270- Los Newfies: Breve Historia Social de una Avería en Otro Fin del Mundo 2

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(viene de Dale 15: Breve historia social de otra avería en el fin del mundo)

Nos habían hablado bien de los Newfies, el mote que reciben los habitantes de Newfoundland, la isla que ocupa el mismo espacio que Terranova en nuestros mapas en español. Que la gente era amable. Que los robos no existen. Que los osos polares llegan montados en icebergs a sus costas. Que en invierno te cagas de frío.

Nos acostumbramos rápido a nuestra propia rutina en Saint Anthony. Nos conectábamos a internet en la cafetería Tim Hortons o en la biblioteca pública. Ya teníamos un pescador que nos vendía filetes de bacalao, el más fresco con el que hayas podido soñar, por seis dólares canadienses (cuatro euros) el kilo; nos habíamos hecho amigos de Natalia y Alexis Caro, la única pareja que hablaba castellano a cientos de kilómetros a la redonda, dos colombianos que nos habían ofrecido su casa, su ducha, su nevera y su amistad; y habíamos conocido a la bibliotecaria suplente, una señora que se había encargado de difundir la noticia de nuestra avería mejor que cualquier periódico de la isla. El boca en boca había hecho el resto y a los dos días ya nos saludaba hasta la punki del pueblo, la chica de pelo rojo que levantaba el cartel de STOP para detener el tráfico durante las obras en la calle principal.

Pero era extraño, todos saludaban de lejos. Nadie se acercaba a conversar, nadie detenía su vehículo atraído por la curiosidad. Solo los que no vivían allí aparcaban su rutina junto a nuestra furgo en problemas para charlar un rato. Eran casi todos de Quebec, jubilados en casas rodantes que nos acribillaban a preguntas sobre nuestro estilo de vida y un par de parejas jóvenes con hijos a quienes se les encendía la mirada cuando les contábamos alguna historia. La segunda noche llegó Cemil Alyanak, un fotógrafo y ex publicista que había tenido su mega agencia en Suiza y venía de la ciudad de Washington en motocicleta. Nos invitó a cenar y resultó ser un conversador genial que llenó de humor nuestras aventuras y desventuras. Pero era extraño, los locales no se acercaban.

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Anna y Natalia, que con Alexis nos sacaron de paseo por los alrededor de Saint Anthony mientras esperábamos la barra de torsión

No sé por qué. Nunca supe por qué. Quizás era el espíritu del pueblo, que se mantenía vivo solo para ellos, porque por allí no había ni siquiera un bar o taberna donde los extranjeros pudiéramos espiar la vida local cuando se toma unas cervezas. Podía aproximarme a cualquier persona y pedir la cosa más sorprendente que, estoy seguro, intentarían conseguirla de donde fuera para ayudarnos. Pero ellos no daban el primer paso, mantenían las distancias. Nos miraban de lejos.

En una tienda de herramientas desembalaron una prensa nueva para que pudiera sacar unas tuercas que no querían moverse. La encargada del correo recordó que estábamos en el parking del supermercado cuando llegó la nueva barra de torsión y nos la acercó personalmente con su coche. Me hice un tajo profundo en un dedo que requería algún punto de sutura y me atendieron en el hospital local sin hacer demasiadas preguntas ni pedir tarjetas de crédito. Los amigos del pescador señalaron su casa cuando nos vieron entrar en su calle, sin darnos tiempo a preguntarles dónde vivía. Luego nos invitaron a un par de cervezas, hicieron tres preguntas no demasiado personales y, sin profundizar demasiado, seguimos bebiendo juntos.

Me sentía dentro de la película La Invasión de los Ladrones de Cuerpos (The Invasion of the Body Snatchers), donde los seres humanos son reemplazados por extraterrestres que actúan de manera correcta hasta que el protagonista comienza a sospechar, a preguntar demasiado.

– Fue extraño, amable pero extraño –le dije a Robbie Hickey unos días más tarde, que nos había invitado a la casa de sus padres en el Parque Nacional de Gros Morne.

– Quizás tenían algo de miedo –respondió.

– ¿Miedo? ¿De nosotros?

– Eran extraños. En un vehículo extraño con una matrícula extraña.

– Pero esto es Canadá –le dije. –Acá no pasa nada. Recuerdo un día en Vancouver, la gran noticia del periódico era que un perro había mordido a una mujer.

– Quizás no querían molestarnos –sugiere Anna. –Ya sabes cómo son los anglos, si nos preguntan por el viaje no se quedan media hora. A los cinco minutos te agradecen y se van. No quieren invadir tu intimidad. No quieren molestar.

En realidad los extraterrestres éramos nosotros y lo que ocurría era una mezcla de todo. Saint Anthony está en el extremo de una península lejana de Terranova, que es casi tan grande como España pero sigue siendo una isla. Una isla lejana. Y por más que algunos habitantes tengan apellido francés ya son todos anglos, no fueron educados para expresar sus emociones de forma tan abierta como los latinos.

Los hombres y las mujeres se dan la mano y los abrazos suelen ser superficiales, con palmadita rápida en la espalda. Te dejo acercarte a mi espacio personal pero no quiero que tu calor y mi calor lleguen a fundirse más de lo adecuado, que es aproximadamente una décima de segundo. Sería embarazoso. Alguno de mis amigos canadienses odia que le dé un abrazo, y cada vez que lo veo lo martirizo a conciencia.

Quizás por eso el hombre de la gasolinera sonríe y le dice a su hijo que nos dé quince dólares de cambio, en lugar de los diez que tocaban, sin que antes hayamos intercambiado una palabra. No era un error, era su forma de expresarse.

(Continúa en Cómo conseguir un repuesto cuando estás lejos: Breve historia social de otra avería en el fin del mundo).

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253- Félix. Cuando los vendedores invisibles se hacen visibles.

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(Viene de Los vendedores invisibles del Río Grande)

‘¡Hello! ¡Hello Mister!’, escuché que me saludaban a los gritos. Y sí, era a mí, aparte de Anna no había nadie más caminando hacia la entrada del Cañón de Boquillas. Y Anna no era un míster, eso lo tenía claro.

También sabía que el hombre que saludaba a los gritos no hablaba inglés. O hablaba muy poco inglés. Y me hablaba en inglés porque yo era blanco, y los blancos a este lado del río, el lado de Estados Unidos, hablan inglés. Un prejuicio amable que detesto.

‘¡Hello Mister!’ repitió en voz alta.

Su rostro moreno me observaba desde atrás de unas gafas de sol grandes, capaz de proteger los ojos, los párpados, las ojeras y las arrugas que crecen a los lados de la cara. No había una huella clara sobre la arena y las piedras, el sendero era este y aquel. Podría haber cambiado de rumbo, ignorarlo definitivamente, dirigirme hacia uno de los caballos jóvenes que pastaban sueltos veinte metros más arriba. Pero no lo hice.

‘¿Cómo Hello Mister? Si me hablas en inglés no te voy a entender nada’ le respondí en castellano, mientras continué avanzando río abajo.

‘I have stones’ continuó, sordo.

‘Pues vamos mal. Primero porque no hablo inglés. Y si me hablás en inglés no te voy a entender’ mentí.

Me siento tremendamente orgulloso de mi castellano, que mezcla palabras argentinas, españolas, catalanas, chilenas, peruanas, venezolanas, colombianas y mexicanas. Y, por más que mi inglés sea bastante bueno después de tantos años en la ruta, siempre prefiero hablar en mi idioma.

Me identificaron tantas veces como gringo por el color de mi piel durante el viaje por Latinoamérica que llegué a enojarme. Gringo tu puta madre, le respondí a más de uno, dejándolo descolocado.

‘¿En serio que no habla inglés?’

‘No. Bueno, un poco. Pero si me seguís hablando en inglés sigo adelante y no te escucho.’

Andale. Como es tan güero… ¿Y de dónde es, si se puede saber, que habla tan bien el español?’

‘De Argentina’ respondí. A veces digo que soy de España, a veces que soy de varios países. A veces me invento países. Hoy mi humor dice que soy de Argentina.

‘Mire jefecito, que tengo unas piedras para vender. ¿Quiere verlas?’

‘Es que soy mal comprador, amigo. Te voy a hacer sacar todo y después no te voy a comprar nada’ le dije. ‘Yo te aviso, si querés sacarlas, sacálas.’

Abrió una bolsa raída y sacó cuatro piedras casi tan grandes como un puño, traslúcidas, con un tono azulado, y una mucho más grande, blanca y llena de puntas triangulares.

‘Usted me da lo que quiera’ me dijo.

Es una técnica de venta que funciona muy bien con cosas que valen muy poco. Nosotros lo hacemos con las postales que imprimimos con fotografías del viaje. La gente suele dar mucho más de lo que vale una postal.

‘Pero te dije que soy mal comprador. Vivo en una van, no tengo espacio para andar llevando piedras’.

‘Pero mire que bonita es esta’ dice levantando la piedra más grande. ‘Está buena para ponerla sobre el televisor’.

‘En serio, que no tengo televisor. Que vivo en una furgoneta. Y si la llevo en la van es un riesgo. Imagínate que un día me peleo con la patrona y me revolea la piedrota esta.’

Por primera vez le arranco una sonrisa.

‘¿Y no tiene alguna gorra? Le cambio alguna de las piedras por una gorra, mire cómo está de rota la que tengo en la cabeza. O un abrigo, mire este, está todo roto.’

‘Es que… no tenemos un guardarropas en la furgo. Viajamos con poca ropa. Lo siento’, le digo, mientras empiezo a pensar qué le podemos dar.

‘¿Y un diccionario de inglés? Para nosotros, para los chamacos… también les vendrá bien a ellos. O algo para comer, que llevamos todo el día a este lado y no trajimos comida’

‘Mira’ le dije, ‘algo de comer seguro que te podremos dar. Pero dejame pensar mientras vamos hacia el fondo del cañón. Nos vemos acá en 10 minutos’.

Mientras caminaba me di cuenta que algo había cambiado. La realidad, esa compañera cruel que a veces olvidamos mientras disfrutamos del viaje, nos había llamado y le habíamos respondido. Ya no podía disfrutar del cañón como un turista o un viajero anónimo. El hombre le había puesto rostro a los Invisibles.

‘Hagamos una cosa’ le dije sacándome las gafas de sol, que hoy pega fuerte, cuando volvimos a su lado. No me gusta hablar con la gente sin verle los ojos. No me gusta hablar con la gente sin que me vea los ojos. ‘Vente dentro de diez minutos al estacionamiento donde está nuestra van. Tenemos algunas naranjas.’

‘Pero… ¿quiere cambiarme las piedras por un par de naranjas?’, dijo con un tono algo desilusionado.

‘No, no. Guarda las piedras. Las naranjas te las regalo para que comas algo. Vente dentro de diez minutos, seguro que encontraremos algo más que te pueda servir.’

Mientras caminamos hacia la furgo empezamos a hacer una lista mental. El diccionario, ¿dónde está el diccionario inglés-castellano que habíamos comprado en Zimbabue y que jubilamos hace unos meses? ¿Y la aquella gorra con linterna y el logo de Jeep que nos habían regalado en Guadalajara? Uff, seguro que está todo en el techo de la furgo. ¿Vendrá? No parecía muy entusiasmado por las naranjas… Quizás le podríamos dar también una de esas botellas de vino peleón que nos regalaron en California…

Diez minutos más tarde el hombre apareció sobre un promontorio, montado en su caballo. Su perfil, recortado contra el cielo azul y la tierra seca, parecía sacado de un álbum de cromos. Le hice señas para que se acercase, pero continuó rebuscando en el paisaje. No, no se ve ningún vehículo de Parques Nacionales, ni de la Migra.

Yo ya estaba en el techo de la furgo. Había sacado la lona y buscaba entre las cosas que habíamos decidido llevar a Barcelona mientras Anna revolvía en los armarios. Un par de minutos más tarde, volví a hacerle señas para que bajase. Avanzó sobre su caballo hasta el inicio del sendero.

Solo cuando empezamos a caminar hacia él con la botella en la mano se relajó un poco, bajó la guardia, dejó de buscar policías.

‘¿Es tequila?’ preguntó primero. ‘¿Mescal?’ dijo después, sin esperar la respuesta.

‘No, es vino, de California. Estuvimos trabajando un mes en una granja y el dueño nos regaló un montón de botellas. Toma, aquí está el diccionario, y la gorra, y las naranjas. Y unos tuppers para que cambies ese donde llevas las piedras, que está todo roto.’

‘Pero… ¡gracias! Toma estas piedras’ respondió sorprendido con un brillo nuevo en los ojos. No esperaba tantas cosas.

‘Bueno… Gracias, me ayudarán a recordarte.’

‘¿Quieres más?’

‘No no no no. Así está bien. Sabes, nosotros vivimos en esa van. Y también recibimos cosas de la gente en la ruta. No necesitas darnos nada más.’

‘¿Quieren cruzar al otro lado? Yo los cruzo en el caballo, no hay problema. Y tengo lugar, se pueden quedar a dormir. No les costará nada. Y allí no tienen que preocuparse de la comida.’

‘Gracias’ le respondí. ‘Pero no podemos cruzar. Es ilegal y nos podríamos meter en un problema. Y este no es momento de meternos en problemas.’

‘Mira que no pasa nada, yo voy y vengo a cada rato…’

‘Me encantaría, pero no, en serio. Gracias.’

‘Pues cuando quieran se vienen. Me buscan y se quedan en mi casa, o en el hotel, que es de un amigo. Yo los llevo a pasear a caballo. Allí no se tienen que preocupar por el dinero.’

Sonreí. La ruta es así de agradecida.

‘¿Cómo te llamas?’ le pregunté estirando mi mano abierta hacia él, que seguía sentado en su caballo. Los Invisibles se habían vuelto visibles y sonreían con una bolsa en la mano. No era Navidad, pero parecía.

‘Félix.’

‘Yo soy Pablo. Y ella es Anna.’

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239- Adrenalina (Historia para la revista Overland Journal)

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©Pablo Rey – Historia publicada en la revista Overland Journal de Estados Unidos en su número de Spring 2013.

CAMINANDO POR EL LADO SALVAJE DE MANA POOLS. 

Pocos viajeros conocen Mana Pools, uno de los parques nacionales más espectaculares de África. A primera vista parece otro retazo de bosque protegido, surcado por un gran río y salpicado con ejemplares de todas las especies de animales africanos. Sí, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, pero no tiene detalles extraordinarios. No se encuentra dentro del cráter de un volcán apagado como Ngorongoro, no tiene instalaciones para observar fauna durante la noche como Etosha, ni las llanuras infinitas de Masai Mara o Serengueti, donde la épica de las migraciones atrae a decenas de miles de visitantes al año. No, el Parque Nacional de Mana Pools, ubicado al norte de la esquilmada Zimbabue, frente a la frontera con Zambia, no tiene nada de eso.

Lo que tiene Mana Pools, y en unas sobredosis desmesuradas, es adrenalina.

En Mana Pools puedes hacer algo que está prohibido en el resto de parques nacionales africanos: caminar entre leones, hienas y elefantes sin la escolta de un guardaparques. Nadie te impedirá aparcar tu vehículo a la sombra de un baobab y alejarte desarmado en cualquier dirección, hasta donde te lleven los pies o el sentido común. Esa es una decisión particular, tu responsabilidad, tu libertad, tu riesgo, tu vida. Tu locura más hermosa del día.

Caminas hasta la orilla del río Zambeze imaginando los pasos de los primeros hombres y te detienes dentro del molde seco de una huella enorme para calcular el tamaño de unos colmillos de marfil. Observas. A la derecha, una manada de quince elefantes avanza despacio hacia la orilla. Hay dos machos grandes, unas cuantas hembras, algunos jóvenes y un par de crías ya crecidas. A la izquierda, un grupo de cebras se esconde entre ñus y antílopes con la misión imposible de pasar desapercibidas. Los hipopótamos gruñen aclarándose la garganta y tú estás allí, entre ellos, de pie y lejos de tu vehículo. Armado con un absurdo cuchillito suizo.

Al otro lado, en Zambia, una alfombra mullida de árboles tapiza la falda de las montañas. La vista es amplia, el paisaje impresionante. Es octubre, la temporada de las lluvias está a punto de comenzar y el aire permanece caliente. Entonces vuelves a dejarte llevar y sigues a la manada de elefantes, caminando despacio en contra del viento. Buscas leones entre los arbustos y los pastos altos esperando no encontrar ninguno y recorres con los ojos la superficie calma del río Zambeze, atento a los cocodrilos que asoman sus ojillos en el agua. Tu adrenalina se dispara de manera escandalosa. No, no es un método ingenioso de suicidio, esto es emocionante. Es el retorno a una vida más salvaje.

Las zonas de acampada tampoco están separadas de la naturaleza por alambradas que encierran a los humanos como en el Parque Nacional Kruger. En Mana Pools es normal encontrar elefantes partiendo ramas junto a tiendas de campaña, búfalos que se rascarían el lomo con un Land Cruiser y leones o hienas que al caer la noche se acercan atraídos por olores extraños. La carne blanca, cruda, debe ser un bocado delicioso.

Los monos vervet, que corretean y chillan como niños desbocados, se suben a los techos de los baños, orinan desde las ramas altas de los árboles en lluvias espontáneas y envían a sus crías por los agujeros diminutos de los contenedores en busca de restos de pan enmohecido, bolsas de plástico sabor pastel y latas abolladas de Coca Cola. Observarlos siempre es un espectáculo. Trepan al techo de nuestro todo terreno como una pandilla de acróbatas chillones y espían el interior a través del parabrisas. Luego piensan rascándose bajo el brazo, como si tuvieran el cerebro en el sobaco. Uno de ellos, de pie sobre el espejo retrovisor, mete el brazo a través de la ventana que dejamos apenas abierta. No hay nada al alcance de su mano. El mono vuelve a rascarse el sobaco, está pensando. De repente se cuelga del vidrio y comienza a sacudirlo violentamente para romperlo.

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En Mana Pools es fácil sentirse libre. Esa igualdad, esa posibilidad de caminar desarmado entre animales (que si te equivocas te pueden matar y comer), hace de Mana Pools una experiencia única. Tienes que confiar en tu instinto, todos tus sentidos deben permanecer atentos, incluso aquellos que se durmieron hace siglos por culpa de la vida sedentaria. “Debes pasear, y mantenerte con vida” aseguran los guardaparques después de repetir una serie de reglas básicas, recordando al francés que murió hace unas semanas.

“Caminaba distraído hacia el teléfono público, allí, cerca del baño, y se cruzó con un elefante. El elefante se asustó, lo atrapó con la trompa, lo arrojó al suelo y lo pisó con las patas delanteras. Después, se arrodilló sobre él”.

Nada puede detener a un elefante. Cuando un elefante se enoja, el mejor lugar donde esconderte siempre es otro lugar. Cuando un elefante se enoja lo mejor que puedes hacer es estar lejos.

“Si quieren ver un elefante muerto tomen la huella hacia Vundu. Lo encontramos ayer. Le dispararon cazadores furtivos de Zambia que a veces cruzan el río por la noche. Pero esta vez el elefante huyó herido” y se detiene un momento antes de continuar. “Nosotros ya le cortamos los colmillos, las patas, la piel y la cola y los enviamos a Harare. Parques Nacionales vende todo. También cortamos algo de carne y la repartimos entre los trabajadores del Parque Nacional.”

“¿Carne? ¿Carne de elefante? ¿Sería posible conseguir algo de carne para nosotros? Tenemos un braai en el jardín pero no tenemos carne. Y una parrilla vacía siempre da pena. ¿Podríamos comprarte un poco de carne?”

“Yo no puedo venderles” contesta el guardaparques antes de levantar la cabeza hacia otro hombre que está en la oficina. “Pero él sí.”

Así, el carnívoro que les habla y sus amigos se hicieron con tres kilos de carne de elefante recién salada y cortada en tiras estrechas para biltong, charque o carne seca. Compramos unas cervezas Zambezi heladas en el colmado para los empleados del Parque Nacional y nos fuimos a preparar un asado de elefante.

En el restaurante Carnivore de Nairobi, Kenia, habíamos cenado cebra y cocodrilo. Aquellos eran auténticos bistecs que un carnicero con experiencia había cortado teniendo en cuenta los nervios, la grasa y la medida del plato. Nada que ver con estas tiras rasgadas y desaladas con un poco de agua que se retuercen sobre el fuego.

¡El elefante está listo!” anuncio al rato. Anna y los amigos belgas (Jorick y Winnie, Ronald y Sophie, que también están cruzando África hacia Ciudad del Cabo) se acercan a la mesa. A cien metros, un grupo de búfalos bebe agua en silencio. La carne es dura y tiene un sabor fuerte, esto debía ser un elefante viejo. Un pájaro secretario corre junto a la orilla del Zambeze para volar hacia la seguridad de los árboles. Atardece. Hay que ir al baño antes que sea de noche para no convertirnos en la cena de otros carnívoros.

——

No fue difícil encontrar los restos de la cena de la noche anterior en el bosque de Mana Pools. Junto al camino principal, tres troncos caídos enmarcan una gran mancha de sangre que señala el lugar de la muerte. Ahí nace una nueva huella que esquiva un par de árboles y termina cien metros más allá, en el cadáver rodeado de buitres.

Desciendo de la furgoneta, tomo la cámara de fotos, el cuchillito suizo, y me acerco paso a paso. Busco leones, sombras, arbustos que se muevan, manchas doradas sobre la hierba, pero no descubro nada. Los buitres se quejan y escapan volando. Los intestinos, gordos como el muslo de un jugador de fútbol americano, serpentean sobre la tierra seca. El hueso del cráneo parece marrón. Las patas no están y la carne se ha vuelto negra. Comienzo a rodearlo y me cubre una nube amarga y tóxica. Mientras contengo la respiración, un viejo Land Rover verde aparca junto a la furgoneta. Son los rangers, que se acercan con rifles.

“¿Están locos? ¿No saben que hay leones?” pregunta uno.

“Si, por eso estamos aquí. Queremos verlos, pero parece que se han ido” respondo.

“No, ustedes no los ven. Ellos están allí. No debería hacer esto pero… vengan.”

Los rangers, vestidos con pantalón corto caqui y calcetines alzados hasta las rodillas avanzan armados delante nuestro, en fila india. Veinte pasos más allá el líder señala un punto entre los arbustos. A cuarenta metros del cadáver del elefante hay un león que me ha estado vigilando mientras paseaba como un jodido turista alrededor de su almuerzo. Hacia la derecha se distingue la silueta de una leona caminando bajo el sol, delante de otros dos leones jóvenes que no nos quitan un ojo de encima.

Así es Mana Pools, espectacular, hermoso y peligroso si uno se descuida. Auténtica adrenalina. Abandonar la seguridad de mi todo terreno para caminar entre animales salvajes fue un impulso primario, ese volver a arriesgar para encontrar un nuevo límite. Mana Pools fue el reencuentro con nuestro mundo perdido.

Desde entonces, cuando no sueño de noche que persigo elefantes junto a los bosques del Zambeze, sueño de día haciendo planes para volver a Mana Pools.

Adrenaline. Story for Overland Journal Tail Lamp




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224- La destrucción del zoco de Alepo. | SIRIA

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El zoco de Alepo nunca volverá a ser lo que describimos en ‘El Libro de la Independencia’.

“El zoco de Alepo es una interminable sucesión de pasillos estrechos invadidos por un pandemónium de mercancías que comienza a un paso de la calle. Es enorme, oscuro y ruidoso, arrugado, un laberinto de techos altos donde los cuerpos avanzan, se rozan y tropiezan con sacos de granos, cajas de cartón y banquetas abandonadas. La presencia de los animales que empujan para pasar es constante, y las bombillas de luz amarilla que cuelgan de hilos delgados desatan una epidemia de hepatitis aparente.

Cada cinco o diez metros cambia la consistencia del aire y una nueva contradicción llega a tu nariz. Sudor, pimienta, incienso, tabaco dulce, comino, orina, sésamo, carne oreada, humo, bosta de burro. Los sentidos se excitan, es provocación tras provocación, primero picante, luego dulce, luego amargo, hasta que todo comienza a combinarse. Té, aceitunas, camello, pistacho verde, henna, tomates aplastados.

Atravesamos locales especializados en joyas auténticas y joyas falsas atendidos por señores con un aire de respetabilidad sospechosa. Hay telas por metro, pantalones, galabiyas para el caballero, chadores y burkas con diseños de última moda para la dama, camisetas de los Rolling Stones, adornos plateados y espejados, frutos secos, aceite de oliva denso y pequeñas mezquitas que se suceden en memoria de santones olvidados. A la derecha se abre un portal labrado que da entrada a un antiguo khan, un hospedaje de forasteros y caravanas convertido en taller de costura. Un almacén ofrece bebidas de todos los sabores, colores y marcas menos Pepsi o Coca Cola. Siria es uno de los pocos países del mundo que cerró la puerta a los símbolos de la cultura norteamericana. El suelo, duro y rugoso, cambia de consistencia en la sección carnes degolladas para convertirse en una pista de patinaje húmeda y efervescente de vida. Es la pesadilla de un ama de casa acostumbrada a los supermercados impolutos. ‘Disculpe, ¿dónde están los congelados?’ 

Tus antenas se desequilibran o peor, se confunden. Entonces comienzas a oler con la boca, llena de saliva espesa empapada de partículas volátiles. Las bananas aplastadas por la pezuña de un burro saben a aguacate pasado. Un rincón lleno de basura y moscas sabe a aliento de perro. Es sorprendente la cantidad de espuma que puedes segregar automáticamente para enjuagarte el paladar. El paso arrastrado de un anciano tiene gusto a polvo antiguo, a casa encerrada y húmeda. Un ciego podría avanzar sin necesidad de un lazarillo hacia el rincón que siempre huele a orina de camello. Tu boca se vicia, se contagia. Los pasillos laterales dan curvas imposibles hasta callejones sin salida llenos de zapateros y malabaristas sin profesión definida.

Casi todos los números están escritos en farsi. El precio del kilo de mandarinas está en farsi. Los teléfonos públicos tienen los botones en farsi. La fecha impresa en la portada del periódico local, las matrículas de los coches y los carteles de los taxis están en farsi. Hasta los visados llevan las fechas de entrada y el tiempo de permanencia otorgado en farsi. Los números farsi nos rodean para recordar que los dibujos que utilizamos en occidente son sólo uno de los alfabetos numéricos que existen en el mundo.

Detrás de una fortaleza de cajas de cartón aparece la ciudadela, símbolo de Alepo y escenario de las guerras de religión más importantes de nuestra historia: las cruzadas. El islam avanzaba desde la península arábiga conquistando todo con la consigna ‘si no te conviertes, tendremos que matarte’. Los cruzados contraatacaban para ‘exterminar a los infieles y purificar con su sangre la tierra sagrada’. Así se iniciaron los problemas de Oriente Próximo: a Dios se le mezclaron los papeles y prometió la misma tierra a demasiada gente…”

Extracto de ‘El Libro de la Independencia’de la serie de libros de viaje sobre La Vuelta al Mundo en 10 Años.