334- Cómo extender la visa de ESTADOS UNIDOS sin salir del país | GUÍAS

El viajero frente al Delicate Arch en Arches National Park. Viajeros4x4x4

Estados Unidos es un país muy grande. Enorme. Entre Nueva York y Los Ángeles hay 4520 kilómetros. De Miami a Anchorage, en Alaska, hay nada más y nada menos que 7979 kilómetros. Una burrada. Y eso sin contar las islas ni la enorme cantidad de lugares espectaculares que hay en el camino y en los que debemos parar. ¿Es posible recorrer Estados Unidos en un solo viaje? No, sin duda. Entonces, ¿cómo hacer para quedarnos más tiempo? ¿Cómo extender la visa de Estados Unidos, y conocer un poquito más si solo tengo una oportunidad de viajar allí?

Con el formulario I-539 y un poquito de astucia es posible. Pero empecemos por el principio, con los Documentos que necesitas para viajar a Estados Unidos. Todas las personas que viajan por turismo a Estados Unidos obtienen un visado B-2 al cruzar la frontera por tierra, mar o aire. Los que viajan por negocios consiguen el B-1.

1- Ciudadanos de países que no necesitan visado previo. Aquí entran la mayor parte de los países europeos, Australia, Brunei, Corea del Sur, Japón, Nueva Zelanda, Singapur, Chile y Taiwan. Deben rellenar el formulario ESTA por Internet un par de semanas antes de viajar a Estados Unidos. Una vez en la frontera, y suponiendo que todo está en regla, te darán un visado de 3 meses. Casi siempre. (Pueden darte el visado por menos tiempo, pero eso es a consideración del oficial de frontera, quien tiene la última palabra sobre si puedes o no entrar al país).

Historia: “en una ocasión entrábamos por barco desde la Isla de Vancouver a la Olympic Peninsula, frente a Seattle, y Anna acababa de renovar el pasaporte. Curiosamente en España, cada vez que renuevas tu pasaporte, te dan un número nuevo, que por supuesto no aparece en los registros de Estados Unidos. El oficial fue muy amable -imagino que la inminente partida del ferry habrá tenido que ver- y ayudó a Anna a completar un nuevo ESTA allí mismo, en la oficina de migración de Estados Unidos en territorio canadiense”.

En el caso de que pertenezcas a este grupo y quieras tener una visa que te permita quedarte en el país por hasta seis meses, deberás solicitar una entrevista personal en el consulado de Estados Unidos de tu país antes de viajar. Busca en la página de internet de la embajada de Estados Unidos en tu país y allí aparecerán el coste (se paga por adelantado con tarjeta de crédito) y los documentos mínimos que necesitas llevar. Allí deberás enseñar documentación que demuestre tu arraigo en tu país. Vamos, datos que demuestren que sólo quieres vivir un gran viaje por su tierra y no te interesa ponerte como una vaca comiendo carne llena de hormonas por el resto de tu vida. Presentar algún título de propiedad, un resumen de cuenta bancaria con unos cuantos ceros, alguna inversión o proyecto en tu país, blogs de viaje y familiares directos que se quedan en casa como rehenes (pareja o hijos), son muy recomendables.

2- Ciudadanos de países que necesitan visado. A los habitantes del resto de países del mundo no les queda más remedio que solicitar una entrevista personal en el consulado de Estados Unidos de su país de origen, pagar por la entrevista y llevar todos los documentos necesarios que demuestren tu arraigo en tu país. Igual que en el párrafo anterior, lleva títulos de propiedad, cuenta bancaria, trabajo fijo, inversiones, proyectos, blogs de viaje, familiares directos que se quedan como pareja o hijos… todo sirve para que no sospechen que quieras quedarte a vivir en su país.

Tip: Si quieres viajar y te falta algo de bulto en la cuenta bancaria, no temas ser [email protected] con la gente que te quiere y pedirles prestado para conseguir un nuevo resumen de cuenta con algún número extra. Antes de irte se lo devuelves. Todos los detalles ayudan.

Ruta Denali, en Alaska - Viajeros4x4x4
Ruta Denali, en Alaska –

Bien, ya estamos dentro de Estados Unidos y queremos extender la visa. ¿Cómo hago?

Llevamos unos meses viajando por Estados Unidos. Los días pasan volando y de repente nos encontramos con que nuestro visado está a punto de caducar. Una de las Cuatro situaciones que pueden convertir tu viaje a Estados Unidos en una pesadilla sería quedarte dentro del país con el visado caducado. Y más aún ahora, teniendo en cuenta la política migratoria del nuevo gobierno de Estados Unidos.

La primera opción es salir a México o Canadá y volver a entrar a Estados Unidos al día siguiente. Suele funcionar, a no ser que el oficial de migración te pregunte si volviste a tu país desde tu última salida de Estados Unidos, ayer o anteayer. Es un requisito que pueden hacer valer. En ese caso una respuesta válida puede ser que vas a volar tal día desde el aeropuerto de X (pon aquí el nombre de la ciudad que prefieras). Si viajas en vehículo, éste se quedará en casa de unos amigos en XX (pon aquí el nombre de la ciudad donde viven tus amigos, reales o imaginarios).

Volver a entrar después de un visado de 3 meses no debería ser un problema si te toca un oficial de migración humano, que entiende que tu interés siempre es conocer su país. Una tercera renovación ya es más difícil. ¡No olvides los Doce consejos para cruzar la frontera con Estados Unidos y Canadá.!

Como extranjero se supone que puedes pasar un máximo de seis meses por año calendario en Estados Unidos. Como ya comenté, eso depende del oficial de migración que te atienda y de cómo juegues con las fechas. Si esa persona ha pasado una mala noche, se ha peleado con su pareja, hace tiempo que no va al baño ni tiene sexo, su equipo favorito ha perdido o tiene un especial sentido del deber, prepárate. Esa persona querrá hacerte cumplir cada coma y párrafo de la ley. Sólo lo podrás convencer con confianza y el beneficio de la duda.

Tip: siempre que estamos entrando en Estados Unidos o Canadá, intentamos evitar a los oficiales de migración latinos o asiáticos. Son los más exigentes y suelen indagar bastante más en tus intenciones de viaje que los oficiales blancos. 

Ten en cuenta que tu visa no deja de correr si sales de Estados Unidos por tierra. O sea, si viajas hacia Alaska, tu visado de Estados Unidos sigue vigente y comiéndose los días si sales a Canadá, o México antes de su vencimiento! Recuerda: correr en Alaska es una pena.

Horseshoe Bend, Arizona - Viajeros4x4x4
Horseshoe Bend, Arizona

Entonces, ¿cómo extender la visa de Estados Unidos?

Si pasaste el filtro de la entrevista personal en el consulado de Estados Unidos, y te han dado el visado con el que puedes permanecer 6 meses sin la obligación de salir del país, hay una manera de quedarte más tiempo de forma legal.

¡Bienvenido emprendedor o emprendedora, al país de los negocios!

Se trata del formulario I-539, que sirve para cambiar o extender tu estatus oficial como no inmigrante.

La mejor manera de presentar este trámite es con un proyecto económico que requiere tu presencia durante un plazo de tiempo mayor que el que te dieron al entrar a Estados Unidos. Un posible negocio de importación de algún producto típico de tu país siempre suena lógico.

Para darle validez necesitarás dar información veraz y comprobable de los motivos que hacen necesaria la extensión del visado. (Que solo quieres viajar, ya lo sé, pero las cosas son como son). Te sirven el contacto de tu amigo fabricante en tu país de origen que quiere exportar a Estados Unidos, cartas de intención nombrándote como representante, muestras de producto, resúmenes de cuenta donde puedan constatar que tienes el dinero para mantenerte en el país y todos aquellos detalles que puedan ayudar a tu historia.

Puedes encontrar más información oficial (en inglés) en la página principal del formulario I-539. También hay aquí algunas instrucciones extras que te pueden servir. En este otro enlace te dicen qué documentación aportar y cuánto cuesta el trámite, y aquí, dónde debes enviar la información. No olvides que recomiendan iniciar la solicitud por lo menos 45 días antes de que expire tu visado.

En principio se puede hacer todo el trámite por internet, pero a veces es mejor imprimir todos los papeles, preparar una linda carpeta, incorporar las muestras, y utilizar el viejo correo, el U.S. Postal Service. Esta es la dirección donde debes enviar todo:

USCIS
P.O. Box 660166
Dallas, TX 75266

Aguas termales en Yellowstone National Park - Viajeros4x4x4
Aguas termales en Yellowstone National Park

CÓMO EXTENDER LA VISA DE ESTADOS UNIDOS. RESUMEN DE LOS PASOS A SEGUIR

En conclusión, lo que se tiene que mandar a USCIS para hacer una solicitud de extensión o cambio de estatus migratorio es:

1- Formulario I-539, con la información adicional necesaria para apoyar tu historia.

2- Formulario I-94, copia del papelito que te ponen en el pasaporte cuando entras a Estados Unidos. También lo puedes descargar de internet, junto con tu historial de entradas y salidas del país

3- Fotocopia de tu pasaporte.

4- Cheque con el importe a pagar, en el caso que conozco fueron 290 dólares por persona, pero puede variar. El cheque se puede hacer en el mismo U.S. Postal Service desde donde enviarás la información por correo.

A partir del momento en que lo envías (y guardas todos los comprobantes) puedes permanecer legalmente en Estados Unidos hasta recibir una respuesta, que suele ocurrir tres meses más tarde. A partir de ese momento tienes un mes para dejar el país. Total: 2 meses y medio extras en Estados Unidos, como mínimo. Siempre lleva los documentos adecuados que comprueben tu situación migratoria. Que no está el horno para bollos.

Finalmente, utiliza esta información para hacer lo correcto. Las autoridades son muy puntillosas con las formas así que disfruta, pórtate bien y disfruta el viaje, que vale la pena perderse por los bosques de Idaho, la carretera 395 de California, el planeta de arcos y cañones de Utah, las tierras del BLM (Bureau of Land Management) y su espectacular colección de Parques Nacionales.

Aprovecha hasta el último día, piérdete por ahí, disfruta, y que la ruta te acompañe!

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. Desde entonces recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2016 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias a través de la web VIAJEROS4X4X4.COM. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (El Libro de la Independencia, Por el Mal Camino e Historias en Asia y África) y uno en inglés (The Book of Independence) y escribe artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna edita los libros y hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlas y conferencias.

Han servido de inspiración para un comic de viajes creado en Boston y llamado Pablo and Anna y acaban de reformar un Airstream (su primer vehículo para no viajar), con unos amigos en Baja California, México. También han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona (Estados Unidos) y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

¿Cuándo terminará el viaje? El viaje no termina. El viaje es la vida.

La Cucaracha, Mitsubishi Delica 1991 con matrícula de España, volando en el puerto de Colón, Panamá
La Cucaracha, Mitsubishi Delica 1991 con matrícula de España, volando en el puerto de Colón, Panamá



319- El MYANMAR que nadie visita: la frontera de Tachileik

El oficial de inmigración de la frontera entre Mae Sai y Tachileik abrió mi pasaporte en un gesto rutinario. Ya sabía lo que iba a encontrar: otro extranjero que usaba ese paso para renovar su visado tailandés. Era un cruce práctico, de cinco minutos, pim-pam, y para ellos era un negocio redondo. Estampaban un sello y pase por caja: 500 baht o 20 dólares, que no es lo mismo, o la cifra que fuera, una cantidad que podía cambiar según el estado del tiempo, el humor y las necesidades.

En medio del puente que separaba Tailandia de Myanmar, un viajero con pinta de vividor del Sudeste Asiático, sandalias gastadas, pantalones gastados, camisa del color de la tierra, collares y un par de rastas que sobresalían de su cabeza calva, pedía ayuda en varios idiomas: no le aceptaban el billete de 20 dólares.

‘Estos malditos idiotas dicen que el billete está viejo, que está muy usado, pero mira, está bueno, no está roto, ni rayado!’

En ese momento no entendí el problema. Honestamente, pensé que quizás el billete sería falso, como aquellos famosos dólares colombianos que nos habían endosado en Ecuador. Nosotros estábamos llegando a Tachileik en el este de Myanmar, la región abierta a los extranjeros menos visitada del país, con la intención de intentar unir por tierra las ciudades de Kentung con Taungyyi. Era una ruta prohibida: cruzaba la vertiente sur de las enormes plantaciones de opio que estaban en manos de guerrilleros, o del ejército, o de bandidos. Nadie tenía una respuesta definitiva.

En la oficina, el oficial de inmigración abrió mi pasaporte y se sorprendió. ‘¡Visa! ¡Visa!’ dijo a sus compañeros levantando la voz y señalando un asiento frente a un escritorio. Allí había un ordenador, montones de papeles, un par de sellos y una cámara de sobremesa, colocada a la altura de mi ombligo. La foto para el registro de extranjeros en Myanmar quedaría con un gesto forzado, como el de una jirafa que tiene que abrirse de piernas y estirar el cuello hacia abajo para beber agua.

Estábamos con nuestras mochilas de 5 kilos en uno de aquellos rincones olvidados de un país que lentamente se abría al turismo. Myanmar había permanecido aislado por muchos años debido al boicot a un gobierno militar sanguinario, y por el mismo boicot de los militares hacia el mundo, que daban los visados con cuentagotas. La presión internacional y el cansancio de vivir en un país sin futuro, habían abierto las puertas a los primeros cambios, con elecciones casi libres. Parecía que los militares estaban dispuestos a entregar el gobierno, pero no el poder.

Los perros nos echaron del templo en construcción, con andamios levantados con troncos de árbol
Los perros nos echaron del templo en construcción, con andamios levantados con largas cañas de bambú.

Apenas recorrimos los primeros diez metros de Myanmar cuando una catarata de motociclistas y guías turísticos amateurs se acercaron para llevarnos donde fuera. Recién entrábamos, no teníamos muchos planes, solo queríamos comprobar la capacidad de transformación de un país que estaba abriéndose. ¿Podríamos comprar una moto? Que supiéramos, ningún extranjero lo había hecho. ¿Podríamos viajar libremente por el este del país? Parecía que sí. ¿Podríamos evitar los controles de carretera? En los consulados de Bangkok y Chiang Mai nos habían asegurado que se podía circular libremente entre el este y el oeste.

Soltamos nuestro primer hola en birmano, mingalabah, y esquivamos a los mototaxis con una sonrisa haciendo gestos negativos con la mano. Lo curioso era que no insistían. No nos acompañaban por la calle señalando puntos en un mapa. Quizás se debía a nuestra falsa seguridad, a eso que aprendimos en la ruta, de dar la impresión de que sabes lo que haces, o hacia dónde vas, aunque no tengas ni puta idea. Quizás era simplemente porque no hablaban una sola palabra de inglés.

Los rostros lo decían todo. Sorpresa, duda, estupor. La sonrisa funcionaba mejor que nunca como idioma y los leves movimientos de cabeza precedían a un saludo más espontáneo, más real. Era una sensación extraña, y al mismo tiempo única. En Tachileik estábamos volviendo a aquellos lugares en donde los extranjeros son una rareza.

El Barça estaba en todos lados.
El Barça estaba en todos lados.

Tailandia había sido una especie de paraíso turístico donde todo era alcanzable, aunque a veces no te trataran bien o no te entendieran. Esto era otro mundo. No había más que iniciar el saludo, con un deje de duda en la entonación. Volvías a intentarlo, y a la segunda o tercera vez, entendían que intentabas decir hola, nada más, y entonces ocurría el milagro. El campesino, el mecánico, el cocinero del puesto de la calle, se convertían en maestros de idiomas. Una sonrisa les estallaba en el rostro ante tus errores obvios de extranjero que intentaba comunicarse en un idioma nuevo. Era una sonrisa de orgullo, una sonrisa heroica, de superviviente.

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IMPRESCINDIBLE: 5 COSAS QUE DEBES SABER ANTES DE VIAJAR A MYANMAR

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La caminata por Tachileik casi no tenía sentido. Íbamos en dirección contraria y lo sabíamos aunque realmente no nos importaba mucho. Las mochilas, de cinco kilos cada una, no eran una molestia. Necesitábamos absorber los gestos, el aire, los olores de un nuevo país del que apenas teníamos información. Aquella era una zona lejana, donde ningún blogger había intentado viajar. Lonely Planet solo le había dedicado unas páginas vagas, con menciones a tours.

Las calles estaban rodeadas de casas y edificios que llevaban décadas sin pintarse. Sobre el asfalto, hombres vestidos con pantalones y hombres vestidos con longyii, una especie de falda que llega hasta los pies, se cruzaban con mujeres de rostro despejado y mujeres que llevaban las mejillas teñidas de amarillo. Era la tanaka, una pasta que utilizan para protegerse del sol. Entramos a un hostal oscuro y vacío, sin cuadros ni mapas en las paredes. Damos un par de palmadas y un hombre sale a nuestro encuentro. Solo dice 500 baht, el precio de la habitación, el doble de lo que pagábamos en Tailandia. Estamos en Myanmar pero la moneda de uso corriente sigue siendo el baht tailandés. Seguimos adelante.

Por las callejas de Tachileik se abrían los mercados del barrio
Por las callejas de Tachileik se abrían los mercados del barrio

En la otra acera hay un taller de motos. Sería ideal comprar un scotter para viajar por todo Myanmar, pero todavía no sabemos cuánto ha cambiado el país. ¿Podemos conducir nuestra propia moto local, por Myanmar? En el taller hay cuatro jóvenes que parecen de etnias completamente distintas: uno es de piel oscura, barba y nariz aguileña, otro es delgado y blanco como el papel pero de rasgos asiáticos, otro es de rostro ancho y lleva una camiseta con el escudo del Barça y un tercero es de piel trigueña. Parece que las dudas iniciales, la timidez, dejan paso a una sensación de curiosidad. Nos ofrecen una moto sin matrícula ni papeles por 6000 baht, 220 dólares. Una moto con papeles cuesta 29.000 baht.

Afuera hay un grupo de policías que parece que tienen el día libre. La ciudad está tranquila, se acabó la época de los disparos y las batallas en la calle. Mingalabah. A la gente de Myanmar les encanta nuestros intentos por balbucear unas palabras de birmano, acompañadas siempre por una sonrisa permanente que dice ‘oye, lo siento, no hablo tu idioma pero lo voy a intentar’. A los cinco minutos los policías llaman por teléfono a una agencia de viajes y poco después aparece un hombre en un coche que, sin querer vendernos nada, nos cuenta que algunas rutas siguen cerradas a los extranjeros, que se necesitan permisos, que las normas del país impiden que podamos tener nuestra propia moto… Nos sugiere tomar un bus hasta la estación de autobuses, que está a uno o dos kilómetros.

Los abuelos parecen ser los únicos que hablan inglés en el este de Myanmar
Los abuelos parecen ser los únicos que hablan inglés en el este de Myanmar

Pero antes de seguir adelante necesitamos cambiar dinero. Algo habíamos escuchado de la manía nacional porque los billetes en moneda extranjera parezcan recién salidos de la imprenta. Pero nunca imaginamos que… serían tan puñeteros. Los primeros billetes de cien dólares que llevamos a la oficina bancaria están impecables, pero no los aceptan porque están doblados a lo largo, a la medida de un cinturón de seguridad. Empiezo a comprender al extranjero que los puteaba sin entender por qué no le aceptaban sus veinte dólares en la frontera. Tras un pequeño tira y afloja y muchas sonrisas, aceptan el tercer billete.

Hacía mucho tiempo que no me sentía tan observado. Los rostros se levantaban para observarnos, muy pocos eran indiferentes. Y eso era una buena señal. Si yo levantaba la mano para saludar a quien nos miraba, el otro sonreía con candidez y devolvía el saludo. Lo había atrapado. No había vergüenza en mirar, porque era una mirada clara, de sorpresa. Nítida. Sin segundas intenciones.

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ESTA HISTORIA CONTINÚA EN

VIAJAR AL PASADO EN KENGTUNG, MYANMAR

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La estación de autobuses hacia Kentung estaba a siete, ocho kilómetros. Es un gran descampado, o un patio interior abierto, con dos autobuses que hoy no salen y una furgoneta cargada de gente apretujada. Pero los autobuses también salen de la calle, en realidad todo el la estación. Allí nos ofrecen un taxi por 70 dólares. Los autobuses valen muchísimo menos, pero no salen hasta el día siguiente. ¿La tarifa? 10.000 kyat por persona, nueve dólares, varias veces más de lo que cuesta el pasaje para los locales. Es el precio estándar mínimo impuesto por el gobierno militar para los extranjeros.

A la mañana siguiente, partimos hacia Chentung
A la mañana siguiente, partimos hacia Chentung

Después de tantos años viajando por países donde podíamos hablar con la gente en uno u otro idioma, llegamos adonde nos habíamos propuesto. A esos lugares donde nadie te entiende, donde la cultura es tan diferente que los gestos pueden significar otra cosa, donde viajar se convierte en un desafío. El este de Myanmar, vacío de extranjeros, donde solo los abuelos hablan algo de inglés, era el lugar perfecto para empezar una nueva aventura.

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El 20 de junio del año 2000 partimos de Barcelona para dar la vuelta al mundo en 4 años en una furgoneta 4×4 que con el tiempo terminamos bautizando como La Cucaracha. ¿Por qué? Porque se mete por todos lados y porque es capaz de sobrevivir a una bomba atómica. Desde aquel momento recorrimos el sur de Europa, Oriente Próximo, África de norte a sur y América desde Ushuaia hasta el Océano Ártico, en el norte de Alaska y Canadá. En el año 2008 compramos una balsa de madera para descender un río del Amazonas del Perú y en 2015 compramos una moto en Vietnam para recorrer el Sudeste Asiático.

Desde el año 2007 compartimos datos e historias en el blog (o la web) de La Vuelta al Mundo en 10 Años, en www.viajeros4x4x4.com. Pablo ya tiene escritos 3 libros en castellano (El Libro de la Independencia, Por el Mal Camino e Historias en Asia y África) y uno en inglés (The Book of Independence) y escribe regularmente artículos para revistas como Overland Journal y OutdoorX4. Anna edita los libros y hace collares y pulseras de macramé que venden en las ferias de 4×4 a las que asisten para dar charlar y conferencias.

Han participado de la Feria del Libro de Guadalajara (México), de la Feria del Libro de Guayaquil (Ecuador), de Sant Jordi en Barcelona, de la Overland Expo de Arizona y han dado charlas y conferencias en muchísimos lugares, entre los que se encuentran el Club de Creativos de España, la Universidad Carlos III de Madrid y el Museo de Arte de Puerto Rico.

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313- Cinco cosas que debes saber antes de viajar a MYANMAR

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Tras décadas de gobiernos militares y represión política Myanmar comienza a abrirse al mundo. Todavía hay muchas zonas del país a las que solo se puede acceder a través de un guía caro y un permiso especial del gobierno, queda mucho por hacer, pero por lo menos empieza a haber esperanza. Y eso se nota en la sonrisa espontánea de la gente cuando te los cruzas en la calle. En ningún otro país del Sudeste Asiático te dirán tantas veces ‘hello’ en un día, con una expresión de tanta felicidad.

Por estos motivos, y en muchos sentidos, Myanmar es todavía un país muy virgen. Por eso vale la pena ir ahora. Eso sí, es bueno que tengas en cuenta ciertos detalles antes de viajar, para que la realidad no te impida disfrutar la oportunidad de conocer un país donde los hombres van con falda (longyii), las mujeres se embadurnan la cara con una pasta amarilla completamente natural para protegerse del sol (tanaka), no hay Zara ni McDonalds y los hombres se juntan al atardecer para jugar al chinlo: una variedad de fútbol basada en acrobacias y toques evitando que el balón (de caña) toque el suelo.

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Así sonríen los niños de Myanmar.

Y antes de contarte las cinco cosas que debes saber antes de viajar a Myanmar, te damos otras dos buenas noticias:

  • Cuando vayas a un hostal no tendrás que limpiar el baño; siguen sin ser los mejores del mundo pero poco a poco van mejorando.
  • Prepara la cámara para los atardeceres con el sol más rojo que habrás visto en tu vida; la contaminación atmosférica puede tener su encanto.

 

  • La importancia de tener dólares nuevos y bien planchados. Es absurdo, un dólar es un dólar, pero no podrás cambiar billetes que estén mínimamente marcados. Eso significa que ningún banco, casa de cambio u hostal te aceptará billetes que estén doblados al medio, que tengan un leve desgaste, una mancha o una rotura de un milímetro en uno de sus cantos. Más de una vez intenté razonar con empleados que apenas hablaban inglés. Sin éxito, por supuesto. Incluso les devolví billetes de la moneda local, kyat, porque estaban gastados y quería billetes nuevos, a ver si eso funcionaba. Tampoco. Para ellos su moneda no vale nada y un dólar o un euro es un objeto tan preciado, que solo aceptan billetes nuevos. Raro. Algún día cambiarán.
  • La gente local se marea en los buses y los aviones. ¿Quién no se mareó alguna vez viajando? Sin duda, es algo lógico y normal. El problema es que en Myanmar se marean muchos al mismo tiempo. La gente de los pueblos no está acostumbrada a los vaivenes de los autobuses frenéticos, ni al movimiento de los aviones, por lo que en un momento determinado empiezan a vomitar. Y el vómito debe ser contagioso, porque de repente te ves rodeado de gente que vomita unos asientos adelante, a tu lado, otros más atrás… Si a estos le sumas la epidemia nacional de tos, carrasperas, escupitajos y salivazos rojos de hombres que se pasan el día entero mascando betel, el resultado lógico es que te sumes al coro de los Sonidos de Myanmar con tu propia tos. ¿Para qué creías que era la bolsita negra que hay cada asiento? ¿Para la basura? No, ¡la basura se va directamente por la ventana!
  • Myanmar es un desastre ecológico. ¿No será mucho? Todo depende de la cantidad de basura que estés dispuesto a soportar. La conciencia ecológica en Myanmar es inexistente, las zonas habitadas están llenas de basura, la gente vacía cestas y tira bolsas enteras en los ríos como si fuera el servicio de recogida local (y luego se baña, y juega, y lava los platos o la ropa, y algunos beben de allí) y lo que no se tira al río se quema en cualquier esquina, o terreno. De los 18 días que estuvimos en Myanmar, solo recuerdo una noche de cielo estrellado y un día de cielo azul celeste. El resto de los días tuvimos cielo gris. No estaba nublado, solo estábamos rodeados de una bruma permanente que a veces olía a quemado y provocaba unos atardeceres espectaculares, con el sol desapareciendo media hora antes de llegar a la línea del horizonte. Nosotros estuvimos en febrero/marzo, suponemos que en la época de lluvias los cielos estarán más limpios y los ríos ya se habrán llevado toda la basura.
  • Myanmar también es un desastre sanitario. Yo me enorgullezco de comer de todo, en lugares callejeros donde gente más sabia decide pasar de largo. He probado cucarachas, gusanos y jumiles vivos, carne de elefante y de serpiente. Nunca me enfermo en la ruta, pero en Myanmar me enfermé dos veces en diez días. La primera vez fueron fiebres y escalofríos que me agarraron solo de noche, dos días seguidos. La segunda vez fue una intoxicación estomacal, con vómitos de película gore que podrían haber ganado un Oscar a los efectos especiales. Solo que los vómitos fueron absolutamente naturales y me dejaron postrado durante varios días. ¿Cómo es posible? Myanmar ha vivido aislado durante décadas, y las mejoras sanitarias que encuentras en cualquier mercado popular del mundo no llegaron aquí. La gente manosea la comida constantemente, la acaricia con billetes buscando la buena suerte, las ollas permanecen abiertas (a 35º C) esperando la colaboración bacteriológica de cualquiera que tosa por allí, y no tienen suficiente agua corriente como para lavar los utensilios de cocina. Las aguas grises van directamente a la calle, y las aguas fecales, bueno, decidimos no investigar. Además, me encanta la carne, pero en Myanmar me volví vegetariano. Una más, puede que la pajita o el sorbete que te pongan en el vaso de jugo de caña tenga las puntas mordidas. Me pasó.
  • En Myanmar no tendrás libertad de movimientos. Sí, puedes viajar por buena parte del país, pero hay unas cuantas regiones que estarán fuera de tu alcance. Por ejemplo, la ruta que une Kengtung con Taungyyi sigue cerrada a los extranjeros. Según el gobierno y los policías que nos impidieron pasar sigue siendo peligroso y probablemente sea cierto: es una zona tradicional de cultivo de opio, que ha estado fuera del control del gobierno de Myanmar durante décadas. Las rutas que van al norte, desde Myitkyina hacia las estribaciones del Himalaya en Putao, también están cerradas: el motivo más probable es mantener a los extranjeros alejados de las minas de jade. Aparentemente los caminos que llevan a Bangladesh deberían estar cerrados, aunque escuchamos de gente que se lanzó a pasar por tierra y lo consiguió.

 

Entonces, ¿por qué me recomiendas viajar a Myanmar?

  • Porque si llegas de Tailandia vas a agradecer que te traten con amabilidad en los hostales .
  • Porque es muy fácil hacer autoestop y entablar contacto (basado en sonrisas y palabras cortadas) con la gente.
  • Porque Bagan puede ser mágico, y Mandalay y Rangún son ciudades ancladas en el tiempo.
  • Porque estarás apoyando a la gente de un país que está intentando dejar atrás décadas de gobiernos represores para experimentar con una cierta democracia.
  • Porque te sentirás como si estuvieras explorando un país muy poco contaminado por el turismo, y muchas veces tendrás que demostrar tus habilidades para hacerte entender en un idioma que no es inglés, ni es birmano. Es el idioma de la buena voluntad del ser humano, el de la sonrisa y la paciencia. Es el idioma del viajero.

 

Enlaces recomendados:

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253- Félix. Cuando los vendedores invisibles se hacen visibles.

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(Viene de Los vendedores invisibles del Río Grande)

‘¡Hello! ¡Hello Mister!’, escuché que me saludaban a los gritos. Y sí, era a mí, aparte de Anna no había nadie más caminando hacia la entrada del Cañón de Boquillas. Y Anna no era un míster, eso lo tenía claro.

También sabía que el hombre que saludaba a los gritos no hablaba inglés. O hablaba muy poco inglés. Y me hablaba en inglés porque yo era blanco, y los blancos a este lado del río, el lado de Estados Unidos, hablan inglés. Un prejuicio amable que detesto.

‘¡Hello Mister!’ repitió en voz alta.

Su rostro moreno me observaba desde atrás de unas gafas de sol grandes, capaz de proteger los ojos, los párpados, las ojeras y las arrugas que crecen a los lados de la cara. No había una huella clara sobre la arena y las piedras, el sendero era este y aquel. Podría haber cambiado de rumbo, ignorarlo definitivamente, dirigirme hacia uno de los caballos jóvenes que pastaban sueltos veinte metros más arriba. Pero no lo hice.

‘¿Cómo Hello Mister? Si me hablas en inglés no te voy a entender nada’ le respondí en castellano, mientras continué avanzando río abajo.

‘I have stones’ continuó, sordo.

‘Pues vamos mal. Primero porque no hablo inglés. Y si me hablás en inglés no te voy a entender’ mentí.

Me siento tremendamente orgulloso de mi castellano, que mezcla palabras argentinas, españolas, catalanas, chilenas, peruanas, venezolanas, colombianas y mexicanas. Y, por más que mi inglés sea bastante bueno después de tantos años en la ruta, siempre prefiero hablar en mi idioma.

Me identificaron tantas veces como gringo por el color de mi piel durante el viaje por Latinoamérica que llegué a enojarme. Gringo tu puta madre, le respondí a más de uno, dejándolo descolocado.

‘¿En serio que no habla inglés?’

‘No. Bueno, un poco. Pero si me seguís hablando en inglés sigo adelante y no te escucho.’

Andale. Como es tan güero… ¿Y de dónde es, si se puede saber, que habla tan bien el español?’

‘De Argentina’ respondí. A veces digo que soy de España, a veces que soy de varios países. A veces me invento países. Hoy mi humor dice que soy de Argentina.

‘Mire jefecito, que tengo unas piedras para vender. ¿Quiere verlas?’

‘Es que soy mal comprador, amigo. Te voy a hacer sacar todo y después no te voy a comprar nada’ le dije. ‘Yo te aviso, si querés sacarlas, sacálas.’

Abrió una bolsa raída y sacó cuatro piedras casi tan grandes como un puño, traslúcidas, con un tono azulado, y una mucho más grande, blanca y llena de puntas triangulares.

‘Usted me da lo que quiera’ me dijo.

Es una técnica de venta que funciona muy bien con cosas que valen muy poco. Nosotros lo hacemos con las postales que imprimimos con fotografías del viaje. La gente suele dar mucho más de lo que vale una postal.

‘Pero te dije que soy mal comprador. Vivo en una van, no tengo espacio para andar llevando piedras’.

‘Pero mire que bonita es esta’ dice levantando la piedra más grande. ‘Está buena para ponerla sobre el televisor’.

‘En serio, que no tengo televisor. Que vivo en una furgoneta. Y si la llevo en la van es un riesgo. Imagínate que un día me peleo con la patrona y me revolea la piedrota esta.’

Por primera vez le arranco una sonrisa.

‘¿Y no tiene alguna gorra? Le cambio alguna de las piedras por una gorra, mire cómo está de rota la que tengo en la cabeza. O un abrigo, mire este, está todo roto.’

‘Es que… no tenemos un guardarropas en la furgo. Viajamos con poca ropa. Lo siento’, le digo, mientras empiezo a pensar qué le podemos dar.

‘¿Y un diccionario de inglés? Para nosotros, para los chamacos… también les vendrá bien a ellos. O algo para comer, que llevamos todo el día a este lado y no trajimos comida’

‘Mira’ le dije, ‘algo de comer seguro que te podremos dar. Pero dejame pensar mientras vamos hacia el fondo del cañón. Nos vemos acá en 10 minutos’.

Mientras caminaba me di cuenta que algo había cambiado. La realidad, esa compañera cruel que a veces olvidamos mientras disfrutamos del viaje, nos había llamado y le habíamos respondido. Ya no podía disfrutar del cañón como un turista o un viajero anónimo. El hombre le había puesto rostro a los Invisibles.

‘Hagamos una cosa’ le dije sacándome las gafas de sol, que hoy pega fuerte, cuando volvimos a su lado. No me gusta hablar con la gente sin verle los ojos. No me gusta hablar con la gente sin que me vea los ojos. ‘Vente dentro de diez minutos al estacionamiento donde está nuestra van. Tenemos algunas naranjas.’

‘Pero… ¿quiere cambiarme las piedras por un par de naranjas?’, dijo con un tono algo desilusionado.

‘No, no. Guarda las piedras. Las naranjas te las regalo para que comas algo. Vente dentro de diez minutos, seguro que encontraremos algo más que te pueda servir.’

Mientras caminamos hacia la furgo empezamos a hacer una lista mental. El diccionario, ¿dónde está el diccionario inglés-castellano que habíamos comprado en Zimbabue y que jubilamos hace unos meses? ¿Y la aquella gorra con linterna y el logo de Jeep que nos habían regalado en Guadalajara? Uff, seguro que está todo en el techo de la furgo. ¿Vendrá? No parecía muy entusiasmado por las naranjas… Quizás le podríamos dar también una de esas botellas de vino peleón que nos regalaron en California…

Diez minutos más tarde el hombre apareció sobre un promontorio, montado en su caballo. Su perfil, recortado contra el cielo azul y la tierra seca, parecía sacado de un álbum de cromos. Le hice señas para que se acercase, pero continuó rebuscando en el paisaje. No, no se ve ningún vehículo de Parques Nacionales, ni de la Migra.

Yo ya estaba en el techo de la furgo. Había sacado la lona y buscaba entre las cosas que habíamos decidido llevar a Barcelona mientras Anna revolvía en los armarios. Un par de minutos más tarde, volví a hacerle señas para que bajase. Avanzó sobre su caballo hasta el inicio del sendero.

Solo cuando empezamos a caminar hacia él con la botella en la mano se relajó un poco, bajó la guardia, dejó de buscar policías.

‘¿Es tequila?’ preguntó primero. ‘¿Mescal?’ dijo después, sin esperar la respuesta.

‘No, es vino, de California. Estuvimos trabajando un mes en una granja y el dueño nos regaló un montón de botellas. Toma, aquí está el diccionario, y la gorra, y las naranjas. Y unos tuppers para que cambies ese donde llevas las piedras, que está todo roto.’

‘Pero… ¡gracias! Toma estas piedras’ respondió sorprendido con un brillo nuevo en los ojos. No esperaba tantas cosas.

‘Bueno… Gracias, me ayudarán a recordarte.’

‘¿Quieres más?’

‘No no no no. Así está bien. Sabes, nosotros vivimos en esa van. Y también recibimos cosas de la gente en la ruta. No necesitas darnos nada más.’

‘¿Quieren cruzar al otro lado? Yo los cruzo en el caballo, no hay problema. Y tengo lugar, se pueden quedar a dormir. No les costará nada. Y allí no tienen que preocuparse de la comida.’

‘Gracias’ le respondí. ‘Pero no podemos cruzar. Es ilegal y nos podríamos meter en un problema. Y este no es momento de meternos en problemas.’

‘Mira que no pasa nada, yo voy y vengo a cada rato…’

‘Me encantaría, pero no, en serio. Gracias.’

‘Pues cuando quieran se vienen. Me buscan y se quedan en mi casa, o en el hotel, que es de un amigo. Yo los llevo a pasear a caballo. Allí no se tienen que preocupar por el dinero.’

Sonreí. La ruta es así de agradecida.

‘¿Cómo te llamas?’ le pregunté estirando mi mano abierta hacia él, que seguía sentado en su caballo. Los Invisibles se habían vuelto visibles y sonreían con una bolsa en la mano. No era Navidad, pero parecía.

‘Félix.’

‘Yo soy Pablo. Y ella es Anna.’

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251- Los vendedores invisibles del Río Grande (1ª parte).

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El río siempre había sido una carretera sinuosa a través del paisaje seco y montañoso del desierto. A pesar de que nadie recordaba cuadrillas de obreros armadas con picos y palas ni explosiones de dinamita, el agua había conseguido atravesar piedra, roca y todos sus sinónimos hasta quedar encajonada entre los muros verticales de un cañón formidable. Allí, de pie frente a una historia imposible de comprender con nuestros parámetros mortales, el Cañón de Santa Elena me recordaba a una sucesión de viejos libros de tapa dura, ocre, gastados, que se mantenían en pie solitos. Alguien había robado el libro del medio, el que contaba la historia detallada de la Tierra, y nadie se había dado cuenta.

El agua se había colado por allí. Su trabajo fue arduo y dolorosamente lento. Había tardado tanto que ni los sapos primero, ni los humanos después, se habían percatado de su avance, de la demolición perezosa de esas montañas que millones de años atrás habían llegado a contener un océano. Los únicos testigos que podían dar testimonio eran los caracoles atrapados en la piedra, pero los fósiles apenas sugieren algo. El agua parecía trabajar para la misma empresa de obras públicas que llevaba más de cien años levantando el templo de la Sagrada Familia en Barcelona, la misma que se empeñaba en cortar la luz y agujerear permanente las calles de Buenos Aires.

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Un año más tarde vimos a un grupo de migrantes (con su coyote) cruzar por este sitio…

En los últimos doscientos años, aquel rincón de lo que el hombre había determinado como frontera entre las entidades artificiales llamadas Estados Unidos y México, el agua también había servido de medio de comunicación. Las chozas y casas de adobe habían guarecido a personas que en algún momento precisaban algo y no tenían miedo en pedirlo prestado: una herramienta para la mina, un caballo huido, un trago de aguardiente, un amigo, una prostituta, una taza de azúcar para un bizcocho de cumpleaños. Aquellos eran otros tiempos, cuando el agua era uno más entre comanches, españoles, mexicanos, anglos y negros liberados, un participante más en esta mezcla de orígenes, intenciones y necesidades.

‘La comunidad que se había formado era natural. Aquí no había países, había personas’, me explicó un jubilado de Ohio, que cada invierno migra a este sur huyendo del invierno para trabajar como voluntario en el Parque Nacional del Big Bend. Estamos en Texas, donde la frontera con México sigue la curva pronunciada del Río Grande. Puro desierto montañoso.

‘Cambiaron tantas cosas en mi país después del 11 de septiembre de 2001, que a veces no lo reconozco… Antes, la gente de Boquillas, Santa Elena o San Vicente cruzaba a este lado del río para vender sus artesanías y al atardecer volvía a sus casas. Con tantas nuevas medidas de seguridad ya no pueden comerciar, ya no pueden cruzar a este lado para comprar provisiones ni para visitar a sus amigos o buscar un caballo huido. Las fronteras en el Big Bend están cerradas para todos los extranjeros. En los últimos diez años los pueblos mexicanos de ahí enfrente se despoblaron. Y las comunidades unidas por el río se separaron. El río sigue igual de estrecho, pero la gente se alejó.’

‘En realidad’ continúa luego de un momento, ‘los mexicanos siguen cruzando a este lado del río. Pero ahora son invisibles. Ya lo verás cuando te acerques a Boquillas’, afirma sonriendo con complicidad, mientras me extiende el pase para acampar válido por los próximos diez días.

(Continúa en Los vendedores invisibles del Río Grande, 2ª parte)

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