145- La Vuelta al Mundo en 10 Años en el programa de televisión MoJoe, de Televisa México

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Hace unos meses recibimos una propuesta inesperada. Ir a la televisión, al programa MoJoe de Televisa México, conducido por dos locas llamadas Montserrat y Yolanda.

NO, es una palabra que intentamos evitar, así que retrasamos una semana nuestra partida del DF hacia el norte de México, hacia Morelia y Guadalajara. Y fue loco, y fue bueno, porque a partir de ese día más mexicanos comenzaron a saludar desde sus coches, a tocarnos la bocina en la ruta, a compartir sus sueños frente a una cerveza o un almuerzo.

A sumarse a la historia de La Vuelta al Mundo en 10 Años.

Encuentra más entrevistas largas para televisión en La Vuelta al Mundo en 10 Años en el programa 3G, de Perú




140- De Guatepeor a Guatemala. Guía para Viajar por Guatemala

Mercado de Chichicastenango, guatemala

Por fin, parece que sí, ya era hora. Otro país de mayoría indígena masacrada y humillada, si tomamos en cuenta las disculpas solicitadas por Estados Unidos por contaminar de sífilis y gonorrea a casi mil guatemaltecos en la década de 1940, cuando todo importaba menos. Venimos de una guerra mundial donde murieron millones de personas, a quién le importarán 1000 tipos medio locos de un país llamado Guatemala, diría el responsable a quien nadie le pedirá cuentas ni orinará sobre su tumba.

Decía, otro país de mayoría indígena masacrada donde las piezas comienzan a colocarse en el sitio que les corresponde. Porque si Bolivia es el orgullo nativo del sur de América, quizás Guatemala se encuentre al inicio del mismo camino en Centroamérica. Quizás. Ya es bueno que exista la posibilidad después de décadas de masacres campesinas, de cesión de tierras comunales a corporaciones bananeras internacionales, de golpes de estado militares y asesinatos selectivos de dirigentes comunales.

–          Esto es calidad, lo otro era muerte –me dijo una vendedora de artesanías en el mercado de Chichicastenango, cuando le pregunté acerca de la vida en el pasado y el presente.

Esto por lo menos ya es un paso, ya es dejar Guatepeor para vivir en Guatemala. A pesar de las granadas de mano que las maras tiran en los autobuses de pasajeros de la capital que no pagaron protección.

Estuvimos casi un mes en Guatemala, insuficiente para conocer su alma pero suficiente para escribir una historia acerca del país más interesante de América Central. El más interesante porque a una naturaleza espectacular sembrada de sitios arqueológicos impresionantes y ciudades coloniales extraordinariamente bien conservadas se suma la vida tradicional y orgullosa de los maya quichés, sangre de la premio nóbel Rigoberta Menchú, muchos de los cuales continúan vistiendo a la manera tradicional a pesar de la invasión cultural de camisetas y jeans. Y eso es quererse mucho.

Y no sólo visten, sino que ejercen su ley. Al interior del país, fuera de las grandes ciudades, la justicia indígena marca la pauta de lo bueno y lo malo, de los castigos a cumplir por aquellos que rompen las normas de la comunidad. Ellos, igual que en los pueblos nativos de Bolivia y Perú, saben que la cárcel occidental y blanca sirve de universidad para aquellos que comienzan a delinquir. Y saben que el mejor castigo debe adecuarse a cada uno: si robas te quitan todas tus pertenencias hasta que aprendes a ayudar, o te condenan a trabajar en beneficio de la comunidad y vivir de la comida que los mismos vecinos quieran ofrecerte de buena voluntad. Las pequeñas humillaciones hacen que endereces tu camino.

La justicia indígena es mucho más sabia que la justicia occidental.

Como dice el epitafio de una tumba con forma de pirámide escalonada que encontramos en el cementerio de Chichicastenango: Cortaron nuestros frutos, cortaron nuestras ramas, pero nunca podrán cortar nuestras raíces.

Tuvimos casi un mes, poco tiempo para vivir Guatemala, un país pequeño pero tremendamente rico en sitios que vale la pena conocer. Aquí va una lista de algunos de esos lugares extraordinarios.

Antigua Guatemala: la ciudad colonial más bonita de centroamérica y, quizás, de centro y norteamérica incluyendo México (y eso ya es mucho). El poco tráfico de vehículos ayuda a mantener el espíritu silencioso y pulcro de la antigua capital de Goathemala, sembrado de iglesias semidesmoronadas, calles empedradas y viejas casonas virreinales reconvertidas en hoteles y hostales que huelen a historia.

Volcán Pacaya: hasta la erupción de principios de 2010 era uno de los pocos volcanes en el mundo donde podías acercarte caminando hasta la lava ardiente. El espectáculo estaba garantizado y nadie te hacía firmar un papel evadiendo la responsabilidad por llevarte hasta allí.

Mercado de Chichicastenango: otro mercado indígena, pensé antes de verlo y vivirlo. Pero no, el mercado Quiché de los miércoles y sábados en Chichi es EL mercado. Es imperdible la visita al cementerio del pueblo, mezcla de tradiciones cristianas, mayas y hasta de ¡halloween!

Lago Atitlán: hay otros lagos de color verde rodeados de montañas y volcanes en centroamérica, pero este es una de las joyas de Guatemala. Casi todos los extranjeros van a Panajachel, pero hay muchos otros pueblos que valen la pena tomar como base para explorar el lago en bicicleta o transporte público.

Semuc Champey: esto es distinto. Porque Semuc Champey es un puente natural de trescientos metros de largo por cuarenta metros de ancho que se formó al derrumbarse una pared de la montaña. Entonces el río que siempre surcó el valle horadó la piedra caliza hasta construir un túnel bajo la superficie. Y el agua de los manantiales que bajan por los lados cargados de sedimentos formó una serie ininterrumpida de piscinas naturales color turquesa donde nadar rodeado de pequeñas cascadas y montañas verticales.

Sitio arqueológico y parque nacional Tikal: es uno de los Lugares para ver antes de morir. Con eso ya está todo dicho.

No estuvimos en la ciudad negra de Livingstone en el Caribe, ni pudimos ver las estelas de Quiroga ni las playas del océano Pacífico ni hacer cave tubbing en las montañas cercanas a la frontera con Belice. Quedaron pendientes. Porque Guatemala es uno de esos pocos países donde volveremos en otro viaje. Sin duda.




126- El hombre que susurraba a los caballos de su motor

Trabajando debajo de La Cucaracha, la furgo 4x4 (Mitsubishi L300) de La Vuelta al Mundo en 10 Años

Dale… arrancá… no seas cruel… Si arrancás ahora te llevo a que te laven. Y que te enceren. Nunca te enceraron, quizás tu dueño anterior, pero nosotros no… Vas a ver, es como ir a un spa. Y te cambio el aceite. Te voy a poner el mejor del mundo. Eso no va a ser aceite, va a ser champagne, aceite para naves espaciales… Dale Cucarachita linda, arrancá… si yo te quiero…

Y entonces, el Apocalipsis según Chávez oscureció el mundo. Un terremoto en China, otro en Perú, otro en Chile, otro en Haití. Un huracán en Myanmar, las bolsas caen hasta el subsuelo, España llega al 20% de desempleo y la crisis hipotecaria afecta hasta a Malawi. Después fue culpa de los griegos, claro, ellos fueron los que inventaron la civilización.

Si estábamos mejor cuando éramos monos, ¿te acuerdas? Había un jefe que decía ‘sacáos los piojos los unos a los otros como yo los he sacado’. Eso estaba bueno. Encima, en Australia nacen menos canguros y a la presidenta de Argentina le aparece un grano en la mejilla. Estamos jodidos.

Las señales son las correctas. Yo os iré entregando uno a uno al filo de mi espada, y todos pereceréis en esta mortandad. Isaias, 65:12. El imperio caerá y nada se salvará, los farsantes serán los primeros en ser devorados por las llamas del fuego eterno.

En el aire hay un olor a sulfuro que apesta. No sé si es culpa de BP, Chávez, la política del imperio, Bin Laden, Mugabe, los chinos, los fascistas de derecha o los fascistas de izquierda, pero alguien sufre una terrible gastroenteritis infecciosa que nos termina afectando a todos.

Esa es la imagen global, lo que aparece en los periódicos. Pero la vida real, nuestra vida pequeña y diminuta, se desarrolla según la dictadura de la furgoneta.

Hoy se me rompe el parabrisas, mañana la cremallera y pasado mañana nuevamente el parabrisas. Se corta el resorte del acelerador y, mientras lo desarmo, uno de los tornillos se rompe dentro de la rosca. Después de una nueva alineación, los neumáticos siguen gastando más por el lado de adentro. El limpiaparabrisas de la puerta trasera, que se queda trabada desde una salida de ruta en Zimbabwe, ha dejado de funcionar. Cariño, el tornillo del cárter está girado y no podemos cambiar el aceite. El alternador ya no carga, el silenciador está roto, la cuarta rasca, hay que bajar la caja. Subí la música por favor.

Pero no son averías causadas por el desgaste de 18 años de vida, no. Es venganza por un pozo mal encarado, despecho por abandono durante un par de meses en la casa de un amigo, opinión de furgoneta. Estoy seguro, más que seguro, re-seguro, que la Cucaracha tiene carácter. Todos los que dicen que los objetos no tienen alma están equivocados.

Es lógico que nuestra Cucaracha se rompa durante una vuelta al mundo por rutas secundarias que ya dura más de 10 años. Pero no, ella no funciona así, ella no se rompe por cansancio. Ella se rompe por celos y venganza. Ella es japonesa pero tiene sentimientos latinos.

Y habla cuando se corta el cable del acelerador en medio de la Pampa, cuando se quema todo el circuito eléctrico a 300 kilómetros de reiniciar el viaje o se rebela con una avería fantasma en la que no coinciden cinco mecánicos distintos.

Hace unos días cumplimos 10 años viviendo en la ruta. Nosotros queríamos celebrarlo en una playa de agua tibia, la furgo quería celebrarlo en un mecánico de aceite espeso. Cada cual tiene sus gustos. Ganamos, por algo tengo las llaves, pero al día siguiente tuvimos que ir al mecánico. Nos salió caprichosa la niña.

Fue como cuando llegamos al sur del mundo. Nosotros estábamos emocionados de llegar al final de la Ruta 3, el último camino de Tierra del Fuego, el último camino de América. La furgo también. Y cuando volvíamos a Ushuaia se le rompió el disco de embrague. Fue por la emoción.

Mientras tanto yo le hablo, le susurro palabras bonitas cargadas de buenas intenciones, como si ella tuviera la capacidad de comprenderme, de responderme, de hacerme caso.

Nuestra furgo, como tantas otras furgos y cuatro por cuatros y bicicletas viajeras, tiene nombre. Entonces le digo cosas bonitas a mi Cucarachita linda, le doy palmaditas cariñosas en los faros traseros, le rasco los bajos, acaricio el volante, le limpio la caquita de paloma que se le pega al parabrisas, la visto de tatuajes…

Como Robert Redford, vamos, igualito. Soy El hombre que susurraba a los caballos de su motor.




69- Lugares para conocer antes de morir: Catarata Kaieteur, Guyana

Kaieteur enorme, brutal. Guyana

(viene de Caminando por la selva de Guyana)

Desde lejos Kaieteur no impresiona. Parece una catarata más, una catarata clásica, de esas de postal, de las que hay en todos los países. De esas. Más de lo mismo, agua que cae de arriba para abajo. Más locales que hablan de su catarata con orgullo, como si fuera la única del mundo.

Pero a medida que caminas sucede algo extraño: no llegas nunca. Te acercas pero no alcanzas la orilla, caminas pero el salto continúa agrandándose, haciéndote sentir cada vez más pequeño. Avanzas, esquivas los brazos verdes de una bromelia, una planta gigante con nombre de tía antigua, una superviviente de la megalomanía biológica. Tentáculos largos, bigotes. Allí delante encuentras un espacio vacío, te asomas al abismo e inmediatamente das un paso atrás: los árboles del fondo parecen repollos enanos.

Entonces algo te paraliza sobre una piedra que se estira desafiando la ley de gravedad. Estás en medio de la selva, sobre el mirador del Tarzán de Johnny Weismuller. Parpadeas, te has convertido en una hormiga. Una pequeña garrapata entre las grietas de la piedra más vieja del mundo.

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Dicho de otra manera: al lado de Kaieteur, eres insignificante.

El agua, mucha agua, demasiada agua, pierde el equilibrio junto a tus pies y cae 226 metros hasta reventar contra las rocas escondidas del abismo. Doscientos veintiséis metros. Allí hay una explosión permanente, un big bang de agua pulverizada despedida a la velocidad dolorosa de la confusión. Estás allí, existe, pero todavía necesitas que alguien te patee el culo para asegurarte que esto no es un sueño. Que estás despierto.

Arriba, ranas doradas que viven en un estanque natural dentro de la misma bromelia. Y gallitos de las rocas, rojos como chavistas venezolanos, como neocomunistas melancólicos entre las ramas de un mundo verde.

Abajo, al fondo de la grieta, un enorme arco iris se levanta en el aire para saltar las orillas con los colores más hippies de la naturaleza. Y en el medio estás tú, sentado en la orilla del mundo, con los pies colgando que se balancean con el viento.

El espectáculo es hipnótico, un circo natural que te llama, que te ata una cuerda invisible en las tripas y te pide que saltes, con la certeza que el vapor detendrá la inercia y podrás volar. Acompañar a los pájaros que se lanzan en un vuelo kamikaze, suicida, perpendicular, hacia una caída vertiginosa siguiendo la corriente del agua.

Y a mitad de camino las aves vuelven a sorprender, a quebrarse en un nuevo ángulo recto y a sumergirse en el hueco oscuro que aguarda detrás de la catarata. Sí, la misma catarata desbordante de taninos que continúa cayendo, para volver a acumularse, extenuada y llena de moretones, toda negra y encauzada, en el fondo del valle. Allí, a doscientos veintiséis metros.

De todas las grandes cataratas del mundo, Iguazú, Victoria, Niágara y Nilo Azul, Kaieteur es la gran desconocida. La única en donde puedes permanecer en la más absoluta soledad durante varios días. Sin ruidosos grupos turísticos. Sin puestos de Coca Cola. Sin souvenirs de plástico. Solos en la naturaleza, como debió ser en el principio de todo.

No hay ruta para llegar a Kaieteur. Sólo puedes acercarte caminando en un trekking a través de la selva (4 días), en bote con motor desde Pamela Landing (1 día), o en avión (1 hora). Los precios para este viaje espectacular los podrás encontrar en www.rftours.com

Gracias a Frank Haralsingh, de la Guyana Tourism Authority, que nos dió todas las facilidades para recorrer el país menos conocido de Sudamérica, y a Frank Singh, director de Rainforest Tours, que nos invitó a uno de los tours más espectaculares del continente: un trekking de varios días a través de la selva de Guyana hasta la desconocida catarata Kaieteur. Inolvidable.

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