180- La ruta hacia el Ártico 5: Y aquí termina América…

End of the Dalton Highway

La Dalton es la última ruta de América del norte. La que se estira más que ninguna otra hacia el océano Ártico, hacia el norte más lejano.

Comienza a un poco más de 100 kilómetros al norte de Fairbanks, Alaska, después del desvío que lleva al pueblo de Livengood (Buena Vida), y se extiende sobre taiga, montes cubiertos de bosques de abetos, y tundra llana e infinita por unas 414 millas.

Busco la calculadora y multiplico por 1,61. Son 666 kilómetros de grava y asfalto hasta los pozos de petróleo de Prudhoe Bay.

Sin duda, más de un personaje de la ruta diría que el número 666 no es casualidad. Que es una señal de Dios, una señal que identifica al petróleo con el demonio, un aviso divino que anuncia que la Dalton es una ruta maldita.

Alejaos, oh pecadores.

Como contaba en la historia anterior, las primeras 175 millas (282 kilómetros) te dejan en la parada de Coldfoot (Pies Fríos) después de cruzar el puente inclinado sobre el río Yukón y la línea imaginaria del Círculo Ártico. (Ver La ruta hacia el Ártico 4: La Dalton Highway)

Hace frío, llueve. Es un verano normal.

A partir de aquí y hasta llegar a Deadhorse/Prudhoe Bay se acabaron las gasolineras. Se acabaron los moteles levantados con viejos contenedores pintados y los restaurantes con café-cama-comida donde perder el tiempo y unos dólares en souvenirs absurdos. Se acabaron las bolitas de caca de alce plastificada.

No hay más rodajas de cuernos de los renos de Santa Claus.

Adiós a los pelos de mamut que podrían ser pendejos de oso.

Después de Coldfoot solo queda Wiseman, el único pueblo auténtico de la Dalton. Una reliquia fundada en 1908 durante una de las tantas carreras por el oro que se dieron en Alaska y Yukón hace poco más de cien años. Pero Wiseman todavía permanece vivo, silencioso y aislado, quieto, detenido en el tiempo, congelado como un Walt Disney ártico. Tiene un pequeño aeródromo de tierra, una avioneta y treinta casas de madera decoradas con astas de alces. Una capilla cristiana que permanece abierta las veinticuatro horas y jardines llenos de motores, coches, máquinas mineras y tractores antiguos convertidos en macetas de verano.

Wiseman es la última pausa relativamente civilizada en este peregrinaje personal hacia los extremos. Después solo quedan unas pocas estaciones de bombeo del oleoducto que acompaña los 384 kilómetros de ruta que restan hasta el Ártico. Algún ciclista temerario; más motociclistas; un par de caravanas pequeñas conducidas por jubilados intrépidos; pocos 4×4; y muchos camiones brutos.

Camiones de casi veinte metros de largo y nueve ejes que arrastran cerca de cuarenta ruedas. Eso es grande y te aseguro que impresiona. Sobre todo cuando te cruzas con ese que avanza a toda velocidad descendiendo sin miedo una colina, un Charles Bronson que dispara piedras que atraviesan parabrisas.

Es parte de la naturaleza salvaje del norte. Hace treinta años estos camioneros barbudos conducían motos Harley Davidson por las rutas polvorientas del sur de Estados Unidos al mejor estilo Easy Rider. Avanzaban sin destino, solo por el placer de hacer kilómetros en contra del viento. Solo por estar en el camino.

Solo por estar en el camino.

Hoy, el espíritu marginal de la ruta está en el norte, uniendo pozos de petróleo desterrados con la vida confortable de las ciudades. Manejando sobre carreteras larguísimas y aisladas en verano. Y más lejos, sobre los ríos helados en invierno. Ellos, los barbudos que se sientan al volante, son auténticos Hulk del norte: asesinos de la ruta con licencia o humanos tremendamente hospitalarios si tienes una avería en este territorio de montañas y arroyos sin nombre.

A ellos les pasó.

Saben que es duro, que no hay señal en el teléfono, que aquí es más barato abandonar el vehículo que llamar a una grúa.

Que es cuestión de vida o muerte.

Pero ahora nada es tan grave. Estamos en verano, una de las tres estaciones que se suceden durante quince semanas frenéticas entre junio, julio y agosto. Esto se llama primavera-verano-otoño a toda velocidad, la época donde la tierra se convierte en un enorme tapiz verde, violeta y amarillo cubierto plantas y flores que aprovechan para tomar un poco de ese sol que ahora ilumina las 24 horas del día.

Porque la noche no se pone nunca. Y el cuerpo se da cuenta de ello. Por eso alarga los días y tu ritmo biológico cambia, se estira y pasa a tener veintiséis horas. Y de repente te das cuenta que terminas de conducir a las dos de la madrugada, con el sol de medianoche en el horizonte.

Que poco a poco los abetos se volvieron más delgados y los montes que escoltan la ruta se convirtieron en montañas, en la cadena de Brooks. Y cuando observas un mapa recuerdas que estás avanzando entre parques nacionales. A la izquierda está Gates of the Arctic, a la derecha el Refugio de Vida Salvaje del Ártico. Detrás, los refugios de Kanuti y de Yukon Flats, donde los únicos que tienen derecho a cazar son los inuit y los colonos que viven todo el año más allá de los límites de la ruta, en tierra feroz, tierra de nadie.

Esa es, también, una vida más salvaje.

Cuando cruzas el paso Atigun y dejas atrás el último árbol ya no hay vuelta atrás. Delante queda la inmensidad plana de la tundra. Y si te tocan días de lluvia y nubes intentarás estirar el brazo para tocar el cielo porque la atmósfera se estrecha en los polos, las nubes descienden y sientes que te aplastan.

Entonces, el paisaje solo es apto para fotos panorámicas, siempre te sobra espacio arriba y abajo.

Luego del paso la temperatura desciende demasiado rápido y eso se nota. La capa de permafrost, suelo congelado, que se encuentra a pocos centímetros de la superficie y se extiende hasta los 600 metros de profundidad, actúa como un refrigerador intenso.

Por eso, y porque el Polo Norte está a menos de mil quinientos kilómetros, aquí hace frío incluso a fines de julio, pleno verano septentrional. El único que parece que no se entera es el mosquito, pájaro oficial de Alaska, que siguen revoloteando a tu alrededor en nubes densas, como si estuvieran abrigados con chaqueta de cuero.

Y sin darnos cuenta que estábamos llegando al final de la última ruta de América, aparece una torre en el horizonte. Y más edificios construidos con contenedores pintados. Y estacionamientos para vehículos pesados. Grúas con ruedas tipo oruga. Gigantescos galpones con chimenea montados sobre esquíes.

Y un cartel que dice Happy Horse.

Pero no, Happy Horse no existe. Esto es Deadhorse, y se nota.

Por fin, después de 4 años, 6 meses y 25 días desde que abandonamos Buenos Aires, llegamos al extremo norte de América.




145- La Vuelta al Mundo en 10 Años en el programa de televisión MoJoe, de Televisa México

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Hace unos meses recibimos una propuesta inesperada. Ir a la televisión, al programa MoJoe de Televisa México, conducido por dos locas llamadas Montserrat y Yolanda.

NO, es una palabra que intentamos evitar, así que retrasamos una semana nuestra partida del DF hacia el norte de México, hacia Morelia y Guadalajara. Y fue loco, y fue bueno, porque a partir de ese día más mexicanos comenzaron a saludar desde sus coches, a tocarnos la bocina en la ruta, a compartir sus sueños frente a una cerveza o un almuerzo.

A sumarse a la historia de La Vuelta al Mundo en 10 Años.

Encuentra más entrevistas largas para televisión en La Vuelta al Mundo en 10 Años en el programa 3G, de Perú




Comiéndose el mundo en su furgoneta (Revista Autos y Motores, Venezuela)

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(Artículo de Daniela “Puchi” Finco aparecido en la revista AM, Autos y Motores, en marzo 2009 en Venezuela.)

Para dar la vuelta al mundo no se necesita GPS, preguntando se llega a Roma, a la Luna, o a donde se quiera llegar.

Para unos, 10 años es la etapa en la que dejamos de ser niños, para otros es el paso a convertirse en adulto contemporáneo, para los ancianos es un destino incierto, pero para Anna Callau y Pablo Rey una década son vacaciones indefinidas, porque lo que comenzó como una aventura, que en teoría terminaría 10 años más tarde, se ha convertido en un estilo de vida que no tiene fecha de culminación. ‘Sólo cuando lleguemos a nuestro punto de partida es cuando terminamos la vuelta al mundo’.

Tengo que reconocer que siento un poco de envidia de la vida de esta pareja, primero por haber sido lo suficientemente arriesgados para tomar esa decisión, que estoy segura a más de uno le ha pasado por la menta dejar todo atrás sin tabúes ni opiniones ajenas; segundo, por no haberse arrepentido y regresado, hasta el sol de hoy,por algún episodio no grato, que hay que resaltar, han vivido unos cuantos.

Decir que están fuera de casa es mal utilizar la frase, porque su hogar es la furgoneta en la que viajan. Probablemente se imaginen una van súper equipada o un motorhome con todos los juguetes. Sin embargo, su lugar de vida es una camioneta Mitsubishi L300, modelo 1991 que compraron de segunda mano en España y de la que nunca podrán desligarse, más bien creo que podrían sacarle tanto provecho como a la vuelta al mundo. Es difícil imaginar cómo duermen, cómo comen, cómo conviven 24 horas, los 7 días de la semana, los 365 del año y no se fastidian uno del otro. Pero ya estaremos dando algunos tips que ellos mismos nos dieron para poder lograr tal convivencia sin morir en el intento.

Para mi, la mayor complicación es escribir esta entrevista, porque influyen factores como la parte de mi que desea ser como ellos y el hecho de que Pablo escribe para poder mantenerse, digamos que es su profesión en esta parte de su vida. Tienen un libro titulado “La Vuelta al Mundo en 10 Años”, donde relatan la primera etapa de su travesía, lo han impreso 3 veces y vendido en los países que visitan, de esta manera logran recolectar dinero suficiente para seguir avanzando. En él hay historias divertidas, sorprendentes, insólitas y reflexivas de su paso por África. El viaje le permitió además, enviar en un principio reportajes para el Fórum Universal de las Culturas Barcelona 2004 y luego en Chile, donde se alargó su estadía, recibiendo un pago por cada artículo escrito. Así que es un reto para mí resumir lo que ellos han experimentado en 8 años y medio en unas pocas páginas, y que he logrado averiguar en tan sólo 2 días.

 

Aprendiendo a vivir en la ruta

Él es de Argentina, país con fama de tener gente antipática, pero que sorprende cada vez que un argentino se nos presenta, pues son amables, simpáticos y por lo general tienen ese aire aventurero que Pablo resume bastante bien. Ella es española, una chica de Barcelona, a la que él no le propuso un viaje, sino conocer el mundo, a lo que ni corta ni perezosa aceptó. Muy al estilo de una proposición de matrimonio, pero destinada a ser sobre ruedas.

Una vez tomada la decisión, tomó 9 meses organizar lo que sería su vida a partir de ese momento. Anna, quien es Administradora de Empresas de profesión, con experiencia en organización de conciertos de rock, estuvo 2 meses trabajando en un taller mecánico para aprender detalles básicos en cuanto a reparaciones sencillas del carro. Más de uno quedaría sorprendido al verla llena de grasa reparándole piezas a la furgoneta, y es que ella sabía la importancia de obtener conocimientos de mecánica, pues la camioneta la adquirieron con 90 mil kilómetros, cuando su antiguo dueño, luego de usarla durante 8 años, prefirió venderla.

Cuando me reuní con Anna y Pablo, llevaban 190 mil kilómetros recorridos alrededor del mundo, y sus próximos destinos eran nuestra hermosa Gran Sabana y luego Guyana. La primera navidad fuera de casa fue la más extraña de todas, les tocó en un país musulmán, lo que representó una mesa sin nada de alcohol, un pollo escogido por ellos mismos mientras aún seguía con vida y la emoción mezclada con melancolía de estar lejos de la familia. Pero eso era lo menos significativo, porque una de las principales razones de su partida estaba estrechamente vinculada a huirle a la rutina, motivo por el cual, cansados de hacer siempre lo mismo, optaron por ser radicales. Un viaje a Zimbabwe que realizó Pablo meses antes, le cambió la perspectiva del mundo, definitivamente descubrió que esa no era la única manera de vivir.

Se consideran 100% nómadas, y no hay duda de que lo son. Manejan más de lo que podemos imaginar, aunque aseguran que prefieren no hacerlo de noche; duermen en un colchón de pocos centímetros de alto en la parte de atrás de la furgoneta, y toda su vida se resume a ese vehículo que estoy segura significa todo para ellos. Tienen un corcho donde hay uno que otro papel que les recuerda sitios importantes, dibujos, souvenirs, y un closet compuesto de gavetas, que sin duda es más ordenado que el mío, en el que aseguran llevar más de lo que necesitan. Ocho puestos los convirtieron en dos para poder adaptar el espacio, lo que obviamente nos indica que no hay disponibilidad para un tercero; sin embargo, aseguran que el día que decidan tener un hijo no lo pensarán dos veces. Ese niño si que tendrá una historia particular que contar acerca de su nacimiento, aunque mejor no nos adelantemos a los hechos, pues no está en planes.

Lo importante es el viaje, el destino es una sorpresa. 

Todo pasa por algo, es una frase con la que logro identificarme, y no soy la única, ellos la aprendieron seguramente en algún capítulo de su historia y es perfectamente aplicable a su estilo de vida. De cada experiencia aprenden algo, y aunque en más de una oportunidad estuvieron a punto de tirar la toalla, lograron seguir adelante, y hoy los podemos rastrear a través de su página web que mantienen actualizada: www.viajeros4x4x4.com. Hacer un resumen de su paso por distintos países del mundo es casi imposible, explicar las razones por las que decidieron cambiar su vida en 180 grados es tarea de expertos que tendrían que analizar psicológicamente la mente de este par, y decir por qué nos parece que están locos, como los apoderan varias veces en Puerto Ordaz

Así que esto es un paseo por sus vidas, con anécdotas curiosas e interesantes, que me hacen pensar en cómo sería mi reacción a situaciones extremas como entrar en la cueva Kitum, donde aparentemente nació el virus del Ébola. Es difícil imaginar que se puede sentir estando dentro de un lugar que roza la muerte pero que no lo sabrías hasta tener los síntomas aparentes del contagio, porque no se trata de entrar a la Cueva de Guácharo, sino de un lugar desconocido, con animales que aguardan en la oscuridad cualquier movimiento inoportuna. O no tener otra opción que bajarse del carro a reparar algo durante el paso por el Parque Nacional Masai Mara, en Kenia, donde está prohibido bajarse del vehículo debido a los animales salvajes.

Historias hay miles, los han robado, intentado asaltar mientras dormían dentro de su camioneta, han tenido que huir de un grupo de 30 hombres en Etiopía que les pedía dinero bajo el efecto del chat, una droga legal; traducido cartas de amores prohibidos y ayudado a responderla sabiendo que esas palabras nunca llegarían a su destino final. Han logrado desarrollar un sexto sentido impresionante, que les ha resultado bastante bueno a la hora de decidir en quién confiar, a quien aceptarle una cama y hospedaje o a quien ayudar, habilidad que a nosotros los venezolanos tenemos inclinada hacia la desconfianza, más entre nosotros mismos que hacia extranjeros.

Se han tropezado con culturas completamente diferentes, pueden dar fe de que cada país piensa a su manera, y han podido sacar sus propias conclusiones. Uno de los preceptos del Islam es ayudar al viajero, allí frases como “porque estás de paso y no te conocemos es que te ayudamos” eran las que escuchaban mientras avanzaban, todo lo que ellos podían contarles era la principal razón por la que desvivían en mejorar su estadía. Lamentablemente Venezuela no ocupa el lugar más seguro de su lista, no sólo por experiencia, sino por referencia. Antes de su llegada las recomendaciones eran extremas, la gente sembraba temor con respecto a nuestra tierra. Por suerte fue en vano, pues Anna y Pablo nos visitaron y se llevaron un buen recuerdo, además pueden dar prueba de que la gente en Puerto Ordaz es amable, todo lo contrario a lo que estamos acostumbrados.

Para vivir podrían escoger entre México y Sudáfrica. Los sitios visitados hasta ahora más baratos son Bolivia, Zimbabwe y Perú y el más caro Trinidad. La mejor comida la peruana y la carne argentina y la peor la de Sudán por ser bastante aburrida. De gastronomía rara, o digamos exótica para el latino, podrían hacer un libro. En Uganda Pablo decidió probar las termitas que ofrecía un señor en una manta blanca, mientras en Zimbabue, junto a otros viajeros, cenaron una parrilla de carne de elefante.

Las cosas fáciles no tienen mérito

Todos aquellos que hayan o vivan en pareja saben las dificultades que eso conlleva. Ahora multiplicando lo que una pareja comparte normalmente durante un día, una semana o un mes por 100 puede que lleguemos al tiempo que ellos pasan juntos. No hay forma de decir “me voy”, no pueden encerrarse en un cuarto hasta que se pase la rabia o salir a tomarse algo para desahogarse con los amigos. Las paredes de su casa son el paisaje del lugar donde se encuentren en ese momento, y como humanos al fin, los distintos puntos de vista chocan, quizás ahora menos que al principio, pero es casi un reto que estén de acuerdo en todo lo que hagan. Su técnica, que descubrieron en algún lugar del mundo, es insultarse mutuamente, decirse palabrotas o palabras absurdas y la única regla es no repetir, para cuando la creatividad se agota, el problema puede ser discutido como adultos, a pesar de haberlo resuelto como niños. Sencilla manera de suavizar la mente que puede ser tomada como un consejo.

Las decisiones van de la mano de los cambios, independientemente del área en donde se tomen. No todo el mundo es capaz de asumir los cambios, mucho menos cuando se trata de dejar todo lo material que nos rodea para ir tras un sueño. Su recomendación es viajar, no tiene que ser durante 10 años o más, al contrario, reconocen que eso es una locura que ellos comenzaron y que deben terminar, pero si coinciden en que debería ser ley de vida. Ellos no piensan parar, una vez que lleguen a Barcelona, la Vuelta al Mundo finaliza, pero vendrán más viajes, más cortos, pero con otras experiencias. Plantean conocer lo que les falte del globo, quizás salir 6 meses o los 12 completos cada dos o tres años, o cuando les provoque y volver para planificar la próxima salida. Claro que tienen planes a futuro, escribir otro libros con muchas más páginas, quizás montar un bar súper original en la ciudad donde decidan vivir, con la furgoneta en el medio y de principal atractivo, tener hijos, y muchos más que seguramente nos enteraremos con el tiempo.

Una de las fotos que más hablan por si solas, por lo menos desde mi perspectiva, es en la que aparecen junto a un cartel de señalización de un lugar llamado “FIN DEL MUNDO”. No se la tomaron creyendo literalmente en esas palabras, sino por el trasfondo que se le puede dar. ¿Cuál es en verdad el fin del mundo? Puede ser muy al sur o muy al norte de algún continente. No es una carrera con una meta, es un propósito y un destino que ellos mismos eligieron y que están compartiendo con todo aquél que se cruce por su camino.

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Vivir es un privilegio breve

Recorrer el mundo no es sólo una aventura, es adoptar una forma de vida que podría ser para siempre, podría terminar en cualquier momento, en cualquier región del mundo y por cualquier razón. Pero es un riesgo que ellos están dispuestos a seguir. Así viven, rodando en una camioneta, conociendo cada rincón, aprendiendo de las experiencias, disfrutando de las diferencias del mundo, entendiendo que no importa nuestra procedencia, todos somos seres humanos y en algo coincidimos. Para Anna y Pablo la moda no existe, la tecnología se resume a lo más básico, las fiestas son para dos, los celulares no tienen importancia y, definitivamente, son el mejor ejemplo de que el dinero no hace la felicidad, pues obtienen lo que necesitan para seguir su ruta.

La furgoneta 

Manejan una Mitsubishi L300 4×4, año 1991, con motor diesel 4D56 de 2500 cc., que se convirtió en su hogar hace ocho años atrás. Algunas de las remodelaciones que le hicieron para poder rodar y vivir en ella fueron la construcción de un armario horizontal con puertas de madera que a su vez funciona como cama, y otro vertical en uno de los laterales; la incorporación de un portaequipajes, una defensa de hierro forjado, un tanque de combustible extra de 75 litros y para no perder la gracia, una bocina que imita el mugido de una vaca. Para garantizarse más seguridad remacharon unas chapas para cerrar las puertas con candados, cegaron algunas ventanas traseras con planchas de aluminio y protegieron el cárter con otra

Demostrando que de errores se aprende y que no es divertido tropezarse dos veces con la misma piedra, después de que en África se les inundara el motor, instalaron un snorkel

Top 10 antes de morir

Según estos viajeros, a quienes estoy segura hay que creerles, existen diez sitios en el mundo que deberíamos visitar antes de morir. Si eres aventurero, historiador, biólogo o simplemente consideras que para apreciar lo que tenemos hay que conocerlo, entonces sigue las recomendaciones de dos personas que no se fijan en lo turístico del lugar, sino en las cualidad y características de su geografía, paisaje, fauna, flora y calidad humana para calificarlo.

  • Patagonia, Argentina
  • Capadocia, Turquía,
  • Petra, Jordania
  • Las Pirámides de Egipto
  • Ras Mohamed, península del Sinaí, Egipto
  • Lalibela, Etiopía,
  • Etosha, Namibia
  • Mana Pools, Zimbabue,
  • Desierto de Atacama, Chile
  • Machu Picchu, Perú

¿Te animas?




69- Lugares para conocer antes de morir: Catarata Kaieteur, Guyana

Kaieteur enorme, brutal. Guyana

(viene de Caminando por la selva de Guyana)

Desde lejos Kaieteur no impresiona. Parece una catarata más, una catarata clásica, de esas de postal, de las que hay en todos los países. De esas. Más de lo mismo, agua que cae de arriba para abajo. Más locales que hablan de su catarata con orgullo, como si fuera la única del mundo.

Pero a medida que caminas sucede algo extraño: no llegas nunca. Te acercas pero no alcanzas la orilla, caminas pero el salto continúa agrandándose, haciéndote sentir cada vez más pequeño. Avanzas, esquivas los brazos verdes de una bromelia, una planta gigante con nombre de tía antigua, una superviviente de la megalomanía biológica. Tentáculos largos, bigotes. Allí delante encuentras un espacio vacío, te asomas al abismo e inmediatamente das un paso atrás: los árboles del fondo parecen repollos enanos.

Entonces algo te paraliza sobre una piedra que se estira desafiando la ley de gravedad. Estás en medio de la selva, sobre el mirador del Tarzán de Johnny Weismuller. Parpadeas, te has convertido en una hormiga. Una pequeña garrapata entre las grietas de la piedra más vieja del mundo.

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Dicho de otra manera: al lado de Kaieteur, eres insignificante.

El agua, mucha agua, demasiada agua, pierde el equilibrio junto a tus pies y cae 226 metros hasta reventar contra las rocas escondidas del abismo. Doscientos veintiséis metros. Allí hay una explosión permanente, un big bang de agua pulverizada despedida a la velocidad dolorosa de la confusión. Estás allí, existe, pero todavía necesitas que alguien te patee el culo para asegurarte que esto no es un sueño. Que estás despierto.

Arriba, ranas doradas que viven en un estanque natural dentro de la misma bromelia. Y gallitos de las rocas, rojos como chavistas venezolanos, como neocomunistas melancólicos entre las ramas de un mundo verde.

Abajo, al fondo de la grieta, un enorme arco iris se levanta en el aire para saltar las orillas con los colores más hippies de la naturaleza. Y en el medio estás tú, sentado en la orilla del mundo, con los pies colgando que se balancean con el viento.

El espectáculo es hipnótico, un circo natural que te llama, que te ata una cuerda invisible en las tripas y te pide que saltes, con la certeza que el vapor detendrá la inercia y podrás volar. Acompañar a los pájaros que se lanzan en un vuelo kamikaze, suicida, perpendicular, hacia una caída vertiginosa siguiendo la corriente del agua.

Y a mitad de camino las aves vuelven a sorprender, a quebrarse en un nuevo ángulo recto y a sumergirse en el hueco oscuro que aguarda detrás de la catarata. Sí, la misma catarata desbordante de taninos que continúa cayendo, para volver a acumularse, extenuada y llena de moretones, toda negra y encauzada, en el fondo del valle. Allí, a doscientos veintiséis metros.

De todas las grandes cataratas del mundo, Iguazú, Victoria, Niágara y Nilo Azul, Kaieteur es la gran desconocida. La única en donde puedes permanecer en la más absoluta soledad durante varios días. Sin ruidosos grupos turísticos. Sin puestos de Coca Cola. Sin souvenirs de plástico. Solos en la naturaleza, como debió ser en el principio de todo.

No hay ruta para llegar a Kaieteur. Sólo puedes acercarte caminando en un trekking a través de la selva (4 días), en bote con motor desde Pamela Landing (1 día), o en avión (1 hora). Los precios para este viaje espectacular los podrás encontrar en www.rftours.com

Gracias a Frank Haralsingh, de la Guyana Tourism Authority, que nos dió todas las facilidades para recorrer el país menos conocido de Sudamérica, y a Frank Singh, director de Rainforest Tours, que nos invitó a uno de los tours más espectaculares del continente: un trekking de varios días a través de la selva de Guyana hasta la desconocida catarata Kaieteur. Inolvidable.

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63- URGENTE: SE BUSCA HOMBRE DE ROJO QUE NOS ROBÓ LA FURGONETA

Santa Claus se va de viaje
Adió-ós!

FELICES NOCHES BUENAS, FELICES NAVIDADES, FELICES AÑOS NUEVOS, FELICES LO QUE QUIERAS QUE SEA… ¡PERO QUE SEAN FELICES!

“Sí, sí… por lastimado y jodido que uno esté, siempre puedes encontrar contemporáneos en cualquier lugar del tiempo y compatriotas en cualquier lugar del mundo. Y cada vez que eso ocurre, y mientras eso dura, uno tiene la suerte de sentir que es algo en la infinita soledad del universo: algo más que una ridícula mota de polvo, algo más que un fugaz momentito.”

Profesión de fe, Eduardo Galeano

Gracias a todos los que durante el 2008 nos hicieron sentir que nuestra casa puede estar en cualquier lugar del mundo.

Gracias a la familia Rubiño Albrizzio de Lima. Gracias a la china Mari Osaki y a Miriam Paredes de Lima. Gracias a Cristina Herdoiza y a Carlos, ecuatoriana y argentino, en viaje hacia Argentina. Gracias a Yecith Mayo en Guayaquil y a Robinson Parrales recién casado en Bogotá. Gracias a José Pepe Polo y Heike en Caracas. Gracias a Pipo Zaro en Copiapó, Chile. Gracias a Rodolfo Zambrano y Deisy en Puerto Ordaz, Venezuela. Y gracias a todos los mecánicos de rústicos, reconstructores de carros 4×4, que nos están echando una mano (en realidad, las dos manos) en Puerto Ordaz para mejorar la salud de la furgo (están en Gracias Venezuela!)

Gracias a todos los amigazos que nos envían mensajes de apoyo y nos hacen estar más cerquita. Gracias especialmente a todos los que nos ayudaron y nos alojaron en los 8 años y medio que dura la Vuelta al Mundo: en España, Argentina, Perú, Chile, Ecuador, Colombia, Sudáfrica, Sudán, Egipto, Kenia, Turquía, Siria, Italia… si pusiéramos todos los nombres, la lista sería interminable!

Gracias a las empresas que nos apoyan con lo que pueden: a Panama Jack que nos sigue calzando con sus botas para que pisemos fuerte durante la Vuelta al Mundo. Y a Jordi de Catering Cufí, por los zapatos para la furgoneta durante 2008. A ver si el 2009 nos trae nuevas empresas que apoyen la Vuelta al Mundo!!!

Y gracias a Nandor Polyecsko, que se esconde bajo el seudónimo de Santa Claus. No está en el Polo Norte, está en Puerto Ordaz, Ciudad Guayana, Venezuela.

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