302- Los 5 lugares más espectaculares de 2015 | NORTEAMÉRICA

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Después de más de 15 años viviendo en la ruta alrededor del mundo, a veces se vuelve un poco difícil encontrar lugares espectaculares, que nos sorprendan. Pero existen, están ahí. Y a veces están más cerca de lo que pensamos.

Por eso junté en un post los 5 lugares más espectaculares donde vivimos o pasamos unas semanas durante 2015. A todos volvería en cualquier momento. Ojalá puedan darse una vuelta y sentir la misma emoción que sentimos nosotros.

1- NEW ORLEANS!

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Durante enero y febrero de 2015 alquilamos una habitación/apartamento en New Orleans. Era la primera vez que nos quedábamos tanto tiempo para descubrir una ciudad tras vivir unos meses en Vancouver en 2011, y lo que encontramos fue emocionante: música, música y más música. Música en el desayuno y la cena, música en la calle y el bar, música todo el día, en cualquier momento, en cualquier lugar. La ciudad me atrapó entre sus calles con casas de madera, su cocina propia, la historia de su vudú, su Mardi Gras, su gente de todos los colores y su jazz. Era algo que no me pasaba desde que mandé a la mierda a mi jefe en Madrid y me enamoré de Barcelona allá por 1995. New Orleans no es Estados Unidos. Es otra cosa, algo mucho más grande.

Lee más sobre New Orleans: Enamorado de una chica llamada Nueva Orleans.

 

2- LOS BOSQUES DE IDAHO

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Más de una vez habíamos cruzado Idaho y todo lo que nos había quedado de recuerdo era una bolsa de cinco kilos de papas. No era algo muy atractivo. Esta vez, camino de Montana, nos dejamos perder por caminos secundarios y descubrimos sus bosques protegidos con campamentos gratuitos como Cedars, (cerca de Missoula) junto a ríos salvajes; la Custer Road, con sus barcos de tierra firme que dragaban los ríos en busca de oro; y el Salmon River, espectacular para bajar en kayak. Tengo que volver y lanzarme al agua. De paso, visitamos la tumba de Hemingway en Ketchum. No se nos había perdido nada por allí, pero tampoco teníamos ganas de irnos.

 

3- BAJA CALIFORNIA

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Lo sé, es un clásico. Es mi cuarta vez en la península más salvaje de México, destino preferido de los overlanders en Estados Unidos. Esta vez nos tomamos casi todo el mes de diciembre para perdernos en playas completamente vírgenes, al final de caminos que tu madre te recomendaría no tomar, donde la avería más absurda te puede dejar días o semanas aislado en medio de la nada. Era el sitio perfecto para desconectar y recuperar fuerzas después de un 2015 muy intenso. Empiezo a entender a los amigos norteamericanos que hablan de Baja como su propio y particular Shangri-Lá.

 

4- EL SUR DE UTAH

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Es mi otro clásico y algo que repetiré mil veces. Utah es precioso y muy poco conocido fuera de Estados Unidos. Utah no solo es un refugio de mormones, también de aventureros que se lanzan a explorar a pie, en moto, bicicleta, kayak, raft o todo terreno alguno de los cientos de cañones grandes, pequeños o estrechos que atraviesan el estado. ¿Recuerdan la película 124 horas? Contaba la historia de un hombre que se había lanzado solo a explorar una zona de cañones y terminó con el brazo atrapado por una piedra. Para salir, se lo tuvo que cortar con una navaja. Sin anestesia, sin agua, y solito. Ocurrió por allí.

Lee más sobre Utah: Tierra de Cañones.

 

5- MI CASA!

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En realidad es un apartamento, pero por primera vez en 15 años recuperé mi pequeño lugar en el mundo y me dediqué a organizarlo como si fuera a vivir en él. No era el plan, pero abrir todas las cajas que había sellado antes de partir de viaje, y encontrarme con aquel Pablo, con aquella vida de oficina, con mis libros de El Corto Maltés y el Eternauta, con aquellas cartas enviadas a Argentina antes de que todos usáramos Internet, fue algo de lo más intenso que me ocurrió durante 2015. Ojalá las cosas vayan bien y podamos conservarlo para reencontrarnos más a menudo con los amigos…

Lee más sobre Barcelona: Lugares para conocer antes de morir.

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y porque es capaz de sobrevivir a una bomba atómica. Desde aquel momento recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2015 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (El Libro de la IndependenciaPor el Mal Camino e Historias en Asia y África) y uno en inglés (The Book of Independence) y escribe regularmente artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna edita los libros y hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlar y conferencias.

Han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.




295- Por las Rutas del México Narco.

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Por la rutas del México Narco. ©Pablo Rey. Publicado en su versión en inglés en la revista Overland Journal, Gear Guide 2015.

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Hacía tiempo que no nos perdíamos. En realidad, sabíamos dónde estábamos, pero podíamos perdernos. Y nunca más nos volverían a encontrar.

El oficial de migración mexicano había sido tan claro como el agente de aduanas y el vendedor callejero de tacos de tripa. Los tres repitieron la misma frase, el mismo consejo, con la misma expresión severa en el rostro: No conduzcan de noche. Dejábamos Estados Unidos por la frontera de Caléxico/Mexicali y, en lugar de sentirme intranquilo por entrar a un país donde el narcotráfico provoca unos diez mil muertos al año, me entretenía pensando en que los nombres eran el resultado de un bonito juego de palabras. Caléxico venía de California-México y Mexicali de México-California.

¿Debía preocuparme? En realidad, no conduzcan de noche era una frase incompleta. Allí faltaba la aclaración que nos hizo una amiga en el patio de su casa en San Luis Río Colorado, al atardecer, entre tortillas de maíz, carne mechada, cebolla pasada por la sartén, chile jalapeño y mucha cerveza Tecate.

“Por la noche hay controles civiles. Hombres armados que detienen el tráfico en la carretera para pedir la documentación y revisar los vehículos.”

“¿Narcos?” sugerí sin recordar que esa palabra no se pronuncia en el norte de México.

Llevábamos 21 meses viajando por la seguridad del mundo anglo norteamericano y cruzar la frontera era volver a Latinoamérica, un mundo distinto, más imperfecto y espontáneo. Tenía ganas de cambiar el olor a hamburguesa y pollo frito por el olor ligeramente salado de las tripas envueltas en tortillas. Quería pasear por mercados de frutas y verduras que escandalizaran a las autoridades sanitarias al norte del Río Grande, hablar en mi idioma, escuchar unas rancheras y acampar en la playa. Quería volver a lugares donde no todo fuera predecible.

Era fines de 2012 y nuestro objetivo, además de llegar a Yucatán para el improbable fin del mundo tras el Año Nuevo Maya, era descubrir si el desierto de Sonora era tan hermoso como el desierto de Baja California. Sabíamos que en la ruta habría controles militares y policiales que querrían saber qué hacíamos allí y hacia dónde nos dirigíamos. Quizás querrían revisar la furgoneta, ver qué escondíamos en la cacerola, entre los cepillos de dientes y los libros que vamos vendiendo por el camino. Había que aceptarlo con paciencia y dar respuestas cortas, directas y cordiales. El único riesgo de estos controles civiles o militares estaba en los extremos, en el tedio o la tensión. No hay nada más peligroso que encontrarte en medio de la nada con un grupo de militares o narcos aburridos o nerviosos.

Pero al final del segundo día ya habíamos recorrido los primeros 600 kilómetros y, sorprendentemente, no habíamos encontrado un solo control. La policía se había vuelto tan invisible como en Estados Unidos. Los ‘mañosos’, los tipos malos, nos ignoraban. ¿Dónde estaba la guerra que anunciaban los medios de comunicación y que contaminaba nuestro estado de ánimo?

Supongo que por eso, y porque todavía teníamos un par de horas de luz, decidimos cambiar de planes. Tomar un desvío para llegar a Puerto Libertad y buscar una palapa con techo de paja para despertar en la playa era una tentación demasiado apetecible. Solo faltaba preguntar en la gasolinera Pemex si la ruta era segura.

“El camino es de tierra, mejor sigan por el asfalto hasta El Desemboque y luego toman la carretera de la costa. A la gente de los pueblos que están en el camino a Puerto Libertad no les gustan los vehículos extraños. Allí tienen sus sembradíos y dentro de poco será de noche. Mejor vaya a El Desemboque.”

No pregunté más. Ya sabía que lo que allí sembraban no eran tomates ni maíz. Tomamos el camino largo y aceleramos, mientras el sol empieza a bajar.

 

EL RETORNO A LOS MALOS CAMINOS

Si se pudiera desmembrar la tierra como un cuerpo –brazos, piernas, cabeza, pies, cadera– estábamos en el mismo corazón del territorio controlado por una de las bandas de narcotraficantes mejor organizadas del mundo. Y, más allá del comentario ocasional, no lo habíamos notado. La región dominada por el Cártel de Sinaloa parece funcionar con normalidad dentro del conjunto de México. Para nosotros, extranjeros, nada indica que estamos en una región peligrosa, tomada por un poder paralelo. Sin aduana oficial ni migración, con su propio ejército que viste de civil y una justicia que siempre salda sus cuentas.

Podía ser interesante descubrir tras una curva que la ruta había sido cortada por un control civil, un grupo de hombres con muchas armas manifestándose en contra de la curiosidad. Era posible, nos lo habían advertido. También era una buena historia si sobrevivíamos para contarlo. Por eso, a medida que el sol empezó a acercarse peligrosamente al horizonte, pisé el acelerador un poco más, abandonando la rutina de los 90 kilómetros por hora. En realidad pisé el acelerador casi hasta el fondo. Quería llegar a El Desemboque antes que la noche nos encontrara en la ruta y escondiera los detalles.

 

Si se pudiera desmembrar la tierra como un cuerpo –brazos, piernas, cabeza, pies, cadera– estábamos en el mismo corazón del territorio controlado por una de las bandas de narcotraficantes mejor organizadas del mundo.

 

Los 105 kilómetros de asfalto irregular y sin arcén, delgados, comenzaron a estirarse como un chicle usado. La ruta es recta, escuálida y ondulada cuando el cauce de un arroyo seco crea un badén que hace trabajar a los amortiguadores. Solo en ese momento bajo de los 120 kilómetros por hora, 40 más de los permitidos por los carteles de velocidad máxima agujereados a tiros.

A ambos lados de la carretera el paisaje se mantiene imperturbable, seco, áspero. A la izquierda, los montes de piedra roja se levantan sobre un desierto de arbustos espinosos. Es la primera barrera hacia los valles cultivados, una definición bastante imprecisa que puede incluir cualquier cosa capaz de crecer en la tierra –maíz, cáñamo, tomates, nopal, amapola, algunos árboles frutales. Hace tiempo que los narcos se convirtieron en inversores en tierras lejanas, agrestes y escondidas.

Quienes se encargan de las plantaciones son los agricultores más pobres, los olvidados por la economía y la política, hombres y mujeres casi siempre de bajos recursos y menos educación formal que ven cómo una cosecha de amapola o cáñamo da lo mismo que varios años de maíz. Los químicos suelen llegar escondidos en el doble fondo de camionetas con motores de ocho cilindros, mejores que cualquier caballo soñado por Pancho Villa. El producto terminado, paquetes de polvo blanco o fardos verdes prensados, atraviesa el paisaje escondido tras la mercadería de camiones de antecedentes intachables o en avionetas que vuelan al ras de la tierra. Avionetas que apenas se elevan para esquivar los cables telefónicos.

El sol continúa descendiendo mientras acelero, todavía no sabemos dónde vamos a dormir ésta noche. Tomar este camino es una forma de retornar a la ruta más incierta, sobre todo porque no puedo imaginar cómo es El Desemboque, nuestro destino. No vi una foto del pueblo frente al mar, nadie dijo ‘bonito’, ‘feo’, ‘sucio’, ‘vacío’, ‘peligroso’, ‘tranquilo’, nadie le puso un adjetivo. México es un país demasiado grande y El Desemboque es demasiado pequeño como para aparecer en la guía que Anna revisa sobre la marcha.

Movernos por el impulso básico de avanzar, sin saber lo que encontraremos al final del camino, es el viaje más puro. Hay que romper los planes y dejar un espacio libre a la espontaneidad, a la sorpresa. Tirar los dados, que el caos encuentre un orden, y caer de pie, otra vez, como un gato viejo que ya perdió la cuenta de las veces que salvó su vida. No podemos dormir a un lado de la ruta, no debemos tomar cualquier camino de tierra para acampar en lugares sin nombre o con nombres que es mejor no conocer. “Algo encontraremos” susurro convencido en uno de mis mantras preferidos, invocando a la magia de las coincidencias. Sincronicidad, es la palabra que inventamos para darle nombre a esas casualidades que ocurren sin que puedas explicarlas.

Dos luces blancas aparecen en el espejo retrovisor. Son intensas, puras como una aparición religiosa, y avanzan a toda velocidad hacia nosotros. Intento acelerar un poco más, la furgo alcanza los 135 kilómetros por hora y el volante comienza a vibrar. No es el suelo irregular, es el límite antes de que la carrocería comience a desarmarse, a dejar trozos de viaje a lo largo de la carretera. Las luces continúan acercándose. Alguien con más temor, o más prisa, o más motor, nos adelanta dejando una estela plateada. Entonces aparece la sombra de un techo oscuro y triangular, recortado contra el cielo rojo del atardecer. Un cartel verde plantado junto a la ruta anuncia ‘El Desemboque’. El sol acaba de desaparecer, la noche se derrumba y el asfalto es reemplazado por una calle de tierra. Ahora tenemos que encontrar dónde dormir.

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SINCRONICIDAD

Con la oscuridad, El Desemboque se convierte en un pueblo habitado por fantasmas. Las calles de tierra agujereada están iluminadas por las luces de las casas. Los enjambres de sombras se giran al escuchar el ronroneo del motor. Un grupo de hombres bebe frente a la puerta de un almacén con un gran cartel de Tecate. Sus rostros enseñan una mueca extrañada, curiosa o sorprendida.

Frente a la mayoría de las puertas hay botes de unos diez metros de eslora pintados de blanco. La popa está vacía, los motores duermen en casa. La calle toma un desvío hacia la izquierda, luego gira hacia la derecha y sigue junto a la línea de construcciones viejas levantadas frente a la playa. En algún sitio está el lugar donde dormiremos esta noche, donde nadie nos espera.

Casi al final del pueblo, después de un desvío confuso marcado por un penetrante aroma a perro muerto, aparece un patio iluminado frente al mar. Una bombilla amarilla cuelga sobre la cabeza de dos hombres sentados, que comen con las manos algo que sacan de una cacerola. Dejo el motor en marcha y desciendo. Cuando estoy cerca, saludo.

Sus primeras palabras me ofrecen comida, alguno de los cangrejos recién cocinados en la olla. Luego me preguntan si soy de Texas. Cuando les explico que venimos del sur y buscamos un lugar donde dormir me ofrecen una cerveza. Al segundo trago me dicen que aparque en el patio, que podemos dormir allí, y que me siente en su mesa.

¿Qué pasó con el México peligroso que aparece en los medios de comunicación? ¿Dónde estaban los narcos con sus cadáveres colgando de los puentes? ¿Y la guerra permanente entre bandas? Yo no la vi, pero estaba allí. No porque lo digan los periódicos sino porque la misma gente me lo contaba. En verdad, ellos eran quienes finalmente sufrían esta guerra no declarada, los propios mexicanos,

Tras un año recorriendo México de punta a punta, aprendimos que solo hay que tener cuidado con los delincuentes comunes, como en cualquier lugar del mundo. Los narcos no se meten con los extranjeros. Ellos tienen otro negocio, algo más importante y que da mucho más dinero que el turismo.

Esa noche cenamos cangrejos y cervezas con nuestros nuevos amigos. Al día siguiente les acompañaría a recoger las redes repletas de caracoles en el Mar de Cortés y aprendería a pelar lenguado imitando los movimientos precisos de su cuchillo. Daba igual si estábamos en el DF, en Michoacán, Cancún, Monterrey o Sinaloa, en la costa del Océano Pacífico o en la costa del Océano Atlántico, en territorio narco o en un temascal en las montañas. México es grande, y volvía a recibirnos con los brazos abiertos.

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y porque es capaz de sobrevivir a una bomba atómica. Desde aquel momento recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2015 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (El Libro de la IndependenciaPor el Mal Camino e Historias en Asia y África) y uno en inglés (The Book of Independence) y escribe regularmente artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna edita los libros y hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlar y conferencias.

Han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

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294- Travelling thru Narco County |OVERLAND JOURNAL

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© Pablo Rey, Overland Journal Magazine, Gear Guide Issue 2015

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TRAVELLING THRU NARCO COUNTY.

International nomad Pablo Rey assesses Mexico’s world of cartels, farmers, fishermen, and cerveza fría.

The Mexican immigration agent was as clear as the customs agent who was as clear as the taco seller. The three of them shared the same words, the same advice, with the same stern face, “Don’t drive at night.” We were leaving the U.S. thru the Calexico/Mexicali border and instead of feeling unsafe for entering a country where the narcotics business is responsible for about 10,000 deaths per year, I was entertaining myself with the names of the bordering towns. Calexico was derived from names California and Mexico, and Mexicali from Mexico and California.

Should I have been worried? “Don’t drive at night” was an unfinished sentence. It lacked the portion that a friend from San Luis Rio Colorado shared with us while we were enjoying corn tortillas with pulled pork and cold Tecate in her backyard. She said, “There are civilian controls at night. Armed men stopping the traffic on the road to ask for documents and check the vehicles.” “Narcos?” I asked without realizing that this word should not even be whispered in Northern Mexico.

We had spent 21 months overlanding through Anglo North America and had just crossed into Mexico. Crossing the border meant going back into Latin America, a different world, one that was less than perfect and with more opportunity for spontaneity. I was eager to exchange the smell of burgers and fried chicken for the slightly salty aroma of innards wrapped in tortillas. I wanted to speak in my native language, listen to Latin American music, camp on a beach, and walk through fruit and vegetable markets that would never be clean enough for the health authorities north of the Rio Grande. I wanted to go back to a place where life was less predictable.

Our goal was to explore the Sonoran Desert, to see for ourselves if it was as beautiful as the deserts we’d come to love in Baja California. We knew that there would be military checkpoints on the road and policemen who would want to know what we were doing and where we were going. Maybe they would inspect our vehicle, searching for contraband we might have hidden in grandma’s pot or between the crates of books that we sell to help pay for our travels. The risk at these checkpoints, whether they were civilian or military, would be when our antagonists fringed on the extremes of boredom or tension. We would need to be calm and give them short, direct, and cordial answers. There is nothing more dangerous than finding yourself in the middle of nowhere with a bunch of armed people who are bored or stressed.

By the end of the second day we had travelled nearly 600 kilometers, and surprisingly, the police, army, and bad guys had been as absent as they had been in the U.S. Where was the “Mexican drug war” the American media had been parading on the nightly news, the one that had infected our excitement about traveling south?

 

If the earth were dissected into various parts -arms, legs, head, and feet- many would say that we were in the heart of a territory ruled by one of the best-organized narcotic cartels in the world.

 

With two hours of daylight left we decided to change plans and take a detour to Puerto Libertad in search of a palapa, a palm-leaf roofed hut, to camp in: The temptation to sleep on the beach had won us over. We needed only to ask the attendant at the Pemex station about the best route. “It is a dirt road,” he said, “You’d better take the tar road to El Desemboque and then the coastal road. People in towns on the way to Puerto Libertad have their crops and don’t like stranger. It is getting dark soon, you better go to El Desemboque.” We had a feeling he wasn’t talking about the usual crops of corn or tomatoes, but I didn’t ask any more questions. We turned down the long road to El Desemboque and I pressed down on the gas pedal.

If the earth were dissected into its various parts -arms, legs, head, and feet- many would say that we were in the heart of a territory ruled by one of the best-organized narcotic cartels in the world. At first glance, this region controlled by the Sinaloa Cartel was living a normal life, the same as any other part of the country. Nothing revealed that we were in a dangerous place ruled by a parallel power. We hadn’t crossed a border or passed through immigration or customs checkpoints, but somewhere ahead there was an armed civilian corps with its own justice system.

We didn’t know what would happen if beyond the next curve the road was blocked by men with guns. Could it be a bad situation? We couldn’t say, “Sorry sir, we didn’t know,” as we had been advised not to travel there. As the sun touched the horizon I stepped on the accelerator, abandoning our 90-kph routine. I wanted to cover the 105 kilometers of narrow tar road to El Desemboque before darkness could hide the area’s details. We didn’t want to be en route in Mexico at night…or so we’d been warned.

Sonora State Highway 37 is long and winding, like a noodle dropped on the ground. Only when the road dipped into a dry riverbed did I slow to the speed recommended by the various bullet-holed traffic signs. On the left, red rock mountains rose over a bushy desert, a visual barrier to the cultivated valleys of corn, hemp, prickly pear, poppy, and fruit trees. The landscape was rough and dry, and it seemed to be some time since the drug lords had invested in these rural and hidden lands.

The people working the plantations in this area are the poorest farmers, the ones forgotten by economists and politicians. But maybe they had realized that a crop of cannabis or poppy would provide the same profit as several years of growing corn. The chemicals needed to grown such crops weren’t a big problem. They could arrive hidden in the beds of 8-cylinder pick-up trucks, amazing beasts that were much more efficient than their horses or mules. The finished product, white bricks or green pressed bundles, could then be sent north in small aircraft that flew just high enough to avoid phone and power lines.

El Desemboque was too small to be in the guidebook that Anna was reading. I hadn’t seen a picture of this coastal town. No one had said if it was beautiful, ugly, dirty, or quiet. We only had the advice we were given earlier. We still didn’t know where we were going to spend the night and our destiny was uncertain.

The purest form of travel in my opinion is to move forward without knowing what you will find along the way. Throw the dice, let the chaos find order, and land on your feet like an old cat that has lost count of how many times its life has been saved, but here we could not sleep on the side of the road or turn off on a dirt track to camp in a place with no name—or between hills with names that are better to forget. I keep whispering one of my favorite mantras, we will find a place, hoping to invoke the magic of coincidences.

Two white lights appeared in the rear view mirror. They were intense and catching up with us quickly. My mine recited the Pemex attendant’s words. I pressed the accelerator further towards the floor, moving the speedometer needle to the supersonic speed of 135 kph, to the point that the steering wheel started to shake – the physical limit before the body of our 1991 Delica van would start to fall apart and leave pieces here and there. The lights continued to get closer. Was it someone with a bigger engine and more fear than we had? Maybe they were just in a hurry. They overtook us, leaving a silver trail on the road. In the distance, the silhouette of a roof appeared against the red sky and a green road sign announced we had reached El Desemboque. Night had fallen and the tar road turned into a dirt street.

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In the darkness El Desemboque looked like a town inhabited by ghosts, its unpaved streets illuminated only by the light of a few houses. Shadows turned away and ducked into doorways when they heard the noise of our engine. A few men drank beer in front of a shop under a big Tecate sign, their faces showing curiosity and surprise.

In front of most of houses were boats painted in white and with sterns empty; I supposed it was safer for the engines to sleep at home. The street turned left, then right, and continued to a row of old structures at the edge of sea. After a confusing detour we saw a light in a backyard that opened to the sea. A yellow bulb hung over two men who were seated in front of a small building, eating from a pot with their bare hands. I left the engine running, got out, walked towards them, and said hello.

Their first words were the offering of food, freshly cooked crabs from the pot. Strangely, one of them asked if I was from Texas. I told them we were driving to South America and we were looking for a place to sleep. They offered me a beer, and by my second sip told me to park our van beside the table and that it was okay to sleep there.

During the last four days we had driven nearly 800 kilometers through the heart of Narco County. What happened to the “dangerous Mexico” we had been warned about? Where were the bad guys and the corpses that were said to be hanging from bridges? Where was the war that caused so much suffering and death?

After a year travelling through most of Mexico we’ve learned that, like most other places in the world, we only had to be cautions of common thieves. The drug war is certainly present, but Narcos typically don’t mess with foreigners. They have other business, business that is much more important and profitable than hassling tourists.

That night we ate crab and drank beer with Pedro and José, our new friends. The following day I learned how to filet flat fish by imitating the precise movements of their knives. I helped them retrieve fishing nets they had left overnight in the Sea of Cortez, which were full of sea snails and more flat fish. We shared stories and we laughed. We could have encountered Pedro and José in Mexico City, Michoacán, Cancun, Monterrey, or Sinaloa, on the Pacific or the Atlantic coast, or on a forgotten beach in Narco County. Mexico is big, its people kind and friendly, and we were welcomed with open arms and lots of beer.

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286- Seguridad en Ruta: Problemas con Policía y Militares

Policías armados en Perú durante una manifestación en la ciudad de Cusco

©Pablo Rey. Publicada en la revista Overland Journal, número de Invierno 2014. 

Después de 15 años recorriendo el mundo en su furgoneta 4×4, Pablo Rey nos da unos cuantos consejos importantes para no terminar en calzoncillos en mitad de un viaje.

Catorce años en ruta te deja con muchas historias de buenos y malos policías. Muchísimas veces fuimos detenidos en la ruta por policías honestos que cumplían su trabajo, y muy pocas veces por policías que buscaban complementar su salario con una coima. Cuando ocurre, se convierte en uno de los tópicos más repetidos, en la ‘gran aventura’ de quienes están haciendo un viaje largo por asfalto. Cualquier insinuación a una cárcel africana o latinoamericana suele ser suficiente para que el viajero decida poner algún billete verde dentro de su pasaporte y entregárselo al policía. Y eso está mal. Pagar a un policía para evitar una multa, justa o injusta, te convierte en cómplice.

USA LA CABEZA. Para evitar estas situaciones incómodas lo primero que debemos hacer es cumplir todas las reglas del país que visitamos. Si no las conoces, utiliza el sentido común: si tu vehículo fue admitido en el país tras una revisión de la policía y de agentes de aduanas, no pueden decirte que es ilegal andar con los vidrios tintados o que no puedes circular con esa defensa. Tu vehículo fue admitido en el país tal como está. Si entras en un país nuevo, consigue un seguro lo antes posible.

TÓMATE TIEMPO. Lo segundo que debes hacer es asumir que la mayor riqueza del viajero es el tiempo. Los policías corruptos quieren dinero fácil y rápido y, si en lugar de darles lo que te piden, les ofreces un café, un poco de conversación y mantienes la calma, lo más probable es que a los veinte minutos busquen otra víctima. Te amenazarán con la cárcel, con requisar tu vehículo, con arruinarte el viaje y con montones de problemas generalmente inventados. Quieren asustarte. Pero mantén la calma, sonríe, a veces es muy útil quedar como un idiota que no entiende nada de lo que dicen.

FALSIFÍCALO. Si consiguen meterte el miedo en el cuerpo, la mejor solución es tener a mano unos cuantos billetes falsos. Los dólares colombianos suelen estar muy bien falsificados y no se distinguen a simple vista. Los dólares bolivianos, que se suelen quemar como ofrenda a la Pachamama en los rituales de los Andes en Perú y Bolivia, son tan toscos como los que llevan la imagen del Ratón Mickey. La realidad, y gran ventaja a tener en cuenta, es que el policía no se pondrá a contar los billetes que le hayas dado en medio de la carretera, los guardará en un bolsillo y esperará a la feliz soledad de su casa. Pagaría ver su rostro en ese momento.

HAZLO. El permiso internacional de conducir no es indispensable. Habitualmente se acepta que el turista conduzca con el permiso que usa en su país. Eso sí, nunca está de más llevar una copia escaneada, impresa y plastificada (hecha en casa con amor) para entregar cuando la policía te pida los documentos. En Nicaragua, por ejemplo, los policías suelen retener tu permiso de conducir hasta que no pagues la multa, auténtica o inventada.

Estas son solo algunas de las cosas que hemos aprendido durante los últimos 14 años de viaje alrededor del mundo. Si me pidieras un consejo para viajar más seguro, uno solo, te diría: ‘Viaja preparado para que te ocurran cosas inesperadas y nunca enseñes tu miedo. Incluso los malos momentos pueden ser buenos al final. Porque no hay nada más aburrido que salir de viaje y que no te pase nada.’

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284- Security on the Road: Wild encounters with the Police and the Army

Mexican military during a search in our 4wd van, La Cucaracha. Mexico

©Pablo Rey. Published on Overland Journal Magazine, Winter 2014.

After 15 years overlanding the world, Pablo Rey shares some important tips on how to not end up walking in your underwear on a faraway road in the middle of nowhere.

Fifteen years en route leaves you with a lot of stories about good and bad cops. We have been stopped many times by honest policemen doing their job, and very few times by policemen looking for a bribe to supplement their salary. When it happens, it becomes one of the most repeated topics after a long trip. Any hint of an African or Latin American jail is usually enough for most travelers to put a green note inside the passport and hand it to the policeman. And this is wrong. To bribe a cop to avoid a fine, fair or not, turns you into an accomplice.

Use your head. To avoid these uncomfortable situations the first thing we do is to follow all the rules of the country we visit. If you don’t know them, use common sense. If your vehicle was admitted into a country after being checked by police and customs agents, a bad cop can’t tell you that it is illegal to drive with tinted windows or that you can’t drive with a bull bar. Your vehicle was accepted into the country in that condition. Also, when you enter into a new country, try to get local insurance as fast as possible.

Wait it out. The second thing to do is to be aware that time is a traveler’s greatest asset. Corrupt cops want fast and easy money. If you don’t give them that, and instead you give them some chat, a cup of coffee, and you keep cool, after 20 minutes they will probably look for other prey. If they threaten you with prison, locking up your vehicle, or an array of other things to scare you just keep calm and smile. Sometimes it’s helpful to look like an idiot who doesn’t understand a word of what is being said.

Fake it. If the bad cop achieves his goal of scaring you, the best solution is to have some fake dollars at hand. Colombian fakes are really good and you can’t distinguish them by the naked eye. Bolivian fakes, which are usually burnt as an offering to the Pachamama ( Mother Earth) in rituals, are rougher, like those bearing a Marilyn Monroe image in Las Vegas. The reality, and a big plus, is that the officer will not count the notes in the middle of the road. He will probably put them into his pocket and wait for a happy, solitary moment. I would pay to see his face at that instant.

Make it. An International Driving Permit (IDP) is usually not compulsory, but it is accepted nearly everywhere in the world. It won’t hurt to hand a scanned, printed, and laminated copy (made with love at home) when a policeman asks about your documents. In Nicaragua, for example, the cops often keep your driving license until you pay the fine, real or invented, and an IDP would come in handy.

These are just some of the things we have learned over the last 15 years overlanding the world. If you ask me for a tip, just one, I would say: Be prepared for the unexpected and never show your fear. Even the bad moments can be good in the end. If everything worked perfect during your journey, if nothing wrong happened during your trip, you’ve only been in Florida. And that could be boring.”

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