319- El MYANMAR que nadie visita: la frontera de Tachileik

El oficial de inmigración de la frontera entre Mae Sai y Tachileik abrió mi pasaporte en un gesto rutinario. Ya sabía lo que iba a encontrar: otro extranjero que usaba ese paso para renovar su visado tailandés. Era un cruce práctico, de cinco minutos, pim-pam, y para ellos era un negocio redondo. Estampaban un sello y pase por caja: 500 baht o 20 dólares, que no es lo mismo, o la cifra que fuera, una cantidad que podía cambiar según el estado del tiempo, el humor y las necesidades.

En medio del puente que separaba Tailandia de Myanmar, un viajero con pinta de vividor del Sudeste Asiático, sandalias gastadas, pantalones gastados, camisa del color de la tierra, collares y un par de rastas que sobresalían de su cabeza calva, pedía ayuda en varios idiomas: no le aceptaban el billete de 20 dólares.

‘Estos malditos idiotas dicen que el billete está viejo, que está muy usado, pero mira, está bueno, no está roto, ni rayado!’

En ese momento no entendí el problema. Honestamente, pensé que quizás el billete sería falso, como aquellos famosos dólares colombianos que nos habían endosado en Ecuador. Nosotros estábamos llegando a Tachileik en el este de Myanmar, la región abierta a los extranjeros menos visitada del país, con la intención de intentar unir por tierra las ciudades de Kentung con Taungyyi. Era una ruta prohibida: cruzaba la vertiente sur de las enormes plantaciones de opio que estaban en manos de guerrilleros, o del ejército, o de bandidos. Nadie tenía una respuesta definitiva.

En la oficina, el oficial de inmigración abrió mi pasaporte y se sorprendió. ‘¡Visa! ¡Visa!’ dijo a sus compañeros levantando la voz y señalando un asiento frente a un escritorio. Allí había un ordenador, montones de papeles, un par de sellos y una cámara de sobremesa, colocada a la altura de mi ombligo. La foto para el registro de extranjeros en Myanmar quedaría con un gesto forzado, como el de una jirafa que tiene que abrirse de piernas y estirar el cuello hacia abajo para beber agua.

Estábamos con nuestras mochilas de 5 kilos en uno de aquellos rincones olvidados de un país que lentamente se abría al turismo. Myanmar había permanecido aislado por muchos años debido al boicot a un gobierno militar sanguinario, y por el mismo boicot de los militares hacia el mundo, que daban los visados con cuentagotas. La presión internacional y el cansancio de vivir en un país sin futuro, habían abierto las puertas a los primeros cambios, con elecciones casi libres. Parecía que los militares estaban dispuestos a entregar el gobierno, pero no el poder.

Los perros nos echaron del templo en construcción, con andamios levantados con troncos de árbol
Los perros nos echaron del templo en construcción, con andamios levantados con largas cañas de bambú.

Apenas recorrimos los primeros diez metros de Myanmar cuando una catarata de motociclistas y guías turísticos amateurs se acercaron para llevarnos donde fuera. Recién entrábamos, no teníamos muchos planes, solo queríamos comprobar la capacidad de transformación de un país que estaba abriéndose. ¿Podríamos comprar una moto? Que supiéramos, ningún extranjero lo había hecho. ¿Podríamos viajar libremente por el este del país? Parecía que sí. ¿Podríamos evitar los controles de carretera? En los consulados de Bangkok y Chiang Mai nos habían asegurado que se podía circular libremente entre el este y el oeste.

Soltamos nuestro primer hola en birmano, mingalabah, y esquivamos a los mototaxis con una sonrisa haciendo gestos negativos con la mano. Lo curioso era que no insistían. No nos acompañaban por la calle señalando puntos en un mapa. Quizás se debía a nuestra falsa seguridad, a eso que aprendimos en la ruta, de dar la impresión de que sabes lo que haces, o hacia dónde vas, aunque no tengas ni puta idea. Quizás era simplemente porque no hablaban una sola palabra de inglés.

Los rostros lo decían todo. Sorpresa, duda, estupor. La sonrisa funcionaba mejor que nunca como idioma y los leves movimientos de cabeza precedían a un saludo más espontáneo, más real. Era una sensación extraña, y al mismo tiempo única. En Tachileik estábamos volviendo a aquellos lugares en donde los extranjeros son una rareza.

El Barça estaba en todos lados.
El Barça estaba en todos lados.

Tailandia había sido una especie de paraíso turístico donde todo era alcanzable, aunque a veces no te trataran bien o no te entendieran. Esto era otro mundo. No había más que iniciar el saludo, con un deje de duda en la entonación. Volvías a intentarlo, y a la segunda o tercera vez, entendían que intentabas decir hola, nada más, y entonces ocurría el milagro. El campesino, el mecánico, el cocinero del puesto de la calle, se convertían en maestros de idiomas. Una sonrisa les estallaba en el rostro ante tus errores obvios de extranjero que intentaba comunicarse en un idioma nuevo. Era una sonrisa de orgullo, una sonrisa heroica, de superviviente.

•••••

IMPRESCINDIBLE: 5 COSAS QUE DEBES SABER ANTES DE VIAJAR A MYANMAR

•••••

La caminata por Tachileik casi no tenía sentido. Íbamos en dirección contraria y lo sabíamos aunque realmente no nos importaba mucho. Las mochilas, de cinco kilos cada una, no eran una molestia. Necesitábamos absorber los gestos, el aire, los olores de un nuevo país del que apenas teníamos información. Aquella era una zona lejana, donde ningún blogger había intentado viajar. Lonely Planet solo le había dedicado unas páginas vagas, con menciones a tours.

Las calles estaban rodeadas de casas y edificios que llevaban décadas sin pintarse. Sobre el asfalto, hombres vestidos con pantalones y hombres vestidos con longyii, una especie de falda que llega hasta los pies, se cruzaban con mujeres de rostro despejado y mujeres que llevaban las mejillas teñidas de amarillo. Era la tanaka, una pasta que utilizan para protegerse del sol. Entramos a un hostal oscuro y vacío, sin cuadros ni mapas en las paredes. Damos un par de palmadas y un hombre sale a nuestro encuentro. Solo dice 500 baht, el precio de la habitación, el doble de lo que pagábamos en Tailandia. Estamos en Myanmar pero la moneda de uso corriente sigue siendo el baht tailandés. Seguimos adelante.

Por las callejas de Tachileik se abrían los mercados del barrio
Por las callejas de Tachileik se abrían los mercados del barrio

En la otra acera hay un taller de motos. Sería ideal comprar un scotter para viajar por todo Myanmar, pero todavía no sabemos cuánto ha cambiado el país. ¿Podemos conducir nuestra propia moto local, por Myanmar? En el taller hay cuatro jóvenes que parecen de etnias completamente distintas: uno es de piel oscura, barba y nariz aguileña, otro es delgado y blanco como el papel pero de rasgos asiáticos, otro es de rostro ancho y lleva una camiseta con el escudo del Barça y un tercero es de piel trigueña. Parece que las dudas iniciales, la timidez, dejan paso a una sensación de curiosidad. Nos ofrecen una moto sin matrícula ni papeles por 6000 baht, 220 dólares. Una moto con papeles cuesta 29.000 baht.

Afuera hay un grupo de policías que parece que tienen el día libre. La ciudad está tranquila, se acabó la época de los disparos y las batallas en la calle. Mingalabah. A la gente de Myanmar les encanta nuestros intentos por balbucear unas palabras de birmano, acompañadas siempre por una sonrisa permanente que dice ‘oye, lo siento, no hablo tu idioma pero lo voy a intentar’. A los cinco minutos los policías llaman por teléfono a una agencia de viajes y poco después aparece un hombre en un coche que, sin querer vendernos nada, nos cuenta que algunas rutas siguen cerradas a los extranjeros, que se necesitan permisos, que las normas del país impiden que podamos tener nuestra propia moto… Nos sugiere tomar un bus hasta la estación de autobuses, que está a uno o dos kilómetros.

Los abuelos parecen ser los únicos que hablan inglés en el este de Myanmar
Los abuelos parecen ser los únicos que hablan inglés en el este de Myanmar

Pero antes de seguir adelante necesitamos cambiar dinero. Algo habíamos escuchado de la manía nacional porque los billetes en moneda extranjera parezcan recién salidos de la imprenta. Pero nunca imaginamos que… serían tan puñeteros. Los primeros billetes de cien dólares que llevamos a la oficina bancaria están impecables, pero no los aceptan porque están doblados a lo largo, a la medida de un cinturón de seguridad. Empiezo a comprender al extranjero que los puteaba sin entender por qué no le aceptaban sus veinte dólares en la frontera. Tras un pequeño tira y afloja y muchas sonrisas, aceptan el tercer billete.

Hacía mucho tiempo que no me sentía tan observado. Los rostros se levantaban para observarnos, muy pocos eran indiferentes. Y eso era una buena señal. Si yo levantaba la mano para saludar a quien nos miraba, el otro sonreía con candidez y devolvía el saludo. Lo había atrapado. No había vergüenza en mirar, porque era una mirada clara, de sorpresa. Nítida. Sin segundas intenciones.

•••••

ESTA HISTORIA CONTINÚA EN

VIAJAR AL PASADO EN KENGTUNG, MYANMAR

•••••

La estación de autobuses hacia Kentung estaba a siete, ocho kilómetros. Es un gran descampado, o un patio interior abierto, con dos autobuses que hoy no salen y una furgoneta cargada de gente apretujada. Pero los autobuses también salen de la calle, en realidad todo el la estación. Allí nos ofrecen un taxi por 70 dólares. Los autobuses valen muchísimo menos, pero no salen hasta el día siguiente. ¿La tarifa? 10.000 kyat por persona, nueve dólares, varias veces más de lo que cuesta el pasaje para los locales. Es el precio estándar mínimo impuesto por el gobierno militar para los extranjeros.

A la mañana siguiente, partimos hacia Chentung
A la mañana siguiente, partimos hacia Chentung

Después de tantos años viajando por países donde podíamos hablar con la gente en uno u otro idioma, llegamos adonde nos habíamos propuesto. A esos lugares donde nadie te entiende, donde la cultura es tan diferente que los gestos pueden significar otra cosa, donde viajar se convierte en un desafío. El este de Myanmar, vacío de extranjeros, donde solo los abuelos hablan algo de inglés, era el lugar perfecto para empezar una nueva aventura.

•••••

Consigue los libros de Pablo Rey con las historias de más de 15 años viviendo en la ruta, en las mejores librerías de viaje de España, en Amazon.com y en Kindle, o descarga las primeras historias en PDF.

Viaja con nosotros cada día en Instagram, Facebook, Twitter y YouTube @viajeros4x4x4

•••••

El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y porque es capaz de sobrevivir a una bomba atómica. Desde aquel momento recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2015 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (El Libro de la Independencia, Por el Mal Camino e Historias en Asia y África) y uno en inglés (The Book of Independence) y escribe regularmente artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna edita los libros y hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlar y conferencias.

Han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.

www.viajeros4x4x4.com




295- Por las Rutas del México Narco.

www.viajeros4x4x4.com

Por la rutas del México Narco. ©Pablo Rey. Publicado en su versión en inglés en la revista Overland Journal, Gear Guide 2015.

•••••

Hacía tiempo que no nos perdíamos. En realidad, sabíamos dónde estábamos, pero podíamos perdernos. Y nunca más nos volverían a encontrar.

El oficial de migración mexicano había sido tan claro como el agente de aduanas y el vendedor callejero de tacos de tripa. Los tres repitieron la misma frase, el mismo consejo, con la misma expresión severa en el rostro: No conduzcan de noche. Dejábamos Estados Unidos por la frontera de Caléxico/Mexicali y, en lugar de sentirme intranquilo por entrar a un país donde el narcotráfico provoca unos diez mil muertos al año, me entretenía pensando en que los nombres eran el resultado de un bonito juego de palabras. Caléxico venía de California-México y Mexicali de México-California.

¿Debía preocuparme? En realidad, no conduzcan de noche era una frase incompleta. Allí faltaba la aclaración que nos hizo una amiga en el patio de su casa en San Luis Río Colorado, al atardecer, entre tortillas de maíz, carne mechada, cebolla pasada por la sartén, chile jalapeño y mucha cerveza Tecate.

“Por la noche hay controles civiles. Hombres armados que detienen el tráfico en la carretera para pedir la documentación y revisar los vehículos.”

“¿Narcos?” sugerí sin recordar que esa palabra no se pronuncia en el norte de México.

Llevábamos 21 meses viajando por la seguridad del mundo anglo norteamericano y cruzar la frontera era volver a Latinoamérica, un mundo distinto, más imperfecto y espontáneo. Tenía ganas de cambiar el olor a hamburguesa y pollo frito por el olor ligeramente salado de las tripas envueltas en tortillas. Quería pasear por mercados de frutas y verduras que escandalizaran a las autoridades sanitarias al norte del Río Grande, hablar en mi idioma, escuchar unas rancheras y acampar en la playa. Quería volver a lugares donde no todo fuera predecible.

Era fines de 2012 y nuestro objetivo, además de llegar a Yucatán para el improbable fin del mundo tras el Año Nuevo Maya, era descubrir si el desierto de Sonora era tan hermoso como el desierto de Baja California. Sabíamos que en la ruta habría controles militares y policiales que querrían saber qué hacíamos allí y hacia dónde nos dirigíamos. Quizás querrían revisar la furgoneta, ver qué escondíamos en la cacerola, entre los cepillos de dientes y los libros que vamos vendiendo por el camino. Había que aceptarlo con paciencia y dar respuestas cortas, directas y cordiales. El único riesgo de estos controles civiles o militares estaba en los extremos, en el tedio o la tensión. No hay nada más peligroso que encontrarte en medio de la nada con un grupo de militares o narcos aburridos o nerviosos.

Pero al final del segundo día ya habíamos recorrido los primeros 600 kilómetros y, sorprendentemente, no habíamos encontrado un solo control. La policía se había vuelto tan invisible como en Estados Unidos. Los ‘mañosos’, los tipos malos, nos ignoraban. ¿Dónde estaba la guerra que anunciaban los medios de comunicación y que contaminaba nuestro estado de ánimo?

Supongo que por eso, y porque todavía teníamos un par de horas de luz, decidimos cambiar de planes. Tomar un desvío para llegar a Puerto Libertad y buscar una palapa con techo de paja para despertar en la playa era una tentación demasiado apetecible. Solo faltaba preguntar en la gasolinera Pemex si la ruta era segura.

“El camino es de tierra, mejor sigan por el asfalto hasta El Desemboque y luego toman la carretera de la costa. A la gente de los pueblos que están en el camino a Puerto Libertad no les gustan los vehículos extraños. Allí tienen sus sembradíos y dentro de poco será de noche. Mejor vaya a El Desemboque.”

No pregunté más. Ya sabía que lo que allí sembraban no eran tomates ni maíz. Tomamos el camino largo y aceleramos, mientras el sol empieza a bajar.

 

EL RETORNO A LOS MALOS CAMINOS

Si se pudiera desmembrar la tierra como un cuerpo –brazos, piernas, cabeza, pies, cadera– estábamos en el mismo corazón del territorio controlado por una de las bandas de narcotraficantes mejor organizadas del mundo. Y, más allá del comentario ocasional, no lo habíamos notado. La región dominada por el Cártel de Sinaloa parece funcionar con normalidad dentro del conjunto de México. Para nosotros, extranjeros, nada indica que estamos en una región peligrosa, tomada por un poder paralelo. Sin aduana oficial ni migración, con su propio ejército que viste de civil y una justicia que siempre salda sus cuentas.

Podía ser interesante descubrir tras una curva que la ruta había sido cortada por un control civil, un grupo de hombres con muchas armas manifestándose en contra de la curiosidad. Era posible, nos lo habían advertido. También era una buena historia si sobrevivíamos para contarlo. Por eso, a medida que el sol empezó a acercarse peligrosamente al horizonte, pisé el acelerador un poco más, abandonando la rutina de los 90 kilómetros por hora. En realidad pisé el acelerador casi hasta el fondo. Quería llegar a El Desemboque antes que la noche nos encontrara en la ruta y escondiera los detalles.

 

Si se pudiera desmembrar la tierra como un cuerpo –brazos, piernas, cabeza, pies, cadera– estábamos en el mismo corazón del territorio controlado por una de las bandas de narcotraficantes mejor organizadas del mundo.

 

Los 105 kilómetros de asfalto irregular y sin arcén, delgados, comenzaron a estirarse como un chicle usado. La ruta es recta, escuálida y ondulada cuando el cauce de un arroyo seco crea un badén que hace trabajar a los amortiguadores. Solo en ese momento bajo de los 120 kilómetros por hora, 40 más de los permitidos por los carteles de velocidad máxima agujereados a tiros.

A ambos lados de la carretera el paisaje se mantiene imperturbable, seco, áspero. A la izquierda, los montes de piedra roja se levantan sobre un desierto de arbustos espinosos. Es la primera barrera hacia los valles cultivados, una definición bastante imprecisa que puede incluir cualquier cosa capaz de crecer en la tierra –maíz, cáñamo, tomates, nopal, amapola, algunos árboles frutales. Hace tiempo que los narcos se convirtieron en inversores en tierras lejanas, agrestes y escondidas.

Quienes se encargan de las plantaciones son los agricultores más pobres, los olvidados por la economía y la política, hombres y mujeres casi siempre de bajos recursos y menos educación formal que ven cómo una cosecha de amapola o cáñamo da lo mismo que varios años de maíz. Los químicos suelen llegar escondidos en el doble fondo de camionetas con motores de ocho cilindros, mejores que cualquier caballo soñado por Pancho Villa. El producto terminado, paquetes de polvo blanco o fardos verdes prensados, atraviesa el paisaje escondido tras la mercadería de camiones de antecedentes intachables o en avionetas que vuelan al ras de la tierra. Avionetas que apenas se elevan para esquivar los cables telefónicos.

El sol continúa descendiendo mientras acelero, todavía no sabemos dónde vamos a dormir ésta noche. Tomar este camino es una forma de retornar a la ruta más incierta, sobre todo porque no puedo imaginar cómo es El Desemboque, nuestro destino. No vi una foto del pueblo frente al mar, nadie dijo ‘bonito’, ‘feo’, ‘sucio’, ‘vacío’, ‘peligroso’, ‘tranquilo’, nadie le puso un adjetivo. México es un país demasiado grande y El Desemboque es demasiado pequeño como para aparecer en la guía que Anna revisa sobre la marcha.

Movernos por el impulso básico de avanzar, sin saber lo que encontraremos al final del camino, es el viaje más puro. Hay que romper los planes y dejar un espacio libre a la espontaneidad, a la sorpresa. Tirar los dados, que el caos encuentre un orden, y caer de pie, otra vez, como un gato viejo que ya perdió la cuenta de las veces que salvó su vida. No podemos dormir a un lado de la ruta, no debemos tomar cualquier camino de tierra para acampar en lugares sin nombre o con nombres que es mejor no conocer. “Algo encontraremos” susurro convencido en uno de mis mantras preferidos, invocando a la magia de las coincidencias. Sincronicidad, es la palabra que inventamos para darle nombre a esas casualidades que ocurren sin que puedas explicarlas.

Dos luces blancas aparecen en el espejo retrovisor. Son intensas, puras como una aparición religiosa, y avanzan a toda velocidad hacia nosotros. Intento acelerar un poco más, la furgo alcanza los 135 kilómetros por hora y el volante comienza a vibrar. No es el suelo irregular, es el límite antes de que la carrocería comience a desarmarse, a dejar trozos de viaje a lo largo de la carretera. Las luces continúan acercándose. Alguien con más temor, o más prisa, o más motor, nos adelanta dejando una estela plateada. Entonces aparece la sombra de un techo oscuro y triangular, recortado contra el cielo rojo del atardecer. Un cartel verde plantado junto a la ruta anuncia ‘El Desemboque’. El sol acaba de desaparecer, la noche se derrumba y el asfalto es reemplazado por una calle de tierra. Ahora tenemos que encontrar dónde dormir.

La Vuelta al Mundo en 10 Años - www.viajeros4x4x4.com

 

SINCRONICIDAD

Con la oscuridad, El Desemboque se convierte en un pueblo habitado por fantasmas. Las calles de tierra agujereada están iluminadas por las luces de las casas. Los enjambres de sombras se giran al escuchar el ronroneo del motor. Un grupo de hombres bebe frente a la puerta de un almacén con un gran cartel de Tecate. Sus rostros enseñan una mueca extrañada, curiosa o sorprendida.

Frente a la mayoría de las puertas hay botes de unos diez metros de eslora pintados de blanco. La popa está vacía, los motores duermen en casa. La calle toma un desvío hacia la izquierda, luego gira hacia la derecha y sigue junto a la línea de construcciones viejas levantadas frente a la playa. En algún sitio está el lugar donde dormiremos esta noche, donde nadie nos espera.

Casi al final del pueblo, después de un desvío confuso marcado por un penetrante aroma a perro muerto, aparece un patio iluminado frente al mar. Una bombilla amarilla cuelga sobre la cabeza de dos hombres sentados, que comen con las manos algo que sacan de una cacerola. Dejo el motor en marcha y desciendo. Cuando estoy cerca, saludo.

Sus primeras palabras me ofrecen comida, alguno de los cangrejos recién cocinados en la olla. Luego me preguntan si soy de Texas. Cuando les explico que venimos del sur y buscamos un lugar donde dormir me ofrecen una cerveza. Al segundo trago me dicen que aparque en el patio, que podemos dormir allí, y que me siente en su mesa.

¿Qué pasó con el México peligroso que aparece en los medios de comunicación? ¿Dónde estaban los narcos con sus cadáveres colgando de los puentes? ¿Y la guerra permanente entre bandas? Yo no la vi, pero estaba allí. No porque lo digan los periódicos sino porque la misma gente me lo contaba. En verdad, ellos eran quienes finalmente sufrían esta guerra no declarada, los propios mexicanos,

Tras un año recorriendo México de punta a punta, aprendimos que solo hay que tener cuidado con los delincuentes comunes, como en cualquier lugar del mundo. Los narcos no se meten con los extranjeros. Ellos tienen otro negocio, algo más importante y que da mucho más dinero que el turismo.

Esa noche cenamos cangrejos y cervezas con nuestros nuevos amigos. Al día siguiente les acompañaría a recoger las redes repletas de caracoles en el Mar de Cortés y aprendería a pelar lenguado imitando los movimientos precisos de su cuchillo. Daba igual si estábamos en el DF, en Michoacán, Cancún, Monterrey o Sinaloa, en la costa del Océano Pacífico o en la costa del Océano Atlántico, en territorio narco o en un temascal en las montañas. México es grande, y volvía a recibirnos con los brazos abiertos.

•••••

Consigue los libros de Pablo Rey con las historias de casi 20 años viviendo en la ruta, en las mejores librerías de viaje de España, en Amazon.com y en Kindle, o descarga las primeras historias en PDF.

Viaja con nosotros cada día en InstagramFacebookTwitter YouTube @viajeros4x4x4

•••••

El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y porque es capaz de sobrevivir a una bomba atómica. Desde aquel momento recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2015 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (El Libro de la IndependenciaPor el Mal Camino e Historias en Asia y África) y uno en inglés (The Book of Independence) y escribe regularmente artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna edita los libros y hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlar y conferencias.

Han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.

www.viajeros4x4x4.com




270- Los Newfies: Breve Historia Social de una Avería en Otro Fin del Mundo 2

www.viajeros4x4x4.com

(viene de Dale 15: Breve historia social de otra avería en el fin del mundo)

Nos habían hablado bien de los Newfies, el mote que reciben los habitantes de Newfoundland, la isla que ocupa el mismo espacio que Terranova en nuestros mapas en español. Que la gente era amable. Que los robos no existen. Que los osos polares llegan montados en icebergs a sus costas. Que en invierno te cagas de frío.

Nos acostumbramos rápido a nuestra propia rutina en Saint Anthony. Nos conectábamos a internet en la cafetería Tim Hortons o en la biblioteca pública. Ya teníamos un pescador que nos vendía filetes de bacalao, el más fresco con el que hayas podido soñar, por seis dólares canadienses (cuatro euros) el kilo; nos habíamos hecho amigos de Natalia y Alexis Caro, la única pareja que hablaba castellano a cientos de kilómetros a la redonda, dos colombianos que nos habían ofrecido su casa, su ducha, su nevera y su amistad; y habíamos conocido a la bibliotecaria suplente, una señora que se había encargado de difundir la noticia de nuestra avería mejor que cualquier periódico de la isla. El boca en boca había hecho el resto y a los dos días ya nos saludaba hasta la punki del pueblo, la chica de pelo rojo que levantaba el cartel de STOP para detener el tráfico durante las obras en la calle principal.

Pero era extraño, todos saludaban de lejos. Nadie se acercaba a conversar, nadie detenía su vehículo atraído por la curiosidad. Solo los que no vivían allí aparcaban su rutina junto a nuestra furgo en problemas para charlar un rato. Eran casi todos de Quebec, jubilados en casas rodantes que nos acribillaban a preguntas sobre nuestro estilo de vida y un par de parejas jóvenes con hijos a quienes se les encendía la mirada cuando les contábamos alguna historia. La segunda noche llegó Cemil Alyanak, un fotógrafo y ex publicista que había tenido su mega agencia en Suiza y venía de la ciudad de Washington en motocicleta. Nos invitó a cenar y resultó ser un conversador genial que llenó de humor nuestras aventuras y desventuras. Pero era extraño, los locales no se acercaban.

www.viajeros4x4x4.com
Anna y Natalia, que con Alexis nos sacaron de paseo por los alrededor de Saint Anthony mientras esperábamos la barra de torsión

No sé por qué. Nunca supe por qué. Quizás era el espíritu del pueblo, que se mantenía vivo solo para ellos, porque por allí no había ni siquiera un bar o taberna donde los extranjeros pudiéramos espiar la vida local cuando se toma unas cervezas. Podía aproximarme a cualquier persona y pedir la cosa más sorprendente que, estoy seguro, intentarían conseguirla de donde fuera para ayudarnos. Pero ellos no daban el primer paso, mantenían las distancias. Nos miraban de lejos.

En una tienda de herramientas desembalaron una prensa nueva para que pudiera sacar unas tuercas que no querían moverse. La encargada del correo recordó que estábamos en el parking del supermercado cuando llegó la nueva barra de torsión y nos la acercó personalmente con su coche. Me hice un tajo profundo en un dedo que requería algún punto de sutura y me atendieron en el hospital local sin hacer demasiadas preguntas ni pedir tarjetas de crédito. Los amigos del pescador señalaron su casa cuando nos vieron entrar en su calle, sin darnos tiempo a preguntarles dónde vivía. Luego nos invitaron a un par de cervezas, hicieron tres preguntas no demasiado personales y, sin profundizar demasiado, seguimos bebiendo juntos.

Me sentía dentro de la película La Invasión de los Ladrones de Cuerpos (The Invasion of the Body Snatchers), donde los seres humanos son reemplazados por extraterrestres que actúan de manera correcta hasta que el protagonista comienza a sospechar, a preguntar demasiado.

– Fue extraño, amable pero extraño –le dije a Robbie Hickey unos días más tarde, que nos había invitado a la casa de sus padres en el Parque Nacional de Gros Morne.

– Quizás tenían algo de miedo –respondió.

– ¿Miedo? ¿De nosotros?

– Eran extraños. En un vehículo extraño con una matrícula extraña.

– Pero esto es Canadá –le dije. –Acá no pasa nada. Recuerdo un día en Vancouver, la gran noticia del periódico era que un perro había mordido a una mujer.

– Quizás no querían molestarnos –sugiere Anna. –Ya sabes cómo son los anglos, si nos preguntan por el viaje no se quedan media hora. A los cinco minutos te agradecen y se van. No quieren invadir tu intimidad. No quieren molestar.

En realidad los extraterrestres éramos nosotros y lo que ocurría era una mezcla de todo. Saint Anthony está en el extremo de una península lejana de Terranova, que es casi tan grande como España pero sigue siendo una isla. Una isla lejana. Y por más que algunos habitantes tengan apellido francés ya son todos anglos, no fueron educados para expresar sus emociones de forma tan abierta como los latinos.

Los hombres y las mujeres se dan la mano y los abrazos suelen ser superficiales, con palmadita rápida en la espalda. Te dejo acercarte a mi espacio personal pero no quiero que tu calor y mi calor lleguen a fundirse más de lo adecuado, que es aproximadamente una décima de segundo. Sería embarazoso. Alguno de mis amigos canadienses odia que le dé un abrazo, y cada vez que lo veo lo martirizo a conciencia.

Quizás por eso el hombre de la gasolinera sonríe y le dice a su hijo que nos dé quince dólares de cambio, en lugar de los diez que tocaban, sin que antes hayamos intercambiado una palabra. No era un error, era su forma de expresarse.

(Continúa en Cómo conseguir un repuesto cuando estás lejos: Breve historia social de otra avería en el fin del mundo).

•••••

Consigue los libros de Pablo Rey sobre La Vuelta al Mundo en 10 Años en cualquier librería de España, en Amazon.com y en Kindle, o descarga las primeras historias en PDF.




195- Cuando el sueño americano se convierte en pesadilla.

La Vuelta al Mundo en 10 Años - www.viajeros4x4x4.com

Hace unos meses nos encontramos con Jim o Joshua en medio de la nada. Iba caminando con todo su equipaje bajo el sol del desierto que rodea la Ruta 66 en Arizona. Clavé los frenos y dimos la vuelta.

Estuvimos conversando como una hora. Antes de irse me dijo: Yo creo en Jesús, pero ahora creo más en Diana, diosa de la luna que vive en Venus y está calva por las malas radiaciones que recibió en la Tierra.

La crisis no es local. La crisis es internacional.

Después del final de la Segunda Guerra Mundial, Europa fue desplazada como poder colonial por la nueva superpotencia que nos había salvado del nazismo y le hacía frente al estalinismo soviético. Años más tarde nuestros salvadores nos pasaron la factura y globalización comenzó a significar norteamericanización.

Y el mundo siguió rodando feliz como en una película de Walt Disney. Había McDonalds, Coca Colas y películas de Hollywood para todos. Solo tenías que poner las palomitas (el pochoclo) en el microondas.

Hasta que en algún momento de las últimas décadas, a algún genio de la economía se le ocurrió reemplazar la producción de bienes por la producción de dinero. Y entonces, comenzó una escalada de precios provocada por la multiplicación mágica de billetes provocada a su vez por la desregulación del sistema monetario. Y por supuesto, por la ambición de los bancos de multiplicar su negocio.

Esa es la historia super comprimida de la bomba atómica que estalló hace un par de años en la cocina del capitalismo. Fue entonces cuando el relato de familias que abandonan sus casas porque vale más la hipoteca que la propiedad dejaron de ser murmullos y se extendieron como una avalancha por todo Estados Unidos.

Porque en Estados Unidos la ley es distinta que en Europa. Aquí la ley dice que solo respondes ante el banco con la propiedad hipotecada. De alguna manera el banco es tu socio involuntario, pone su parte de capital, asume sus riesgos por prestarte el dinero, y cobra por ello.

Por eso, tras el crack del 2008, se multiplicaron las casas seminuevas alquiladas dentro de urbanizaciones pintadas de color ladrillo. Metros cuadrados que fueron un hogar o un proyecto, que hablan de otra época, no hace tanto, cuando la prosperidad era un sitio común y la vida un capítulo más de Mujeres Desesperadas.

Pero ahora el sueño americano ha acabado. O por lo menos está en estado catatónico hasta nuevo aviso. Hoy, la tribu más salvaje y marginal de Estados Unidos se despliega por las principales ciudades del país como un ejército desarrapado, amable y silencioso. Es gente más temida que los antiguos Apaches corta-cabelleras de las llanuras. Más evitada que un Navajo borracho.

Cada vez hay más homeless, gente sin hogar, en norteamérica.

Hace unos meses nos encontramos con Jim o Joshua en medio de la nada de la Ruta 66 a su paso por Arizona. Jim o Joshua viajaba caminando por el arcén bajo el sol del desierto mientras empujaba una carretilla cargada con todas las cosas que le quedaban.

Hace un año perdió la fe, la esperanza y su casa en el estado de Washington.

Washington es lejos. Como a cinco mil kilómetros caminando.

Y eso, además de muchos kilómetros, es mucho tiempo. Jim o Joshua hablaba con los ojos abiertos y la intensidad de palabra que solo poseen los locos y los profetas. Supongo que hay que escuchar, y no solo a los que se visten o parecen como nosotros.

Jim o Joshua me dijo: Yo creo en Jesús, pero ahora creo más en Diana, diosa de la luna que vive en Venus y está calva por las malas radiaciones que recibió en la Tierra.

Honestamente, pienso en estos días de crisis que nos tocan vivir, en el desamparo de buena parte del mundo y me doy cuenta que tiene razón. En cualquier momento todos volveremos a hacer ofrendas a los dioses antiguos.

Al Dios de la caza, a la Diosa del amor, al Dios del trabajo imposible, a la Diosa de la tierra fecunda, al Dios de los mares repletos de peces…




193- La Noche de Muertos en Michoacán | MÉXICO

Noche de Muertos en Tzintzuntzan, Michoacán, México. Vigilia. Tumba. Cementerio

La Noche de Muertos es uno de los momentos más espectaculares de la cultura mexicana. En ciertas regiones del país, especialmenten en el estado de Michoacán, la gente vuelve a los cementerios a pasar la noche junto a sus familiares y amigos enterrados.

Adornan las tumbas, las cubren de flores, velas y fotos, comida y bebida, Tequila, Corona y Coca Cola. Si quien está enterrado es un niño, llevan sus juguetes preferidos.

La noche de muertos consiste en decirles a los muertos que, aunque ya no estén aquí, los recordamos con cariño.

Estas son las mejores fotografías de una Noche de Muertos en Tzintzuntzan, Michoacán, donde nos llevó el compadre Chava Vital para que conociéramos un poco más de México.

[su_carousel source=”media: 16280,16281,16279,16278,16277,16276,16275,16269,16270,16272,16271,16273,16274″ width=”840″ height=”640″ items=”1″]

•••••

Consigue los libros de Pablo Rey con las historias de más de 16 años viviendo en la ruta, en cualquier librería de España, en Amazon.com y en Kindle, o descarga las primeras historias en PDF.

Viaja con nosotros cada día en Instagram, Facebook, Twitter y YouTube @viajeros4x4x4

•••••

SUSCRÍBETE Y RECIBE EN TU CORREO LAS ACTUALIZACIONES DE LA VUELTA AL MUNDO EN 10 AÑOS.

¡MÁS DE 15 AÑOS TRABAJANDO DESDE LA RUTA Y VIAJANDO SIN PARAR ALREDEDOR DEL MUNDO EN FURGO 4X4 Y MOCHILA.

El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y seguro que… ¡es capaz de sobrevivir a una bomba atómica! Desde entonces recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano, El Libro de la Independencia, Por el Mal Camino e Historias en Asia y África, uno de los cuales ya fue traducido al inglés, The Book of Independence. Pablo también escribe artículos de viaje y aventura para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna trabaja en la edición de los libros y los articulos y hace collares y pulseras de macramé.

Participaron de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.