316- Los viajeros más optimistas del mundo | PABLO Y ANNA

Los viajeros somos optimistas por naturaleza. Los pesimistas nunca salen de viaje. La posibilidad de que algo salga mal es tan aterradora que prefieren quedarse en territorio conocido. Tigres en Nueva York, sushi demasiado cocinado en Japón, frío en Cuba… Los pesimistas siempre miran el lado negativo de la vida. Para ellos siempre habrá un sitio mejor donde ir, que estará en otro lugar.

Por eso, incluso cuando las cosas salgan mal, hay que encontrar el lado positivo. Cualquiera. Al fin y al cabo, es pura supervivencia, nada más y nada menos.

Que esto, que lo otro, que vamos por aquí, que vamos por allá, que sí, que no, que por qué, que yo no fui, que ese olor viene de afuera, que… En esos momentos complicados, deja aflorar tu optimismo viajero. Imagina qué bonito sería dormir allí arriba, bajo las estrellas.

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y seguro que… ¡es capaz de sobrevivir a una bomba atómica! Desde entonces recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano, El Libro de la Independencia, Por el Mal Camino e Historias en Asia y África, uno de los cuales ya fue traducido al inglés, The Book of Independence. Pablo también escribe artículos de viaje y aventura para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna trabaja en la edición de los libros y los articulos y hace collares y pulseras de macramé.

Participaron de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.




300- Por qué nos quedamos 15 años viviendo en la ruta | PABLO Y ANNA

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Antes de empezar el viaje nunca se nos pasó por la cabeza que podríamos llegar a estar viviendo 15 años en la ruta, en una casa con ruedas de 4 metros cuadrados. ¿Qué ocurrió?

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Pablo y Anna, las aventuras y desventuras de una pareja que vive en una casa con ruedas llamada La Cucaracha, tras más de 15 años viajando alrededor de un planeta surrealista llamado Tierra… Sigue leyendo historietas como ‘Por qué nos quedamos 15 años viviendo en la ruta’ en Pablo y Anna

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y porque ¡creemos que es capaz de sobrevivir a una bomba atómica! Desde entonces ya recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (Anna se los lee 20 veces antes de publicarlos), El Libro de la Independencia, Por el Mal Camino e Historias en Asia y África, y uno en inglés: The Book of Independence y escribe artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlar y conferencias.

Han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España y el Museo de Arte de Puerto Rico.

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295- Por las Rutas del México Narco.

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Por la rutas del México Narco. ©Pablo Rey. Publicado en su versión en inglés en la revista Overland Journal, Gear Guide 2015.

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Hacía tiempo que no nos perdíamos. En realidad, sabíamos dónde estábamos, pero podíamos perdernos. Y nunca más nos volverían a encontrar.

El oficial de migración mexicano había sido tan claro como el agente de aduanas y el vendedor callejero de tacos de tripa. Los tres repitieron la misma frase, el mismo consejo, con la misma expresión severa en el rostro: No conduzcan de noche. Dejábamos Estados Unidos por la frontera de Caléxico/Mexicali y, en lugar de sentirme intranquilo por entrar a un país donde el narcotráfico provoca unos diez mil muertos al año, me entretenía pensando en que los nombres eran el resultado de un bonito juego de palabras. Caléxico venía de California-México y Mexicali de México-California.

¿Debía preocuparme? En realidad, no conduzcan de noche era una frase incompleta. Allí faltaba la aclaración que nos hizo una amiga en el patio de su casa en San Luis Río Colorado, al atardecer, entre tortillas de maíz, carne mechada, cebolla pasada por la sartén, chile jalapeño y mucha cerveza Tecate.

“Por la noche hay controles civiles. Hombres armados que detienen el tráfico en la carretera para pedir la documentación y revisar los vehículos.”

“¿Narcos?” sugerí sin recordar que esa palabra no se pronuncia en el norte de México.

Llevábamos 21 meses viajando por la seguridad del mundo anglo norteamericano y cruzar la frontera era volver a Latinoamérica, un mundo distinto, más imperfecto y espontáneo. Tenía ganas de cambiar el olor a hamburguesa y pollo frito por el olor ligeramente salado de las tripas envueltas en tortillas. Quería pasear por mercados de frutas y verduras que escandalizaran a las autoridades sanitarias al norte del Río Grande, hablar en mi idioma, escuchar unas rancheras y acampar en la playa. Quería volver a lugares donde no todo fuera predecible.

Era fines de 2012 y nuestro objetivo, además de llegar a Yucatán para el improbable fin del mundo tras el Año Nuevo Maya, era descubrir si el desierto de Sonora era tan hermoso como el desierto de Baja California. Sabíamos que en la ruta habría controles militares y policiales que querrían saber qué hacíamos allí y hacia dónde nos dirigíamos. Quizás querrían revisar la furgoneta, ver qué escondíamos en la cacerola, entre los cepillos de dientes y los libros que vamos vendiendo por el camino. Había que aceptarlo con paciencia y dar respuestas cortas, directas y cordiales. El único riesgo de estos controles civiles o militares estaba en los extremos, en el tedio o la tensión. No hay nada más peligroso que encontrarte en medio de la nada con un grupo de militares o narcos aburridos o nerviosos.

Pero al final del segundo día ya habíamos recorrido los primeros 600 kilómetros y, sorprendentemente, no habíamos encontrado un solo control. La policía se había vuelto tan invisible como en Estados Unidos. Los ‘mañosos’, los tipos malos, nos ignoraban. ¿Dónde estaba la guerra que anunciaban los medios de comunicación y que contaminaba nuestro estado de ánimo?

Supongo que por eso, y porque todavía teníamos un par de horas de luz, decidimos cambiar de planes. Tomar un desvío para llegar a Puerto Libertad y buscar una palapa con techo de paja para despertar en la playa era una tentación demasiado apetecible. Solo faltaba preguntar en la gasolinera Pemex si la ruta era segura.

“El camino es de tierra, mejor sigan por el asfalto hasta El Desemboque y luego toman la carretera de la costa. A la gente de los pueblos que están en el camino a Puerto Libertad no les gustan los vehículos extraños. Allí tienen sus sembradíos y dentro de poco será de noche. Mejor vaya a El Desemboque.”

No pregunté más. Ya sabía que lo que allí sembraban no eran tomates ni maíz. Tomamos el camino largo y aceleramos, mientras el sol empieza a bajar.

 

EL RETORNO A LOS MALOS CAMINOS

Si se pudiera desmembrar la tierra como un cuerpo –brazos, piernas, cabeza, pies, cadera– estábamos en el mismo corazón del territorio controlado por una de las bandas de narcotraficantes mejor organizadas del mundo. Y, más allá del comentario ocasional, no lo habíamos notado. La región dominada por el Cártel de Sinaloa parece funcionar con normalidad dentro del conjunto de México. Para nosotros, extranjeros, nada indica que estamos en una región peligrosa, tomada por un poder paralelo. Sin aduana oficial ni migración, con su propio ejército que viste de civil y una justicia que siempre salda sus cuentas.

Podía ser interesante descubrir tras una curva que la ruta había sido cortada por un control civil, un grupo de hombres con muchas armas manifestándose en contra de la curiosidad. Era posible, nos lo habían advertido. También era una buena historia si sobrevivíamos para contarlo. Por eso, a medida que el sol empezó a acercarse peligrosamente al horizonte, pisé el acelerador un poco más, abandonando la rutina de los 90 kilómetros por hora. En realidad pisé el acelerador casi hasta el fondo. Quería llegar a El Desemboque antes que la noche nos encontrara en la ruta y escondiera los detalles.

 

Si se pudiera desmembrar la tierra como un cuerpo –brazos, piernas, cabeza, pies, cadera– estábamos en el mismo corazón del territorio controlado por una de las bandas de narcotraficantes mejor organizadas del mundo.

 

Los 105 kilómetros de asfalto irregular y sin arcén, delgados, comenzaron a estirarse como un chicle usado. La ruta es recta, escuálida y ondulada cuando el cauce de un arroyo seco crea un badén que hace trabajar a los amortiguadores. Solo en ese momento bajo de los 120 kilómetros por hora, 40 más de los permitidos por los carteles de velocidad máxima agujereados a tiros.

A ambos lados de la carretera el paisaje se mantiene imperturbable, seco, áspero. A la izquierda, los montes de piedra roja se levantan sobre un desierto de arbustos espinosos. Es la primera barrera hacia los valles cultivados, una definición bastante imprecisa que puede incluir cualquier cosa capaz de crecer en la tierra –maíz, cáñamo, tomates, nopal, amapola, algunos árboles frutales. Hace tiempo que los narcos se convirtieron en inversores en tierras lejanas, agrestes y escondidas.

Quienes se encargan de las plantaciones son los agricultores más pobres, los olvidados por la economía y la política, hombres y mujeres casi siempre de bajos recursos y menos educación formal que ven cómo una cosecha de amapola o cáñamo da lo mismo que varios años de maíz. Los químicos suelen llegar escondidos en el doble fondo de camionetas con motores de ocho cilindros, mejores que cualquier caballo soñado por Pancho Villa. El producto terminado, paquetes de polvo blanco o fardos verdes prensados, atraviesa el paisaje escondido tras la mercadería de camiones de antecedentes intachables o en avionetas que vuelan al ras de la tierra. Avionetas que apenas se elevan para esquivar los cables telefónicos.

El sol continúa descendiendo mientras acelero, todavía no sabemos dónde vamos a dormir ésta noche. Tomar este camino es una forma de retornar a la ruta más incierta, sobre todo porque no puedo imaginar cómo es El Desemboque, nuestro destino. No vi una foto del pueblo frente al mar, nadie dijo ‘bonito’, ‘feo’, ‘sucio’, ‘vacío’, ‘peligroso’, ‘tranquilo’, nadie le puso un adjetivo. México es un país demasiado grande y El Desemboque es demasiado pequeño como para aparecer en la guía que Anna revisa sobre la marcha.

Movernos por el impulso básico de avanzar, sin saber lo que encontraremos al final del camino, es el viaje más puro. Hay que romper los planes y dejar un espacio libre a la espontaneidad, a la sorpresa. Tirar los dados, que el caos encuentre un orden, y caer de pie, otra vez, como un gato viejo que ya perdió la cuenta de las veces que salvó su vida. No podemos dormir a un lado de la ruta, no debemos tomar cualquier camino de tierra para acampar en lugares sin nombre o con nombres que es mejor no conocer. “Algo encontraremos” susurro convencido en uno de mis mantras preferidos, invocando a la magia de las coincidencias. Sincronicidad, es la palabra que inventamos para darle nombre a esas casualidades que ocurren sin que puedas explicarlas.

Dos luces blancas aparecen en el espejo retrovisor. Son intensas, puras como una aparición religiosa, y avanzan a toda velocidad hacia nosotros. Intento acelerar un poco más, la furgo alcanza los 135 kilómetros por hora y el volante comienza a vibrar. No es el suelo irregular, es el límite antes de que la carrocería comience a desarmarse, a dejar trozos de viaje a lo largo de la carretera. Las luces continúan acercándose. Alguien con más temor, o más prisa, o más motor, nos adelanta dejando una estela plateada. Entonces aparece la sombra de un techo oscuro y triangular, recortado contra el cielo rojo del atardecer. Un cartel verde plantado junto a la ruta anuncia ‘El Desemboque’. El sol acaba de desaparecer, la noche se derrumba y el asfalto es reemplazado por una calle de tierra. Ahora tenemos que encontrar dónde dormir.

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SINCRONICIDAD

Con la oscuridad, El Desemboque se convierte en un pueblo habitado por fantasmas. Las calles de tierra agujereada están iluminadas por las luces de las casas. Los enjambres de sombras se giran al escuchar el ronroneo del motor. Un grupo de hombres bebe frente a la puerta de un almacén con un gran cartel de Tecate. Sus rostros enseñan una mueca extrañada, curiosa o sorprendida.

Frente a la mayoría de las puertas hay botes de unos diez metros de eslora pintados de blanco. La popa está vacía, los motores duermen en casa. La calle toma un desvío hacia la izquierda, luego gira hacia la derecha y sigue junto a la línea de construcciones viejas levantadas frente a la playa. En algún sitio está el lugar donde dormiremos esta noche, donde nadie nos espera.

Casi al final del pueblo, después de un desvío confuso marcado por un penetrante aroma a perro muerto, aparece un patio iluminado frente al mar. Una bombilla amarilla cuelga sobre la cabeza de dos hombres sentados, que comen con las manos algo que sacan de una cacerola. Dejo el motor en marcha y desciendo. Cuando estoy cerca, saludo.

Sus primeras palabras me ofrecen comida, alguno de los cangrejos recién cocinados en la olla. Luego me preguntan si soy de Texas. Cuando les explico que venimos del sur y buscamos un lugar donde dormir me ofrecen una cerveza. Al segundo trago me dicen que aparque en el patio, que podemos dormir allí, y que me siente en su mesa.

¿Qué pasó con el México peligroso que aparece en los medios de comunicación? ¿Dónde estaban los narcos con sus cadáveres colgando de los puentes? ¿Y la guerra permanente entre bandas? Yo no la vi, pero estaba allí. No porque lo digan los periódicos sino porque la misma gente me lo contaba. En verdad, ellos eran quienes finalmente sufrían esta guerra no declarada, los propios mexicanos,

Tras un año recorriendo México de punta a punta, aprendimos que solo hay que tener cuidado con los delincuentes comunes, como en cualquier lugar del mundo. Los narcos no se meten con los extranjeros. Ellos tienen otro negocio, algo más importante y que da mucho más dinero que el turismo.

Esa noche cenamos cangrejos y cervezas con nuestros nuevos amigos. Al día siguiente les acompañaría a recoger las redes repletas de caracoles en el Mar de Cortés y aprendería a pelar lenguado imitando los movimientos precisos de su cuchillo. Daba igual si estábamos en el DF, en Michoacán, Cancún, Monterrey o Sinaloa, en la costa del Océano Pacífico o en la costa del Océano Atlántico, en territorio narco o en un temascal en las montañas. México es grande, y volvía a recibirnos con los brazos abiertos.

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y porque es capaz de sobrevivir a una bomba atómica. Desde aquel momento recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2015 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (El Libro de la IndependenciaPor el Mal Camino e Historias en Asia y África) y uno en inglés (The Book of Independence) y escribe regularmente artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna edita los libros y hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlar y conferencias.

Han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

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293- Peleas de pareja en la ruta | PABLO Y ANNA

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¿Dónde terminarás durmiendo si te peleas con tu compañ[email protected] de ruta durante un largo viaje en furgo?

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y porque ¡creemos que es capaz de sobrevivir a una bomba atómica! Desde entonces ya recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (Anna se los lee 20 veces antes de publicarlos), El Libro de la Independencia, Por el Mal Camino e Historias en Asia y África, y uno en inglés: The Book of Independence y escribe artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlar y conferencias.

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291- Equipo esencial para dar la vuelta al mundo | VIAJEROS4X4X4

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Hace unos meses recibí el encargo de la revista Overland Journal de escribir acerca los 6 elementos más importantes de nuestra vuelta al mundo. Debían ser seis y solo seis. Ellos lo miraban desde el punto de vista de los objetos, yo fui un poco más allá.

LA COMPAÑERA / EL COMPAÑERO

Encontrar el compañero o la compañera ideal para acompañarte hasta el fin del mundo es alcanzar tu propio Shangri-La. Puedes viajar solo, y disfrutarlo, pero siempre es mejor compartir la emoción y las sorpresas de la ruta en el momento en que ocurren, cuando se convierten casi en una alucinación. No es una historia que pasó hace un tiempo, es ahora, ya. Y si eres un hombre y te acompaña una mujer que no teme ensuciarse las manos con aceite, que te defiende en una pelea y es capaz de reparar un neumático pinchado, sabes que has encontrado a la compañera de viaje ideal. Porque no solo es tu chica, sino que también es tu amigo.

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LA CUCARACHA

Durante un largo viaje es normal que tu vehículo llegue a asumir la personalidad de un miembro del equipo. Le escuchas, le hablas, le das golpecitos afectuosos en la puerta trasera y lo atiendes cuando se enferma. Le pones algún sobrenombre ligeramente ofensivo que pronunciarás con cariño y te ensucias las manos rascándole los bajos. Después de casi 15 años viviendo aventuras juntos por algunos de los peores caminos del mundo y compartiendo algunos de los combustibles más infames, nuestra Mitsubishi L300/Delica 4X4 de 1991, a.k.a. La Cucaracha, The Cockroach, merece nuestra lealtad eterna y una jubilación tranquila. Por más que sueñe con descansar frente a una playa lejana me la imagino pasando su vejez en el centro de un bar español, como un abuelo que no se cansa de contar historias de viaje a todos los que sueñan con partir.

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TABLETA SAMSUNG GALAXY

(Nota: el tiempo pasa factura y la Samsung Galaxy quedó casi como solo un lector de libros. Ya tengo conmigo la Huawei Mediapad X2 y es un cañón)

Las tabletas son el nuevo cuchillo suizo del viajero. Con un solo aparato de 7”, tan pequeño como medio libro de papel, puedes acceder a internet, escuchar toneladas de música, viajar con auténticas bibliotecas, ver películas, sacar fotografías, buscar tu ubicación con el GPS a través de mapas offline, planificar las rutas que vas a seguir, escribir notas e historias, escanear apuntes, encontrar la gasolina más barata, jugar al Pacman o al Minecraft, ver conferencias TED, seguir tutoriales para aprender a tocar la armónica, para distinguir árboles, estrellas o para hacer nudos como un buen marinero de tierra firme. Es impresionante. Preferimos las tabletas Samsung Galaxy porque les puedes añadir la memoria que quieras a través de su ranura para tarjetas MicroSD. (www.samsung.com). Últimamente me llamó mucho la atención la Huawei Mediapad X2.

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ESPAR HYDRONIC D5 SC

A nuestra casa con ruedas no le gusta el frío ni la altura. Por eso, y porque no nos resignamos a viajar solo por lugares tranquilos y soleados, hace un año y medio le instalé un motor Espar Hydronic D5 SC, utilizado por los camioneros para precalentar el motor en lugares helados y evitar un desgaste prematuro. También nos sirve para tener una ducha de agua caliente de vez en cuando (oooh, yessss) y para calentar el interior de la furgo en invierno. A pesar de su coste, se pagó a sí mismo a fines de 2013, cuando el vórtice de aire helado del Ártico nos alcanzó en Louisiana dejando una capa de hielo alrededor de la furgoneta. Diez minutos de Espar y el motor arrancó como si estuviéramos en Yucatán (www.eberspachen.ca).

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PENTAFLON CERÁMICA

Durante los primeros seis años de vuelta al mundo tuvimos cuatro averías graves de motor en lugares donde todo debería salir bien: el desierto del Sahara en Sudán, a 800 kilómetros de un mecánico fiable en Kenia, a 4.600 metros de altura en el Altiplano Boliviano y en un rincón perdido de los Andes Chilenos. A principios de 2006 cambiamos el motor por otro de segunda mano y comenzamos a añadir una dosis de Pentaflon Cerámica cada 20.000 kilómetros. No sé si es magia o buena suerte, pero este aditivo con base de teflón fabricado en España nos ha protegido el motor durante los últimos 200.000 kilómetros de malos caminos. Y desde entonces no hemos tenido casi ni una fuga de aceite. Y eso, para un viajero, es el paraíso. (www.aincor.es). En este momento estamos probando otros aditivos de la la empresa Technum. Aseguan que son todavía mejores. Ya les contaré.

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BOLSA DE AGUA DEL EJÉRCITO SUIZO

Suiza debe tener uno de los ejércitos mejor equipados del mundo. Como nunca van a la guerra gastan su dinero en probar y desarrollar objetos que se pueden adaptar a las necesidades del viajero. Sus bolsas de agua de 20 litros de auténtico caucho pueden durar años, no requieren instalación y, una vez vacías, no ocupan espacio. Fue nuestra reserva extra de agua cada vez que decidimos perdernos durante los dos años que pasamos recorriendo África y, ahora que las hemos vuelto a encontrar en Mudrak (California), nos vuelven a acompañar cada vez que nos internamos en algún desierto sin saber por dónde saldremos. (en Estados Unidos: www.mudrak.com)

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