263- Blue Ridge Parkway: El paraíso de los motociclistas y viajeros sobre ruedas.

La Cucaracha, la furgo de La Vuelta al Mundo en 10 Años en la Blue Ridge Parkway, Estados Unidos

La ruta se empecina en sorprendernos. Esta vez, nos descubrió uno de los Parques Nacionales más extraños que hayamos visto en 14 años de ruta.

El Parque Nacional de la Blue Ridge Parkway es una ruta. Sí, un camino asfaltado que avanza durante 773 kilómetros por la cima de la mitad sur de los montes Apalaches, en la superpoblada costa este de Estados Unidos.

Una ruta sin semáforos, sin señales de stop, sin gasolineras ni carteles de publicidad. Sin camiones ruidosos con derecho al abuso ni vehículos comerciales con prisa. En lugar de transeúntes hay ciervos (y a veces osos) que dudan en cruzar la carretera. A los lados no hay casas ni basura, nada de bolsas de plástico o cajas de cartón: hay bosques, arroyos, senderos, miradores y caídas vertiginosas hacia los valles habitados. Y donde no hay árboles, hay una cerca que mantiene a las vacas del lado de afuera.

Un Parque Nacional de 773 kilómetros que a veces tiene poco más de 200 metros de ancho es estirar el concepto de Parque Nacional. Es recorrer una de las zonas más habitadas de Estados Unidos sin entrar en contacto con el ruido de la civilización. No hay acceso a internet y para conseguir un poco de pan tienes que tomar una de las salidas que conectan con otra carretera (que siempre cruza por un túnel o un puente) y recorrer unos kilómetros hasta el pueblo más cercano.

La Blue Ridge Parkway empezó a construirse en 1935 con la intención de unir los Parques Nacionales de Great Smoky y Shenandoah. Era la época de la Gran Depresión y el gobierno de Roosevelt empezó a hacer una enorme cantidad de obra pública para dar trabajo a las decenas de millones de desocupados que había en el país.

Una de las herramientas fue crear el C.C.C., Civil Conservation Corps, brigadas de hombres que a lo largo y ancho de todo Estados Unidos se dedicaron a mejorar las infraestructuras de los Parques Nacionales y sitios históricos del país: hacer senderos, levantar cabañas, construir puentes y caminos. El salario no lo cobraban íntegramente ellos, sino que la mayor parte era enviada directamente a su familia, a su esposa o su madre, para que su familia pudiera salir adelante en época de crisis.

Estados Unidos será muy capitalista pero, aunque odien la palabra, tiene su punto socialista. Un día de estos tendré que escribir sobre el socialismo económico en Estados Unidos.

Sin duda, el Blue Ridge Parkway es uno de los Parques Nacionales más extraños que hayamos recorrido. Es un Parque Nacional de asfalto, genial, sumergido en la naturaleza. Un paraíso para los motociclistas y para todos los viajeros sobre ruedas que quieran escapar al ruido de la civilización.

Mapa de la Blue Ridge Parkway, EStados Unidos

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253- Félix. Cuando los vendedores invisibles se hacen visibles.

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(Viene de Los vendedores invisibles del Río Grande)

‘¡Hello! ¡Hello Mister!’, escuché que me saludaban a los gritos. Y sí, era a mí, aparte de Anna no había nadie más caminando hacia la entrada del Cañón de Boquillas. Y Anna no era un míster, eso lo tenía claro.

También sabía que el hombre que saludaba a los gritos no hablaba inglés. O hablaba muy poco inglés. Y me hablaba en inglés porque yo era blanco, y los blancos a este lado del río, el lado de Estados Unidos, hablan inglés. Un prejuicio amable que detesto.

‘¡Hello Mister!’ repitió en voz alta.

Su rostro moreno me observaba desde atrás de unas gafas de sol grandes, capaz de proteger los ojos, los párpados, las ojeras y las arrugas que crecen a los lados de la cara. No había una huella clara sobre la arena y las piedras, el sendero era este y aquel. Podría haber cambiado de rumbo, ignorarlo definitivamente, dirigirme hacia uno de los caballos jóvenes que pastaban sueltos veinte metros más arriba. Pero no lo hice.

‘¿Cómo Hello Mister? Si me hablas en inglés no te voy a entender nada’ le respondí en castellano, mientras continué avanzando río abajo.

‘I have stones’ continuó, sordo.

‘Pues vamos mal. Primero porque no hablo inglés. Y si me hablás en inglés no te voy a entender’ mentí.

Me siento tremendamente orgulloso de mi castellano, que mezcla palabras argentinas, españolas, catalanas, chilenas, peruanas, venezolanas, colombianas y mexicanas. Y, por más que mi inglés sea bastante bueno después de tantos años en la ruta, siempre prefiero hablar en mi idioma.

Me identificaron tantas veces como gringo por el color de mi piel durante el viaje por Latinoamérica que llegué a enojarme. Gringo tu puta madre, le respondí a más de uno, dejándolo descolocado.

‘¿En serio que no habla inglés?’

‘No. Bueno, un poco. Pero si me seguís hablando en inglés sigo adelante y no te escucho.’

Andale. Como es tan güero… ¿Y de dónde es, si se puede saber, que habla tan bien el español?’

‘De Argentina’ respondí. A veces digo que soy de España, a veces que soy de varios países. A veces me invento países. Hoy mi humor dice que soy de Argentina.

‘Mire jefecito, que tengo unas piedras para vender. ¿Quiere verlas?’

‘Es que soy mal comprador, amigo. Te voy a hacer sacar todo y después no te voy a comprar nada’ le dije. ‘Yo te aviso, si querés sacarlas, sacálas.’

Abrió una bolsa raída y sacó cuatro piedras casi tan grandes como un puño, traslúcidas, con un tono azulado, y una mucho más grande, blanca y llena de puntas triangulares.

‘Usted me da lo que quiera’ me dijo.

Es una técnica de venta que funciona muy bien con cosas que valen muy poco. Nosotros lo hacemos con las postales que imprimimos con fotografías del viaje. La gente suele dar mucho más de lo que vale una postal.

‘Pero te dije que soy mal comprador. Vivo en una van, no tengo espacio para andar llevando piedras’.

‘Pero mire que bonita es esta’ dice levantando la piedra más grande. ‘Está buena para ponerla sobre el televisor’.

‘En serio, que no tengo televisor. Que vivo en una furgoneta. Y si la llevo en la van es un riesgo. Imagínate que un día me peleo con la patrona y me revolea la piedrota esta.’

Por primera vez le arranco una sonrisa.

‘¿Y no tiene alguna gorra? Le cambio alguna de las piedras por una gorra, mire cómo está de rota la que tengo en la cabeza. O un abrigo, mire este, está todo roto.’

‘Es que… no tenemos un guardarropas en la furgo. Viajamos con poca ropa. Lo siento’, le digo, mientras empiezo a pensar qué le podemos dar.

‘¿Y un diccionario de inglés? Para nosotros, para los chamacos… también les vendrá bien a ellos. O algo para comer, que llevamos todo el día a este lado y no trajimos comida’

‘Mira’ le dije, ‘algo de comer seguro que te podremos dar. Pero dejame pensar mientras vamos hacia el fondo del cañón. Nos vemos acá en 10 minutos’.

Mientras caminaba me di cuenta que algo había cambiado. La realidad, esa compañera cruel que a veces olvidamos mientras disfrutamos del viaje, nos había llamado y le habíamos respondido. Ya no podía disfrutar del cañón como un turista o un viajero anónimo. El hombre le había puesto rostro a los Invisibles.

‘Hagamos una cosa’ le dije sacándome las gafas de sol, que hoy pega fuerte, cuando volvimos a su lado. No me gusta hablar con la gente sin verle los ojos. No me gusta hablar con la gente sin que me vea los ojos. ‘Vente dentro de diez minutos al estacionamiento donde está nuestra van. Tenemos algunas naranjas.’

‘Pero… ¿quiere cambiarme las piedras por un par de naranjas?’, dijo con un tono algo desilusionado.

‘No, no. Guarda las piedras. Las naranjas te las regalo para que comas algo. Vente dentro de diez minutos, seguro que encontraremos algo más que te pueda servir.’

Mientras caminamos hacia la furgo empezamos a hacer una lista mental. El diccionario, ¿dónde está el diccionario inglés-castellano que habíamos comprado en Zimbabue y que jubilamos hace unos meses? ¿Y la aquella gorra con linterna y el logo de Jeep que nos habían regalado en Guadalajara? Uff, seguro que está todo en el techo de la furgo. ¿Vendrá? No parecía muy entusiasmado por las naranjas… Quizás le podríamos dar también una de esas botellas de vino peleón que nos regalaron en California…

Diez minutos más tarde el hombre apareció sobre un promontorio, montado en su caballo. Su perfil, recortado contra el cielo azul y la tierra seca, parecía sacado de un álbum de cromos. Le hice señas para que se acercase, pero continuó rebuscando en el paisaje. No, no se ve ningún vehículo de Parques Nacionales, ni de la Migra.

Yo ya estaba en el techo de la furgo. Había sacado la lona y buscaba entre las cosas que habíamos decidido llevar a Barcelona mientras Anna revolvía en los armarios. Un par de minutos más tarde, volví a hacerle señas para que bajase. Avanzó sobre su caballo hasta el inicio del sendero.

Solo cuando empezamos a caminar hacia él con la botella en la mano se relajó un poco, bajó la guardia, dejó de buscar policías.

‘¿Es tequila?’ preguntó primero. ‘¿Mescal?’ dijo después, sin esperar la respuesta.

‘No, es vino, de California. Estuvimos trabajando un mes en una granja y el dueño nos regaló un montón de botellas. Toma, aquí está el diccionario, y la gorra, y las naranjas. Y unos tuppers para que cambies ese donde llevas las piedras, que está todo roto.’

‘Pero… ¡gracias! Toma estas piedras’ respondió sorprendido con un brillo nuevo en los ojos. No esperaba tantas cosas.

‘Bueno… Gracias, me ayudarán a recordarte.’

‘¿Quieres más?’

‘No no no no. Así está bien. Sabes, nosotros vivimos en esa van. Y también recibimos cosas de la gente en la ruta. No necesitas darnos nada más.’

‘¿Quieren cruzar al otro lado? Yo los cruzo en el caballo, no hay problema. Y tengo lugar, se pueden quedar a dormir. No les costará nada. Y allí no tienen que preocuparse de la comida.’

‘Gracias’ le respondí. ‘Pero no podemos cruzar. Es ilegal y nos podríamos meter en un problema. Y este no es momento de meternos en problemas.’

‘Mira que no pasa nada, yo voy y vengo a cada rato…’

‘Me encantaría, pero no, en serio. Gracias.’

‘Pues cuando quieran se vienen. Me buscan y se quedan en mi casa, o en el hotel, que es de un amigo. Yo los llevo a pasear a caballo. Allí no se tienen que preocupar por el dinero.’

Sonreí. La ruta es así de agradecida.

‘¿Cómo te llamas?’ le pregunté estirando mi mano abierta hacia él, que seguía sentado en su caballo. Los Invisibles se habían vuelto visibles y sonreían con una bolsa en la mano. No era Navidad, pero parecía.

‘Félix.’

‘Yo soy Pablo. Y ella es Anna.’

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252- Los vendedores invisibles del Río Grande (2ª parte)

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(Viene de Los vendedores invisibles del Río Grande)

Los ochenta kilómetros de terracería que intentan seguir el curso del Río Grande entre los pequeños caseríos de Castolon (¿un derivativo anglo de Castellano-Castillan?) y Río Grande están salpicados de zonas de acampada aisladas. Subes y bajas quebradas áridas, te lanzas con tu todo terreno por llanuras secas, te cruzas con algún pequeño correcaminos y poco más. En invierno el Parque Nacional de Big Bend parece vacío, un remedo marrón, bonito y simple del Death Valley, sin turistas, sin grandes caravanas ni detalles geográficos memorables. Es la transición entre la variedad orográfica del centro oeste de Estados Unidos y la aburrida llanura productiva del este. Son las últimas montañas.

Pero hay algo más que me llama la atención por su uniformidad y su persistencia: unas camionetas todo terreno blancas con las puertas delanteras pintadas con una franja verde, que aparecen y desaparecen levantando polvo una o dos veces por día. Son La Migra, la Patrulla Fronteriza, el Border Patrol. Ellos se encargan de perseguir a los Invisibles y a los valientes desesperados que llegan de Centroamérica y México para intentar la travesía del desierto. Por allí pasan los desahuciados, los desilusionados por sus propios países, los que se lanzan a cumplir el sueño de una vida mejor sin haber asistido a un curso de supervivencia en regiones hostiles.

Los Invisibles comenzaron a aparecer en nuestro camino en los alrededores del campamento de Río Grande. Los senderos recomendados en el mapa oficial (los únicos recorridos por los turistas) empezaron a presentarse adornados con pequeños saltamontes de colores metálicos y pedacitos de cartón con precios en dólares. Seis era el número que se repetía una y otra vez, aquí o más allá. Seis dólares los saltamontes verdes, seis dólares los escorpiones dorados, seis dólares las libélulas rojas, seis dólares los bastones de madera que ayudan a caminar.

El inventario siempre aparecía acomodado sobre una roca anónima del sendero, junto a un envase de vidrio sin tapa –la hucha donde dejar el dinero. A veces también encontraba piedras de un azul traslúcido y sorprendente, o de un negro carbón sólido e inescrutable. Las artesanías y las piedras siempre estaban solas, a pocos pasos del río que fluye con calma, ajeno a las intrigas fronterizas del ser humano. México está allí enfrente, sería fácil cruzar al otro lado en una contramigración simbólica.

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Una y otra vez me detuve junto a los saltamontes, los escorpiones y las libélulas inmóviles que se repetían sobre una roca parecida a la anterior, buscando a los Invisibles entre las cañas que beben del Río Grande. Quizás estuvieran sentados sobre el peñasco más cercano, quizás observaran desde la otra orilla. Sabía que ellos, los hombres, mujeres o niños que habían colocado allí las artesanías que tenían prohibido vender en Estados Unidos, estarían cerca. Quizás vigilarían a la Migra que vigilaba el río. La Migra, que también debe saber que la gente tiene que vivir de algo.

‘¿Qué harías si encontrásemos a un par de migrantes por aquí, camino del norte, en el desierto?’ me preguntó Anna una de esas tardes, mientras tejía una nueva pulsera de hilo para vender en Estados Unidos. Durante la noche anterior habíamos escuchado chapoteos, algún par de ladridos y nuevamente silencio.

‘Primero lo abrigaría. Le daría alguna de nuestras mantas. Está haciendo mucho frío por las noches. Y luego prepararía una comida enorme, con todo lo que tenemos en el armario.’

(Continúa en Félix, cuando los vendedores invisibles se hacen visibles)

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251- Los vendedores invisibles del Río Grande (1ª parte).

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El río siempre había sido una carretera sinuosa a través del paisaje seco y montañoso del desierto. A pesar de que nadie recordaba cuadrillas de obreros armadas con picos y palas ni explosiones de dinamita, el agua había conseguido atravesar piedra, roca y todos sus sinónimos hasta quedar encajonada entre los muros verticales de un cañón formidable. Allí, de pie frente a una historia imposible de comprender con nuestros parámetros mortales, el Cañón de Santa Elena me recordaba a una sucesión de viejos libros de tapa dura, ocre, gastados, que se mantenían en pie solitos. Alguien había robado el libro del medio, el que contaba la historia detallada de la Tierra, y nadie se había dado cuenta.

El agua se había colado por allí. Su trabajo fue arduo y dolorosamente lento. Había tardado tanto que ni los sapos primero, ni los humanos después, se habían percatado de su avance, de la demolición perezosa de esas montañas que millones de años atrás habían llegado a contener un océano. Los únicos testigos que podían dar testimonio eran los caracoles atrapados en la piedra, pero los fósiles apenas sugieren algo. El agua parecía trabajar para la misma empresa de obras públicas que llevaba más de cien años levantando el templo de la Sagrada Familia en Barcelona, la misma que se empeñaba en cortar la luz y agujerear permanente las calles de Buenos Aires.

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Un año más tarde vimos a un grupo de migrantes (con su coyote) cruzar por este sitio…

En los últimos doscientos años, aquel rincón de lo que el hombre había determinado como frontera entre las entidades artificiales llamadas Estados Unidos y México, el agua también había servido de medio de comunicación. Las chozas y casas de adobe habían guarecido a personas que en algún momento precisaban algo y no tenían miedo en pedirlo prestado: una herramienta para la mina, un caballo huido, un trago de aguardiente, un amigo, una prostituta, una taza de azúcar para un bizcocho de cumpleaños. Aquellos eran otros tiempos, cuando el agua era uno más entre comanches, españoles, mexicanos, anglos y negros liberados, un participante más en esta mezcla de orígenes, intenciones y necesidades.

‘La comunidad que se había formado era natural. Aquí no había países, había personas’, me explicó un jubilado de Ohio, que cada invierno migra a este sur huyendo del invierno para trabajar como voluntario en el Parque Nacional del Big Bend. Estamos en Texas, donde la frontera con México sigue la curva pronunciada del Río Grande. Puro desierto montañoso.

‘Cambiaron tantas cosas en mi país después del 11 de septiembre de 2001, que a veces no lo reconozco… Antes, la gente de Boquillas, Santa Elena o San Vicente cruzaba a este lado del río para vender sus artesanías y al atardecer volvía a sus casas. Con tantas nuevas medidas de seguridad ya no pueden comerciar, ya no pueden cruzar a este lado para comprar provisiones ni para visitar a sus amigos o buscar un caballo huido. Las fronteras en el Big Bend están cerradas para todos los extranjeros. En los últimos diez años los pueblos mexicanos de ahí enfrente se despoblaron. Y las comunidades unidas por el río se separaron. El río sigue igual de estrecho, pero la gente se alejó.’

‘En realidad’ continúa luego de un momento, ‘los mexicanos siguen cruzando a este lado del río. Pero ahora son invisibles. Ya lo verás cuando te acerques a Boquillas’, afirma sonriendo con complicidad, mientras me extiende el pase para acampar válido por los próximos diez días.

(Continúa en Los vendedores invisibles del Río Grande, 2ª parte)

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227- Lugares para conocer antes de morir: Yellowstone National Park (Estados Unidos)

Yellowstone National Park

Sin duda alguna, y a pesar de las muchedumbres que se juntan en verano a observar el espectáculo de la naturaleza, Yellowstone es uno de esos sitios que todos deberíamos visitar antes de morir.

Durante mis vagabundeos por la Tierra he visto géiseres espectaculares en Islandia, zonas termales enormes como la de Tatio en Chile, el hermoso Sol de Mañana en el altiplano boliviano a casi 5.000 metros de altura y pequeños afloramientos de agua caliente y sulfurosa en Hawái, Nicaragua, Egipto, Jordania, Turquía, Perú, Argentina y Japón. Pero Yellowstone es otra cosa. Yellowstone juega en la categoría de las Cataratas del Iguazú, por algo es Patrimonio de la Humanidad y el Parque Nacional más antiguo de Estados Unidos.

Yellowstone es realmente impresionante. Y eso se debe solo a la posibilidad de ver al Old Faithful, un géiser activo que entra en erupción aproximadamente cada hora y media lanzando interminables chorros de agua a 40 metros de altura. Sino a los más de de 3.000 géiseres y pozas de agua hirviendo que tiñen la tierra de colores surrealistas. Los rojos, verdes, amarillos, azules y turquesas de las colonias de bacterias que sobreviven a temperaturas extremas compiten entre sí por hacer de este paisaje arbolado algo difícil de olvidar.

La mejor hora para recorrer Yellowstone es poco después del amanecer, cuando las carreteras están completamente libres de automóviles y los animales se desperezan. Es el único momento en que podrás disfrutar del paisaje en soledad. El vapor de los geysers sobre la primera luz es mágico y consiguen hacerte olvidar las masas que durante el resto del día convierten los senderos en una fila de hormigas gigantes, hormigas humanas.

En Yellowstone hay búfalos salvajes que entran a pastar a las zonas de camping, alces de grandes cuernos que te descubren caminando por un sendero perdido, osos negros y grizzlies que merodean por el bosque y sobre todo muchas, muchas zonas termales. Tantas, que comenzarás a aburrirte. Y eso que ni siquiera he hablado de los volcanes de lodo y de la Mammoth Hot Springs, una montaña de minerales acumulados durante millones de años de actividad termal. No es casualidad que Yellowstone se encuentre dentro de una enorme caldera que algún día explotará dejando un boquete gigantesco en el centro de Norteamérica.

Del oso Yogui, ni noticia.