tu vehículo fue admitido en el país tras una revisión de la policía y de agentes de aduanas, no pueden decirte que es ilegal andar con los vidrios tintados o que no puedes circular con esa defensa. Tu vehículo fue admitido en el país tal como está. Si entras en un país nuevo, consigue un seguro lo antes posible.

TÓMATE TIEMPO. Lo segundo que debes hacer es asumir que la mayor riqueza del viajero es el tiempo. Los policías corruptos quieren dinero fácil y rápido y, si en lugar de darles lo que te piden, les ofreces un café, un poco de conversación y mantienes la calma, lo más probable es que a los veinte minutos busquen otra víctima. Te amenazarán con la cárcel, con requisar tu vehículo, con arruinarte el viaje y con montones de problemas generalmente inventados. Quieren asustarte. Pero mantén la calma, sonríe, a veces es muy útil quedar como un idiota que no entiende nada de lo que dicen.

FALSIFÍCALO. Si consiguen meterte el miedo en el cuerpo, la mejor solución es tener a mano unos cuantos billetes falsos. Los dólares colombianos suelen estar muy bien falsificados y no se distinguen a simple vista. Los dólares bolivianos, que se suelen quemar como ofrenda a la Pachamama en los rituales de los Andes en Perú y Bolivia, son tan toscos como los que llevan la imagen del Ratón Mickey. La realidad, y gran ventaja a tener en cuenta, es que el policía no se pondrá a contar los billetes que le hayas dado en medio de la carretera, los guardará en un bolsillo y esperará a la feliz soledad de su casa. Pagaría ver su rostro en ese momento.

HAZLO. El permiso internacional de conducir no es indispensable. Habitualmente se acepta que el turista conduzca con el permiso que usa en su país. Eso sí, nunca está de más llevar una copia escaneada, impresa y plastificada (hecha en casa con amor) para entregar cuando la policía te pida los documentos. En Nicaragua, por ejemplo, los policías suelen retener tu permiso de conducir hasta que no pagues la multa, auténtica o inventada.

Estas son solo algunas de las cosas que hemos aprendido durante los últimos 14 años de viaje alrededor del mundo. Si me pidieras un consejo para viajar más seguro, uno solo, te diría: ‘Viaja preparado para que te ocurran cosas inesperadas y nunca enseñes tu miedo. Incluso los malos momentos pueden ser buenos al final. Porque no hay nada más aburrido que salir de viaje y que no te pase nada.’

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252- Los vendedores invisibles del Río Grande (2ª parte)

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(Viene de Los vendedores invisibles del Río Grande)

Los ochenta kilómetros de terracería que intentan seguir el curso del Río Grande entre los pequeños caseríos de Castolon (¿un derivativo anglo de Castellano-Castillan?) y Río Grande están salpicados de zonas de acampada aisladas. Subes y bajas quebradas áridas, te lanzas con tu todo terreno por llanuras secas, te cruzas con algún pequeño correcaminos y poco más. En invierno el Parque Nacional de Big Bend parece vacío, un remedo marrón, bonito y simple del Death Valley, sin turistas, sin grandes caravanas ni detalles geográficos memorables. Es la transición entre la variedad orográfica del centro oeste de Estados Unidos y la aburrida llanura productiva del este. Son las últimas montañas.

Pero hay algo más que me llama la atención por su uniformidad y su persistencia: unas camionetas todo terreno blancas con las puertas delanteras pintadas con una franja verde, que aparecen y desaparecen levantando polvo una o dos veces por día. Son La Migra, la Patrulla Fronteriza, el Border Patrol. Ellos se encargan de perseguir a los Invisibles y a los valientes desesperados que llegan de Centroamérica y México para intentar la travesía del desierto. Por allí pasan los desahuciados, los desilusionados por sus propios países, los que se lanzan a cumplir el sueño de una vida mejor sin haber asistido a un curso de supervivencia en regiones hostiles.

Los Invisibles comenzaron a aparecer en nuestro camino en los alrededores del campamento de Río Grande. Los senderos recomendados en el mapa oficial (los únicos recorridos por los turistas) empezaron a presentarse adornados con pequeños saltamontes de colores metálicos y pedacitos de cartón con precios en dólares. Seis era el número que se repetía una y otra vez, aquí o más allá. Seis dólares los saltamontes verdes, seis dólares los escorpiones dorados, seis dólares las libélulas rojas, seis dólares los bastones de madera que ayudan a caminar.

El inventario siempre aparecía acomodado sobre una roca anónima del sendero, junto a un envase de vidrio sin tapa –la hucha donde dejar el dinero. A veces también encontraba piedras de un azul traslúcido y sorprendente, o de un negro carbón sólido e inescrutable. Las artesanías y las piedras siempre estaban solas, a pocos pasos del río que fluye con calma, ajeno a las intrigas fronterizas del ser humano. México está allí enfrente, sería fácil cruzar al otro lado en una contramigración simbólica.

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Una y otra vez me detuve junto a los saltamontes, los escorpiones y las libélulas inmóviles que se repetían sobre una roca parecida a la anterior, buscando a los Invisibles entre las cañas que beben del Río Grande. Quizás estuvieran sentados sobre el peñasco más cercano, quizás observaran desde la otra orilla. Sabía que ellos, los hombres, mujeres o niños que habían colocado allí las artesanías que tenían prohibido vender en Estados Unidos, estarían cerca. Quizás vigilarían a la Migra que vigilaba el río. La Migra, que también debe saber que la gente tiene que vivir de algo.

‘¿Qué harías si encontrásemos a un par de migrantes por aquí, camino del norte, en el desierto?’ me preguntó Anna una de esas tardes, mientras tejía una nueva pulsera de hilo para vender en Estados Unidos. Durante la noche anterior habíamos escuchado chapoteos, algún par de ladridos y nuevamente silencio.

‘Primero lo abrigaría. Le daría alguna de nuestras mantas. Está haciendo mucho frío por las noches. Y luego prepararía una comida enorme, con todo lo que tenemos en el armario.’

(Continúa en Félix, cuando los vendedores invisibles se hacen visibles)

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